Georg Christoph Lichtenberg fue un
científico y escritor alemán famoso por sus aforismos. Nació en Ober Ramstadt
el 7 de julio de 1742 y murió en Gotinga el 24 de febrero de 1799. Jorobado a causa de un accidente en su niñez, dio muy pronto a conocer su disposición para las ciencias exactas y en 1763 entró a cursar en la Universidad de Gotinga, donde fue profesor
de Física, Matemáticas y Astronomía. En sus dos viajes a Inglaterra (1769-1774) trabó relación con gran parte de las personalidades científicas y adquirió profundos conocimientos sobre el país, que volcó en sus "Cartas de Inglaterra" publicadas en 1776 y 1778. Redactó articulos científicos de una gran claridad y también se distinguió por sus conferencias apoyadas en la aparatos de física experimental. Su fama, sin embargo, la adquirió por sus artículos satíricos, en los que fustigó despiadamente el sentimentalismo de los escritores del Sturm und drang. En 1793 fue
nombrado miembro de la Royal Society de Londres. Desde 1764 Lichtenberg fue anotando
en libretas una innumerable cantidad de apuntes o aforismos que fueron
publicados mucho tiempo después de su muerte y que fueron los que a la postre le dieron fama unniversal. Enrique Vila-Matas ha escrito
sobre Lichtenberg: “Fue también un gran estudioso de las tormentas de su región
y un coleccionista de descripciones de las mismas; además de un sempiterno
profesor de matemáticas; hipocondríaco hasta límites insospechados (llegó a
imaginar treinta enfermedades en un sólo minuto), gran bebedor de vino,
precursor del psicoanálisis y también del positivismo lógico; y del
neopositivismo, de la filosofía del lenguaje, del surrealismo y del
existencialismo.” Juan del Solar ha hecho la siguiente reflexión sobre el autor
de estos aforismos: Lichtenberg fue también, pese a las limitaciones físicas
impuestas por su escasa estatura y una joroba que, al decir de testigos
presenciales, él sabía disimular hábilmente en sus clases no dando nunca del
todo la espalda a su auditorio, un hombre que se debatía entre la
espiritualidad más pura y la más carnal de las sensualidades, según confesión
propia, y cuya vida privada no paraba de escandalizar a los puritanos burgueses
de Gotinga”. El propio Lichtenberg apuntó en sus cuadernos de notas estos dos
cáusticos autorretratos que se recogen a continuación: “Un personaje: ver
solamente lo peor de todas las cosas, tenerle miedo a todo, considerar incluso
la buena salud como un estado en el que no se siente la enfermedad; creo que yo
no podría representar ningún personaje con mejor fortuna que éste”. O también
esta otra manera de corregir su propio retrato: “Si el cielo juzgara útil y
necesario lanzar una nueva edición de mi y de mi vida, le haría unas cuantas
observaciones, nada inútiles, relacionadas con la nueva edición, y centradas
sobre todo en el dibujo del retrato y en el plan del conjunto”.
AFORISMOS
Muchas cosas de nuestro cuerpo no nos
parecerían tan puercas e indecentes si no tuviéramos tan anclada en nuestra
mente la idea de nobleza.
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Aquello que hay que hacer para
aprender a escribir como Shakespeare está mucho más allá de la lectura de sus
obras.
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Si de pronto los hombres se volvieran
virtuosos, muchos miles se morirían de hambre.
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Siempre me aflige la muerte de un
hombre de talento, pues el mundo tiene más necesidad de ellos que el cielo.
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La superficie más entretenida de la
tierra es, para nosotros, el rostro humano.
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Estoy convencido de que uno no sólo
se ama en otros, sino que también se odia en otros.
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Si alguien reuniera todas las
ocurrencia felices que ha tenido en su vida, haría con ellas un buen libro.
Cada cual es un genio al menos una vez al año, sólo que en los llamados genios
menudean más las buenas ocurrencias. Vemos, pues, lo importante que es anotarlo
todo.
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No tengas una idea excesivamente
artificial del hombre; júzgalo con naturalidad, sin considerarlo demasiado
bueno ni demasiado malo.
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No toda cabeza original maneja una
pluma original, y no toda pluma original es gobernada por una cabeza original.
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Leer mucho vuelve orgulloso y
pedante; ver mucho vuelve sabio, sociable y útil. El lector desarrolla
excesivamente una sola idea; el otro (el que observa el mundo) adopta algo de
todas las clases sociales, ve lo poco que el mundo se preocupa por el erudito
abstracto, y se convierte en ciudadano del mundo.
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En el mundo se puede vivir muy bien
diciendo profecías, mas no diciendo verdades.
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Gran parte del genio estriba en el
don de utilizar todos los acontecimientos de la vida en provecho propio y de la
ciencia que uno cultiva.
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– Es difícil que exista en el mundo
una mercancía más extraña que los libros. Impresos por gente que no los
entiende, vendidos por gente que no los entiende; encuadernados, criticados y
leídos por gente que no los entiende y, lo que es peor, escrito por gente que
no los entiende.
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¡Nunca emprendas algo para lo que no
tengas el valor de implorar la bendición del cielo!
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Escribir es una excelente ocupación
para despertar las potencialidades que dormitan en cada hombre, y todo el que
alguna vez haya escrito, habrá notado que el hecho de escribir despierta
siempre algo que antes no distinguíamos claramente, aunque estuviera dentro de
nosotros.

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