EFÍMEROS 61. Seis poemas, seis libros de Gabriel Celaya (1911-1991) en el 115 aniversario de su nacimiento.
Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya
Leceta, más conocido como Gabriel Celaya, a secas, fue un poeta español que
nació en Hernani (Guipúzcoa), el 18 de marzo 1911, en el seno de una próspera
familia industrial. Se le envió a Madrid a estudiar ingeniería industrial para que
se formase como heredero de la gran industria que detentaba su familia, pero su
paso por la Residencia de Estudiantes y el trato con Lorca, Dalí, Buñuel, entre
otros conocidos representantes de la generación del 27, le llevó a dedicarse a
la poesía. Tras ser preso durante la
guerra por militar en el bando republicano, fundó con Amparo Gastón la
colección de poesía Norte, que dio a conocer importantes traducciones de Rilke,
Rimbaud o Eluard. Militante del partido comunista,amigo íntimo de Blas de Otero
e influido por Unamuno, guillen o Aleixandre, fue tal vez el máximo
representante de la llamada “Poesía Social”. No obstante, en su magnífica y
prolija introducción de una antología para Alianza Editorial, Ángel González destaca
su excelencia como poeta en general, superando con creces la etiqueta a la que
se le ha querido adscribir exclusivamente. El mismo Ángel González señala la
variedad de temas y estilos: romántico, existencial, surrealista, vanguardista
e incluso social-ista. Se puede ver en estas tendencias otras tantas etapas o
fases por las que pasó su poesía. Entre sus libros destacan por orden
cronológico: “Tranquilamente hablando”, 1947; “Las cartas boca arriba”, 1951; “Cantos
íberos”, 1955; “Poesía urgente”, 1960; “Buenos días, Buenas noches”, 1976.
Murió en 1991, en el barrio de Prosperidad, en Madrid, ciudad en la que se había afincado desde su
juventud.
MAREA DEL SILENCIO
La eternidad sólo era
Música de silencios
Y armonía de esferas.
Los ángeles,
Inocentes y crueles,
Pulsaban los resortes eléctricos
Del amor y la muerte.
Sus manos de cristal flotaban
En las aguas de las arpas
Y sus ojos sin mirada
Se perdían en los cielos incoloros.
Los ángeles
Jugaban al ajedrez imperturbables,
Movían cartabones y compases,
Tablas de logaritmos,
Magias,
Teorías,
Claves.
Y envueltos en el nimbo celeste
De estas matemáticas ingenuas y
tristes
Pronunciaban palabras sin sentido
Con una voz solemne.
(“Marea del silencio”, 1935)
A VUESTRO SERVICIO
Me he acercado hasta el puerto.
Chillan hierros mojados y una grúa resopla.
Los obreros trabajan y maldicen a ratos.
-¿Un cigarro, buen hombre?
Buen hombre me ha escupido su silencio.
Buen hombre me ha plantado
Con unos ojos claros todo su desprecio.
Los hombres tienen hambre.
Los hombres tienen miedo.
Mas no nos piden pan.
Mas no nos piden sueño.
Gritaré lo que quieran por no sentirme odiado.
Cuando me fusilen
Quizás alguien me ponga un cigarro en los labios.
(“Avisos de
Juan Leceta”, 1946)
MI INTENCIÓN ES SENCILLA (DIFÍCIL)
Recuerdo a Núñez de Arce y a don José Velarde,
Tan retóricos, sabios,
Tan poéticos, falsos,
Cuando vivía Bécquer, tan inteligente,
Tan pobre de adornos,
Tan directo, vivo.
No quisiera hacer versos;
Quisiera solamente contar lo que me pasa
(que es lo que nunca pasa),
Escribir unas cartas desinadas a amigos
Que supongo que existen,
Quisiera ser el Bécquer de un siglo igual a otros.
Tengo compañeros que escriben poemas buenos
Y otros que se callan o maldicen si tino;
Pero todos me aburren (aunque los admiro),
Y todos me ocultan lo único que importa
(ellos, estupendos
Cuando se emborrachan y hablan sin medida).
Yo que me embriago sin haber bebido,
Yo que me repudro y, tontamente, muero,
No puedo callarme,
No puedo aguantarlo,
Digo lo que quiero, y
Sé que con decirlo sencillamente acierto.
(“Tranquilamente
hablando”, 1947)
LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas.
Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
(“Cantos
íberos”, 1955)
SE HA PERDIDO UN HOMBRE (SUITE)
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SE HA PERDHOMBRE
CALVO, DE OJOS CLAROS.
Se ignora su nombre.
Ya no tiene años.
Confunde su vida
Con lo que ha inventado.
Viste como todos.
No es ni alto ni bajo.
Se ha perdido un hombre
Que salió buscando
Algo cuyo nombre
Ya se le ha olvidado.
Si alguien se lo encuentra,
Diríjale al cuarto
De Juan de Bilbao,
Donostia (España)
Le estoy esperando.
(“Entreacto”, 1957)
SATORI
Los hombres hormiguean. Se cuenta de uno en uno.
Se imaginan distintos pero son siempre el mismo.
Por eso se matan.
Los hombres pululan. Mienten y se disfrazan.
Son seres indistintos en un campo conjunto.
Por eso se aman.
Los hombres enloquecen sumidos en un sueño.
Imaginan y atacan. Son tonos y agresivos.
Por eso tienen miedo.
Los hombres, ciertos días, viendo pasar las nubes
Se olvidan de sí mismos, y se dicen: “¿Quién vive?”
Entonces, son felices.
(“Buenos
días, Buenas noches”, 1976)

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