EFÍMEROS 50. Quince aforismos de Friedrich Schlegel (1772-1829) en el 254 aniversario de su nacimiento
Se deja aquí un puñado de aforismos o fragmentos publicados en una revista por Friedrich Schlegel en torno a 1800, así como una reseña biográfica y un análisis de su filosofía.
Se llama artistas a muchos que, en
realidad, son obras de arte de la naturaleza.
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El genio no es, ciertamente, cosa de
la voluntad (willkür), pero sí lo es de la libertad, al igual que el ingenio,
el amor y la fe, que en su momento han de llegar a ser artes y ciencias. Debe
exigirse genio de todo el mundo, pero sin esperarlo. Un kantiano llamaría a
esto el imperativo categórico de la genialidad
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Un texto clásico nunca debe poderse
comprender totalmente. Pero aquellos que son cultos y que se cultivan deben
siempre querer aprender cada vez más de él.
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Al igual que un niño es en realidad
algo que quiere llegar a ser un hombre, así también el poema es sólo una cosa
natural que quiere llegar a ser una obra de arte.
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Quien quiere algo infinito no sabe lo
que quiere. Pero esta frase no se deja invertir.
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La ironía es la forma de lo paradójico. Paradójico es todo lo que es a la vez bueno y grande.
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El ingenio es sociabilidad lógica.
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Lo mismo que los hombres prefieren en
sus actos la grandeza a la justicia, así también los artistas quieren
ennoblecer e instruir.
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Ni el arte ni las obras hacen al
artista, sino la sensibilidad y el entusiasmo y el impulso.
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¿Cuántos autores hay realmente entre
los escritores? Autor significa creador.
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Lo que se pierde en las habituales
traducciones buenas o excelentes es justamente lo mejor.
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Un hombre de religión es quien vive
sólo en lo invisible y para quien todo lo visible tiene sólo la verdad de una
alegoría.
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Sólo por relación con lo infinito
surgen contenido y utilidad; lo que no se relaciona con ello es absolutamente
vacío e inútil.
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La vida eterna y el mundo invisible
sólo se pueden buscar en Dios. En Él viven todos los espíritus, Él es un abismo
de individualidad, la única plenitud infinita.
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Dejad libre la religión y dará
comienzo una nueva humanidad.
RESÑA BIOGRÁFICA DE FRIEDRICH SCHLEGEL
Friedrich Schlegel Nace en Hannóver,
el 10 de marzo de 1772, hijo de Johanna Christiane Erdmuthe Hübsch y del
superintendente general Johann Adolf Schlegel. Pertenecía a una dinastía
familiar que se había consagrado al estudio de las letras, de la que había
destacado el hermano de su padre, Elias Schlegel, célebre escritor de su tiempo
cuyos estudios críticos habían rivalizado con la obra Winckelmann. A pesar de
esta tradición familiar, el padre tuerce su vocación por las letras y le obliga
a dedicarse al comercio con 16 años, bajo la tutela de un banquero de Leipzig.
Un año después comienza sus estudios de Derecho en Gotinga, donde su hermano
August Wilhelm, cinco años mayor que él, ya estudiaba filología clásica como
discípulo de Heyne. Dentro de éste círculo, retoma su vocación y profundiza en
diferentes lenguas y disciplinas artísticas. En 1791 retorna a Leipzig y
comienza una larga relación epistolar con su hermano. Al año siguiente conoce a
Novalis y a Schiller. Novalis se va a convertir en su mejor amigo y colaborador
– de él llegará a decir en carta a su hermano: “El destino ha puesto en mi
camino a un joven del que es posible esperarlo todo”-; Schiller se encargará de
introducirle en los círculos literarios hasta que se produce la ruptura de la
relación, cuatro años más tarde, cuando Schiller encaja mal una crítica
desfavorable después de haber sido odiosamente comparado con Goethe. En 1794 se
instala en Dresde donde entra en contacto con Humboldt y otras personalidades.
Allí se enfrasca en lecturas filosóficas, queda admirado por la obra de Fichte
y se empapa de los clásicos de la antigüedad. Fruto de estas lecturas va a ser
la redacción, durante el año siguiente, de la obra “Sobre el estudio de la
poesía griega”, que todavía tardará dos años en verse publicada. Esta obra se
convierte en el primer manifiesto del movimiento romántico, al preconizar una
revolución estética que dé un paso más allá del clasicismo. Tal revolución
estética debía encaminarse a ordenar el caos de la cultura moderna por medio del
desarrollo y predominio de la libertad sobre la naturaleza, haciendo de enlace
entre el mundo del pasado -donde prevalece “la formación natural”, guiada por
los impulsos naturales y basada en la imitación- con el mundo moderno –en el
que impera “la formación artificial”, guiada por la libertad individual y
basada en la creatividad. Este juego de fuerzas entre naturaleza y libertad se
convierte en el motor que hace desarrollar arte, historia y humanidad hacia un
progreso que no tiene fin. La tarea del artista es interiorizar en su
conciencia el genio de la época y darle expresión en el seno de una obra
abierta que contenga todas estas tensiones. De este modo, el artista se da
licencia para mezclar en una misma obra lo épico, lo lírico y lo dramático, lo
mismo que el pensamiento discursivo, la crítica, la reflexión y la ciencia. En
1796, Friedrich Schlegel se traslada a Jena junto con su hermano, quien acaba
de casarse con Carolina Böhmer. Es en esta ciudad donde traba amistad con
Goethe, Fichte y Schelling. Un año más tarde, ya en Berlin, conoce a su futura
esposa, Dorothea Veit, hija del filósofo Moses Mendelssohn y esposa de un
conocido banquero. Durante esta época se muda a vivir a la casa de
Schleiermacher, cuya obra “Los discursos sobre la religión” iba a conmover
posteriormente su concepción religiosa. Comienza entonces a publicar los
fragmentos del Lyceum, abriendo los cauces de un género que iba a tener fortuna
entre los escritores románticos. El “fragmento” se constituye en esbozo de un
pensamiento con intención estética, que rehúye lo sistemático para poder
expresar mejor lo inabarcable del mundo. En consonancia con esta virtualidad
que posee el fragmento de lograr reflectar en su desgajada finitud la totalidad
del mundo, comienza a desarrollar su concepción de la ironía: que es para
Schlegel “conciencia de la agilidad eterna, del caos y su infinita plenitud”.
Se trata de una disposición de ánimo que, mediante la paradoja, permite al
artista elevarse por encima de todo lo condicionado y partir de su propio caos
para hacer surgir un mundo propio, modo de trascender la subjetividad para dar
el salto más allá de sí mismo. En 1798 funda junto con su hermano, la revista
Athenäum, donde sale ese año la gran recensión de Friedrich sobre el Wilhelm
Meister de Goethe, que consagra la función de esta obra como punto de
referencia para la novelística romántica alemana, haciendo de Goethe el
portavoz de la nueva sensibilidad. Los dos años que duró esta revista,
supervisada remotamente por Goethe, marcan el clímax de la etapa del primer
romanticismo. A través de ellas iba a difundir Schlegel sus primeros escritos
de juventud. En el verano de 1798 se produce en Dresde el primer encuentro de
los componentes de la Frhüromantik (Fichte, Schelling, Carolina, Dorothea, Novalis,
Steffens y ambos Schlegel), con el propósito de intervenir activamente en la
cultura alemana. Más tarde Ludwid Tieck rememoraría estos años como uno de los
más brillantes de su vida, señalando que aquella congregación de espíritus
“creaban casi sin interrupción una fiesta de agudezas, buen humor y filosofía”.
En 1798 Dorothea Veit se separa de su marido y se va a vivir con Friedrich a
Jena. En 1799 publica su novela “Lucinda”, manifiesto del amor romántico,
sensual y místico, que se propone como una insurrección ante las convenciones
sociales. La muerte de Novalis el 25 de marzo 1801 deja a Friedrich en un
estado de orfandad intelectual y supone el inicio de la dispersión del círculo
de Jena. Novalis representaba para Schlegel el ejemplo de un espíritu donde se
había compenetrado íntimamente poesía y filosofía. La congenialidad con Novalis
había llegado hasta tal punto que en uno de los fragmentos Schlegel había
podido afirmar: “Lo que tú has pensado, lo pienso yo; lo que yo pienso, lo
pensará tú, o lo has pensado ya”. En 1802 viaja a París, donde se reencuentra
con Wilhelm von Humboldt. Comienza en esta época su estudio de las lenguas
orientales y de la literatura medieval, a la vez que publica el drama
“Alarcos”. En 1804 se instala en Colonia para trabajar como docente y se casa
finalmente con Dorothea Veit, culminando así una relación que se había hecho
íntima desde que ésta se hubiera separado de su marido. Fruto de sus estudios
del sanscrito es la publicación de la obra “Sobre la lengua y la sabiduría de
los indios”, convirtiéndose en el primer escritor que vierte textos sánscritos
a la lengua alemana. Amparándose en la relación que William Jones había
descubierto entre el sánscrito y algunas lenguas europeas antiguas y modernas
(griego, persa, etc), Schlegel señala a la India como cuna de la cultura
europea y la toma como modelo de la búsqueda del infinito que caracterizó el
espíritu romántico. Ya en su obra publicada en 1800, “dialogo sobre la poesía”,
había proclamado que era en Oriente donde había que buscar el romanticismo
supremo. Schlegel fue uno de los primeros escritores en mencionar a los arios
como un pueblo que emigró de la India a Europa y que extendió su cultura
superior por una amplia franja del viejo mundo. Estas ideas que había esbozado sobre
una cultura indogermánica iban a servir para sustentar el mito de una raza
aria, noble y superior, que podía ser emparentada con el pueblo germánico. 1808
es también el año en que Friedrich y Dorothea se convierten al catolicismo y se
instalan en Viena, donde entra a trabajar como secretario de la corte,
iniciando así un sesgo reaccionario en su orientación política, que se extendió
también a su obra. A juicio de Rüdiger Safranski, la colaboración de Schlegel
con la Santa Alianza ayudó a imprimir en una parte del público “la imagen
poética de un romanticismo beato, fijado en la edad media, propenso a la fe
católica y al germanismo”, viniendo a desmentir aquella primera etapa romántica
más experimental y revolucionaria. Como consejero áulico llegó a desempeñar
cargos en la Comisión de Defensa, acompañando al archiduque Carlos en las
batallas de Aspern y Walgram. En 1812 colabora como informador político en el
Congreso de Viena bajo el auspicio de Metternich. Su dedicación acabará siendo
premiada cuando éste le nombra legado imperial austriaco en el Deutscher
Bundestag, en Francfort; allí realizará labores de propaganda imperialista
hasta 1818. En 1820 publica, en la revista Concordia (fundada por él y que
durará hasta 1823) sus últimos trabajos sobre filosofía y estética. En 1827,
tras romper relaciones con su hermano, se traslada a Dresde, donde muere un año
más tarde.
Los fragmentos y aforismos que se han podido leer aquí provienen de “fragmentos del Lyceum” (1797) y de sus “Ideas” (1800) publicadas en la revista
Athenäum. La traducción al español se le debe a Diego Sánchez Meca y a Anabel
Rábade Obradó.
En estos fragmentos se ensalza la
labor de la poesía y de la filosofía como instrumentos de formación humana para
lograr el progreso en el arte y la ciencia, teniendo como ideal la fusión de
ambas. Para lograr esta fusión, la filosofía debe volverse poética y la poesía
ha de hacerse filosófica. Pero tal tarea no puede ser culminada sin el concurso
de la religión, entendida como la búsqueda de lo divino en el hombre y en la
naturaleza. Sin esta idea de lo divino, que es para Schlegel la idea de todas
las ideas, no puede alcanzarse ni la cima del arte ni la profundidad de la
ciencia. Lo divino, que puede verse en todas partes, en ninguna parte se
expresa mejor que en el seno de la propia humanidad, si esta humanidad está
representada por “un hombre lleno de sentido”. La humanidad logra cultivarse al
modo divino cuando, cultivando la poesía, pone sus pensamientos en concordia
con la idea de lo divino que ya lleva en su seno. Se trata sólo, pues, de dar
expresión a su propia naturaleza después de haber tomado conciencia de ella. A
la vez que la poesía nos engarza con la plenitud de la cultura humana, la
filosofía nos permite llegar al fondo de esa humanidad. La humanidad ya
contiene el infinito del mundo cuando alcanza su estado de plenitud y
profundidad. Pero es la religión la que nos permite relacionarnos con lo
infinito, ya que el hombre de religión, en sentido originario, es el que aspira
a dar a lo finito la forma de lo eterno. No religión en sentido positivo, sino
una religión natural producto de la fantasía humana, a la que nos aproximamos
por medio del entusiasmo. La necesidad de encontrar una nueva religión por
parte de los románticos descansaba en la idea de que la Religión, al igual que
el arte y la ciencia, no puede ser algo estático y sentado canónicamente de una
vez por todas, pues también está sometida al mismo proceso progresivo que hace
evolucionar a la poesía y a la filosofía. Por este motivo, la religión va a
presentarse en la historia siempre transformándose y adquiriendo nuevas formas.
La conciencia por parte de los románticos de que la humanidad está sometida a
un proceso de progresión sin fin del que se desprenden nuevas formas de
expresión en sus diversas dimensiones, de acuerdo con las distintas etapas
históricas por las que tiene que pasar, llevó a proponer una nueva mitología
que estuviera en consonancia con las exigencias de los nuevos tiempos. En este
proyecto utópico donde vuelven a converger poesía, filosofía y religión. Para
el Schlegel de los fragmentos y las ideas, el centro de la poesía se halla en
la Mitología y en los Misterios de los antiguos. Pero a la nueva cultura le
faltaba ese centro al que los griegos habían accedido por medio de la formación
natural recibida en intimidad con el mundo sensible. En el diálogo con la
poesía, formula la idea de que la nueva mitología que necesita el genio de la
época “debe llegar a formarse en la profundidad más honda del espíritu”. Y
Schlegel detecta la profundad del espíritu de su época en el nuevo idealismo
alemán en ciernes. El será el encargado de surtir una nueva mitología de la
razón, una mitología que ha de recorrer el camino inverso que tuvo que salvar
la mitología griega, es decir, partiendo de su propio espíritu ha de sacar a la
realidad formas ideales que reflejen su mundo interior y su subjetividad. Una
mitología que como escribe Schlegel en los fragmentos, sacie el sentimiento de
la vida con la idea de lo infinito. Pero la armonización entre lo ideal y lo
real sólo lo puede llevar a cabo la poesía. Es de importancia para esta armonización
un concepto que toma prestado de Novalis: la mediación. El mediador es aquel
que percibe en sí mismo lo divino, se aniquila y renuncia a sí mismo para poder
proclamar o comunicar lo divino a todos los hombres. La figura del mediador
aparece encarnada en el artista, que representa en sí mismo una obra de la
naturaleza a través de toda su persona, ya sea costumbres o actos, palabras u
obras. Es en el artista donde la humanidad se convierte en un individuo pleno,
digno ejemplar de la especie, que hace de puente entre el mundo pasado y el por
venir; órgano superior del alma en cuya sede resplandece preeminentemente lo
divino del hombre y hace que fructifique la humanidad interior, que anuncia ya
el progreso en el que más tarde se desplegará la historia humana.
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