EFÍMEROS 78. Miguel Hernández (1910-1942): Cuatro poemas, cuatro libros, cuatro canciones en el 84 aniversario de su muerte.
Se dejan aquí cuatro poemas de Miguel
Hernández pertenecientes a sendos libros y seguidos de una reseña biográfica. Cada poema va acompañado por la música y la voz de Joan Manuel Serrat.
Umbrío por
la pena, casi bruno,
porque la
pena tizna cuando estalla,
donde yo no
me hallo no se halla
hombre más
apenado que ninguno.
Sobre la
pena duermo solo y uno,
pena es mi
paz y pena mi batalla,
perro que ni
me deja ni se calla,
siempre a su
dueño fiel, pero importuno.
Cardos y
penas llevo por corona,
cardos y
penas siembran sus leopardos
y no me
dejan bueno hueso alguno.
No podrá con
la pena mi persona
rodeada de
penas y cardos:
¡cuánto
penar para morirse uno!
("El rayo que no cesa")
EL NIÑO YUNTERO
Carne de
yugo, ha nacido
más
humillado que bello,
con el
cuello perseguido
por el yugo
para el cuello.
Nace, como
la herramienta,
a los golpes
destinado,
de una
tierra descontenta
y un
insatisfecho arado.
Entre
estiércol puro y vivo
de vacas,
trae a la vida
un alma
color de olivo
vieja ya y
encallecida.
Empieza a
vivir, y empieza
a morir de
punta a punta
levantando
la corteza
de su madre
con la yunta.
Empieza a
sentir, y siente
la vida como
una guerra
y a dar
fatigosamente
en los
huesos de la tierra.
Contar sus
años no sabe,
y ya sabe
que el sudor
es una
corona grave
de sal para
el labrador.
Trabaja, y
mientras trabaja
masculinamente
serio,
se unge de
lluvia y se alhaja
de carne de
cementerio.
A fuerza de
golpes, fuerte,
y a fuerza
de sol, bruñido,
con una
ambición de muerte
despedaza un
pan reñido.
Cada nuevo
día es
más raíz,
menos criatura,
que escucha
bajo sus pies
la voz de la
sepultura.
Y como raíz
se hunde
en la tierra
lentamente
para que la
tierra inunde
de paz y
panes su frente.
Me duele
este niño hambriento
como una
grandiosa espina,
y su vivir
ceniciento
revuelve mi
alma de encina.
Lo veo arar
los rastrojos,
y devorar un
mendrugo,
y declarar
con los ojos
que por qué
es carne de yugo.
Me da su
arado en el pecho,
y su vida en
la garganta,
y sufro
viendo el barbecho
tan grande
bajo su planta.
¿Quién
salvará a este chiquillo
menor que un
grano de avena?
¿De dónde
saldrá el martillo
verdugo de
esta cadena?
Que salga
del corazón
de los
hombres jornaleros,
que antes de
ser hombres son
y han sido
niños yunteros.
("Vientos del pueblo")
EL HERIDO
Para el muro de un hospital de sangre
I
Por los
campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella
extensión de cuerpos luchadores salta
Un trigal de
chorros calientes, extendidos
En roncos
surtidores.
La sangre
llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las
heridas suenan igual que caracolas,
Cuando hay
en las heridas celeridad de vuelo,
Esencia de
las olas.
La sangre
huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega
del mar, del vino bravo, estalla
Allí donde
el herido palpitante se anega,
Y florece, y
se halla.
Herido
estoy, miradme: necesito más vidas.
La que
contengo es poca para el gran cometido
De sangre
que quisiera perder por las heridas.
Decid quien
no fue herido.
Mi vida es
una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien
no esté herido, de quien jamás se siente
Herido por
la vida, ni en la vida reposa
Herido
alegremente!
Si hasta los
hospitales se va con alegría,
Se
convierten en huertos de heridas entreabiertas,
De adelfos
florecidos ante la cirugía
De
ensangrentadas puertas.
II
Para la
libertad sangro, lucho, pervivo
Para la
libertad, mis ojos y mis manos,
Como un
árbol carnal, generoso y cautivo,
Doy a los
cirujanos.
Para la
libertad siento más corazones
Que arenas
en mi pecho: dan espuma mis venas,
Y entro en
los hospitales, y entro en los algodones
Como en las
azucenas.
Para la
libertad me desprendo a balazos
De los que
han revolcado su estatua por el lodo.
Y me
desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
De mi casa,
de todo.
Porque donde
unas cuencas vacías amanezcan,
Ella pondrá
dos piedras de futura mirada
Y hará que
nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
En la carne
talada.
Retoñarán
aladas de savia sin otoño
Reliquias de
mi cuerpo que pierdo a cada herida.
Porque soy
como el árbol talado, que retoño:
Porque aún
tengo la vida.
("El hombre acecha")
LLEGÓ CON TRES HERIDAS
Llegó con
tres heridas:
la del amor,
la de la
muerte,
la de la
vida.
Con tres
heridas viene:
la de la
vida,
la del amor,
la de la
muerte.
Con tres
heridas yo:
la de la
vida,
la de la
muerte,
la del amor.
("Cancionero y romancero de ausencias")
RESEÑA BIOGRÁFICA
Miguel Hernández Gilabert nace el 30
de octubre en Orihuela. Su padre era un tratante de ganado lanar y su hijo le
ayudará a pastorear el rebaño. Alterna esta tarea con el estudio hasta los
catorce años en un colegio de jesuitas, pero tiene que dejarlo para atender en
exclusiva el ganado. El resto de su formación la obtendrá gracias a un exigente
autodidactismo, que se sobrepondrá incluso a las palizas que el padre le
propinaba cuando le encontraba leyendo. Desde muy temprano se embebe en
lecturas que le llevan a escribir sus primeros versos y a asistir a cenáculos
de Orihuela: en la reuniones de la tahona de los hermanos Carlos y Efrén Fenoll
intima con quien será su guía y le introducirá en círculos neocatólicos. Se
trata de Ramón Sijé, condiscípulo infantil que se iba a convertir en un
ensayista precoz y que iba a alentar a Miguel Hernández en sus primeros versos.
Pronto empieza a publicar sus poemas
en las revistas locales, especialmente en “El Gallo Crisis”, revista fundada
por Ramón Sijé. Cuando le llaman para
hacer el servicio militar, se libra por excedente de cupo, frustrándose así una
vía para evadirse. No obstante, desafía la resistencia paterna y hace un primer
viaje a Madrid en noviembre 1931, después de que sus amigos organicen una
colecta para el billete en un vagón de tercera. Allí llega cargado con sus
primeros versos y es recibido por Concha Albornoz y Ernesto Giménez Caballero.
Permanecerá en la capital hasta el 15 de mayo del año siguiente. Van a ser
tiempos preñados de dificultades: no encuentra trabajo y llega a pasar hambre;
se verá obligado a pedir empleo a sus paisanos. Traba relación con algunos
poetas que le introducen en la esfera de Góngora, del que pronto se hará
devoto: sus versos acusarán pronto su influencia.
Ya de vuelta en Orihuela, consigue un
modesto empleo en el despacho de un notario y sigue escribiendo con entusiasmo.
En 1934 comienza un noviazgo con Josefina Manresa. En marzo de ese año prueba
fortuna con un segundo viaje a Madrid, esta vez ya con un poemario publicado,
“Perito en lunas”, y dos actos de un auto sacramental, que son el fruto de una
ferviente dedicación a los clásicos. Esta vez tiene más suerte y conoce a
poetas que serán egregios: García Lorca y Vicente Aleixandre. José Bergamín le
publicará su auto sacramental y José María de Cossio lo emplea como secretario
y redactor de su enciclopedia taurina. Trabaja también las misiones
pedagógicas, creadas por los organismos culturales del gobierno de la República
en pro de la educación de los pueblos. Empieza a distanciarse de Ramón Sijé,
que en vano trataba de ganárselo para su ideario neocatólico. Cuando éste muere
en el mes de diciembre, el poeta entra en una crisis de remordimientos de
conciencia que le abocará a la escritura de su famosa elegía.
El encuentro con Pablo Neruda en 1935
va a suponer un hito en la vida de Miguel Hernández, a quien conoció cuando
“llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de
Orihuela”. En sus memorias, “Confieso que he vivido”, Neruda traza un retrato
de primera mano del poeta: “Era tan campesino que llevaba un aura de tierra en
torno a sí. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces
y que conserva su frescura subterránea. Su rostro era el rostro de España
cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y
tierra. Sus ojos quemantes ardiendo dentro de esa superficie grande y
endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura”. Neruda lo alberga
en su casa, donde escribe y acusa la influencia de sus versos surrealistas. Él
se encarga de buscarle trabajo por mediación de un vizconde, alto funcionario
de un ministerio, que admiraba los versos del poeta campesino. Cuenta Neruda en
sus memorias que cuando le insta a Miguel Hernández a que le indique qué puesto
deseaba para extenderle su nombramiento, el poeta, después de mucho cavilar, le
contesta si “no podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí
cerca de Madrid”. Neruda llegará a confesar que en todos sus años de poeta
nunca le fue dado contemplar “un fenómeno igual de vocación y de eléctrica
sabiduría verbal”. Esta sabiduría verbal empezará a hacerse patente en su
segundo poemario publicado, “El rayo que no cesa”.
En enero de 1936 es detenido por la
guardia civil en San Fernando del Jarama por carecer de carnet de identidad. Un
grupo de intelectuales protesta por el atropello. Al estallar la guerra civil
se encuentra en Orihuela pero se desplaza a Madrid en septiembre y se alista
voluntario en el ejército popular de la república. Ingresa en el 5º regimiento,
de filiación comunista y participa en diversas operaciones en los alrededores
de la capital. Durante los tres años que dura la guerra su labor se vuelve frenética:
“solo me canso y no estoy contento –confiesa- cuando no hago nada”. Desempeña
funciones de comisario de cultura. En 1937 se le destina a Jaén como jefe del
“altavoz del frente” –un servicio de agitación y propaganda-; convierte su
poesía en arma de combate. Ya sea en los campamentos o en las trincheras,
recita su poesía ante los soldados. En Marzo de ese año se casa con Josefina.
Luego va destacado a los frentes de Teruel y Extremadura. Participa en el II
Congreso de intelectuales antifascistas e intima con el comunismo cuando es
comisionado para ir a Rusia. En diciembre de 1937 nace su primer hijo, que
muere al año siguiente. El 4 de enero de 1939 nace Manuel Miguel, su segundo
hijo. Por esos días, en Valencia, se halla componiendo su libro “El hombre acecha”.
Al terminar la guerra no se le ocurre mejor idea que cruzar la frontera por
Portugal, país gobernado por la dictadura de Salazar; es detenido y entregado a
la policía española. Pero en septiembre es puesto en libertad provisional.
Solicita asilo político en la embajada de Chile –a la que estaba vinculado por
su amistad con Neruda- y piensa en emigrar a ese país, pero no se le permite.
Parece que fue el propio Miguel Hernández quien al final renunció a esa vía de
escape, por considerarla una deserción de última hora.
Se va al pueblo y es apresado de
nuevo. En julio de 1940 se le condena a muerte, pero la máxima pena le será
conmutada por treinta años de prisión, gracias a la intervención de algunos
escritores con influencia dentro del régimen: Cossío, Ridruejo y Sánchez
Mazas. Comienza así su particular “via
crucis” por el itinerario de cárceles españolas: Madrid, Palencia, Ocaña. Pasa
hambre y frío y su salud se resiente. En la cárcel de Palencia adquiere una
neumonía; en la de Ocaña, una bronquitis. Una tisis le ataca cuando es
trasladado a Alicante, su último destino en un reformatorio de adultos. Después
de una prolongada agonía, una tuberculosis galopante acaba con su vida, el 28
de marzo de 1942.
A quienes conocieron a Miguel
Hernández, les llamaba la atención la
poderosa vitalidad que emanaba de su personalidad y también la dificultad que
tenía para encajar en un medio urbano. Es a raíz de su primer viaje a Madrid
cuando el poeta comienza a plantearse las cuestiones sociales que iban a dejar
impronta en su poesía. Especial influencia para la toma de conciencia tuvo la
revolución de Asturias, que le llevó a poner su pluma al servicio de la causa
social. A partir de la guerra civil, se siente identificado con la causa
comunista y se convierte en militante. El viaje
que hace a Rusia en 1937 acaba por despertar su fervor por la
revolución. Ciertas maquinaciones que observa entre los dirigentes del partido
le llevan, sin embargo, a expresar sus dudas e incluso a quemar el carnet,
según afirman algunos testigos.
Por su precocidad como poeta y su
adscripción a las vanguardias, a Miguel Hernández se le ha vinculado con la
generación del 27, reproduciendo en su poesía rasgos que son comunes:
neogongorismo, surrealismo y neopopularismo. Su poesía primeriza, teñida de
regionalismo, madura hacia formas más elaboradas a raíz de su estancia en
Madrid. En 1933 publica Perito en lunas, un ejercicio manierista en octavas
reales que respira el influjo de Góngora. Con “El rayo que no cesa” (1936), se
encuentra a sí mismo como materia poética; tomando el soneto como base y con
influjo de Quevedo, consigue una obra madura y personal. Al mismo tiempo que
ultima el rayo que no cesa, Hernández se impregna de la poesía nerudiana y va
discurriendo hacia una poesía impura, cargada de sugerencias surrealistas. El
compromiso social y político tiene su reflejo en “Viento del pueblo” (1937) y
”El hombre acecha” (1937-38). La tragedia colectiva de la guerra resuena
angustiosamente en su periplo carcelario, provocándole los versos más desgarradores
en su “Cancionero y Romancero de ausencias”, (1938-1941).
Se ha dicho que la palabra poética de
Miguel Hernández conmueve por su intenso dramatismo, por su sentimiento trágico
de la vida. La pena se convierte en un "leitmotiv" de su obra: es el
sufrimiento elevado a dimensiones cósmicas. Las tensiones íntimas provocadas
por el amor o por los problemas sociales agudizan la emotividad expresiva de
sus versos.
También ha sido un poeta que ha
tenido el amor como norte de sus poemas, ya fuera su modelo la tradición
petrarquista o los desgarradores sonetos amorosos de Quevedo. Según Guerrero
Zamora, se trata de un amor carnal, “nunca contemplación espiritual, sino
éxtasis del alma a través del espasmo de los cuerpos”. Sus alusiones sexuales
son constantes. También es un amor ligado a la corriente vital de la tierra,
que se nutre de una concepción panteísta del universo. Hombre y naturaleza
aparecen fundidos en uno.
Su poesía es más social que política.
Al estallar la guerra su vocación social se vuelve revolucionaria y comienza a
hacer de su poesía un arma de combate. Al principio, desde “el altavoz del
frente”, con la finalidad de levantar el ánimo de los soldados, incurre en una
retórica propagandística. Más tarde, los desastres de la guerra le llevan a una
visión más pesimista en la que hace acta de aparición un dolor que adquiere
dimensiones cósmicas.

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