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EFÍMEROS Y BREVES 38. Así gozaba de los libros Michel de Montaigne (1533-1592). Hoy se cumplen 493 años de su nacimiento.





Con más justicia que a Goethe cabe aplicarle a Montaigne la frase con la que Napoleón definió al escritor alemán al serle presentado: “He aquí un hombre”. Es por las confidencias de sus faltas y debilidades, así como por la libertad de su conciencia y por su capacidad para comprender a  los clásicos y a todas las culturas y épocas, por lo que Montaigne representa al ser humano con todos sus claroscuros, tanto en su grandeza como en sus limitaciones. Y lo mejor de todo es que Montaigne representa la esencia del ser humano no desde la generalidad, sino siempre enfocando la lente sobre su propia vida y  persona: nunca se esconde y le gusta hablar desde su yo para no hablar impostado.

Poco antes de cumplir los cincuenta años de edad Montaigne decide retirarse a su propio reducto interior. Considera que ya ha vivido demasiado para los demás y a partir de ese momento se ordena vivir para sí mismo. En una torre redonda, aneja al castillo, que su padre había mandado construir como fortificación, hace instalar su biblioteca, y en las vigas del techo manda pintar, para su propio solaz e instrucción, cincuenta y cuatro máximas latinas. Sólo la última de las máximas –“Que sais-je”, “¿qué se yo?- está grabada en francés y se convertirá al final en uno de los lemas de su filosofía, tan impregnada de tolerancia y de espíritu de indagación. “Disgustado de la esclavitud de la corte y de los cargos públicos”, Montaigne se retirará a pasar los días que le quedan consagrado a sus libros, a su tranquilidad, a su libertad y a sus ocios. De esta ciudadela que Montaigne se monta para no verse perturbado por las mil distracciones domésticas, sólo él puede salir, pero nadie puede entrar. “Mi biblioteca es mi reino y en ella trato que mi gobierno sea absoluto”. Será en esta biblioteca apartada del mundanal ruido donde Montaigne se va  a aplicar a la escritura de sus ensayos. Montaigne, que toda su vida se quejó de su mala memoria y de sus ataques de pereza, comienza a escribir observaciones y ocurrencias al margen de los libros que lee, y más tarde, sin mucha conciencia de lo que comenzaba a traerse entre manos, comienza a zurcir estas notas deshilachadas y a poner su propio yo como centro de la trama.

Dejo aquí un fragmento de uno de sus famosos ensayos “Los tres comercios”, donde Montaigne nos hace un encendido elogio del mundo de los libros y nos cuenta cómo se refugia en la torre donde ha instalado esa biblioteca que con el tiempo se haría célebre. Tal vez en ese momento la biblioteca de Montaigne representaba mejor que ninguna el ansia del hombre por el conocimiento. Y cuando tenemos el privilegio de leer sus ensayos nos parece a veces estar oteando el mundo humano sentados en esa torre desde la que Montaigne contemplaba al hombre. Esos clásicos encuadernados que habitaban su biblioteca parecen hablarnos también a nosotros pero con el inconfundible acento con que Montaigne los interpretaba.





ASÍ GOZABA DE LOS LIBROS MICHEL DE MONTAIGNE

"Gozo de los libros como los avaros de los tesoros, sabiendo que goza; se sacia y contenta mi alma con este derecho de posesión. Ni en la guerra ni en la paz viajo sin libros. Sin embargo, pasarán días y meses sin que los use: lo haré dentro de nada, pienso, o mañana o cuando me plazca. Corre el tiempo mientras tanto y se va, sin herirme. Pues no puedo decir cuánto me calmo y apaciguo con esta consideración, que están a mi lado para darme placer en su momento y pensando cuánto ayudan a mi vida. Es la mejor munición que he hallado para este viaje humano, y compadezco en extremo a los hombres de entendimiento que de ella carecen. Acepto gustoso cualquier otra clase de esparcimiento, por liviano que sea, porque éste no puede faltarme.

Retírome en casa algo más a menudo a la biblioteca, desde la que alcanzo a gobernar mi hacienda. Estoy a la entrada y veo abajo mi jardín, mi corral y la mayoría de los cuerpos de mi casa. Allí hojeo ya un libro, ya otro, sin orden ni concierto, de modo deshilvanado; ora sueño, ora apunto y dicto, mientras paseo, las ideas aquí presentes.




Está en el tercer piso de una torre. El primero es la capilla, el segundo una habitación y sus aposentos, en la que me acuesto a menudo para estar solo. Encima tiene un guardarropa. Era en el pasado el lugar más inútil de la casa. Paso en él la mayor parte de los días de mi vida y la mayor parte de las horas del día. Jamás estoy allí por la noche. Hay un gabinete contiguo asaz apañado, capaz de albergar fuego en invierno, abierto de modo muy agradable. Y si no temiera las preocupaciones más que los gastos, preocupaciones que me apartan de toda tarea, podría añadir fácilmente a cada lado una galería de cien pasos de largo y doce de ancho, al mismo nivel, pues hallé levantados los muros para otro uso a la altura que necesito. Todo lugar retirado exige un paseo. Mis pensamientos dormitan si los dejo parados. No funciona mi mente si no los mueven las piernas. A todos aquellos que estudian sin libro les ocurre otro tanto.

Es de forma redonda y no tiene liso más que lo que necesito para la mesa, todos mis libros colocados en cinco niveles todo en derredor. Tiene tres vistas de rica y abierta perspectiva y dieciséis pasos libres de diámetro. En invierno estoy allí menos continuamente, pues está mi casa encaramada en un cerro y no hay aposento más aventado que éste; y pláceme por ser de acceso algo difícil y estar apartado, tanto por el fruto del ejercicio como por alejar al gentío de mí. Éste es mi cubil. Intento conservar totalmente el dominio sobre él y sustraer este único rincón de la comunidad conyugal, filial y civil. En cualquier otra parte tengo sólo una autoridad verbal: en esencia, confusa. ¡Mísero aquel, a mi parecer, que no tenga en su casa un lugar donde pertenecerse, donde hacerse a sí mismo la corte, donde ocultarse! La ambición exige a los suyos estar siempre exhibiéndose como la estatua de un mercado. ¡Ni siquiera tienen su retiro para retirarse! Nada me parece tan duro en la austeridad de vida que profesan nuestros religiosos, como lo que sé de algunas de sus compañías que tienen como regla una perpetua sociedad de lugar y asistencia numerosa entre ellos, para cualquier acto. Y hallo más soportable de algún modo el estar siempre solo que el no poder estarlo jamás.

Si alguien me dice que es envilecer a las musas el servirse de ellas sólo como juguete y pasatiempo, no sabe, como yo, cuánto vale el placer, el juego y el pasatiempo. Poco me falta para decir que todo otro fin es ridículo. Vivo al día: y con todos mis respetos, diré que sólo vivo para mí: ahí terminan mis designios. De joven estudié para la ostentación; después, algo para asentarme; ahora, para divertirme; jamás por el provecho. Un gusto vano y derrochador que tenía por esa clase de libro, no para acudir únicamente a mi  necesidad, sino tres pasos más allá para cubrirme y adornarme con él, helo perdido ya.

Tienen los libros muchas cualidades agradables para aquellos que los saben elegir; mas ningún bien sin esfuerzo: es un placer que no es más limpio y puro que los otros; tiene sus inconvenientes y de mucho peso; ejercítase con ellos el alma, mas el cuerpo, cuyo cuidado tampoco he olvidado, permanece mientras inactivo, se debilita y entristece. No conozco otro exceso más perjudicial para mí, ni nada que haya de evitar más en esta decadencia de la vida."

 


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