Marguerite Duras fue una escritora y
guionista francesa que nació en Gia Dinh, indochina, en 1914. Sus padres eran
profesores de francés que se conocieron en la escuela secundaria de Gia Dinh. Cuando
sólo contaba siete años perdió al padre, que se había trasladado en 1921 a Francia
para recuperarse de una enfermedad. También ella volvió con su madre y sus dos
hermanos a Francia durante un par de años, hasta 1924, que de nuevo regresó a Indochina, donde viven casi en la pobreza a consecuencia de una serie de malas inversiones por parte de la madre.
Allí permaneció hasta los 18 años, momento en que regresó a París para completar
su educación. Estudio Derecho, Matemáticas y Ciencias Políticas y durante algún
tiempo trabajó en la Administración. Ingresó en el partido comunista, fue miembro
de la resistencia durante la segunda guerra mundial formando parte de un grupo
en que también participaba François Miterrand. Se casó joven con el escritor
Robert Antelme, con quien tuvo un hijo, además de otro, un poco más tarde, con
el pensador de izquierdas Dionys Mascolo. Su nombre saltó a la fama cuando en
1958 firmó el guion de una película mítica de Alain Rasnais: “Hiroshima, mom
amour”. Su novela “Moderato cantábile” la situó entre las novelistas
más importantes del movimiento “Le noveau roman”, que pretendió romper con la
novela lineal decimonónica, explorando el flujo de conciencia e incidiendo en
una descripción minuciosa y objetiva. Entre sus novelas, hay que destacar “El
vicecónsul” y “El amante”. Esta última novela es la más conocida y
por ella recibió el premio Goncourt el año de su publicación, 1984. Murió a
consecuencia de un cáncer de laringe el 3 de marzo de 1996.
Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo
he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.
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La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. […]
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La soledad, la soledad también significa: la muerte, o el
libro. Pero, ante todo, significa el alcohol. Whisky, eso significa. Hasta
ahora nunca he podido, pero nunca, de verdad, o en tal caso debería remontarme
lejos… nunca he podido empezar un libro sin terminarlo. Nunca he hecho un libro
que no fuera ya una razón de ser mientras se escribía, y eso, sea el libro que
sea. Y en todas partes. En todas las estaciones. […]
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[…] Mientras el libro está ahí y grita que exige ser
terminado, uno escribe. Uno está obligado a mantener el tipo. Es imposible
soltar un libro para siempre antes de que esté completamente escrito; es decir:
solo y libre de ti, que lo has escrito. Es tan insoportable como un crimen. No
creo a la gente que dice: “He roto mi manuscrito, lo he tirado”. No lo creo. O
bien lo que estaba escrito no existía para los demás, o no era un libro. Y uno
siempre sabe lo que no es un libro. Lo que nunca será un libro, no, no lo sabe.
Nunca.
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[…] No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para
abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más
fuerte que lo que se escribe. Es algo curioso, sí. No es sólo la escritura, lo
escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los
vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada,
desesperante, de la sociedad.
Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al
libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del
libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana,
con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.
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Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también
un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.
Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho
porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo
de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo
contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las
lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. […]
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Un libro abierto también es la noche.
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Estar sola con el libro aún no escrito es estar aún en el
primer sueño de la humanidad. Eso es. También es estar sola en la escritura aún
yerma. Es intentar no morir por su causa. Es estar sola en un refugio durante
la guerra. […]
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Las grandes lecturas de mi vida, las sólo mías, son las
escritas por hombres. Michelet. Michelet y más Michelet, hasta las lágrimas.
Los textos políticos también, pero menos. Saint-Just, Stendhal, y curiosamente,
Balzac no. El texto de los textos es el Antiguo Testamento.
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[…] La soledad, también era eso. Una especie de escritura. Y
leer era escribir.
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Nosotros, los del 68, somos enfermos de la esperanza, la
esperanza es lo que se confía a las funciones del proletariado. Y a nosotros,
ninguna ley, nada, ni nadie ni nada, nos curará de esa esperanza. […]
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Yo me parezco a todo el mundo. Creo que nunca nadie se ha
vuelto hacia mí por la calle. Soy la banalidad. El triunfo de la banalidad.
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[…] En cuanto el ser humano está solo cae en la sinrazón. Lo
creo: creo que la persona entregada a sí misma está ya atacada por la locura porque
en el brote de un delirio personal nada la detiene.
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Nunca se esta sólo. Nunca se está solo físicamente. En ninguna
parte. Siempre se está en alguna parte. Se oyen ruidos en la cocina, los de la
tele, o de la radio, en los apartamentos vecinos, y en todo el inmueble. Sobre todo
cuando nunca se ha pedido silencio como siempre he hecho yo.
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Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura
de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al
contrario.
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Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de
hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.
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Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos
-sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligros a que podemos
plantearnos. Pero también es la más habitual.
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La escritura: la escritura llega como el viento, está
desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada,
excepto eso, la vida.

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