Dejo aquí un cuento de Poe -en traducción de Cortazar- con motivo del 217 aniversario de su nacimiento, el 19 de enero de 1809.
En este cuento Poe se pregunta, de
una forma maestra, como corresponde a los genios, cuál es el secreto de una
obra de arte, de dónde arranca su apariencia de vida, cuál es la magia que
contiene y cuál es el precio que el artista ha de pagar por su tarea fáustica
de arrancar al universo los secretos de la creación, su fuente de vida. ¿Puede
el ser humano dar vida a lo inanimado sin provocar un desequilibrio en aquello
que está dotado de vida? ¿Puede el alma de un ser transmigrar a una obra de
arte? ¿qué efecto tiene el arte o lo artificial -y por extensión la técnica- en
la naturaleza sobre la que opera? Éstos y más enigmas son los que pululan
por este breve cuento -para mí uno de los más logrados de Poe-, en que hasta el
más pequeño detalle de su puesta en escena está medido para causar el mayor
efecto. Un hombre malherido que asalta un castillo, se instala en él y arranca
también su secreto, obtiene quizá la mayor revelación, la que le estaba a él
destinada, la contemplación de un brillo de vida en una cosa muerta, la metamorfosis
que es capaz de operar la creación, el acto alquimista de convertir lo muerto
en vida, pero también el acto destructivo de quitarla, de matar el encanto de
lo que se quiere captar y es natural, el tema de la maldición del artista al
ejecutar su obra. Muchos de los rasgos y planteamientos que se hallan en este
cuento los encontraremos también en “El retrato de Dorian Grey”; se sabe que
Oscar Wilde era un admirador de su obra y sin duda éste fue el cuento que más
influyó en la ejecución de su novela.
EL RETRATO OVAL
El castillo al cual mi criado se
había atrevido a entrar por la fuerza entes de permitir que, gravemente herido
como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones
en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se
han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la
imaginación de mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había
sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los
aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del
edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices
de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así
como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con
arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las
paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo
exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente
delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del
aposento -pues era ya de noche-, que encendiera las bujías de un alto
candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las
orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama. Al hacerlo así
deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación
de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre
la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.
Mucho, mucho leí… e intensa,
intensamente miré. Rápidas y brillantes volaron las horas, hasta llegar la
profunda media noche. La posición del candelabro me molestaba, pero, para no
incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué
de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.
El cambio, empero, produjo un efecto
por completo inesperado. Los rayos de las numerosas bujías (pues eran muchas)
cayeron en un nicho del aposento que una de las columnas del lecho había
mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude ver así,
vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una
joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los
ojos. Al principio no alcancé a comprender por qué lo había hecho. Pero
mientras mis párpados continuaban cerrados, cruzó por mi mente la razón de mi
conducta. Era un movimiento impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para
asegurarme de que mi visión no me había engañado, para calmar y someter mi
fantasía antes de otra contemplación más serena y más segura. Instantes después
volví a mirar fijamente la pintura.
Ya no podía ni quería dudar de qué
estaba viendo bien, puesto que el primer destello de las bujías sobre aquella
tela había disipado la soñolienta modorra que pesaba sobre mis sentidos,
devolviéndome al punto a la vigilia.
Como ya he dicho, el retrato
representaba una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y los hombros, pintados
de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parecía mucho al
estilo de las cabezas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos del
radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda
sombra que formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y
afiligranado en estilo morisco. Como objeto de arte, nada podía ser tan
admirable como aquella pintura. Pero lo que me había emocionado de manera tan
súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del
retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su semisueño,
hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viviente.
Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco
tenían que haber repelido semejante idea, impidiendo incluso que persistiera un
solo instante. Pensando intensamente en todo eso, quedeme tal vez una hora, a medias
sentado, a medias reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin,
satisfecho del verdadero secreto de su efecto, me dejé caer hacia atrás en el
lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta
posibilidad de vida en su expresión que, sobresaltándome al comienzo, terminó
por confundirme, someterme y aterrarme. Con profundo y reverendo respeto, volví
a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la
causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las
pinturas y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval,
leí en él las vagas y extrañas palabras que siguen.
“Era una virgen de singular
hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora en que vio y amó y
desposó al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una prometida
con el Arte; ella, una virgen de sin igual hermosura y tan encantadora como
alegre, toda luz y sonrisas, y traviesa como un cervatillo; amándolo y
mimándolo, y odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la
paleta, los pinceles y los restantes enojosos instrumentos que la privaban de
la contemplación de su amante. Así, para la dama, cosa terrible fue oírle
hablar al pintor de su deseo de retratarla. Pero era humilde y obediente, y
durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado aposento de la
torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el
pintor, gloriábase de su trabajo que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un
hombre apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto,
que no quería ver cómo esa luz que entraba, lívida, en la torre solitaria, marchitaba
la salud y la vivacidad de su esposa, que se consumía a la vista de todos salvo
de la suya. Mas ella seguía sonriendo sin exhalar queja alguna, pues veía que
el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un placer fervoroso y
ardiente, bregando noche y día para pintar a aquélla que tanto le amaba y que,
sin embargo, seguía cada vez más desanimada y débil. Y, en verdad, algunos que
contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido como de una
asombrosa maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su
profundo amor por aquélla a quien representaba de manera tan insuperable. Pero,
a la larga, a medida que el trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue
admitido ya en la torre, pues el pintor habíase exaltado en el ardor de su
trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, ni siquiera para mirar el
rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela
eran extraídos de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando
pasaron muchas semanas y poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca
y un matiz en los ojos, el espíritu de la dama osciló, vacilante como la llama
en el tubo de la lámpara. Y entonces la pincelada fue puesta y aplicado el
matiz, y durante un momento el pintor quedó en trance frente a la obra
cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras
gritaba: «Ciertamente ésta es la Vida misma». Y volviose de improviso para
mirar a su amada. ¡Estaba muerta!».

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