EFÍMEROS 79. Virginia Woolf (1882-1941): Un cuento breve, "La casa encantada", en el 85 aniversario de su muerte.
Se deja aquí un cuento breve de
Virginia Woolf, así como una sucinta reseña biográfica.
LA CASA ENCANTADA
A cualquier hora que una se
despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de
la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.
«Lo dejamos aquí», decía ella. Y él
añadía: «¡Sí, pero también aquí!» «Está arriba», murmuraba ella. «Y también en
el jardín», musitaba él. «No hagamos ruido», decían, «o les despertaremos.»
Pero no era esto lo que nos
despertaba. Oh, no. «Lo están buscando; están corriendo la cortina», podía
decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. «Ahora lo han
encontrado», sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y,
luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la
casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas
torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de
la trilladora sonando allá, en la granja. «¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería
encontrar?» Tenía las manos vacías. «¿Se encontrará acaso arriba?» Las manzanas
se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar, el jardín
estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al
césped.
Pero lo habían encontrado en la sala
de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban
manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos
se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara
amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría,
esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo… ¿qué? Yo
tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más
profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. «A
salvo, a salvo, a salvo…», latía suavemente el pulso de la casa. «El tesoro
está enterrado; el cuarto…», el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto
el tesoro enterrado?
Un momento después, la luz se había
debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para
un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la
superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era
el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer,
cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las
estancias quedaron oscurecidas. Él lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al
norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la
casa, la encontró hundida bajo la loma. «A salvo, a salvo, a salvo», latía
alegremente el pulso de la casa. «El tesoro es tuyo.»
El viento sube rugiendo por la
avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de
luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la
vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos,
la pareja de duendes busca su alegría.
«Aquí dormimos», dice ella. Y él
añade: «Besos sin número.» «El despertar por la mañana…» «Plata entre los
árboles…» «Arriba…» «En el jardín…» «Cuando llegó el verano…» «En la nieve
invernal…» Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave
sonido como el latido de un corazón.
Se acercan más; cesan en el pasillo.
Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se
oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo
su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna.
Con un suspiro, él dice: «Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los
labios.»
Inclinados, sosteniendo la linterna
de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera.
Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna
cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los
rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su
dicha oculta.
«A salvo, a salvo, a salvo», late con
orgullo el corazón de la casa. «Tantos años…», suspira él. «Me has vuelto a
encontrar.» «Aquí», murmura ella, «dormida; en el jardín leyendo; riendo,
dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro
tesoro…» Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. «¡A salvo! ¡A salvo! ¡A
salvo!», late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: «¿Es este
el tesoro enterrado de ustedes? La luz en el corazón.»
RESEÑA BIOGRÁFICA
Adeline Virginia Woolf (con apellido
de nacimiento Stephen) nació en Londres el 25 de enero de 1882. Fue hija del
conocido escritor Leslie Stephen y se crio en el elegante barrio de Kensington.
El domicilio familiar, junto con una madre que sirvió de modelo a reputados
pintores, fue habitual centro de peregrinación de ilustres literatos del nivel
de Tennyson, Thomas Hardy o Henry James.
En 1895 muere repentinamente la madre
y tiene la primera de la larga secuela de depresiones que le iban a acompañar
periódicamente y que completarían un cuadro de trastorno bipolar, con periódicos
cambios de humor. Mayor aún fue su depresión al morir su padre de cáncer en
1904, teniendo incluso que ser ingresada. En 1896 se trasladaría junto con su
hermana Vanessa a una casa en el bohemio barrio de Bloomsbury. En torno a esta
casa comenzarían a reunirse a partir de 1907 un grupo de intelectuales que
acabaría formando el círculo de Bloomsbury y al que pertenecieron E. M.
Forster, Keynes o Lytton Strachey, entre otros influyentes escritores. Herederos
de las teorías esteticistas de Walter Pater, compartían su fe en la importancia
de las artes. En 1912 se casó con el escritor judío Leonard Wolf, economista y
también miembro del grupo y juntos fundaron la célebre editorial Hogarth Press,
que, además de editar los libros de la propia Virginia, publicaron la obra de
K. Mansfield, T. S. Eliot o S. Freud. Murió ahogada el 28 de marzo de 1941, después
de que en plena crisis por su depresión
se arrojara al río cercano a su casa.
Entre sus novelas se puede destacar “La
señora Dalloway” (1925) cuya acción se desarrolla en un solo día logrando captar
a la perfección una existencia ya en marcha. El tiempo ya será plenamente el
protagonista en su siguiente novela, “Al faro”, donde los avatares temporales
de los personajes se resuelven en torno a un proyecto de excursión en barca
hasta un faro. Pocas semanas después de
terminar el faro, Virginia confiesa en su diario que le ronda el deseo de
escribir “una narración a lo Defoe para divertirme” y para que su propia vena lírica
fuera satirizada. Fruto de este interregno es su novela “Orlando” (1928), donde
da rienda suelta a la libertad de su fantasía. Una biografía donde se describe
las aventuras de un poeta que va mudando de sexo y de épocas mientras mantiene
entrevistas con importantes personajes de la Historia. “Las olas” es probablemente
su mejor obra y también la más experimental. Estructurada minuciosamente, los
protagonistas, tres niños y tres niñas, van dándose en respectivos hilos de
narración, en primera persona, la marcha de sus vidas hasta hacerse mayores.
Estos monólogos son interrumpidos por interludios en tercera persona donde se
detallan escenas costeras que se desarrollan a lo largo de un día.
La obra de Virginia Woolf es
difícilmente clasificable en un solo género, pero muestra el gran dominio de la
estructura en cada una de sus obras, destacando especialmente el tono lírico de
su prosa y la originalidad de su estilo.

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