A pesar de lo que le achacaba Ortega y Gasset, que se había dedicado a
hacer “pucheros y vasijas”, estando dotado para hacer cosas de más enjundia,
pocos artistas han representado mejor al hombre que Goethe. No sólo probó con
acierto todos los géneros literarios; su ambición por realizarse de cuerpo entero le hizo exceder
los límites del arte y quiso ser animal político en la república de Weimar, metiéndose a ministro; cuando no jugaba a ser filósofo en sus obras o
tertuliano en su salón, se echaba a la aventura abandonándolo todo para hacer de
incógnito un largo viaje por Europa. Mientras hacia largas expediciones de
montaña o por el campo, mantenía los ojos bien abiertos alrededor para
contemplar la naturaleza mientras buscaba secretas leyes tras los fenómenos. Cuando
no triunfaba en el teatro o componiendo versos, lo intentaba hacer como hombre de
ciencia que publica una teoría sobre la luz o sobre las plantas, con ansia de asombrar al mundo. Siempre
trabajando incansablemente, con tiempo para todo, menos para ofrecer puntos de flaqueza
o perder el tiempo en banalidades. Varias vidas disímiles parecen caber en la
vida de Goethe y en ella alió lo teórico con lo práctico. En todas sus sucesivas edades
había siempre inserta alguna de las otras y de esa forma alquímica parecía completarse inagotablemente: cuando era joven tenía algo de viejo y un vigor juvenil paracía por veces que visitaba su vejez. Nunca le faltó el amor -tampoco el desengaño-, ni el éxito, ni la admiración. Con una personalidad así tampoco nos extraña ver que durante
toda su vida fuera anotando y acumulando pensamientos que acabaron de llenar
cientos de páginas; y siempre lo hacía atinadamente. Pues hay que decirlo
también: pocos escritores han estado dotados para el pensamiento como Goethe y
eso se nota en los aforismos que aquí se dejan. Destacan en ellos sus dotes para la
observación de los fenómenos, su penetración para el conocimiento de los seres
humanos, el uso de la experiencia para comprender el curso de las cosas y su
amor por la verdad para entender la naturaleza del error en los hombres. También su gusto por
aprender de la existencia anotando en ella lo problemático o esbozaando la posible vía de
redención. De ahí que sean frecuentes en sus pensamientos las advertencias o
los consejos. Y lo que es fundamental y brilla en sus pensamientos: se nota que
Goethe huye del ingenio en la máxima para buscar el aprendizaje filosófico o la
sentencia feliz. Ya lo dice el propio Goethe en una de sus máximas: “De la
belleza y el ingenio hay que huir, si no queremos convertirnos en sus esclavos”.
Amaba más la verdad que el golpe de efecto. Más que los pensamientos de un acerado
aforista, encontramos en las observaciones de Goethe la agudeza y profundidad
de un filósofo. Una cosa nos llama la atención: la falta de ironía; aquí el humor brilla por su ausencia. Y es que está claro: Goethe se tomaba muy en serio. Y sabía que el humor en el aforismo también es otro modo de ingenio: el deseo de impresionar, aunque sea sacándonos una carcajada. Prefería sacarnos su experiencia y aleccionarnos con su propia vida, que algo tuvo de ejemplar.
Quien desee escarbar en la vida de Goethe, hay, en una anterior entrada de este blog, una larga reseña biográfica apoyada en libro de Rüdiger Safranski, "Goethe. La vida como obra de arte". Se deja enlace.
https://umbralygozne.blogspot.com/2023/04/pensamientos-32-goethe-literatura-y-vida.html
Ciertos libros parecen escritos, no para que se aprenda en ellos, sino
para se sepa que el autor sabía algo.
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Cuando me equivoco, puede notarlo todo el mundo; cuando miento, no.
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Quien no conoce lenguas exóticas no sabe nada de la vernácula.
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Nos conoceríamos mejor los unos a los otros si no quisiéramos siempre
compararnos con el prójimo.
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El hombre más dichoso es aquel que puede enlazar el final de su vida con
el principio.
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El verdadero oscurantismo consiste, no en estorbar la difusión de lo
verdadero, claro y útil, sino en poner en circulación lo falso.
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A cada edad del hombre responde cierta filosofía. El niño se nos
presenta como realista, pues está tan convencido de la existencia de peras y
manzanas como de la suya propia. El adolescente, turbado por pasiones íntimas,
tiene forzosamente que observarse a sí mismo, que presentirse, de suerte que se
vuelve idealista. En cambio, el hombre tiene toda suerte de motivo para
volverse escéptico; hace bien en dar de si el medio que ha elegido para llegar
al fin es también legítimo. Antes de obrar y al obrar tiene toda suerte de
razones para poner en tortura su inteligencia, a fin de no tener luego que
lamentar una falsa elección. Pero el anciano abrazará siempre el misticismo. Ve
que hay tantas cosas que parecen depender la causalidad, que lo irracional
logra éxito, mientras que lo racional fracasa, y dicha y desdicha se
contrapesan inopinadamente; así es y así fue, y la vejez acaba por conformarse
con lo que es, fue y será.
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Cuando investigamos la Naturaleza, somos panteístas; cuando poetizamos,
politeístas; cuando moralizamos monoteístas.
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Quien niegue la Naturaleza como órgano de Dios negará con ello de un
golpe toda revelación.
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Deber: cuando ama el hombre lo que a sí propio se ordena.
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El mal radica en que todo el mundo quiere ser lo que ambiciona y que los
demás no sean nada; mejor dicho, no sean.
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Una verdad repetida pierde su gracia; pero un error repetido resulta de
todo punto repugnante.
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Solemos decirnos con bastante frecuencia en nuestra vida que debe
evitarse la ocupación múltiple, la polipragmasine: sobre todo, huir, a
medida que nos vamos haciendo viejos, de meternos en nuevas empresas. Pero en
vano es que nos lo digamos y nos lo aconsejemos a nosotros mismos y a los
demás. Pues lo de hacerse viejo es ya de por sí meterse en un nuevo negocio;
cambian todas las relaciones y no nos quedan más recursos que suspender toda
actividad o aceptar con buena voluntad y conciencia nuestro nuevo papel.
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El error se repite siempre de hecho, por lo que debemos repetir sin
cansarnos la verdad de palabra.
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Los yerros del hombre son los que verdaderamente le hacen amable.

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