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EFÍMEROS Y BREVES 35. Tres poemas póstumos de John Keats (1795-1821) en el 205 aniversario de su muerte

 


John Keats nació en Londres en 1795 y cuando aún no había cumplido los ocho años murió su padre. Su madre, siete años después. Tras trabajar como aprendiz de cirujano en la ciudad de Edmonton, se trasladó a Londres para continuar con la misma profesión en diversos hospitales. En 1816, sin embargo, decide abandonar la carrera de medicina para dedicarse por completo a la poesía. En 1817 publicó “Endimión”. En 1818 comenzaron a manifestársele los primeros síntomas de tuberculosis. Ese mismo año también conoce a Fanny Brawne, joven de 18 años con la que mantendrá una intensa relación que se va a reflejar en diversos poemas. Durante mucho tiempo, Keats achacó el origen de su enfermedad a los intensos sentimientos que Fanny Brawne le provocaba. Para paliar el ya avanzado estado de su tuberculosis, y por consejo de los médicos, inició su viaje a Italia en septiembre de 1820. Murió con tan sólo veinticinco años el 23 de febrero de 1821, tres meses después de su llegada a Roma.

 

CUANDO SIENTO EL TEMOR DE DEJAR DE EXISTIR

 

Cuando siento el temor de dejar de existir

antes de que mi pluma espigue mi fecundo cerebro,

antes de que pilas de libros en sus caracteres

guarden, como ricos graneros, el grano ya maduro;

cuando observo en el rostro estrellado de la noche

vastos símbolos nublados de un sublime romance,

y siento que quizá no viva para rastrear

sus sombras, con la mágica mano del destino;

y cuando siento, hermosa criatura de un momento,

que jamás volveré a posar la mirada sobre tí,

que jamás disfrutaré del idílico poder

del amor instintivo… entonces, a orillas

del ancho mundo quedo en solitario, y pienso

hasta que amor y gloria se hunden en la nada.

 

 

AL SUEÑO

 

Tú que embalsamas, suave, la medianoche tranquila,

que cierras con tus dedos benignos, cuidadosos,

nuestros ojos complacidos con la tiniebla, refugiados

de la luz, a la sombra de un divino olvido;

!Oh, suave sueño!, si así te apetece, cierra

en medio de tu himno mis dóciles ojos,

o espera el “Amén”, antes de que tu adormidera

extienda su arrullo junto a mi lecho.

Y entonces sálvame, o el día que pasa brillará

en mi almohada, provocándome angustia.

Sálvame de la conciencia, siempre inquieta, que gobierna

su fuerza penetrando como un topo en lo oscuro.

Gira, hábil, la llave en el cierre engrasado

y sella bien la urna callada de mi alma.

 

 

!SE NOS FUE EL DÍA, LLEVÁNDOSE TODAS SUS DULZURAS!

 

!Se nos fue el día, llevándose todas sus dulzuras!

La dulce voz, los dulces labios, la suave mano, ese pecho

más suave, cálido aliento, breve susurro, tierno semitono,

ojos brillantes, silueta consumada, y talle lánguido.

Se apagó la flor, y todos sus encantos en brote,

se apagó la visión de la belleza ante mis ojos,

se apagó la forma de la belleza entre mis brazos,

se apagó la voz, la calidez, la blancura, el paraíso…

Todo se desvaneció en inoportuna víspera,

cuando el naciente día de fiestas, o la noche festiva,

de amor cubierto de aromas comienza a tejer

la trama de espesa oscuridad para oculto deleite;

pero al leer el misal de amor, al cabo del día

me dejará dormir, viendo que ayuno y rezo.


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