Anna Ajmátova (1889-1966), fue
simbolo del exilio interior. Poeta precoz, a partir del fusilamiento en 1921 de
su marido, Nikolái Gumiliov, del que se había divorciado años antes, comenzó a
padecer una marginación oficial que empeoró en 1923, cuando se le impidió
publicar, y continuó hasta 1940. No obstante, la represión no impidió que buena
parte de sus poemas se conservaran literalmente en la memoria propia y de los
amigos más próximos. Su silencio fue apenas roto por una exhortación
radiofónica en Leningrado tras la invasión alemana y por un libro de 1943,
aunque a partir de 1946 fue condenada nuevamente por el régimen, que también
desterró por segunda vez a su hijo a los campos siberianos. Sus últimos años
fueron los del reconocimiento internacional. Su gran poema, Réquiem, que dio
voz al sufrimiento de aquella época, no se publicó en Rusia hasta 1989.
POETA
Pensarás ¡vaya un trabajo
esa vida regalada!
Escuchar algo en la música
y, entre broma y broma, hacerlo
propio.
O adaptando un alegre scherzo
en un flujo de estrofas
jurar que es como gime
un pobre corazón en el esplendor de
los campos.
Y luego oír algo en el bosque,
entre pinos como monjes que guardan
voto
de silencio, o en una cortina de
nubes,
en la niebla que cuelga del aire.
Recojo un poco a la izquierda y un
poco a la derecha,
e incluso, sin sentirme culpable,
algo de la pícara vida
recojo todo del silencio de la noche.
Komarovo, 1959
EPIGRAMA
¿Podría como Dante escribir Beatriz,
podría cantar Laura la fiebre del
amor?
Enseñé a las mujeres a tomar la
palabra,
mas cómo hacer, Dios mío, que se
callen.
1960
Epílogo
II
Se acerca el aniversario, día del
recuerdo.
Os veo, os oigo, os siento:
A la que apenas pudo llegar a la
ventana,
a la que no volvió a pisar la tierra
en que nació,
a la que moviendo su hermosa cabeza
musitaba: “ya vengo aquí como si
fuera mi casa”.
Querría llamar a cada una por su
nombre
pero requisaron la lista y no puedo
hacerlo.
Para ellas he tejido este vasto
sudario
con las tristes palabras que de ellas
oí.
A ellas siempre las tendré presentes,
y en todo lugar,
no las olvidaré en desgracias
futuras.
Y si un día sellaran mi atormentada
boca,
la boca con que gritan cien millones
de almas,
que ellas piensen en mí, como pienso
yo en ellas,
que por mí ruegen cuando llegue mi
día.
Y si alguna vez quisiera la ciudad
erigir un monumento en mi memoria,
Podría ese honor aceptar complacida,
con tal de que no lo alzaran nunca
ni a la orilla misma del mar donde
nací
-mis lazos con ese mar ya los he
roto-,
ni junto a mi árbol sagrado, en el
jardín de los zares,
donde una sombra yerra y me busca
desolada,
sino aquí, donde permanecí de pie
trescientas horas
ante rejas que para mí no se
abrieron.
Porque temo olvidar, en la paz de la
muerte,
las ruedas del siniestro furgón
negro,
los golpes de la puerta que hemos
odiado tanto
y el aullido de la anciana, como
animal herido.
Que desde los yertos párpados de
bronce
fluya -y sean ésas sus lágrimas- la
nieve derretida,
que arrullen a lo lejos palomas del
presidio
y bajen silenciosos los barcos por el
Neva.
Marzo de 1940

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