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EFÍMEROS 65. Séneca: "Qué es ser feliz"

 


"Podemos llamar feliz al hombre para quien nada hay bueno o malo si no es un espíritu bueno o malo, cultivador de la honestidad, contento con la virtud, al que no engríe ni quebranta la causalidad, que no sabe de ningún bien más grande que el que puede darse él a sí mismo, para el que será un puro placer el menosprecio de los placeres. Es posible, si quieres divagar, transcribir lo mismo en uno u otro aspecto, dejando a salvo e intacta su esencia; ¿qué, pues, nos impide llamar vida feliz a un espíritu libre y erguido e impertérrito y estable, situado fuera del alcance del miedo, fuera del alcance del deseo, que tenga como solo bien la honradez, como solo mal la inmoralidad, y lo demás como un despreciable tropel de cosas que ni quieta ni añade nada a una vida feliz, pues llega y se va sin aumento ni mengua del bien supremo? A un espíritu así asentado es preciso, quiera o no quiera, que lo sigan una jovialidad permanente y una alegría honda y de lo hondo surgida, dado que está contento con sus bienes y no desea otros mayores que los personales. ¿Cómo no va a hacer bien si obtiene eso a cambio de una minúsculas, insustanciales y nada persistentes perturbaciones de su cuerpecillo? El día que caiga bajo el dominio del placer, caerá también bajo el dominio del dolor."

(Seneca, “Sobre la vida feliz”)



RESEÑA BIOGRÁFICA

Filósofo, poeta, dramaturgo y político romano nacido en Córdoba en el año 4. Fue el segundo de los tres hijos de Marco Anneo Séneca el retórico. Era descendiente de nativos o colonos itálicos, que estaban arraigados en Córdoba. Su familia materna también era originaria de la provincia bética y su abuelo había desempeñado una magistratura local en Urghavo (la actual Arjona en la provincia de Jaén. Era por tanto un acomodado ciudadano del orden ecuestre. Ya de niño partió con su padre a Roma para estudiar Poesía y Elocuencia y allí quedó bajo la tutela de una hermanastra de su madre. Dotado de una gran imaginación y sensibilidad, se tuvo que sobreponer a una frágil salud para el desarrollo de las tareas intelectuales a las que se dedicó durante toda su vida. Tuvo como primer maestro al propio padre, del que aprendió los rudimentos del arte oratorio. Su ansia de saber le llevó a interesarse muy temprano por la Filosofía y fue discípulo de Atalo, de Fabiano Papirio y de Demetrio el cínico. En una de sus epístolas nos revela que era de los primeros en entrar en las clases y el último en salir de ella. Las lecciones de sus maestros, especialmente la del pitagórico Sotión, conmovieron tanto la imaginación del joven alumno que se abstuvo de comer carne por una temporada. Al parecer, su alma "adquiría mayor ligereza y agilidad". Se ve así como la filosofía fue siempre para Séneca más una regla práctica de vida que un ejercicio oratorio. Su padre le convenció finalmente de que debía volver a su modo de alimentación ordinario, pero conservó, aun en medio de su gran riqueza, el hábito de una vida frugal y saludable.

 

 

 

También por influencia paterna cambió la filosofía por el foro, abrió durante largo tiempo un brillante bufete y excito los celos de Calígula que se tenía por el mejor orador de su tiempo, llegando incluso a premeditar un atentado contra su vida, frustrado por la disuasión de una de sus concubinas. Quebrantado por su mala salud y una fiebre persistente, resolvió trasladarse a Egipto, lugar muy de moda entonces para curar la tisis, y allí permaneció junto a la hermana de su madre, que estaba casada con el prefecto de aquel territorio, Gayo Valerio. Se cree que de ahí pudo llegar hasta la India. De los viajes por estas latitudes acopió materiales para los primeros libros. Muerto el cónsul Vetrasio Polión, en cuya compañía había partido, regreso Séneca a Roma en el año 31 -apenas llegaba a los treinta años- y fue nombrado cuestor por influencia de su familia, y parece que ya era senador con Calígula (37-41) y persona conocida en los medios políticos y sociales. Su fama de orador le había abierto el acceso a la familia imperial y había trabado familiaridad con las hermanas del príncipe. Esta posición reflejaba un triunfo social y literario sin precedentes entre los équites de provincia y suponía una notable ambición, una dedicación a buscar el ascenso social y una infrecuente capacidad de seducción.

 

 

 

Después de Calígula, en el año 43, Claudio condenó a Séneca al destierro en la isla de Córcega por presunto adulterio con Julia Livilla, una de las jóvenes princesas imperiales. Antes, según cuenta Didio Casio, por envidias literarias o retóricas, Calígula había querido que lo mataran. Se libró por disuasión de una de las concubinas del emperador y por alguien le dijo a éste que la tisis obraría por medio naturales lo que pretendía por la violencia. En Córcega vivió ocho años y escribió su libro sobre la Consolación, dirigido a su madre Marcia. Una vez muerta Mesalina, quien probablemente había intrigado para su condena, regresó a Roma, no sin antes humillarse para obtener el perdón mediante la composición de un libro dedicado a Polibio, un liberto del emperador Claudio y de gran valimiento en palacio. El libro, según B. Aube, fue compuesto con el objeto de que el emperador Claudio o  bien lo leyese o supiese de él para obtener  su perdón como premio; y es que en Séneca, según el mismo Aube, se podían encontrar dos hombres en constante contradicción. El pitagórico exaltado, que se privaba casi de lo necesario y propendía al ascetismo, y el abogado, que andaba tras la popularidad, que ansiaba los éxitos del foro, buscaba la amistad de los grandes y codiciaba las riquezas. El primero llenó libros de máximas de pureza; el segundo escribió la apología del parricidio; aquel enseñaba el menosprecio de los bienes de fortuna; éste acompañaba inmensas riquezas, adquiría quintas en casi todas las regiones de Italia y hasta se ha afirmado que ejercía la usura. El primero era un entusiasta de la virtud, no existiendo sentimiento puro o elevado que le fuese extraño; el segundo vivió durante quince años en una corte donde todos los vicios tenían su asiento, donde en plena luz del día se cometían los mayores crímenes y se perpetuaban toda clase de infamias. Finalmente, en uno tenían su expresión propia y adecuada todas las sublimidades del pensamiento, todas las elevaciones del espíritu, mientras que en el otro estaban incorporadas todas las más vulgares debilidades de una vida desenfrenada. A Séneca cabría achacársele el no haber sido consecuente en su conducta pública con los principios que predicaba en sus escritos de filosofía.

 

 

 

Séneca había llegado a la corte de Claudio por petición de su nueva esposa Agripina y pronto le fue confiado, para su educación, a su hijo Nerón, que más tarde sucedería al propio Claudio. Agripina fue quien se encargó, para la realización de sus ambiciosos planes, de promocionar a Séneca primero como pretor y más tarde como cónsul. Esta fulgurante carrera al servicio del Imperio le hizo pronto amasar una fabulosa fortuna que fue la admiración de la juventud romana y la envidia de su discípulo Nerón, que ya se había separado de su tutela, una vez que alcanzó la dignidad de emperador tras los amaños de Agripina. No obstante, en los primeros años de su reinado, Séneca fue nombrado consejero político y ministro junto a un militar Sexto Afranio Burro, adquiriendo en la corte un extraordinario predicamento. Durante los ocho años siguientes, Séneca y Burro tuvieron en sus riendas el imperio romano, al ejercer su influencia sobre Nerón y fue considerado por Trajano uno de los mejores periodos de la época imperial. Supieron refrenar los excesos que más tarde dominarían a Nerón y mitigaron el poder que ejercía Agripina. Redujeron los impuestos indirectos y pusieron coto a la corrupción de los gobernadores de provincia.

 

 

 

Sin embargo, no se pudo frenar el odio que Nerón fue albergando contra parientes y amigos, manchándose incluso las manos con su sangre. Pronto fue Séneca también blanco de su inquina y notó las primera intrigas llevadas a cabo contra su persona acusándosele de persona codiciosa. Un tal Publio Suilio tuvo la audacia de exponer en público que cuanto había juntado el filósofo en cuatro años había sido defraudado a Italia y a las provincias. Séneca se vengó obteniendo al fin su destierro. Pero a partir del parricidio de Agripina por Nerón, Séneca cayó en desgracia. Nerón acabó prestando oídos a los enemigos de su maestro, y ya desde entonces le retiró su afecto, censurando el fausto y la pompa que rodeaba al filósofo, cosa indigna en un simple particular y que podía parecer una aspiración a eclipsar la majestad imperial, cuando menos en su aureola de grandeza y opulencia. Conocedor Seneca de las veleidades del discípulo y creyendo con ello conjurar la tempestad que barruntaba, le dirigió una elegante oración haciéndole donación de todos sus bienes y suplicándole que le asignara una módica renta con que terminar sus días y que le permitiese gozar de alguna de sus fincas para su recreo. Entonces Nerón abrazó y besó repetidas veces, en público a su maestro, pero se negó a lo que éste solicitaba argumentando que si accedía a ellos, los maliciosos atribuirían esta condescendencia a la avaricia del emperador, no a la modestia del filósofo. En principio parecía que la conciliación estaba consumada y el filósofo comenzó a conformar su vida con sus escritos. Refrenó su lujo y se mantuvo muchos días sin salir de su casa para dar a entender que abandonaba los negocios públicos por el estudio. Pero un complot urdido por Pisón contra la vida del emperador acabó salpicando a Séneca de manera fortuita, cuando uno de los conjurados declaró que por orden de Pisón había ido, en cierta ocasión, a visitar a Séneca para transmitirle una cita y el filósofo había respondido que tal entrevista no convenía a ninguno de los dos. Entonces fue enviado un tribuno con un retén de soldados para interrogar a Seneca a su finca, y éste contestó que Pisón le había enviado quejas por no permitirle sus visitas, pero había respondido que se le impedían sus achaques y su necesidad de reposo y tranquilidad. Cuando el tribuno volvió a palacio, refirió al emperador que no había advertido en Séneca ningún signo de temor, ni tristeza en sus palabras y sus gestos y que era evidente que no estaba preparando su suicidio, por lo que se le ordenó que volviera a casa de Séneca para notificarle que estaba condenado a la pena capital, pero que se le daba a escoger el género de muerte. Los detalles de su muerte aparecen en los anales de Tácito. Cuenta que Séneca recibió la noticia sin inmutarse y a continuación pidió las tablillas para su testamento. Como el centurión se lo negase, se dirigió a sus amigos declarando que dado que se le prohíbe agradecerles su afecto, le lega lo único, pero lo más hermoso, que posee: la imagen de su vida, para que les sirva como ejemplo de virtud. Les conmina a que dejen de afligirse, preguntándose dónde están los preceptos de la filosofía y todos aquellos razonamientos sobre la entereza ante el destino. Añade que su muerte ya estaba descontada, pues ante la sevicia de un Nerón capaz de matar a su madre y a su hermano, ya sólo faltaba agregar la muerte de su educador y maestro. Después se dirige a su esposa reconviniéndola en parecidos términos, pero ella pide seguir el mismo camino que su esposo; y Séneca acaba accediendo para ahorrarle los futuros agravios. Aunque Séneca confiaba en que abriéndose las venas de los brazos sería suficiente para acabar con su vida, su cuerpo debilitado por la vejez y la parquedad en el alimento comienza a dejar escapar la sangre tan lentamente que se ha de abrir también las venas de los muslos y pantorrillas. Además, para que el ánimo de su esposa no menguase ante la contemplación de los sufrimientos que esa muerte estaba provocando en Séneca, le persuade para que se retire a otra estancia, al tiempo que hace venir a sus secretarios para dictarle las últimas líneas de su legado. Pero Nerón, para evitar el aborrecimiento ganado con su crueldad, ordena que se impida morir a la mujer de Séneca, haciendo que alguno de los soldados ligase las venas de sus brazos cortando la hemorragia. Como el trance de la muerte de Séneca no dejaba de alargarse, pide a su médico Estacio Anneo, que le proporcione la cicuta que ya tenía preparada para la ocasión, pero que le fue inútil por encontrarse ya fríos sus miembros. Por fin entró en un baño de agua caliente hasta dejar que sus vapores le asfixiaran. Por expresa voluntad señalada en un codicilio mucho tiempo atrás, su cuerpo fue incinerado sin funeral alguno.

 

 

 


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