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Una carta de amor de Christa Wolf (Efímeros y breves 62)


 

Se deja aquí la carta que Christa Wolf, poco antes de morir, dirigió a su marido como presentación del libro que acaba de escribir y que le regaló en homenaje a su sexagésimo aniversario de casado. Una carta de amor para una historia que también podría ser de amor y que Wolf tituló “August” (y de la que también se deja aquí el comienzo). Este relato largo publicado póstumamente en 2012, representa los recuerdos de su protagonista, August, un niño huérfano de la segunda guerra mundial que ingresa en un sanatorio para tuberculosos. También Crhista Wolf, que nació en 1929 en el seno de una familia de la clase media, pasó su infancia asolada por la guerra, de manera que las memorias del protagonista de su novela se podrían solapar con las suyas propias. Después de la guerra, en 1945, se mudó con sus familiares a la comunista Alemania del Este. Militó en el partido socialista y se opuso al gobierno y a la reunificación alemana. Su defensa de la libertad de expresión y la denuncia social de las condiciones de postguerra le granjearon la hostilidad de las autoridades. Además de novelas, escribió algunos ensayos y guiones. Entre sus novelas destacan “Lo que queda”, 1979; Casandra (1983) y “Medea” (1996). A lo largo de su trayectoria recibió el premio Georg Büchner (1980), el Premmio Nacional de Viena para la literatura europea y el Dutscher Bücherpreis (2002).

 

 

“¿Qué puedo escribirte, querido, salvo unas cuantas hojas carcomidas de recuerdos de la época en la que aún no nos conocíamos? De los últimos tiempos apenas puedo contarte nada que no sepas ya. Porque así es: a lo largo de las décadas hemos crecido enraizándonos el uno en el otro hasta que ya no puedo decir “yo”, casi siempre hablo de “nosotros”. Sin ti sería otra persona. Pero eso ya lo sabes. Las grandes palabras no son habituales entre tú y yo. Sólo diré esto: he tenido suerte.”

 

                                                                             C.

28 de julio de 2011.

 

COMIENZO DE LA NOVELA “AUGUST”

“August lo recuerda bien: como a todos los niños que llegaban sin padres a la estación de Mecklemburgo al final de la guerra, le preguntaron cuándo y dónde había perdido a su madre, pero no lo sabía. También le preguntaron si el tren de refugiados lo habían bombardeado antes o después de cruzar el gran río al que llamaban Óder, pero eso tampoco lo sabía. Estaba durmiendo. Cuando estalló el terrible estruendo y la gente empezó a gritar, una mujer desconocida, que no era su madre, lo agarró por el brazo y lo sacó del tren. Cayó al suelo, detrás de un terraplén nevado, y no se levantó hasta que el ruido cesó y el maquinista gritó que todos los que quedaran vivos debían volver a subir a bordo de inmediato. August nunca volvió a ver a su madre ni a la mujer desconocida. Sí, mucha gente quedó tendida en el suelo y no subió al tren, que pronto reemprendió la marcha.”

(Christa Wolf, “August”, 2012)


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