Miguel Hernández Gilabert nace el 30
de octubre en Orihuela. Su padre era un tratante de ganado lanar y su hijo le
ayudará a pastorear el rebaño. Alterna esta tarea con el estudio hasta los
catorce años en un colegio de jesuitas, pero tiene que dejarlo para atender en
exclusiva el ganado. El resto de su formación la obtendrá gracias a un exigente
autodidactismo, que se sobrepondrá incluso a las palizas que el padre le
propinaba cuando le encontraba leyendo. Desde muy temprano se embebe en
lecturas que le llevan a escribir sus primeros versos y a asistir a cenáculos
de Orihuela: en la reuniones de la tahona de los hermanos Carlos y Efrén Fenoll
intima con quien será su guía y le introducirá en círculos neocatólicos. Se
trata de Ramón Sijé, condiscípulo infantil que se iba a convertir en un
ensayista precoz y que iba a alentar a Miguel Hernández en sus primeros versos.
Pronto empieza a publicar sus poemas
en las revistas locales, especialmente en “El Gallo Crisis”, revista fundada
por Ramón Sijé. Cuando le llaman para
hacer el servicio militar, se libra por excedente de cupo, frustrándose así una
vía para evadirse. No obstante, desafía la resistencia paterna y hace un primer
viaje a Madrid en noviembre 1931, después de que sus amigos organicen una
colecta para el billete en un vagón de tercera. Allí llega cargado con sus
primeros versos y es recibido por Concha Albornoz y Ernesto Giménez Caballero.
Permanecerá en la capital hasta el 15 de mayo del año siguiente. Van a ser
tiempos preñados de dificultades: no encuentra trabajo y llega a pasar hambre;
se verá obligado a pedir empleo a sus paisanos. Traba relación con algunos
poetas que le introducen en la esfera de Góngora, del que pronto se hará
devoto: sus versos acusarán pronto su influencia.
Ya de vuelta en Orihuela, consigue un
modesto empleo en el despacho de un notario y sigue escribiendo con entusiasmo.
En 1934 comienza un noviazgo con Josefina Manresa. En marzo de ese año prueba
fortuna con un segundo viaje a Madrid, esta vez ya con un poemario publicado,
“Perito en lunas”, y dos actos de un auto sacramental, que son el fruto de una
ferviente dedicación a los clásicos. Esta vez tiene más suerte y conoce a
poetas que serán egregios: García Lorca y Vicente Aleixandre. José Bergamín le
publicará su auto sacramental y José María de Cossio lo emplea como secretario
y redactor de su enciclopedia taurina. Trabaja también las misiones
pedagógicas, creadas por los organismos culturales del gobierno de la República
en pro de la educación de los pueblos. Empieza a distanciarse de Ramón Sijé,
que en vano trataba de ganárselo para su ideario neocatólico. Cuando éste muere
en el mes de diciembre, el poeta entra en una crisis de remordimientos de
conciencia que le abocará a la escritura de su famosa elegía.
El encuentro con Pablo Neruda en 1935
va a suponer un hito en la vida de Miguel Hernández, a quien conoció cuando
“llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de
Orihuela”. En sus memorias, “Confieso que he vivido”, Neruda traza un retrato
de primera mano del poeta: “Era tan campesino que llevaba un aura de tierra en
torno a sí. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces
y que conserva su frescura subterránea. Su rostro era el rostro de España
cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y
tierra. Sus ojos quemantes ardiendo dentro de esa superficie grande y
endurecida al viento, eran dos rayos de fuerza y de ternura”. Neruda lo alberga
en su casa, donde escribe y acusa la influencia de sus versos surrealistas. Él
se encarga de buscarle trabajo por mediación de un vizconde, alto funcionario
de un ministerio, que admiraba los versos del poeta campesino. Cuenta Neruda en
sus memorias que cuando le insta a Miguel Hernández a que le indique qué puesto
deseaba para extenderle su nombramiento, el poeta, después de mucho cavilar, le
contesta si “no podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí
cerca de Madrid”. Neruda llegará a confesar que en todos sus años de poeta
nunca le fue dado contemplar “un fenómeno igual de vocación y de eléctrica
sabiduría verbal”. Esta sabiduría verbal empezará a hacerse patente en su
segundo poemario publicado, “El rayo que no cesa”.
En enero de 1936 es detenido por la
guardia civil en San Fernando del Jarama por carecer de carnet de identidad. Un
grupo de intelectuales protesta por el atropello. Al estallar la guerra civil
se encuentra en Orihuela pero se desplaza a Madrid en septiembre y se alista
voluntario en el ejército popular de la república. Ingresa en el 5º regimiento,
de filiación comunista y participa en diversas operaciones en los alrededores
de la capital. Durante los tres años que dura la guerra su labor se vuelve frenética:
“solo me canso y no estoy contento –confiesa- cuando no hago nada”. Desempeña
funciones de comisario de cultura. En 1937 se le destina a Jaén como jefe del
“altavoz del frente” –un servicio de agitación y propaganda-; convierte su
poesía en arma de combate. Ya sea en los campamentos o en las trincheras,
recita su poesía ante los soldados. En Marzo de ese año se casa con Josefina.
Luego va destacado a los frentes de Teruel y Extremadura. Participa en el II
Congreso de intelectuales antifascistas e intima con el comunismo cuando es
comisionado para ir a Rusia. En diciembre de 1937 nace su primer hijo, que
muere al año siguiente. El 4 de enero de 1939 nace Manuel Miguel, su segundo
hijo. Por esos días, en Valencia, se halla componiendo su libro “El hombre acecha”.
Al terminar la guerra no se le ocurre mejor idea que cruzar la frontera por
Portugal, país gobernado por la dictadura de Salazar; es detenido y entregado a
la policía española. Pero en septiembre es puesto en libertad provisional.
Solicita asilo político en la embajada de Chile –a la que estaba vinculado por
su amistad con Neruda- y piensa en emigrar a ese país, pero no se le permite.
Parece que fue el propio Miguel Hernández quien al final renunció a esa vía de
escape, por considerarla una deserción de última hora.
Se va al pueblo y es apresado de
nuevo. En julio de 1940 se le condena a muerte, pero la máxima pena le será
conmutada por treinta años de prisión, gracias a la intervención de algunos
escritores con influencia dentro del régimen: Cossío, Ridruejo y Sánchez
Mazas. Comienza así su particular “via
crucis” por el itinerario de cárceles españolas: Madrid, Palencia, Ocaña. Pasa
hambre y frío y su salud se resiente. En la cárcel de Palencia adquiere una
neumonía; en la de Ocaña, una bronquitis. Una tisis le ataca cuando es
trasladado a Alicante, su último destino en un reformatorio de adultos. Después
de una prolongada agonía, una tuberculosis galopante acaba con su vida, el 28
de marzo de 1942.
A quienes conocieron a Miguel
Hernández, les llamaba la atención la
poderosa vitalidad que emanaba de su personalidad y también la dificultad que
tenía para encajar en un medio urbano. Es a raíz de su primer viaje a Madrid
cuando el poeta comienza a plantearse las cuestiones sociales que iban a dejar
impronta en su poesía. Especial influencia para la toma de conciencia tuvo la
revolución de Asturias, que le llevó a poner su pluma al servicio de la causa
social. A partir de la guerra civil, se siente identificado con la causa
comunista y se convierte en militante. El viaje
que hace a Rusia en 1937 acaba por despertar su fervor por la
revolución. Ciertas maquinaciones que observa entre los dirigentes del partido
le llevan, sin embargo, a expresar sus dudas e incluso a quemar el carnet,
según afirman algunos testigos.
Por su precocidad como poeta y su
adscripción a las vanguardias, a Miguel Hernández se le ha vinculado con la
generación del 27, reproduciendo en su poesía rasgos que son comunes:
neogongorismo, surrealismo y neopopularismo. Su poesía primeriza, teñida de
regionalismo, madura hacia formas más elaboradas a raíz de su estancia en
Madrid. En 1933 publica Perito en lunas, un ejercicio manierista en octavas
reales que respira el influjo de Góngora. Con “El rayo que no cesa” (1936), se
encuentra a sí mismo como materia poética; tomando el soneto como base y con
influjo de Quevedo, consigue una obra madura y personal. Al mismo tiempo que
ultima el rayo que no cesa, Hernández se impregna de la poesía nerudiana y va
discurriendo hacia una poesía impura, cargada de sugerencias surrealistas. El
compromiso social y político tiene su reflejo en “Viento del pueblo” (1937) y
”El hombre acecha” (1937-38). La tragedia colectiva de la guerra resuena
angustiosamente en su periplo carcelario, provocándole los versos más desgarradores
en su “Cancionero y Romancero de ausencias”, (1938-1941).
Se ha dicho que la palabra poética de
Miguel Hernández conmueve por su intenso dramatismo, por su sentimiento trágico
de la vida. La pena se convierte en un "leitmotiv" de su obra: es el
sufrimiento elevado a dimensiones cósmicas. Las tensiones íntimas provocadas
por el amor o por los problemas sociales agudizan la emotividad expresiva de
sus versos.
También ha sido un poeta que ha
tenido el amor como norte de sus poemas, ya fuera su modelo la tradición
petrarquista o los desgarradores sonetos amorosos de Quevedo. Según Guerrero
Zamora, se trata de un amor carnal, “nunca contemplación espiritual, sino
éxtasis del alma a través del espasmo de los cuerpos”. Sus alusiones sexuales
son constantes. También es un amor ligado a la corriente vital de la tierra,
que se nutre de una concepción panteísta del universo. Hombre y naturaleza
aparecen fundidos en uno.
Su poesía es más social que política.
Al estallar la guerra su vocación social se vuelve revolucionaria y comienza a
hacer de su poesía un arma de combate. Al principio, desde “el altavoz del
frente”, con la finalidad de levantar el ánimo de los soldados, incurre en una
retórica propagandística. Más tarde, los desastres de la guerra le llevan a una
visión más pesimista en la que hace acta de aparición un dolor que adquiere
dimensiones cósmicas.
CANCIÓN
PRIMERA
Se ha
retirado el campo
Al ver
abalanzarse
Crispadamente
al hombre.
¿qué abismo
entre el olivo
Y el hombre
se descubre!
El animal
que canta:
El animal
que puede
Llorar y
echar raíces,
Rememoró sus
garras.
Garras que
revestía
De suavidad
y flores,
Pero que, al
fin, desnuda
En toda su
crueldad.
Crepitan en
mis manos.
Aparta de
ellas, hijo.
Estoy
dispuesto a hundirlas,
Dispuesto a
proyectarlas
Sobre tu
carne leve.
He regresado
al tigre.
Aparta, o te
destrozo.
Hoy el amor
es muerte,
Y el hombre
acecha al hombre.
LLAMO AL
TORO DE ESPAÑA
Alza, toro
de España: levántate, despierta.
Despiértate
del todo, toro de negra espuma,
Que respiras
la luz y rezumas la sombra,
Y concentras
los mares bajo tu piel cerrada.
Despiértate.
Despiértate
del todo, que te veo dormido,
Un pedazo
del pecho y otro de la cabeza.
Que aún no
te has despertado como despierta un toro
Cuando se le
acomete con traiciones lobunas.
Levántate.
Resopla tu
poder, despliega tu esqueleto,
Enarbola tu
frente con las rotundas hachas,
Con las dos
herramientas de asustar a los astros,
De amenazar
al cielo con astas de tragedia.
Esgrímete.
Toro en la
primavera más toro que otras veces,
En España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido
que nunca, más volcánico, toro,
Que irradias,
que iluminas al fuego, yérguete.
Desencadénate.
Desencadena el
raudo corazón que te orienta
Por las
plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte
vivo vienen lobos y águilas
Que han
envidiado siempre tu hermosura de pueblo.
Yérguete.
No te van a
castrar: no dejarás que llegue
Hasta tus
atributos de varón abundante,
Esa mano
felina que pretende arrancártelos
De cuajo,
impunemente: pataléalos, toro.
Víbrate
No te van a
absorber la sangre de riqueza,
No te
arrebatarán los ojos minerales.
La piel
donde recoge resplandor el lucero
No arrancarán
del toro de torrencial mercurio.
Revuélvete.
Es como si
quisieran quitar la piel al sol,
Al torrente
la espuma con uña y picotazo.
No te van a
castrar, poder tan masculino
Que fecundas
la piedra; no te van a castrar.
Truénate.
No retrocede
el toro: no da un paso hacia atrás
Sino es para
escarbar sangre y furia en la arena,
Unir todas
sus fuerzas, y desde las pezuñas
Abalanzarse luego
con decisión de rayo.
Abalánzate.
Gran toro
que en el bronce y en la piedra has mamado,
Y en el
granito fiero paciste la fiereza:
Revuélvete en
el alma de todos los que han visto
La luz
primera en esta península ultrajada.
Revuélvete.
Partido en
dos pedazos, este toro de siglos,
Este toro
que dentro de nosotros habita:
Partido en
dos mitades, con una mataría
Y con la
otra mitad moriría luchando.
Atorbellínate
De la airada
cabeza que fortalece el mundo,
Del cuello
como un bloque de titanes en marcha,
Brotará la
victoria como un ancho bramido
Que hará
sangrar al mármol y sonar a la arena.
Sálvate.
Despierta,
toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta,
toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate,
toro: revuélvete.
Sálvate,
denso toro de emoción y de España.
Sálvate.
EL SOLDADO Y
LA NIEVE
Diciembre ha
congelado su aliento de dos filos,
Y lo resopla
desde los cielos congelados,
Como una
llama seca desarrollada en hilos,
Como una
larga ruina que ataca a los soldados.
Nieve donde
el caballo que impone sus pisadas
Es una
soledad de galopante luto.
Nieve de
uñas cernidas, de garras derribadas,
De celeste
maldad, de desprecio absoluto.
Muerde, tal,
traspasa como un tremendo hachazo,
Con un hacha
de mármol encarnizado y leve.
Desciende,
se derrama como un deshecho abrazo
De precipicios
y alas, de soledad y nieve.
Esta
agresión que parte del centro del invierno,
Hambre cruda,
cansada de tener hambre y frío,
Amenaza al
desnudo con un rencor eterno,
Blanco,
mortal, hambriento, silencioso, sombrío.
Quiere
aplacar las fraguas, los odios, las hogueras,
Quiere cegar
los mares, sepultar los amores;
Y va
elevando lentas y diáfanas barreras,
Estatuas silenciosas
y vidrios agresores.
Que se
derrame a chorros el corazón de lana
De tantos
almacenes y talleres textiles,
Para cubrir
los cuerpos que queman la mañana
Con la voz,
la mirada, los pies y los fusiles.
Ropa para
los cuerpos que pueden ir desnudos,
Que pueden
ir vestidos de escarchas y de hielos:
De piedra
enjuta contra los picotazos rudos,
Las mordeduras
pálidas y los pálidos vuelos.
Ropa para
los cuerpos que rechazan callados
Los ataques
más blancos con los huesos más rojos.
Porque
tienen el hueso solar estos soldados,
Y porque son
hogueras con pisadas, con ojos.
La frialdad
se abalanza, la muerte se deshoja,
El clamor
que no suena, pero que escucho, llueve.
Sobre la
nieve blanca, la vida roja y roja
Hace la
nieve cálida, siembra fuego en la nieve.
Tan
decididamente son el cristal de roca
Que sólo el
fuego, sólo la llama cristaliza,
Que atacan
con el pómulo nevado, con la boca,
Y vuelven
cuando atacan recuerdos de ceniza.
LOS HOMBRES
VIEJOS
I
Nacen puestos
de gafas, y una piel de levita,
Y una
perilla obscena de culo de bellota,
Y calvos, y
caducos. Y nunca se les quita
La joroba
que dentro del alma les explota.
Pedos con
barbacana, ceremoniosos pedos,
De su senil
niñez de polvo enlevitado,
Pasan a la
edad plena con polvo entre los dedos,
Sonando a
sepultura y oliendo a antepasado.
Parecen candeleros
infelices, escobas
Desplumadas,
retiesas, con toga, con bonete:
UNA
CONGREGACIÓN DE GALLARDAS JOROBAS
CON CALLOS Y
VERRUGAS AL BORDE DEL RETRETE.
Con callos y
verrugas, y coles y misales,
La dignidad
del asno se rebela en la enjalma,
Mirando estos
cochinos tan espirituales
Con callos y
verrugas en la extensión del alma.
Alma
verrugicida, callicida la vuestra.
Habéis
nacido tiesos como los monigotes,
Y vivís de
puntillas, levantando la diestra
Para cornamentar
la voz y los bigotes.
Saludáis con
el ano, no arrugáis nunca el traje,
Disimuláis los
cuernos con laureles de lata.
No paráis en
la tierra, siempre vais de viaje
Por un país
de luna maquinal, mentecata.
Nacéis
inventariados, morís previa promesa
De que
seréis cubiertos de estatuas y coronas.
Vais como
procesados por el sol, que procesa
Aquello que
señala delito en las personas.
Os alimenta
el aire sangriento de un juzgado,
De un
presidio siniestro de abogados y jueces.
Y concedéis
los pedos por audiencia de un lado,
Mientras del
otro lado jodéis, méais a veces.
Herís,
crucificáis con ojos compasivos,
Cadáveres de
todas las horas y los días:
Autos de
poca fe, pasto de los archivos,
Habláis desde
los púlpitos de muchas tonterías.
Nunca tenga
que ver yo con estos doctores,
Estas enciclopedias
ahumadas, aplastantes.
Nunca de
estos filósofos me ataquen los humores,
Porque sus
agudezas me resultan laxantes.
Porque se
ponen huecos igual que las gallinas
Para eructar
sandeces creyéndose profundos:
Porque para
pensar entran en las letrinas,
En abismos
rellenos de folios moribundos.
Sentenciosas
tinajas vacías, pero hinchadas,
Se repliegan
sus frentes igual que acordeones,
Y ascienden
y descienden, tortugas preocupadas,
Y el corazón
les late por no sé qué rincones.
No se han
hecho para estos boñigos los barbechos,
No se han
hecho para estos gusanos las manzanas.
Sólo hay
chocolateras y sillones deshechos
Para estas
incoherencias reumáticas y canas.
Retretes de
elegancia, cagan correctamente:
Hijos de
puta ansiosos de politiquerías,
Publicidad y
bombo, se corrigen la frente
Y preparan
el gesto de las fotografías.
Temblad,
hijos de puta, por vuestra puta suerte,
Que uno
soldados de alma patética deciden:
Ellos son
los que tratan la verdadera muerte,
Ellos la
verdadera, la ruda vida piden.
La vida es
otra cosa, sucios señores míos,
Más clara, menos
turbia de folios, de oficinas.
Nadan
radiantemente sus cuerpos en los ríos
Y no usan
esa cara de múltiples esquinas.
Nunca fuiste
muchachos, y queréis que persista
Un mundo
aparatoso de cartón estirado,
Por donde el
cartón vaya paticojo y turista,
Rey entre
maniquíes de pulso congelado.
Venís de la
Edad Media donde no habéis nacido,
Porque no
sois del tiempo presente ni el ausente.
Os mata una
verdad en el caduco nido:
La que impone
la vida del siempre adolescente.
Yo soy
viejo: tan viejo, que el primer hombre late
Dentro de
mis vividos y veintisiete años,
Porque combato
al tiempo y el me combate.
A vosotros,
vencidos, os trata como a extraños.
II
Trapos,
calcomanías, defunciones, objetos,
Muladares de
todo, tinajas, oquedades,
Lápidas,
catafalcos, legajos, mamotretos,
Inscripciones,
sudarios, menudencias, ruindades.
Polvo,
palabrería, carcoma y escritura,
Cornisas;
orinales que quieren ser severos,
Y se llevan
la barba de goma a la cintura,
Y duermen
rodeados de siglos y sombreros.
Vilmente
descosidos, pálidos de avaricia,
Lo que más
les preocupa de todo es el bolsillo.
Gotosos,
desastrosos, malvados, la injusticia
Se viste de
acta en ellos con papel amarillo.
Los veréis
adheridos a varios ministerios,
A varias
oficinas por el ocio amuebladas.
Con el sexo
en la boca canosa, van muy serios,
Trucosos, maniobreros,
persiguiendo embajadas.
Los veréis
sumergidos entre trastos y coños
Internacionalmente
pagados, conocidos:
Pasear por
Ginebra los cojones bisoños
Con cara de
inventores mortalmente aburridos.
Son los que
recomiendan y los recomendados.
La
recomendación es su procedimiento.
Por
recomendación agonizan sentados
Donde la
muerte cómo pone su ayuntamiento.
Cuando van a
acostarse, se quitan la careta,
El disfraz
cotidiano, la diaria postura.
Ante su
sordidez se nubla la peseta,
Se agota en
su paciencia la estatua más segura.
A veces de
la mala digestión de estos cuervos
Que quieren
imponernos su vejez, su idioma,
Que quieren
que seamos lenguas esclavas, siervos,
Dependen muchas
vidas con signo de paloma.
A veces son
marquesas íntimas de ambiciones,
Insaciables de
joyas, relumbronas de trato:
Fracasadas de
título, caballares de acciones,
Relinchan por
llevar el mundo en el zapato.
Putonas de importancia,
miden bien la sonrisa
Con la
categoría que quien las trata encierra:
Política jetudas,
desgastan la camisa
Jodiendo mientras
hablan del drama de la guerra.
Se cae de
viejo el mundo con tal matalotaje.
Hijos de la
rutina bisoja y contrahecha, valoran
A los
hombres por el precio del traje, cagan,
y donde
cagan colocan una fecha.
Van del
hotel al banco, del hotel al paseo
Con una
cornamenta notable de aire insulso.
Es humillar
al prójimo su más noble deseo
Y el
esfuerzo mayor le hacen meando apulso.
Hemos de
destrozaros en vuestras legaciones,
En vuestros
escenarios, en vuestras diplomacias.
Con
ametralladoras cálidas y canciones
Os ametrallaremos,
prehistóricas desgracias.
Porque,
sabed: llevamos mucha verdad metida
Dentro del
corazón, sangrando por la boca:
Y os vencerá
la férrea juventud de la vida,
Pues para
tanta fuerza tanta maldad es poca.
La juventud,
motores, ímpetus a raudales,
Contra vosotros,
viejos exhombres, plena llueve:
mueve unánimemente
sus músculos frutales,
sus máquinas
de abril contra vosotros mueve.
Viejos
exhombres viejos: ni viejos tan siquiera.
La vejez es
un don que cederá mi frente,
Y a vuestro
lado es joven como la primavera.
Sois la
decrepitud andante y maloliente.
Sois mis
enemiguitos: los del mundo que siento
Rodar sobre
mi pecho más claro cada día.
Y con un
soplo sólo de mi caliente aliento,
Con este
solo soplo dicté vuestra agonía.
EL VUELO DE
LOS HOMBRES
Sobre la
piel del cielo, sobre sus precipicios,
Se remontan
los hombres. ¿Quién ha impulsado el vuelo?
Sonoros,
derramados en aéreos ejercicios,
Raptan la
piel del cielo.
Más que el
cálido aceite, sí, más que los motores,
El ímpetu
mecánico del aparato alado,
Cóleras entusiastas,
geológicos rencores,
Iras les han
llevado.
Les han
llevado al aire, como un aire rotundo
Que desde el
corazón resoplara un plumaje.
Y ascienden
y descienden sobre la piel del mundo
Alados de
coraje.
En un avance
cósmico de llamas y zumbidos
Que aeródromos
de pueblos emocionados lanzan,
Los soldados
del aire, veloces, esculpidos,
Acerados avanzan.
El azul se
enardece y adquiere una alegría,
Un movimiento,
una juventud libre y clara,
Lo mismo que
si mayo, la claridad del día
Corriera,
resonara.
Los
estremecimientos del valor y la altura,
Los enardecimientos
del azul y el vacío:
El cielo
retrocede sintiendo la hermosura
Como un
escalofrío.
Impulsado,
asombrado, perseguido, regresa
El aire al
torbellino nativo y absorbente,
Mientras evolucionan
los héroes en su empresa
Inverosímilmente.
Es el mundo
tan breve para un ala atrevida,
Para una
juventud con la audacia por pluma;
Reducido es
el cielo, poderosa la vida,
Domada y con
espuma.
El vuelo
significa la alegría más alta,
La agilidad
más viva, la juventud más firme.
En la pasión
del vuelo truena la luz, y exalta
Alas con que
batirme.
Hombres que
son capaces volar bajo el suelo,
Para quienes
no hay ámbitos ni grandes ni imposibles,
Con la
mirada tensa, prorrumpen en el vuelo
Gladiadores temibles.
Arrebatados,
tensos, peligrosos, tajantes,
Igual que
una colmena de soles extendidos,
De astros
motorizados, de cigarras tremantes,
Cruzan con
sus bramidos.
Ni un paso
de planetas, ni un tránsito de toros
Batiéndose,
volcándose por un desfiladero,
Darán al
universo ni acentos más sonoros
Ni resplandor
más fiero.
Todos los
aviadores tenéis este trabajo:
Echar abajo
el pájaro fraguador de cadenas,
Las ciudades
podridas abajo, y más abajo
Las cárceles,
las penas.
En vuestra
mano está la libertad del ala,
La libertad
del mundo, soldados voladores:
Y arrancaréis
del cielo la codiciosa y mala
Hierba de
otros motores.
El aire no
os ofrece ni escudos ni barreras:
El esfuerzo
ha de ser todo de vuestro impulso.
Y al polvo
entregaréis el vuelo de las fieras
Abatido,
convulso.
Si ardéis,
si eso es posible, poseedores del fuego,
No dejaréis
ceniza por rastro, sino gloria.
Espejos
sobrehumanos, iluminaréis luego
La creación,
la historia.
EL HAMBRE
I
Tened
presente el hambre: recordad su pasado
Turbio de
capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal
al precio de la sangre cobrado,
Con yugos en
el alma, con golpes en el lomo.
El hambre
paseaba sus vacas exprimidas,
Sus mujeres
resecas, sus devoradas ubres,
Sus ávidas
quijadas, sus miserables vidas
Frente a los
comedores y los cuerpos salubres.
Los años de
abundancia, la saciedad, la hartura
Eran sólo de
aquellos que se llamaban amos.
Para que
venga el pan justo a la dentadura
Del hambre
de los pobres aquí estoy, aquí estamos.
Nosotros no
podemos ser ellos, los de enfrente,
Los que
entienden la vida por un botín sangriento:
Como los
tiburones, voracidad y diente,
Panteras deseosas
de un mundo siempre hambriento.
Años del
hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban para
el otro su cantidad los panes.
Y el hambre
alobadaba sus rapaces rebaños
De cuervos,
de tenazas, de lobos, de alacranes.
Hambrientamente
lucho yo, con todas mis brechas,
Cicatrices y
heridas, señales y recuerdos
Del hambre,
contra tantas barrigas satisfechas:
Cerdos con
un origen peor que el de los cerdos.
Por haber
engordado tan baja y brutalmente,
Más debajo
de donde los cerdos se solazan,
Seréis atravesados
por esta gran corriente
De espigas
que llamean, de puños que amenazan.
No habéis
querido oír con orejas abiertas
El llanto de
millones de niños jornaleros.
Ladrábais
cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
A pedir con
la boca de los mismos luceros.
En cada
casa, un odio como una higuera fosca,
Como un
tremante toro con los cuernos tremantes,
Rompe por
los tejados, os cerca y os emboca,
Y os
destruye a cornadas, perros agonizantes.
II
El hambre es
el primero de los conocimientos:
Tener hambre
es la cosa primera que se aprende.
Y la ferocidad
de nuestros sentimientos,
Allá donde
el estómago se origina, se enciende.
Uno no es
tan humano que no estrangule un día
Pájaros sin
sentir herida la conciencia:
Que no sea
capaz de ahogar en nieve fría
Palomas que
no saben si no es de la inocencia.
El animal
influye sobre mí con extremo,
La fiera
late en todas mis fuerzas, mis pasiones.
A veces, he
de hacer un esfuerzo supremo
Para acallar
en mí la voz de los leones.
Me
enorgullece el ´titulo de animal en mi vida,
Pero en el
animal humano persevero.
Y busco por
mi cuerpo lo más puro que anida,
Bajo tanta
maleza, con su valor primero.
Por hambre
vuelve el hombre los laberintos
Donde la
vida habita siniestramente sola.
Reaparece la
fiera, recobra sus instintos,
Sus patas
erizadas, sus rencores, su cola.
Arroja los
estudios y la sabiduría,
Y se quita
la máscara, la piel de la cultura,
Los ojos de
la ciencia, la corteza tardía
De los
conocimientos que descubre y procura.
Entonces
sólo sabe del mal, del exterminio.
Inventa
gases, lanza motivos destructores,
Regresa a la
pezuña, retrocede al dominio
Del colmillo,
y avanza sobre los comedores.
Se ejercita
en la bestia, y empuña la cuchara
Dispuesto a
que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces
sólo veo sobre el mundo una piara
De tigres, y
en mis ojos la visión duele y pesa.
Yo no tengo
en el alma tanto tigre admitido,
Tanto chacal
prohijado, que el vino que me toca,
El pan, el
día, el hambre no tenga compartido
Con otras
hambres puestas noblemente en la boca.
Ayudadme a
ser hombre: no me dejéis ser fiera
Hambrienta,
encarnizada, sitiada eternamente.
Yo, animal
familiar, con esta sangre obrera
Os doy la
humanidad que mi canción presiente.
EL HERIDO
Para el muero de un
hospital de sangre
I
Por los
campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella
extensión de cuerpos luchadores salta
Un trigal de
chorros calientes, extendidos
En roncos
surtidores.
La sangre
llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las
heridas suenan igual que caracolas,
Cuando hay
en las heridas celeridad de vuelo,
Esencia de
las olas.
La sangre
huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega
del mar, del vino bravo, estalla
Allí donde
el herido palpitante se anega,
Y florece, y
se halla.
Herido
estoy, miradme: necesito más vidas.
La que
contengo es poca para el gran cometido
De sangre
que quisiera perder por las heridas.
Decid quien
no fue herido.
Mi vida es
una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien
no esté herido, de quien jamás se siente
Herido por
la vida, ni en la vida reposa
Herido alegremente!
Si hasta los
hospitales se va con alegría,
Se convierten
en huertos de heridas entreabiertas,
De adelfos
florecidos ante la cirugía
De ensangrentadas
puertas.
II
Para la
libertad sangro, lucho, pervivo
Para la
libertad, mis ojos y mis manos,
Como un
árbol carnal, generoso y cautivo,
Doy a los cirujanos.
Para la
libertad siento más corazones
Que arenas
en mi pecho: dan espuma mis venas,
Y entro en
los hospitales, y entro en los algodones
Como en las
azucenas.
Para la
libertad me desprendo a balazos
De los que
han revolcado su estatua por el lodo.
Y me
desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
De mi casa,
de todo.
Porque donde
unas cuencas vacías amanezcan,
Ella pondrá
dos piedras de futura mirada
Y hará que
nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
En la carne
talada.
Retoñarán
aladas de savia sin otoño
Reliquias de
mi cuerpo que pierdo a cada herida.
Porque soy
como el árbol talado, que retoño:
Porque aún
tengo la vida.
CARTA
El palomar
de las caras
Abre su
imposible vuelo
Desde las
trémulas mesas
Donde se
apoya el recuerdo,
La gravedad
de la ausencia,
El corazón,
el silencio.
Oigo un
latido de cartas
Navegando hacia
su centro.
Donde voy,
con las mujeres
Y con los
hombres me encuentro,
Malherido por
la ausencia,
Desgastados por
el tiempo.
Cartas,
relaciones, cartas:
Tarjetas postales,
sueños,
Fragmentos de
la ternura
Proyectados en
el cielo,
Lanzados de
sangre a sangre
Y de deseo
en deseo.
Aunque
bajo la tierra
Mi amante
cuerpo esté,
Escríbeme
a la tierra,
Que yo te
escribiré.
En un rincón
enmudecen
Cartas viejas,
sobres viejos,
Con el color
de la edad
Sobre la
escritura puesto.
Allí perecen
las cartas
Llenas de
estremecimientos.
Allí agoniza
la tinta
Y desfallecen
los pliegos,
Y el papel
se agujerea
Como un
breve cementerio
De las
pasiones de antes,
De los
amores de luego.
Aunque
bajo la tierra
Mi amante
cuerpo esté,
Escríbeme
a la tierra,
Que yo te
escribiré.
Cuando te
voy a escribir
Se emocionan
los tinteros:
Los negros
tinteros fríos
Se ponen
rojos y trémulos,
Y un claro
calor humano
Sube desde
el fondo negro.
Cuando te
voy a escribir,
Te van a
escribir mis huesos:
Te escribo
con la imborrable
Tinta de mi
sentimiento.
Allá va mi
carta cálida,
Paloma forjada
al fuego,
Con las dos
alas plegadas
Y la
dirección en medio.
Ave que sólo
persigue,
Para nido y
aire y cielo,
Carne,
manos, ojos tuyos,
Y el espacio
de tu aliento.
Y te
quedarás desnuda
Dentro de
tus sentimientos,
Sin ropa,
para sentirla
Del todo
contra tu pecho.
Aunque
bajo la tierra,
Mi amante
cuerpo esté,
Escríbeme
a la tierra,
Que yo te
escribiré.
Ayer se
quedó una carta
Abandonada y
sin dueño,
Volando sobre
los ojos
De alguien
que perdió su cuerpo.
Cartas que
se quedan vivas
Hablando para
los muertos:
Papel anhelante,
humano,
Sin ojos que
puedan serlo.
Mientras los
colmillos crecen,
Cada vez más
cerca siento
La leve voz
de tu carta
Igual que un
clamor inmenso.
La recibiré
dormido,
Si no es
posible despierto.
Y mis
heridas serán
Los derramados
tinteros,
Las bocas
estremecidas de
Rememorar tus
besos
Y con su
inaudita voz
Han de
repetir: te quiero.
LAS CÁRCELES
I
Las cárceles
se arrastran por la humedad del mundo,
Van por la
tenebrosa vía de los juzgados;
Buscan a un
hombres, buscan a un pueblo, lo persiguen,
Lo absorben,
se lo tragan.
No se ve,
que se escucha la pena del metal,
El sollozo
del hierro que atropellan y escupen:
El llanto de
la espada puesta sobre los jueces
De cemento
fangoso.
Allí abajo
la cárcel, la fábrica del llanto,
El telar de
la lágrima que no ha de ser estéril,
El casco de
los odios y de las esperanzas,
Fabrican,
tejen, hunden.
Cuando están
las perdices más roncas y acopladas,
Y el azul
amoroso de fuerzas expansivas,
Un hombre
hace memoria de la luz, de la tierra,
Húmedamente negro.
Se da contra
las piedras la libertad, el día,
El paso galopante
de un hombre, la cabeza,
La boca con
espuma, con decisión de espuma,
La libertad,
un hombre.
Un hombre
que cosecha y arroja todo el viento
Desde su
corazón donde crece un plumaje:
Un hombre
que es el mismo dentro de cada frío,
De cada
calabozo.
Un hombre
que ha soñado con las aguas del mar,
Y destroza
sus alas como un rayo amarrado,
Y estremece
las rejas, y se clava los dientes
En los
dientes de trueno.
II
Aquí no se
pelea por un buey desmayado,
Sino por un
caballo que ve pudrir sus crines,
Y siente sus
galopes debajo de los cascos
Pudrirse airadamente.
Limpiad el
salivazo que lleva en la mejilla,
Y desencadenad
el corazón del mundo,
Y detened
las fauces de las voraces cárceles
Donde el sol
retrocede.
La libertad
se pudre desplumada en la lengua
De quienes
son sus siervos más que sus poseedores.
Romped esas
cadenas, y las otras que escucho
Detrás de
esos esclavos.
Esos que
sólo buscan abandonar su cárcel,
Su rincón,
su cadena, no la de los demás.
Y en cuanto
lo consiguen, descienden pluma a pluma,
Enmohecen,
se arrastran.
Son los
encadenados por siempre desde siempre.
Ser libre es
una cosa que sólo un hombre sabe:
Sólo el
hombre que advierto dentro de esa mazmorra
Como si yo
estuviera.
Cierra las
puertas, echa la aldaba, carcelero.
Ata duro a
ese hombre: no le atarás el alma.
Son muchas
llaves, muchos cerrojos, injusticias:
No le atarás
el alma.
Cadenas, si:
cadenas de sangre necesita.
Hierros
venosos, cálidos, sanguíneos eslabones,
Nudos que no
rechacen a los nudos siguientes
Humanamente atados.
Un hombre
aguarda dentro de un pozo sin remedio,
Tenso,
conmocionado, con la oreja aplicada.
Porque un
pueblo ha gritado ¡libertad!, vuela el cielo.
Y las
cárceles vuelan.
PUEBLO
Pero ¿qué
son las armas: qué pueden, quién ha dicho?
Signo de
cobardía son: las armas mejores
Aquellas que
contienen el proyectil de hueso
Son. Mírate
las manos.
Las
ametralladoras, los aeroplanos, pueblo:
Todos los
armamentos son nada colocados
Delante de
la terca bravura que resopla
En tu
esqueleto fijo.
Porque un
cañón no puede lo que pueden diez dedos.
Porque le
falta el fuego que en los brazos dispara
Un corazón
que viene distribuyendo chorros
Hasta grabar
un hombre.
Poco valen
las armas que la sangre no nutre
Ante un
pueblo de pómulos noblemente dispuestos,
Poco valen
las armas: les falta voz y frente,
Les sobra
estruendo y humo.
Poco podrán
las armas: les falta corazón.
Separarán de
pronto dos cuerpos abrazados,
Pero los
cuatro brazos avanzarán buscándose
Enamoradamente.
Arrasarán un
hombre, desclavarán de un vientre
Un niño todo
lleno de porvenir y sombra,
Pero, tras
los pedazos y la explosión, la madre
Seguirá siendo
madre.
Pueblo,
chorro que quieren cegar, estrangular,
Y salta ante
las armas más alto, más potente:
No te
estrangularán porque les faltan dedos,
Porque te
basta sangre.
Las armas
son un signo de impotencia: los hombres
Se defienden
y vencen con el hueso ante todo.
Mirad estas
palabras donde me ahondo y dejo
Fósforo emocionado.
Un hombre
desarmado siempre es un firme bloque:
Sabe que no
es estéril su firmeza, y resiste.
Y los
pueblos se salvan por la fuerza que sopla
Desde todos
los muertos.
EL TREN DE
LOS HERIDOS
Silencio que
naufraga en el silencio
De las bocas
cerradas de la noche.
No cesa de
callar ni atravesado.
Habla el
lenguaje ahogado d ellos muertos.
Silencio.
Abre caminos
de algodón profundo,
Amordaza las
ruedas, los relojes,
Detén la voz
del mar, de la paloma:
Emociona la
noche de los sueños.
Silencio.
El tren lluvioso
de la sangre suelta,
El frágil
tren de los que se desangran,
El silencioso,
el doloroso, el pálido,
El tren
callado de los sufrimientos.
Silencio.
Tren de la
palidez mortal que asciende:
La palidez
reviste las cabezas,
El ¡ay! la
voz, el corazón, la tierra,
El corazón
de los que malhirieron.
Silencio.
Van derramando
piernas, brazos, ojos,
Van arrojando
por el tren pedazos.
Pasan
dejando rastros de amargura,
Otra vía
láctea de estelares miembros.
Silencio.
Ronco tren
desmayado, enrojecido;
Agoniza el
carbón, suspira el humo,
Y, maternal,
la máquina suspira,
Avanza como
un largo desaliento.
Silencio.
Detenerse
quisiera bajo un túnel
La larga
madre, sollozar tendida.
No hay
estaciones donde detenerse,
Si no es el
hospital, si no es el pecho.
Para vivir,
con un pedazo basta:
En un rincón
de carne cabe un hombre.
Un dedo
solo, un solo trozo de ala
Alza el
vuelo total de todo un cuerpo.
Silencio.
Detened ese
tren agonizante
Que nunca
acaba de cruzar la noche.
Y se queda
descalzo hasta el caballo,
Y enarena
los cascos y el aliento.
LLAMO A LOS
POETAS
Entre todos
vosotros, con Vicente Aleixandre
Y con Pablo
Neruda tomo silla en la tierra:
Tal vez
porque he sentido su corazón cercano
Cerca de mí,
casi rozando el mío.
Con ellos me
he sentido más arraigado y hondo,
Y además
menos solo. Ya vosotros sabéis
Lo solo que
yo soy, por qué soy yo tan solo.
Andando voy,
tan solos yo y mi sombra.
Alberti,
Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado,
Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver,
Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
Por lo que
enloquecemos lentamente.
Hablemos del
trabajo, del amor sobre todo,
Donde la
telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero
abandonarme tratando con vosotros
De la buena
semilla de la tierra.
Dejemos el
museo, la biblioteca, el aula
Sin emoción,
sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en
esos sitios tiritará mañana
Mi corazón
helado en varios tomos.
Quitémonos
el avo real y suficiente
La palabra
con toga, la pantera de acechos.
Vamos a
hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos
la Solemnidad.
Así: sin esa
barba postiza, ni esa cita
Que la
insolencia pone bajo nuestra nariz,
Hablaremos unidos,
comprendidos, sentados,
De las cosas
del mundo frente al hombre.
Así
descenderemos de nuestro pedestal,
De nuestra
pobre estatua. Y a cantar entraremos
A una
bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
Sin el
brillo del lente polvoriento.
Ahí está
Federico: sentémonos al pie
De su
herida, debajo del chorro asesinado,
Que quiero
contener como si fuera mío
Y salta, y
no se acalla entre las fuentes.
Siempre
fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos
sentimos semejantes del trigo.
No reposamos
nunca, y eso es lo que hace el sol,
Y la familia
del enamorado.
Siendo de
esa familia, somos la sal del aire.
Tan
sensibles al clima como la misma sal,
Una racha de
otoño nos deja moribundos
Sobre la
huella de los sepultados.
Eso sí:
somos algo. Nuestros cinco sentidos
En todo
arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al
tiempo con la feliz cigarra,
Con el
terrestre sueño que alentamos.
Hablamos,
Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan
Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo,
Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos
sobre el vino y la cosecha.
Si queréis,
nadaremos antes en esa alberca,
En ese mar
que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si
hablamos luego con la verdad del agua,
Que aclara
el labio de los que han mentido.
18 DE JULIO
1936-18 DE JULIO 1938
Es sangre,
no granizo, lo que azota mis sienes.
Son dos años
de sangre: son dos inundaciones.
Sangre de
acción solar, devoradora vienes,
Hasta dejar
sin nadie y ahogados los balcones.
Sangre que
es el mejor de los mejores bienes.
Sangre que
atesoraba para el amor sus dones.
Vedla
enturbiando mares, sobrecogiendo trenes,
Desalentando
toros donde alentó leones.
El tiempo es
sangre. El tiempo circula por mis venas.
Y ante el
reloj y el alba me siento más que herido,
Y oigo un
chocar de sangres de todos los tamaños.
Sangre donde
se puede bañar la muerte apenas:
Fulgor emocionante
que no ha palidecido,
Porque lo
recogieron mis ojos de mil años.
MADRID
De entre las
piedras, la encina y el haya,
De entre un
follaje de hueso ligero
Surte un
acero que no se desmaya:
Surte un acero.
Una ciudad
dedicada a la brisa,
Ante las
malas pasiones despiertas
Abre sus
puertas como una sonrisa:
Cierra sus
puertas.
Un ansia
verde y un odio dorado
Arde en el
seno de aquellas paredes.
Contra la
sombra, la luz ha cerrado
Todas sus
redes.
Esta ciudad
no se aplaca con fuego,
Este laurel
con rencor no se tala.
Este rosal
sin ventura, este espliego
Júbilo exhala.
Puerta
cerrada, taberna encendida:
Nadie encarcela
sus libres licores.
Atravesada
del hambre y la vida,
Sigue en sus
flores.
Niños igual
que agujeros resecos,
Hacen vibrar
un calor de ira pura
Junto amujeres
que son filos y ecos
Hacia una
hondura.
Lóbregos
hombres, radiantes barrancos
Con la
amenaza de ser más profundos.
Entre sus
dientes serenos y blancos
Luchan dos
mundos.
Una sonrisa
que va esperanzada
Desde el
principio del alma a la boca,
Pinta de
rojo feliz tu fachada,
Gran ciudad
loca.
Esa sonrisa
jamás anochece:
Y es
matutina con tanto heroísmo,
Que en las
tinieblas azulmente crece
Como un
abismo.
No han de
saltarle lo triste y lo blando:
De labio a
labio imponente y seguro
Salta una
loca guitarra clamando
Por su
futuro.
Desfallecer…
Pero el toro es bastante.
Su corazón,
sufrimiento, no agotas.
Y retrocede
la luna menguante
De las
derrotas.
Sólo te
nutre tu vívida esencia.
Duermes al
borde del hoyo y la espada.
Eres mi
casa, Madrid: mi existencia,
¡qué
atravesada!
MADRE ESPAÑA
Abrazado a
tu cuerpo como el tronco a su tierra,
Con todas
las raíces y todos los corajes,
¿quién me
separará, me arrancará de ti
Madre?
Abrazado a
tu vientre, ¿quién me lo quitará,
Si su fondo
titánico da principio a mi carne?
Abrazado a
tu vientre, que es mi perpetua casa.
¡nadie!
Madre:
abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
Donde desembocando
se unen todas las sangres:
Donde todos
los huesos caídos se levantan:
Madre.
Decir madre
es decir tierra que me ha parido;
Es decir a
los muertos: hermanos, levantarse;
Es sentir en
la boca y escuchar bajo el suelo
Sangre.
La otra
madre es un puente, nada más, de tus ríos.
El otro
pecho es una burbuja de tus mares.
Tú eres la
madre entera con todo tu infinito,
Madre.
Tierra:
tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
Tierra que
voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
Con más
fuerza que antes, volverás a parirme,
Madre.
Cuando sobre
tu cuerpo sea una leve huella,
Volverás a parirme
con más fuerza que antes.
Cuando un
hijo es un hijo, vive y muere gritando:
¡madre!
Hermanos:
defendamos su vientre acometido,
Hacia donde
los grajos crecen de todas partes,
Pues, para
que las malas alas vuelen, aún quedan
Aires.
Echad a las
orillas de vuestro corazón
El sentimiento
en límites, los afectos parciales.
Son pequeñas
historias al lado de ella, siempre
Grande.
Una
fotografía y un pedazo de tierra,
Una carta y
un monte son a veces iguales.
Hoy eres tú
la hierba que crece sobre todo,
Madre.
Familia de
esta tierra que nos funde en la luz,
Los más
oscuros muertos pugnan por levantarse,
Fundirse con
nosotros y salvar la primera
Madre.
España,
piedra estoica que se abrió en dos pedazos
De dolor y
de piedra profunda para darme:
Noe me
separarán de tus altas entrañas,
Madre.
Además de
morir por ti, pido una cosa:
Que la madre
y el hijo que tengo, cuando pasen,
Vayan hasta
el rincón que habite de tu vientre,
Madre.
CANCIÓN
ÚLTIMA
Pintada, no
vacía:
Pintada está
mi casa
Del color de
las grandes
Pasiones y
desgracias.
Regresará
del llanto
Adonde fue
llevada
Con su
desierta mesa
Con su
ruinosa cama.
Florecerán
los besos
Sobre las
almohadas.
Y en torno
de los cuerpos
Elevará la
sábana
Su intensa
enredadera
Nocturna,
perfumada.
El odio se
amortigua
Detrás de la
ventana.
Será la
garra suave.
Dejadme la
esperanza.

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