EFÍMEROS 58. "El jardín de las delicias", de Olga Orozco (1920-1999), en el 106 aniversario de su nacimiento
Olga Orozco nace en Toay, en el interior de La Pampa
argentina, en 1920. Su infancia transcurrió en contacto con el mundo vegetal y
animal del campo, y ese contacto primero con la naturaleza iba a nutrir su
posterior poesía. Su abuela, María Laureana, la inicia en la tradición de los
cuentos de hadas, brujas y aparecidos. Una sombrera, amiga de su madre, la
inicia en el arte de echar el tarot, de gran repercusión para labrar una
mentalidad visionaria que posteriormente inyectará en su obra, donde intenta
rastrear los signos de otros mundos. Con ocho años se traslada con su familia a
Bahía Blanca y ahí descubre el mar, una presencia constante dentro de su
poesía. A mediados de los años 30 se muda con su familia a Buenos Aires, donde
termina los estudios de magisterio, pero sin que llegara a ejercer nunca de
maestra. Más tarde se licenciaría en Filosofía y Letras. Pronto se enrola en el
grupo Tercera Vanguardia, capitaneado por Oliverio Girondo, y fundará con él y
una camarilla de poetas la revista Canto -donde publica sus primeros poemas-, a
la que siguió una secuencia más larga colaboraciones en otras revistas. Fue en
la revista “Canto” donde conoció a su primer esposo, el poeta Miguel Ángel
Gómez, muerto prematuramente. En 1965 se volvería a casar con el arquitecto
Valerio Peluffo. A partir de los años sesenta también comenzó a colaborar en
distintas cadenas de radio e hizo sus pinitos como personaje de radionovela.
Participó en la prensa como articulista ocultándose bajo una plétora de diversos
pseudónimos y en los años sesenta fue redactora en la revista Claudia, además
de organizar el horóscopo del diario Clarín durante el intervalo de años que va
desde 1968 a 1974. Fallece en 1999 a consecuencia de un paro cardiaco.
Aunque se la suele etiquetar como poeta surrealista y alguno
de sus poemas tienen un aire romántico, la versátil y original hechura de su
obra, confeccionada a base de largos versículos visionarios, con gran
intensidad dramática y un acento oracular, hace que sólo se pueda contemplar a
Olga Orozco como una figura singular, reacia a las escuelas y los parecidos.
Rimbaud, Baudelaire, Rilke, Nerval y Sor Juana Inés de la Cruz son alguna de
sus influencias, casi siempre reconocidas por ella misma. También se la ha
asociado con la generación del 40, la de Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y
Ernesto Sábato. Otro de los elementos constantes en su obra es la presencia del
cuerpo, como un espacio de encuentro entre la materia y el espíritu, entre el
microcosmos y el macrocosmos. Winston Manrique ha destacado que “en su obra hay
resonancia y presencia de romanticismo y simbolismo, dioses y profanos,
palabras y sentidos, viaje y quietud, pero desde ese estadio de razonada
duermevela. Tiempo, muerte, vejez, amor, desamparo, infancia, silencio,
soledad, memoria, evocación, temor, paraísos anhelados y edenes perdidos,
ausencia, destino, consuelo, sagrado y sacrilegio son temas presente en un
poeta que confería y creía, como Rilke, en la palabra como hacedora de mundo.” Cabe
destacar, entre sus libros más importantes, Los juegos peligrosos (1962),
Cantos a Berenice (1977) y Con esta boca en este mundo (1994). Recibió además,
entre otros muchos, el prestigioso premio Juan Rulfo y el Gabriela Mistral.
EL JARDÍN DE LAS DELICIAS
¿Acaso es nada más que una zona de abismos y volcanes en
plena ebullición, predestinada a ciegas para las ceremonias de la especie en
esta inexplicable travesía hacia abajo? ¿O tal vez un atajo, una emboscada
oscura donde el demonio aspira la inocencia y sella a sangre y fuego su condena
en la estirpe del alma? ¿O tan sólo quizás una región marcada como un cruce de
encuentro y desencuentro entre dos cuerpos sumisos como soles?
No. Ni vivero de la perpetuación, ni fragua del pecado
original, ni trampa del instinto, por más que un solo viento exasperado
propague a la vez el humo, la combustión y la ceniza. Ni siquiera un lugar,
aunque se precipite el firmamento y haya un cielo que huye, innumerable, como
todo instantáneo paraíso.
A solas, sólo un número insensato, un pliegue en las
membranas de la ausencia, un relámpago sepultado en un jardín.
Pero basta el deseo, el sobresalto del amor, la sirena del
viaje, y entonces es más bien un nudo tenso en torno al haz de todos los
sentidos y sus múltiples ramas ramificadas hasta el árbol de la primera
tentación, hasta el jardín de las delicias y sus secretas ciencias de extravío
que se expanden de pronto de la cabeza hasta los pies igual que una sonrisa, lo
mismo que una red de ansiosos filamentos arrancados al rayo, la corriente
erizada reptando en busca del exterminio o la salida, escurriéndose adentro,
arrastrada por esos sortilegios que son como tentáculos de mar y arrebatan con
vértigo indecible hasta el fondo del tacto, hasta el centro sin fin que se
desfonda cayendo hacia lo alto, mientras pasa y traspasa esa orgánica noche
interrogante de crestas y de hocicos y bocinas, con jadeo de bestia fugitiva,
con su flanco azuzado por el látigo del horizonte inalcanzable, con sus ojos
abiertos al misterio de la doble tiniebla, derribando con cada sacudida la
nebulosa maquinaria del planeta, poniendo en suspensión corolas como labios,
esferas como frutos palpitantes, burbujas donde late la espuma de otro mundo,
constelaciones extraídas vivas de su prado natal, un éxodo de galaxias
semejantes a plumas girando locamente en el gran aluvión, en ese torbellino atronador
que ya se precipita por el embudo de la muerte con todo el universo en
expansión, con todo el universo en contracción para el parto del cielo, y hace
estallar de pronto la redoma y dispersa en la sangre la creación.
El sexo, sí,
Más bien una medida:
La mitad del deseo, que es apenas la mitad del amor.

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