EFÍMEROS 40. "La muerte de una mosca", un texto de Marguerite Duras (1914-1996) en el 30 aniversario de su muerte
Marguerite Duras fue una escritora y
guionista francesa que nació en Gia Dinh, indochina, en 1914. Sus padres eran
profesores de francés que se conocieron en la escuela secundaria de Gia Dinh. Cuando
sólo contaba siete años perdió al padre, que se había trasladado 1921 a Francia
para recuperarse de una enfermedad. También ella volvió con su madre y sus dos
hermanos a Francia durante un par de años, hasta 1924, que de nuevo regresó a Indochina, donde viven casi en la pobreza a consecuencia de una serie de malas inversiones por parte de la madre.
Allí permaneció hasta los 18 años, momento en que regresó a París para completar
su educación. Estudio Derecho, Matemáticas y Ciencias Políticas y durante algún
tiempo trabajó en la Administración. Ingresó en el partido comunista, fue miembro
de la resistencia durante la segunda guerra mundial formando parte de un grupo
en que también participaba François Miterrand. Se casó joven con el escritor
Robert Antelme, con quien tuvo un hijo, además de otro, un poco más tarde, con
el pensador de izquierdas Dionys Mascolo. Su nombre saltó a la fama cuando en
1958 firmó el guion de una película mítica de Alain Rasnais: “Hiroshima, mom
amour”. Su novela “Moderato cantábile” la situó entre las novelistas
más importantes del movimiento “Le noveau roman”, que pretendió romper con la
novela lineal decimonónica, explorando el flujo de conciencia e incidiendo en
una descripción minuciosa y objetiva. Entre sus novelas, hay que destacar “El
vicecónsul” y “El amante”. Esta última novela es la más conocida y
por ella recibió el premio Goncourt el año de su publicación, 1984. Murió a
consecuencia de un cáncer de laringe el 3 de marzo de 1996.
LA MUERTE DE UNA MOSCA
"Me gustaría contar la historia que
conté por primera vez a Michelle Porte, que había rodado una película sobre mí.
En aquel momento de la historia, me encontraba en lo que se llamaba la despensa,
en la “casita” con la que comunicaba la casa. Estaba sola. Esperaba a Michelle
Porte en la mencionada despensa. Con frecuencia me quedo así, sola, en esos
lugares tranquilos y vacíos. Mucho rato. Y fue en aquel silencio, aquel día,
cuando de repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos de
la vida de una mosca.
Me senté en el suelo para no
asustarla. Me quedé quieta.
Estaba sola con ella en toda la
extensión de la casa. Nunca hasta entonces había pensado en las moscas, excepto
para maldecirlas, seguramente. Como usted. Fui educada como usted en el horror
hacia esa calamidad universal, que producía la peste y el cólera.
Me acerqué para verla morir.
La mosca quería escapar del muro en el
que corría el riesgo de quedar prisionera de la arena y del cemento que se depositaban
en dicha pared debido a la humedad del jardín. Observé cómo moría una mosca
semejante. Fue largo. Se debatía contra la muerte. Duró entre diez y quince
minutos y luego se acabó. La vida debió acabar. Me quedé para seguir mirando.
La mosca quedó contra la pared como la había visto, como pegada a ella.
Me equivocaba: la mosca seguía viva.
Seguí allí mirándola, con la
esperanza de que volviera a esperar, a vivir.
Mi presencia hacía más atroz esa
muerte. Lo sabía y me quedé. Para ver. Ver cómo esa muerte invadiría
progresivamente a la mosca. Y también para intentar ver de dónde surgía esa
muerte. Del exterior, o del espesor de la pared, o del suelo. De qué noche llegaba,
de la tierra o del cielo, de los bosques cercanos, o de una nada aún
innombrable, quizá muy próxima, quizá de mí, que intentaba seguir los
recorridos de la mosca a punto de pasar a la eternidad.
Ya no sé el final. Seguramente la
mosca, al final de sus fuerzas, cayó. Las patas se despegaron de la pared. Y
cayó de la pared. No sé nada más, salvo que me fui de allí. Me dije: te estás
volviendo loca”. Y me fui de allí.
Cuando Michelle Porte llegó, le
enseñé el lugar y le dije que una mosca había muerto allí a las tres veinte.
Michelle Porte se rió mucho. Tuvo un ataque de risa. Tenía razón. Sonreí para
zanjar la historia. Pero no: siguió riendo. Y yo, cuando la cuento ahora, así,
de acuerdo con la verdad, con mi verdad, es lo que acabo de decir, lo que ha
ocurrido entre la mosca y yo y que no da risa.
La muerte de una mosca: es la muerte.
Es la muerte en marcha hacia un determinado fin del mundo, que alarga el
instante del sueño postrero. Vemos morir a un perro, vemos morir a un caballo,
y decimos algo, por ejemplo, pobre animal… Pero por el hecho de que muera una mosca,
no decimos nada, no damos constancia, nada.
Ahora esta escrito. Es esa clase de
derrape quizá -no me gusta esa palabra, muy confusa- en el que corremos el
riesgo de incurrir. No es grave, pero es un hecho en sí mismo, total, de un
sentido enorme: de un sentido inaccesible y de una amplitud sin límites. Pensé
en los judíos. Odié a Alemania como durante los primeros días de la guerra, con
todo mi cuerpo, con todas mis fuerzas. Igual que durante la guerra, a cada
alemán por la calle, pensaba en su muerte a mi debida, por mí ideada,
perfeccionada, en esa dicha colosal de un cuerpo alemán muerto de una muerte a
mí debida
Está bien que el escribir lleve a
esto, a aquella mosca, agónica, quiero decir: escribir el espanto de escribir.
La hora exacta de la muerte, consignada, la hacia ya inaccesible. Le daba una
importancia de orden general, digamos un lugar concreto en el mapa general de
la vida sobre la tierra.
Esa precisión de la hora en que había
muerto hacía que la mosca hubiera tenido funerales secretos. Veinte años
después de su muerte, ahí está la prueba, aún hablamos de ella.
Nunca había contado la muerte de esa
mosca, su duración, su lentitud, su modo atroz, su verdad.
La precisión de la hora de la muerte
remite a la coexistencia con el hombre, con los pueblos colonizados, con la
fabulosa masa de desconocidos del mundo, la gente sola, loa de la soledad
universal. La vida está en todas partes. Desde la bacteria al elefante. Desde
la tierra a los cielos divinos o ya muertos.
No había organizado nada alrededor de
la muerte de la mosca. Las paredes blancas, lisas, su mortaja, estaban ya allí
y contribuyeron a que su muerte se convirtiera en un acontecimiento público,
natural e inevitable. Era evidente que aquella mosca se encontraba al final de
su vida. No podía resistirme a verla morir. Ya no se movía. Eso también
contaba, y también saber que no se puede contar que esa mosca haya existido.
Hace veinte años de eso. Nunca había
contado esa historia como acabo de hacerlo, ni siquiera a Michelle Porta. Lo
que aún sabía -lo que veía- es que la mosca ya sabía que aquel hielo que
la atravesaba era la muerte. Eso era lo más espantoso. Lo más inesperado. Ella sabía.
Y aceptaba.
Una casa sola no existe así como así.
A su alrededor se necesita tiempo, gente, historias, “hitos”, cosas como el
matrimonio o la muerte de aquella mosca, la muerte, la muerte banal: la de la
unidad y a la vez la del número, la muerte planetaria, proletaria. La de las
guerras, esas montañas de guerras de la Tierra.
Aquel día. El mencionado, el de la
cita con mi amiga Michelle Porte, a
quien sólo yo vi, aquel día sin hora exacta, murió una mosca.
De repente el monto en que la miraba
eran las tres veinte de la tarde y pico: el rumor de los élitros cesó.
La mosca había muerto.
Aquella reina. Negra y azul.
Aquella, la que yo había visto, había
muerto lentamente. Se había debatido hasta el último estremecimiento. Y después
cedió. Quizá duró entre cinco y ocho minutos. Había sido largo. Fue un instante
de absoluto pavor. Y fue la marcha de la muerte hacia otros cielos, otros
planetas, otros lugares.
Quería huir y al mismo tiempo me
decía que debía mirar hacia aquel ruido en el suelo, para, a pesar de todo,
haber oído, una vez, ese ruido de llamarada de leña húmeda de la muerte de una
mosca común.
Sí. Eso es, esa muerte de la mosca se
convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se
escribe para mirar morir una mosca. Tenemos derecho a hacerlo.
A Michelle Porte le dio un ataque de
risa cuando dije a qué hora había muerto la mosca. Y ahora pienso si no sería
yo quien contara esa muerte de modo risible. En aquel momento carecía de medios
para expresarlo porque miraba aquella muerte, la agonía de aquella mosca negra
y azul.
La soledad siempre está acompañada
por la locura. Lo sé. La locura no se ve. A veces sólo se la presiente. No creo
que pueda ser de otro modo. Cuando se extrae todo de uno mismo, todo un libro,
forzosamente se está en el particular estado de cierta soledad que no se puede
compartir con nadie. No se puede hacer compartir nada. Uno debe leer solo el
libro que uno ha escrito, enclaustrado en el libro. Evidentemente eso tiene un
aspecto religioso pero no lo experimento uno en el acto, puede pensarlo después
(como lo pienso en este momento) con motivo de algo que podría ser la vida, por
ejemplo, o la solución a la vida del libro, de la palabra, de gritos, de
aullidos sordos, silenciosamente terribles de todos los pueblos del mundo.
Todo escribe a nuestro alrededor, eso
es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe, la mosca, la mosca escribe,
en las paredes, la mosca escribió mucho a la luz de la sala, reflejada por el
estanque. La escritura de la mosca podría llenar una página entera. Entonces sería
una escritura. Desde el momento en que podría ser una escritura, ya lo es. Un
día, quizás, a lo largo de los siglos venideros, se leería una escritura,
también sería descifrada, y traducida. Y la inmensidad de un poema legible se
desplegaría en el cielo.
Pero, pese a todo, en algún lugar del
mundo se escriben libros. Todo el mundo los escribe. Lo creo. Estoy segura de
que así es. Que para Blanchot, por ejemplo, así es. La locura da vueltas a su
alrededor. La locura también es la muerte. Para Bataille, no. ¿Por qué estaba Bataille
fuera del alcance del pensamiento libre, loco? No sabría decirlo.
Quisiera seguir hablando un poco más
acercada de la historia de la mosca.
Aún la veo, a la mosca, a aquella
mosca, en la pared blanca, aún la veo morir. Primero a la luz solar, y luego a
la luz reflejada y oscura del suelo enlosado.
También se puede no escribir, olvidar
una mosca. Sólo mirarla. Ver cómo se debatía a su vez, de un modo terrible y
contabilizado en un cielo desconocido y de nada.
Ya está, eso es todo."

Comentarios
Publicar un comentario