John Keats nació en Londres en 1795 y cuando aún no había cumplido
los ocho años murió su padre. Su madre, siete años después. Tras trabajar
como aprendiz de cirujano en la ciudad de Edmonton, se trasladó a Londres para
continuar con la misma profesión en diversos hospitales. En 1816, sin embargo,
decide abandonar la carrera de medicina para dedicarse por completo a la
poesía. En 1817 publicó “Endimión”. En 1818 comenzaron a manifestársele los
primeros síntomas de tuberculosis. Ese mismo año también conoce a Fanny Brawne,
joven de 18 años con la que mantendrá una intensa relación que se va a reflejar
en diversos poemas. Durante mucho tiempo, Keats achacó el origen de su
enfermedad a los intensos sentimientos que Fanny Brawne le provocaba. Para
paliar el ya avanzado estado de su tuberculosis, y por consejo de los médicos,
inició su viaje a Italia en septiembre de 1820. Murió con tan sólo veinticinco
años el 23 de febrero de 1821, tres meses después de su llegada a Roma.
CUANDO SIENTO EL TEMOR DE DEJAR DE
EXISTIR
Cuando siento el temor de dejar de
existir
antes de que mi pluma espigue mi
fecundo cerebro,
antes de que pilas de libros en sus
caracteres
guarden, como ricos graneros, el
grano ya maduro;
cuando observo en el rostro
estrellado de la noche
vastos símbolos nublados de un
sublime romance,
y siento que quizá no viva para
rastrear
sus sombras, con la mágica mano del
destino;
y cuando siento, hermosa criatura de
un momento,
que jamás volveré a posar la mirada
sobre tí,
que jamás disfrutaré del idílico
poder
del amor instintivo… entonces, a
orillas
del ancho mundo quedo en solitario, y
pienso
hasta que amor y gloria se hunden en
la nada.
AL SUEÑO
Tú que embalsamas, suave, la
medianoche tranquila,
que cierras con tus dedos benignos,
cuidadosos,
nuestros ojos complacidos con la
tiniebla, refugiados
de la luz, a la sombra de un divino
olvido;
!Oh, suave sueño!, si así te apetece,
cierra
en medio de tu himno mis dóciles
ojos,
o espera el “Amén”, antes de que tu
adormidera
extienda su arrullo junto a mi lecho.
Y entonces sálvame, o el día que pasa
brillará
en mi almohada, provocándome
angustia.
Sálvame de la conciencia, siempre
inquieta, que gobierna
su fuerza penetrando como un topo en
lo oscuro.
Gira, hábil, la llave en el cierre
engrasado
y sella bien la urna callada de mi
alma.
!SE NOS FUE EL DÍA, LLEVÁNDOSE TODAS
SUS DULZURAS!
!Se nos fue el día, llevándose todas
sus dulzuras!
La dulce voz, los dulces labios, la
suave mano, ese pecho
más suave, cálido aliento, breve
susurro, tierno semitono,
ojos brillantes, silueta consumada, y
talle lánguido.
Se apagó la flor, y todos sus
encantos en brote,
se apagó la visión de la belleza ante
mis ojos,
se apagó la forma de la belleza entre
mis brazos,
se apagó la voz, la calidez, la
blancura, el paraíso…
Todo se desvaneció en inoportuna
víspera,
cuando el naciente día de fiestas, o
la noche festiva,
de amor cubierto de aromas comienza a
tejer
la trama de espesa oscuridad para
oculto deleite;
pero al leer el misal de amor, al
cabo del día
me dejará dormir, viendo que ayuno y
rezo.

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