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3 poemas de Victor Hugo (Efímeros y breves 37)

 


Tal vez sea Víctor Hugo el escritor que mejor representa las esencias francesas, además de disputarse el puesto de gran genio de las letras y de tener una fertilidad y una versatilidad que es difícil encontrar en el panorama de la época, de cualquier época.

Víctor Hugo nace en Besançon el 26 de febrero de 1802. Es el tercer hijo de José Leopoldo Hugo, general del ejército francés con una brillante historia militar que le hace pasar por Madrid al ser nombrado en España mariscal de campo en 1811; además, será gobernador de Ávila, Segovia y Soria.  Víctor Hugo se vio aquejado desde niño por varias enfermedades de las que logró salvarse gracias a los cuidados de la madre. Además de su residencia en España, por dos veces, la familia del escritor pasó sucesivamente por Marsella, Córcega, la isla de Elba, Génova y París.

Una vez que sus padres se separaron, ingresó en el Liceo de Luis el Grande y mostró grandes aptitudes para las ciencias, pero prefirió inclinarse por las letras, mostrando desde adolescente un talento precoz. A los 14 años ya estaba escribiendo tragedias y traduciendo versos de Virgilio. Antes de llegar a los 18 ya ganaba concursos y juego florales por sus poemas. En 1819 fundó junto con sus dos hermanos un suplemento literario del Conservateur, que dirigía Chateaubriand: Hugo se encargaba de casi todo, especialmente destacaba por su crítica literaria. Además, algunas poesías publicadas por esta época le valieron cuantiosos premios.

En 1821 muere su madre y comienza a pensar en casarse. La publicación de Odas y poesías diversas en 1822, con claras influencias de Chateaubriand, le vale una pensión real de 1.000 euros, lo que le permite salir de la pobreza y contraer matrimonio con Adela Foucher, su novia desde la infancia. Desde entonces su actividad fue frenética y en poco tiempo obtuvo con sus obras una extraordinaria popularidad. Aparece “Han de Islandia”, novela de consignas autobiográficas que le empieza a hacerle célebre. El ministerio del interior le concede una nueva pensión de 2.000 francos. Funda “Muse Française”, revista de efímera existencia y que será el órgano del primer grupo romántico. Realiza un viaje a Suiza, preside cenáculos, se reconcilia con su padre, con el que se había enemistado a raíz de su divorcio.  

En 1826 publica Odas y Baladas, muy elogiado por Sainte-Beuve y que es el comienzo de una duradera amistad entre el escritor y el crítico. Ambos fundan poco después un cenáculo que tiene por objetivo romper con la fórmula clásica para adoptar otra más en armonía con sus nuevas aspiraciones literarias. En el prólogo de la nueva tragedia de Hugo “Cronwell” hace toda una declaración de intenciones del movimiento romántico, expresa su radical originalidad y encomia las virtudes de lo grotesco como ese elemento capaz de expresar mejor al hombre: su humana estupidez. Para Hugo el drama va a ser la forma poética más adecuada a los tiempos modernos. Conservaba la unidad de acción, pero rechazaba las unidades de lugar y de tiempo, que entorpecían la libertad del poeta.

A partir del gran eco que obtiene con Cronwell, los triunfos en las escena se suceden. En 1829 estrena “Las orientales” saludadas por el público y la crítica como una revelación por el ritmo de sus versos y la riqueza de sus imágenes.  Ese mismo año presenta “Marion Delorme”, pero la censura no da el permiso para su estreno y se resarce con “El último día de un condenado”, relato de tintes sombríos donde se aboga por abolición de la pena de muerte. Al año siguiente, en 1830 tiene lugar uno de los estrenos teatrales más sonoros y simbólicos. Se trata de Hernani, que ahondó en la división del público entre clásicos y románticos convirtiendo esta oposición en una auténtica batalla campal. Su éxito la convirtió en una pieza que llegó a formar parte del repertorio de todos los teatros de Europa.

A este éxito teatral le siguió otro novelesco con Notre-Dame de París, (1831), cuya trama contribuye al amor a la novela arqueológica, más tarde cultivada en Francia de una forma brillante. En ese momento es el autor mejor situado de Francia, el genio que ya nadie discute y tiene tan sólo veintinueve años. A comienzos de los treinta nuevas obras y nuevos triunfos que aumentan su gloria. Especial relevancia para el autor tuvo el estreno en 1832 del drama “Lucrecia Borgia”, ya que le da la ocasión de conocer al gran amor de su vida, que durará ya hasta que lo interrumpe la muerte: el de la actriz Juliette Drouet, que interpretaba el papel de la princesa Negroni. Hugo conoce a Juliet Drouet en el teatro de la porte Saint-Martin durante la lectura de una comedia. Juliette tenía veintiséis años y una belleza extraordinaria que es celebrada por escultores que la requieren como modelo. A partir de ese momento va a intervenir en todos los asuntos del escritor y le acompañará en gran parte de sus viajes -incluido uno a España el país donde pasó parte de su niñez-. “Juliette Drouet -sentencia César González Ruano en una reseña biográfica-llegó a ser algo más fuerte y acaso más importante que un amor: una necesaria costumbre”.

Antes de comenzar la nueva década da a la imprenta nuevos volúmenes de poesía entre los que destaca “Los rayos y las sombras”. Su popularidad iba en aumento hasta el punto de que el pueblo le hacía objeto de un verdadero culto. Donde quiera que va es recibido poco menos que bajo palio y su fecundidad artística no tiene parangón: año tras año da sus frutos en el teatro o en la imprenta. Presenta su candidatura a la Academia varias veces hasta que lo consigue en 1841. Se instala entonces un viejo palacio Luis XII que monta como un gran señor en la Plaza Real. Vive como un auténtico hedonista, rodeado de lujo.  

Entre 1845 y 1870 se da un periodo en la vida de Hugo de profunda actividad política: discursos parlamentarios, militancia, exilio en Bélgica y Santa Elena, donde escribe “Castigos”, tal vez su mejor poemario. En 1862, “Los miserables”. En 1866 “Los trabajadores del mar”. En 1869 “El hombre que ríe”. El éxito de los miserables sólo puede ser comparado a los folletines de Eugenio Sue, pero lo supera en calidad por la elocuencia de su estilo y la grandeza episódica.

Pocos días después de la caída del Imperio y en plena Guerra, Víctor Hugo vuelve de su exilio y en 1871 es elegido diputado del Sena en la Asamblea de Burdeos. Al año siguiente dimite al ser interrumpido, nada más empezar, un discurso en defensa de Garibaldi. Durante la comuna vive momentos de confusión y tiene que oír gritos en contra suya a las puertas de su casa. Pese al quebranto de su salud, su pluma no desfallece y sigue dando obras a la imprenta: “El año terrible”, sucesivas partes de “La leyenda de los siglos”, “El papa”. Todavía en 1882, tres años antes de su muerte, da un drama filosófico: Torquemada. Tras una larga agonía, muere el 22 de mayo de 1885. Su amor, Juliette Drouet, se había ido dos años antes.

César Gonzáles Ruano glosa las honras fúnebres de Víctor Hugo como un acontecimiento realmente insólito en el mundo de las letras. Es acompañado por un sequito con honores de monarca. “Su cadáver expuesto en el Arco del Triunfo. Soldados le presentan armas. Su cuerpo, entre salvas de artillería -veintiún cañonazos-, es sepultado en el Pantheon. Dos millones de hombres acompañaban al muerto en aquel día que con rica justicia, Romain Rolland llamó un día dionisiaco.”

 

CANCIÓN

 

Nace el alba y tu puerta está cerrada

Hermosa mía, ¿a qué dormir?

¿Si se despierta la rosa,

no vas a despertar tú?

 

Mi lindo encanto

escucha ya,

a tu amante que canta

y también llora.

 

Todo llama a tu puerta bendita.

Dice la aurora: «yo soy el día.»

Dice el pájaro: «yo la armonía.»

Y mi corazón: «yo el amor.»

 

Mi lindo encanto

escucha ya,

a tu amante que canta

y también llora.

 

Te adoro, ángel, te amo mujer

Dios que me completó contigo

creó mi amor para tu alma.

Y mis ojos para tu belleza.

 

 

 

CANCIÓN II

 

Si nada de mí queréis,

¿por qué os acercáis a mí?

Y si así me enloquecéis,

¿por qué me miráis así?

Si nada de mí queréis,

¿por qué os acercáis a mí?

 

Si nada intentáis decir,

¿por qué mi mano apretáis?

Del hermoso porvenir,

de la dicha en que soñáis,

si nada intentáis decir,

¿por qué mi mano apretáis?

 

Si queréis que aquí no esté,

¿por qué pasáis por aquí?

Sois mi afán y sois mi fe;

tiemblo al veros ¡ay de mí!

Si queréis que aquí no esté,

¿por qué pasáis por aquí?

 

 

 

CANCIÓN III

 

Si ya la mañana sonríe en el valle,

¿por qué no has abierto tu cáliz de flor?

¿por qué estás dormida, cuando ha despertado

la blanca gardenia que estaba en botón?

 

¿Será tan profundo tu sueño que no oigas

que todo a tus puertas te canta a una voz:

mi espíritu ardiente y el ave del cielo,

la fresca corola y el rayo del sol?

 

La rosa te dice: "¡yo soy el perfume!"

El día te dice: "¡yo soy la ilusión!"

La alondra te dice: "¡yo soy el gorjeo!"

Y mi alma te dice: "¡yo soy el amor!"

 


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