"Podemos llamar feliz al hombre para
quien nada hay bueno o malo si no es un espíritu bueno o malo, cultivador de la
honestidad, contento con la virtud, al que no engríe ni quebranta la causalidad,
que no sabe de ningún bien más grande que el que puede darse él a sí mismo,
para el que será un puro placer el menosprecio de los placeres. Es posible, si
quieres divagar, transcribir lo mismo en uno u otro aspecto, dejando a salvo e
intacta su esencia; ¿qué, pues, nos impide llamar vida feliz a un espíritu
libre y erguido e impertérrito y estable, situado fuera del alcance del miedo,
fuera del alcance del deseo, que tenga como solo bien la honradez, como solo
mal la inmoralidad, y lo demás como un despreciable tropel de cosas que ni
quieta ni añade nada a una vida feliz, pues llega y se va sin aumento ni mengua
del bien supremo? A un espíritu así asentado es preciso, quiera o no quiera,
que lo sigan una jovialidad permanente y una alegría honda y de lo hondo
surgida, dado que está contento con sus bienes y no desea otros mayores que los
personales. ¿Cómo no va a hacer bien si obtiene eso a cambio de una minúsculas,
insustanciales y nada persistentes perturbaciones de su cuerpecillo? El día que
caiga bajo el dominio del placer, caerá también bajo el dominio del dolor."
(Seneca, “Sobre la vida feliz”)
RESEÑA BIOGRÁFICA
Filósofo, poeta, dramaturgo y
político romano nacido en Córdoba en el año 4. Fue el segundo de los tres hijos
de Marco Anneo Séneca el retórico. Era descendiente de nativos o colonos
itálicos, que estaban arraigados en Córdoba. Su familia materna también era
originaria de la provincia bética y su abuelo había desempeñado una
magistratura local en Urghavo (la actual Arjona en la provincia de Jaén. Era
por tanto un acomodado ciudadano del orden ecuestre. Ya de niño partió con su
padre a Roma para estudiar Poesía y Elocuencia y allí quedó bajo la tutela de
una hermanastra de su madre. Dotado de una gran imaginación y sensibilidad, se
tuvo que sobreponer a una frágil salud para el desarrollo de las tareas
intelectuales a las que se dedicó durante toda su vida. Tuvo como primer
maestro al propio padre, del que aprendió los rudimentos del arte oratorio. Su
ansia de saber le llevó a interesarse muy temprano por la Filosofía y fue
discípulo de Atalo, de Fabiano Papirio y de Demetrio el cínico. En una de sus
epístolas nos revela que era de los primeros en entrar en las clases y el
último en salir de ella. Las lecciones de sus maestros, especialmente la del
pitagórico Sotión, conmovieron tanto la imaginación del joven alumno que se
abstuvo de comer carne por una temporada. Al parecer, su alma "adquiría
mayor ligereza y agilidad". Se ve así como la filosofía fue siempre para
Séneca más una regla práctica de vida que un ejercicio oratorio. Su padre le
convenció finalmente de que debía volver a su modo de alimentación ordinario,
pero conservó, aun en medio de su gran riqueza, el hábito de una vida frugal y
saludable.
También por influencia paterna cambió
la filosofía por el foro, abrió durante largo tiempo un brillante bufete y
excito los celos de Calígula que se tenía por el mejor orador de su tiempo,
llegando incluso a premeditar un atentado contra su vida, frustrado por la disuasión
de una de sus concubinas. Quebrantado por su mala salud y una fiebre
persistente, resolvió trasladarse a Egipto, lugar muy de moda entonces para
curar la tisis, y allí permaneció junto a la hermana de su madre, que estaba
casada con el prefecto de aquel territorio, Gayo Valerio. Se cree que de ahí
pudo llegar hasta la India. De los viajes por estas latitudes acopió materiales
para los primeros libros. Muerto el cónsul Vetrasio Polión, en cuya compañía
había partido, regreso Séneca a Roma en el año 31 -apenas llegaba a los treinta
años- y fue nombrado cuestor por influencia de su familia, y parece que ya era
senador con Calígula (37-41) y persona conocida en los medios políticos y
sociales. Su fama de orador le había abierto el acceso a la familia imperial y
había trabado familiaridad con las hermanas del príncipe. Esta posición
reflejaba un triunfo social y literario sin precedentes entre los équites de
provincia y suponía una notable ambición, una dedicación a buscar el ascenso
social y una infrecuente capacidad de seducción.
Después de Calígula, en el año 43,
Claudio condenó a Séneca al destierro en la isla de Córcega por presunto
adulterio con Julia Livilla, una de las jóvenes princesas imperiales. Antes,
según cuenta Didio Casio, por envidias literarias o retóricas, Calígula había
querido que lo mataran. Se libró por disuasión de una de las concubinas del
emperador y por alguien le dijo a éste que la tisis obraría por medio naturales
lo que pretendía por la violencia. En Córcega vivió ocho años y escribió su
libro sobre la Consolación, dirigido a su madre Marcia. Una vez muerta
Mesalina, quien probablemente había intrigado para su condena, regresó a Roma,
no sin antes humillarse para obtener el perdón mediante la composición de un
libro dedicado a Polibio, un liberto del emperador Claudio y de gran valimiento
en palacio. El libro, según B. Aube, fue compuesto con el objeto de que el
emperador Claudio o bien lo leyese o
supiese de él para obtener su perdón
como premio; y es que en Séneca, según el mismo Aube, se podían encontrar dos
hombres en constante contradicción. El pitagórico exaltado, que se privaba casi
de lo necesario y propendía al ascetismo, y el abogado, que andaba tras la
popularidad, que ansiaba los éxitos del foro, buscaba la amistad de los grandes
y codiciaba las riquezas. El primero llenó libros de máximas de pureza; el
segundo escribió la apología del parricidio; aquel enseñaba el menosprecio de
los bienes de fortuna; éste acompañaba inmensas riquezas, adquiría quintas en
casi todas las regiones de Italia y hasta se ha afirmado que ejercía la usura.
El primero era un entusiasta de la virtud, no existiendo sentimiento puro o
elevado que le fuese extraño; el segundo vivió durante quince años en una corte
donde todos los vicios tenían su asiento, donde en plena luz del día se
cometían los mayores crímenes y se perpetuaban toda clase de infamias.
Finalmente, en uno tenían su expresión propia y adecuada todas las sublimidades
del pensamiento, todas las elevaciones del espíritu, mientras que en el otro
estaban incorporadas todas las más vulgares debilidades de una vida
desenfrenada. A Séneca cabría achacársele el no haber sido consecuente en su
conducta pública con los principios que predicaba en sus escritos de filosofía.
Séneca había llegado a la corte de
Claudio por petición de su nueva esposa Agripina y pronto le fue confiado, para
su educación, a su hijo Nerón, que más tarde sucedería al propio Claudio.
Agripina fue quien se encargó, para la realización de sus ambiciosos planes, de
promocionar a Séneca primero como pretor y más tarde como cónsul. Esta
fulgurante carrera al servicio del Imperio le hizo pronto amasar una fabulosa
fortuna que fue la admiración de la juventud romana y la envidia de su
discípulo Nerón, que ya se había separado de su tutela, una vez que alcanzó la
dignidad de emperador tras los amaños de Agripina. No obstante, en los primeros
años de su reinado, Séneca fue nombrado consejero político y ministro junto a
un militar Sexto Afranio Burro, adquiriendo en la corte un extraordinario
predicamento. Durante los ocho años siguientes, Séneca y Burro tuvieron en sus
riendas el imperio romano, al ejercer su influencia sobre Nerón y fue
considerado por Trajano uno de los mejores periodos de la época imperial.
Supieron refrenar los excesos que más tarde dominarían a Nerón y mitigaron el
poder que ejercía Agripina. Redujeron los impuestos indirectos y pusieron coto
a la corrupción de los gobernadores de provincia.
Sin embargo, no se pudo frenar el
odio que Nerón fue albergando contra parientes y amigos, manchándose incluso
las manos con su sangre. Pronto fue Séneca también blanco de su inquina y notó
las primera intrigas llevadas a cabo contra su persona acusándosele de persona
codiciosa. Un tal Publio Suilio tuvo la audacia de exponer en público que
cuanto había juntado el filósofo en cuatro años había sido defraudado a Italia
y a las provincias. Séneca se vengó obteniendo al fin su destierro. Pero a
partir del parricidio de Agripina por Nerón, Séneca cayó en desgracia. Nerón
acabó prestando oídos a los enemigos de su maestro, y ya desde entonces le
retiró su afecto, censurando el fausto y la pompa que rodeaba al filósofo, cosa
indigna en un simple particular y que podía parecer una aspiración a eclipsar
la majestad imperial, cuando menos en su aureola de grandeza y opulencia.
Conocedor Seneca de las veleidades del discípulo y creyendo con ello conjurar
la tempestad que barruntaba, le dirigió una elegante oración haciéndole
donación de todos sus bienes y suplicándole que le asignara una módica renta con
que terminar sus días y que le permitiese gozar de alguna de sus fincas para su
recreo. Entonces Nerón abrazó y besó repetidas veces, en público a su maestro,
pero se negó a lo que éste solicitaba argumentando que si accedía a ellos, los
maliciosos atribuirían esta condescendencia a la avaricia del emperador, no a
la modestia del filósofo. En principio parecía que la conciliación estaba
consumada y el filósofo comenzó a conformar su vida con sus escritos. Refrenó
su lujo y se mantuvo muchos días sin salir de su casa para dar a entender que
abandonaba los negocios públicos por el estudio. Pero un complot urdido por
Pisón contra la vida del emperador acabó salpicando a Séneca de manera
fortuita, cuando uno de los conjurados declaró que por orden de Pisón había
ido, en cierta ocasión, a visitar a Séneca para transmitirle una cita y el
filósofo había respondido que tal entrevista no convenía a ninguno de los dos.
Entonces fue enviado un tribuno con un retén de soldados para interrogar a
Seneca a su finca, y éste contestó que Pisón le había enviado quejas por no
permitirle sus visitas, pero había respondido que se le impedían sus achaques y
su necesidad de reposo y tranquilidad. Cuando el tribuno volvió a palacio,
refirió al emperador que no había advertido en Séneca ningún signo de temor, ni
tristeza en sus palabras y sus gestos y que era evidente que no estaba
preparando su suicidio, por lo que se le ordenó que volviera a casa de Séneca
para notificarle que estaba condenado a la pena capital, pero que se le daba a
escoger el género de muerte. Los detalles de su muerte aparecen en los anales de
Tácito. Cuenta que Séneca recibió la noticia sin inmutarse y a continuación
pidió las tablillas para su testamento. Como el centurión se lo negase, se
dirigió a sus amigos declarando que dado que se le prohíbe agradecerles su
afecto, le lega lo único, pero lo más hermoso, que posee: la imagen de su vida,
para que les sirva como ejemplo de virtud. Les conmina a que dejen de
afligirse, preguntándose dónde están los preceptos de la filosofía y todos
aquellos razonamientos sobre la entereza ante el destino. Añade que su muerte
ya estaba descontada, pues ante la sevicia de un Nerón capaz de matar a su
madre y a su hermano, ya sólo faltaba agregar la muerte de su educador y
maestro. Después se dirige a su esposa reconviniéndola en parecidos términos,
pero ella pide seguir el mismo camino que su esposo; y Séneca acaba accediendo
para ahorrarle los futuros agravios. Aunque Séneca confiaba en que abriéndose
las venas de los brazos sería suficiente para acabar con su vida, su cuerpo
debilitado por la vejez y la parquedad en el alimento comienza a dejar escapar
la sangre tan lentamente que se ha de abrir también las venas de los muslos y
pantorrillas. Además, para que el ánimo de su esposa no menguase ante la
contemplación de los sufrimientos que esa muerte estaba provocando en Séneca,
le persuade para que se retire a otra estancia, al tiempo que hace venir a sus
secretarios para dictarle las últimas líneas de su legado. Pero Nerón, para
evitar el aborrecimiento ganado con su crueldad, ordena que se impida morir a
la mujer de Séneca, haciendo que alguno de los soldados ligase las venas de sus
brazos cortando la hemorragia. Como el trance de la muerte de Séneca no dejaba
de alargarse, pide a su médico Estacio Anneo, que le proporcione la cicuta que
ya tenía preparada para la ocasión, pero que le fue inútil por encontrarse ya
fríos sus miembros. Por fin entró en un baño de agua caliente hasta dejar que
sus vapores le asfixiaran. Por expresa voluntad señalada en un codicilio mucho
tiempo atrás, su cuerpo fue incinerado sin funeral alguno.

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