EFÍMEROS 75. Viktor Frankl (1905-1997): "Muerte en Teheran", un fragmento de "El hombre en busca de sentido", en el 121 aniversario de su nacimiento.
“Muerte en Teherán” es un relato o fábula
que procede, si no me equivoco, de “Las mil y una noches”, pero que ha ido
saltando de libro en libro multitud de veces para ir siendo recitado con el mismo deslumbramiento por los autores más variopintos. Es una fábula tan bella y elocuente que muchos quisieran haberla parido. Aparece en Jean Cocteau, en Somerset Maughan y en una antología de
Borges y Bioy Casares. Más extraño es quizás verlo aquí, en este fragmento de
un libro biográfico sobre la supervivencia en un campo de concentración. Pero
un relato sobre alguien que intenta en vano esquivar a la muerte para precipitarse más en ella puede venir a ilustrar la experiencia más cotidiana en un campo.
Viktor Frankl nos hace comprender en “El hombre en busca de sentido” que burlar
a la muerte de una forma tortuosa se convirtió en la tarea de todo el que sobrevivió en un campo de la Alemania nazi: de cada veintiocho personas que entraban sólo una conseguía salir con vida . Y
en este libro de supervivencia pura Frankl nos da la clave de cómo se consigue
sobrevivir en las condiciones más infernales e infrahumanas. Nos da el secreto
de la resiliencia: dentro del campo sólo encontraban aliento y salida quienes a la vez
encontraba un motivo, un propósito y un sentido a sus vidas. Incluso en los
momentos más penosos es posible dilucidar un sentido para vivir. Parafraseando
a Nietzsche, quien tiene un por qué”, encuentra el “cómo”.
“El hombre en busca de sentido” es
uno de libros más extraordinarios que pueden leerse. Siempre es bueno releerlo
o leerlo por primera vez. Puede ser un libro de supervivencia, o de autoayuda,
pero también es un libro de psicología profunda donde un psiquiatra expone toda
una teoría con la que fundó una corriente del psicoanálisis: la logoterapia. La
ciencia que nos hace comprender y encontrar un propósito para la vida. Pero sobre
todo, “El hombre en busca de sentido” es un documento histórico de primera mano
sobre la vida diaria de un campo de concentración en la mente del prisionero
medio. Un relato estremecedor sobre las distintas fases por las que pasaba
quien entraba en un campo, desde el shok hasta la apatía y dónde se nos muestra
las armas que tiene uno para luchar por la supervivencia. El humor entre otras.
Pero sobre todo queda patente el amor como fuerza redentora del ser humano aún en las condiciones
más duras. El amor como revelación que puede abrir el sentido y el propósito
para poder vivir más entero. “El hombre
en busca de sentido” es un relato donde predomina el horror porque el desprecio
a la vida es el pan de cada día. Donde lo primero que aprende el prisionero,
como en el infierno de Dante, es renunciar a toda esperanza; o lo que es lo mismo,
borrar toda la vida anterior. Desnudarse de toda emoción como una anestesia
para este horror que vuelve toda vida en el campo en un fenómeno casi
sobrenatural. Pero donde también se nos muestra los recursos para vencer el
horror y no perder la dignidad en las peores condiciones: tan sólo hay que
encontrar un sentido. Nada más y nada menos. Y eso se puede convertir en la
tarea de una vida. Viktor Frankl la convirtió en la suya y fundó la
logoterapia. Antes de pasar por varios campos de concentración -incluido
Auschwitz- entre 1942 y 1945 y de perder a toda su familia en ellos, había sido
un reputado psiquiatra y psicoanalista en Viena. En esta ciudad nació en 1905 y
en ella murió en 1997 después de dar clases en distintas universidades de
Estados Unidos, dirigir una clínica en su país, escribir varios libros y
convertirse en un afamado conferenciante.
LA ÚLTIMA VOLUNTAD APRENDIDA DE MEMORIA
Y ahora se disponía por segunda vez
el transporte al campo de reposo. Y también ahora se desconocía se era una
estratagemas para aprovecharse de los enfermos hasta su último aliento, aun
cuando sólo fuera durante catorce días o si su destino serían las cámaras de
gas o un campo de reposo verdadero. El médico jefe, que me había tomado cierto
apego, me dijo furtivamente una noche a las diez menos cuarto:
“He hecho saber en el cuarto de mando
que todavía se puede borrar su nombre de la lista; tiene de tiempo hasta las
diez”
Le dije que eso no iba conmigo; que
yo había aprendido a dejar que el destino siguiera su curso:
“Prefiero quedarme con mis amigos”,
le contesté.
Sus ojos tenían una expresión de
piedad, como si comprendiera… Estrechó mi mano en silencio, a modo de adiós, no
para la vida, sino desde la vida. Despacio, volví a mi barracón y allí encontré
a un buen amigo esperándome:
¿De verdad quieres irte con ellos?”,
me dijo con tristeza.
“Si, voy a ir.”
Se le saltaron las lágrimas y yo
traté de consolarle. Todavía me quedaba algo por hacer, expresarle mi última
voluntad.
“Otto, escucha, en caso de que yo no
regrese a casa junto a mi mujer y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo
hablaba de ella a diario, continuamente. Recuérdalo. En segundo lugar, que la
he amado más que a nadie. En tercer lugar, que el breve tiempo que estuve casado
con ella tiene más valor que nada, que pesa en mí más incluso que todo lo que
hemos pasado aquí.”
Otto, ¿dónde estás ahora? ¿Vives?
¿Qué ha sido de ti desde aquel momento en que estuvimos juntos por última vez?
¿Encontraste a tu mujer? ¿Recuerdas cómo te hice aprender de memoria mi última
voluntad -palabra por palabra- a pesar de tus lágrimas de niño?
A la mañana siguiente partí con el
transporte. Esta vez no era ningún truco. No nos llevaron a la cámara de gas,
sino a un campo de reposo de verdad. Los que me compadecieron se quedaron en un
campo donde el hambre se iba a ensañar con ellos con mayor fiereza que en este
nuevo campo. Habían intentado salvarse pero lo que hicieron fue sellar su
propio destino. Meses después, tras la liberación, encontré a un amigo de aquel
campo, quien me contó que él, como policía, había tenido que buscar un trozo de
carne humana que faltaba de un montón de cadáveres y que la rescató de un
puchero donde la encontró cociéndose. El canibalismo había hecho su aparición;
yo me fui justamente a tiempo.
¿No recuerda esto el relato de Muerte
en Teherán? En cierta ocasión, un persa rico y poderoso paseaba por el jardín
con uno de sus criados, compungido éste porque acababa de encontrarse con la
muerte, quien le había amenazado. Suplicaba a su amo para que le diera el
caballo más veloz y así poder apresurarse y llegar a Teherán aquella misma
tarde. El amo accedió y el sirviente se alejó al galope. Al regresar a su casa
el amo también se encontró a la Muerte y le preguntó: ¿Por qué has asustado y
aterrorizado a mi criado?” “Yo no le he amenazado, sólo mostré mi sorpresa al
verle aquí cuando en mis planes estaba encontrarle esta noche en Teherán,
contestó la muerte.”

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