No es este un libro para quien busque una trama novelesca que le seduzca y le permita a enfrascarse en un libro durante horas. A veces, además, la prosa de Thomas Bernhard se nos hace árida por sus repeticiones continuas con diversas variantes y disgresiones, y algo chirría y nos irrita y nos empacha. La trama en Bernhard es siempre ténue, casi inexistente, en este caso un encuentro en un museo de Viena entre un reputado crítico de arte y un escritor que no publica porque no quiere publicar. La trama es siempre para Bernhard una excusa para lanzar sus diatribas y sus demoledoras críticas sociales y despacharse a gusto contra todo lo que le disgusta y en esto era un superdotado, no parece tener igual por su visión satírica de las cosas y por lo duro y extremo de sus aseveraciones. Y la literatura de Bernhard es una literatura de improperios que no quiere dejar títere con cabeza y de la que no se libra ni el Estado, ni la educación, ni los museos, ni el mito de la infancia. Pero con todo, y no perdonando ni dejando que nada se libre de sus soflamas -ni siquiera Heidegger o Mahler-, lo más duro y acerado se vierte contra el arte, aprovechando que la novela se ambienta en un museo. Acusa a los maestros antiguos de la pintura de haberse vendido al Estado, de no haber pintado nunca lo que tenían que pintar -por venales- y especialmente acusa al arte de chapucero y a quien admira esas obras chapuceras unos hipócritas que se dejan embaucar por la admiración. Es decir, que para Bernhard el arte es una gran superchería, porque el arte queda desnudo cuando se le somete a una contemplación detenida. Todo el arte que se acumula en los museos es un arte fracasado, al igual que los guías de los museos colaboran a matar el arte y las ganas artísticas con su charlatanería, al igual que la educación sirve para impulsar más esta castración, todo colabora al gran fracaso y a la gran superchería. Y es que Bernhard, también en esta obra que fue la última publicada en vida, se aplica a la tarea de gran bufón y comienza a desplegar su arte de la caricatura contra todo lo sagrado, contra los mitos y contra la pompa y la gravedad del mundo. Aunque en la naturaleza se hallan fenómenos que no se puede ridiculizar, en el terreno humano, y especialmente en el artístico, todo es ridiculizable, y hasta el mismo Papa nos parece ridículamente humano. La resultante es que todo el mundo se revela ridículo y es precisamente esta visión la que nos permite el progreso, porque la admiración mata la verdadera inteligencia. La admiración, que es fomentada por la cultura con todos sus medios, provoca esa propensión a ver el rey siempre vestido con su aparato y pompa. A Bernhard le gusta disparar contra todo lo solemne y hacernos ver al rey tal cual es: siempre dispuesto a quitarle la ropa al rey si resulta ridícula. Y la ojeada que echa Bernhard a la cultura en este libro es terriblemente grotesca. Pero el alegato más duro contra el arte se reserva para el final, donde ya descubrimos que el verdadero tema de la novela es el duelo: ni todo el arte, ni todos los libros ni toda la cultura del mundo nos sirve de consuelo cuando lo necesitamos, porque el verdadero consuelo esta en otra parte. Los grandes ingenios y Maestros antiguos a los que recurrimos en los momentos decisivos para nuestra vida como una caja fuerte espiritual no nos sirven de nada. Y contra esta inutilidad del arte y todos sus dispositivos lanza Bernhard su mirada despiada en cada tramo de esta novela.
Con motivo del 40 aniversario de su publicación en 1985, esta nueva edición de "Maestros antiguos" en Cátedra, Letras Universales, en tamaño más grande que el habitual, con algunas ilustraciones del Kunsthistorisches Museum donde se ambienta la novela, traducida por Miguel Sanz y largo estudio introductorio de Javier Aparicio Maydeu, que va asperjando el texto de abundantísimas y bien informadas notas, resulta todo un lujo a un precio bastante asequible.
Se deja aquí, a manera de ejemplo, un breve fragmento de la novela que se podría titular
TODA LA GENTE LEE HOY TODO VOLANDO
"Soy más ojeador que lector, debe usted saber, y me gusta hojear tanto como leer, durante mi vida he hojeado un millón de veces más que leído, pero al hojear he tenido siempre, al menos, tanta alegría y verdadero placer espiritual como al leer. Es mejor que leamos en fin de cuentas solo tres páginas de un libro de cuatrocientas más a fondo que un lector normal, que lo leerá todo, pero ni una sola página a fondo, dijo. Es mejor leer doce líneas de un libro con la mayor intensidad y, por consiguiente, penetrarlas por completo, como puede decirse, que leer todo el libro como un lector normal, que al final conoce tan poco el libro que ha leído como un pasajero aéreo el paisaje que ha sobrevolado. Ni siquiera percibe los contornos. Así, toda la gente lee hoy todo volando, lo leen todo y no conocen nada. Yo entro en un libro y me establezo en él en cuerpo y alma, tiene que imaginárselo, en una o dos páginas de un trabajo filosófico como si penetrara en un paisaje, una naturaleza, una formación estatal, un accidente terrestre si se quiere, para penetrar a fondo en ese accidente terrestre con todas mis fuerzas y no solo a medias y queriéndolo a medias, investigarlo y luego, una vez investigado con toda la minuciosidad disponible, duducir el todo. El que lee todo no comprende nada, dijo."

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