EFÍMEROS 49. Un texto de Mircea Eliade (1907-1986) en el 119 aniversario de su nacimiento: "El simbolismo del centro: mi patria es el mundo"
Mircea Eliade nació el 9 de marzo de
1907 en Bucarest, un mes terrible en la historia de Rumania -según evocaba el
propio Mircea- por producirse una revuelta generalizada de los campesinos en
todas las provincias. Su padre era capitán del ejército. En esta ciudad fue a
la escuela primaria y asistió al liceo Spiru-Haret. Con diez años comenzó a
leer novelas policíacas y cuentos hasta enlazar con Alejandro Dumas. Precoz apasionado de
la zoología, a los trece años ya consiguió que le publicaran un artículo sobre
los insectos en la “Revista de Ciencias Populares”. A los 16 años se instala en
una buhardilla independiente que le cede la familia y comienza a leer
copiosamente cuanto cae en sus manos, a la vez que recibe a sus amigos
organizando improvisadas tertulias. Es en esta época cuando comienza a
interesarse por los orientalistas e historiadores de las religiones: lee a
Frazer, a Max Müller y a Tucci. En 1925 inicia estudios de Filosofía en la
Universidad de Bucarest. Allí comienza a centrarse en el orientalismo y las
mitologías, aprende por su cuenta hebreo y persa. Comienza también a buscar
inconscientemente ciertas fuentes olvidadas de la cultura europea. Su tesis va
a versar sobre la filosofía renacentista italiana, desde Marsilio Ficino hasta
Giordano Bruno. Durante esos años de estudio viaja frecuentemente a Italia
donde llega a conocer a Giovani Papini, el motivo principal que le decidió a
aprender el italiano.
En 1928 recibe, tras escribir una
carta de presentación, un mecenazgo por parte de un maharajá para estudiar en
la India sanscrito, filosofía y yoga. Ya en Calcuta se convierte en el
discípulo del célebre filósofo indio Surendranath Dasgupta. En septiembre de
1930 parte en dirección al Himalaya y, por mediación de su gurú, Swami
Shivanananda, medita en una choza en un bosque durante seis meses, sometido a
un régimen vegetariano y mendigando cada mañana leche, miel y queso. Práctica
intensamente ejercicios de yoga y de respiración pranayama. Es en esta época
cuando es recibido varias veces por Tagore en su escuela de Santiniketan, de
quien admiraba no sólo sus dotes como artista y poeta, sino a la persona que
con sus cualidades condensaba todas las posibilidades del ser humano. Es en la
India donde también descubre lo que más tarde llamará “la religiosidad cósmica”,
es decir, la manifestación de lo sagrado a través de los objetos o de los
ritmos cósmicos: un árbol, un manantial, la primavera. Mucho años más tarde
escribirá en su diario: “Creo que mi interés por la filosofía y la ascesis
hindúes se explica así: la India ha estado obsesionada por la libertad, la
autonomía absoluta. Pero no de una manera ingenua, caprichosa, sino teniendo en
cuenta los innumerables condicionamientos del hombre, estudiándolos
objetivamente, experimentalmente (Yoga) y esforzándose por hallar el
instrumento que permitiera abolirlos y trascenderlos. Aún más que el
cristianismo, el espiritualismo hindú tiene el mérito de introducir la libertad
en el cosmos.”
A finales de 1931 se ve obligado a retornar
a Bucarest para cumplir con el servicio militar. Al mismo tiempo defiende su
tesis sobre el yoga; su publicación en francés en 1936 bajo el título de “El
yoga, tratado sobre los orígenes de la mística india” tiene tal éxito que lo
convierte, de la noche a la mañana, en una verdadera celebridad antes de
cumplir los treinta años. Otros tratados sobre el yoga, que irá publicando en años posteriores, culminarán este primer libro embrionario Da a la imprenta una novela titulada “La noche bengalí”,
gana un premio y también comienza a contar su nombre como literato, además de
como erudito de las mitologías y las religiones. Comienza a dar cursos en la
Universidad de Historia de la metafísica y otro de Historia de las religiones.
Funda en 1938 la revista Zalmoxis, que trata de fomentar el estudio científico
de las religiones en Rumanía.
En 1940 parte de Rumanía y marcha a
Londres como agregado cultural. Al año siguiente es trasladado a Lisboa donde
permanece cuatro años aprendiendo portugués y donde conoce a Ortega y Gasset,
al que admiraba profundamente. Allí comienza a redactar el "Tratado de historia
de las religiones" y una parte de "El mito del eterno retorno". En 1945 se instala
en París, donde organiza, junto a otros intelectuales rumanos exiliados, un
círculo literario y cultural, “la Estrella de la mañana”, además de un centro
de investigaciones rumanas. Es invitado por Georges Dumézil a dar una serie de
cursos sobre Historia de las religiones, al mismo tiempo que comienza a redactar
“Imágenes y Símbolos”. En la capital francesa comienza a leer todo lo que
encuentra de Balzac y proyecta escribir un biografía sobre el prolífico novelista. Toma contacto con Bataille y
Breton. Intima con Cioran, cuya amistad ya databa de sus tiempos en Bucarest. Conoce a Ionesco cuando aún estaba preparando su primer libro; más
tarde confesaría que se sentía especialmente sensible a la poética del sueño
que informa su teatro.
Después de ser profesor visitante
durante algunos años en la Universidad de la Sorbona, aprovecha en 1957 la
posibilidad de dar clases de Historia de las Religiones en la Universidad de
Chicago, donde encuentra al fin la atmósfera y el caldo de cultivo idóneo para
desarrollar su labor de profesor y estuidioso. Un ictus acabó con su vida el 22 de
abril de 1986.
Además de las obras ya citadas, cabe
añadir “Lo sagrado y lo profano”, de 1957, y “Mito y realidad”, aparecida en 1963.
De trascendencia para conocer al Eliade más personal son sus diversos diarios
aparecidos, así como sus novelas, entre las que se puede destacar “Isabel y las
aguas del diablo”. El gran teólogo español, Miret Magdalena, ha recordado la relevancia
de Eliade como descubridor de la importancia que para el hombre contemporáneo
sigue conservando el mito, que con su lenguaje simbólico es capaz de expresar
la complejidad de lo humano, a la que no puede llegar la razón. Para Mircea
Eliade, “la tarea del historiador de las religiones queda inacabada mientras no
conduce a descubrir la función del simbolismo en general”. Otro de los aciertos
de esta genial historiador de las religiones y de los símbolos fue el poner
énfasis en su distinción entre lo sagrado y lo profano y la importancia de no
dar la espalda a la revelación de una realidad absoluta, que es precisamente
aquello que puede dar orientación y sentido al ser humano.
EL SIMBOLISMO DEL CENTRO: MI PATRIA
ES EL MUNDO
“Para todo exiliado, la patria es la
lengua materna que sigue hablando. Felizmente, mi mujer es rumana, y ella juega
el papel de la patria, puesto que entre nosotros hablamos en rumano. La patria
es para mí, por consiguiente, la lengua que hablo con ella y con mis amigos,
pero sobre todo con ella; la lengua en que sueño y escribo mi diario. No se
trata, por tanto, de una patria únicamente interior, onírica. Pero no hay
contradicción alguna, ni tan siquiera tensión, entre el mundo y la patria. En
cualquier parte hay un centro del mundo. Una vez situado en el centro,
el hombre se encuentra en su sitio, auténticamente en el verdadero yo y
en centro del cosmos. El exilio ayuda a comprender que el mundo jamás nos es
extraño desde el momento en que en él tenemos un centro. Ese “simbolismo del
centro”, no sólo lo entiendo, sino que además lo vivo."
(Mircea Eliade. "La prueba del laberinto")
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