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EFÍMEROS 106. "César Vallejo" (1892-1938): Cuatro poemas, cuatro libros en el 88 aniversario de su muerte

 


Se dejan aquí cuatro poemas pertenecientes a otros tantos libros que recogen la extraña trayectoria del poeta César Vallejo. Extraña porque comenzó a publicar tarde, teniendo en cuenta la precocidad de la que suelen hacer gala los grandes poetas. Extraña porque entre su primer libro “Los Heraldos negros” (1919) y su segundo libro, “Trilce” (1923), no van más que tres años, pero todo un cambio de siglo con sus vanguardias que hacen que “Trilce” se convierta en un laboratorio innovaciones espléndidas y exitosas: nunca nadie ha madurado su poesía tanto en tan poco espacio de tiempo. Extraña porque después pasan quince años hasta su muerte y Vallejo no va publicar nada -en un incomprensible, extraño silencio- hasta un año después de su muerte, cuando aparece publicado en Barcelona “España aparta de mi este cáliz”, casi al final de la contienda española, y también aparece, unos meses más tarde y publicado en París por su viuda Georgette, “Poemas humanos”, que es la consagración póstuma de Vallejo y donde están, ya un poco más alejados de las vanguardias, pero con la misma fuerza y rareza expresivas, sus versos más emocionantes, la gran cúspide de su obra poética y tal vez de toda la lírica española del siglo XX. (Así mismo se deja al final una reseña biográfica de su vida y de su obra)

 

ÁGAPE

 

Hoy no ha venido nadie a preguntar;

ni me han pedido en esta tarde nada.

 

No he visto ni una flor de cementerio

en tan alegre procesión de luces.

Perdóname, Señor: qué poco he muerto!

 

En esta tarde todos, todos pasan

sin preguntarme ni pedirme nada.

 

Y no sé qué se olvidan y se queda

mal en mis manos, como cosa ajena.

 

He salido a la puerta,

y me dan ganas de gritar a todos:

si echan de menos algo, aquí se queda!

 

Porque en todas las tardes de esta vida,

yo no sé con qué puertas dan a un rostro,

y algo ajeno se toma el alma mía.

 

Hoy no ha venido nadie;

y hoy he muerto qué poco en esta tarde!

(“Los heraldos negros”, 1919)

 

 

ESTÁIS MUERTOS

 

Estáis muertos.

Qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muertos, muertos. Flotáis nadamente detrás de aquesa membrana que, péndula del zenit al nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la sonora caja de una herida que a vosotros no os duele. Os digo, pues, que la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte.

Mientras la onda va, mientras la onda viene, cuán impunemente se está uno muerto. Sólo cuando las aguas se quebrantan en los bordes enfrentados y se doblan y doblan, entonces os transfiguráis y creyendo morir, percibís la sexta cuerda que ya no es vuestra.

Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quienquiera diría que, no siendo ahora, en otro tiempo fuisteis. Pero, en verdad, vosotros sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino el no haber sido sino muertos siempre. El ser hoja seca sin haber sido verde jamás. Orfandad de orfandades. Y sin embargo, los muertos no son, no pueden ser cadáveres de una vida que todavía no han vivido. Ellos murieron siempre de vida.

Estáis muertos.

(“Trilce”, 1922)

 

XI

 

Miré el cadáver, su raudo orden visible

Y el desorden lentísimo de su alma;

Le vi sobrevivir; hubo en su boca

La edad entrecortada de dos bocas.

Le gritaron su número: pedazos.

Le gritaron su amor: ¡más le valiera!

Le gritaron su bala: ¡también muerta!

 

Y su orden digestivo sosteníase

Y el desorden de su alma, atrás, en balde.

Le dejaron y oyeron, y es entonces

Que el cadáver

Casi vivió en secreto, en un instante;

Mas le auscultaron mentalmente, ¡y fechas!

Lloráronle al oído, ¡y también fechas!

(“España, aparta de mí este cáliz”, 1939)

 

 

EN SUMA, NO POSEO PARA EXPRESAR MI VIDA…

 

En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte.

Y, después de todo, al cabo de la escalonada naturaleza y del gorrión en bloque, me duermo, mano a mano con mi sombra.

Y, al descender del acto venerable y del otro gemido, me reposo pensando en la marcha impertérrita del tiempo.

¿Por qué la cuerda, entonces, si el aire es tan sencillo? ¿Para qué la cadena, si existe el hierro por sí solo?

César Vallejo, el acento con que amas, el verbo con que escribes, el vientecillo con que oyes, sólo saben de ti por tu garganta.

César Vallejo, póstrate, por eso, con indistinto orgullo, con tálamo de ornamentales áspides y exagonales ecos.

Restitúyete al corpóreo panal, a la beldad; aroma los florecidos corchos, cierra ambas grutas al sañudo antropoide; repara, en fin, tu antipático venado; tente pena.

¡Que no hay cosa más densa que el odio en voz pasiva, ni más mísera ubre que el amor!

¡que ya no puedo andar, sino en dos harpas!

¡Que ya no me conoces, sino porque te sigo instrumental, prolijamente!

¡que ya no doy gusanos, sino breves!

¡que ya te implico tánto, que medio que te afilas!

¡Que ya llevo unas tímidas legumbres y otras bravas!

Pues el afecto que quiébrase de noche en mis bronquios, lo trajeron de día ocultos deanes y, si amanezco pálido, es por mi obra; y, si anochezco rojo, por mi obrero. Ello explica, igualmente, estos cansancios míos y estos despojos, mis famosos tíos. Ello explica, en fin, esta lágrima que brindo por la dicha de los hombres.

César Vallejo, parece

Mentira que así tarden tus parientes,

Sabiendo que ando cautivo,

Sabiendo que yaces libre!

¡Vistosa y perra suerte!

¡César Vallejo, te odio con ternura!

(“Poemas humanos”, 1939)


RESEÑA BIOGRÁFICA

César Abraham Vallejo nació como hijo menor de una familia de doce hermanos, el 16 de marzo de 1892, en Santiago de Chuco, gran población de la cordillera peruana. Estudiante aventajado durante los primeros años, se traslada a Trujillo en 1910 para estudiar Filosofía, que pronto abandona para conocer de primera mano las condiciones de vida de los trabajadores de las minas de Quiruvilca, experiencia que más tarde iba a dejar impronta en su novela “El tungsteno”. Tras un breve periodo de estudios de medicina en la Universidad de Lima durante 1911, regresa a Trujillo para trabajar como ayudante de cajero en la Hacienda azucarera “Roma”, experiencia de la que saldrá marcado de por vida, en palabras de su mujer Georgette Vallejo, tras contemplar como “4000 peones se extenúan hasta el sol poniente, con un puñado de arroz por alimento, cobardemente retenidos por el alcohol que, dominicalmente y a sabiendas, se les vende a crédito”.

En 1913 regresa a Trujillo para continuar sus estudios universitarios, que consigue costear al compatibilizarlos con un trabajo de profesor en un colegio. Tras graduarse con su tesis “El romanticismo en la poesía española”, comienza a frecuentar los círculos intelectuales de la ciudad y a escribir sus primeros versos. En 1916 se enamora de María Rosa Sandoval, quien se va a convertir en la musa de gran parte de los poemas de su primer libro, “Los heraldos negros”. María Rosa desaparecerá misteriosamente de su vida: en realidad no quería apenar al poeta sabiendo que pronto iba a morir de tuberculosis y se alejó de su lado abandonando Trujillo.

En 1918 se muda a Lima donde comienza a colaborar con la publicación de poemas en diversos periódicos y revistas, a la vez que consigue un puesto de director en un colegio, del que más tarde será cesado al ser descubierta la relación que mantiene con Otilia Villanueva, muchacha de quince años y cuñada de uno de sus colegas, que más tarde inspirará algún poema de su libro “Trilce”. 1918 será también el año en que muere la madre del poeta y en el que da a la imprenta los poemas que componen “Los heraldos negros”, que habrán de esperar al año siguiente para su publicación definitiva.

Aunque todavía no se había liberado del ropaje y de los símbolos del modernismo, se pueden ya atisbar en los poemas de este primer libro los rasgos y obsesiones que estarán presentes en  el Vallejo posterior: la pugna entre los ideales humanos y la realidad cotidiana -que alentará una posterior preocupación social-, el desamparo del hombre y su solidaridad con él, la hondura metafísica que inquiere de un modo perplejo por el destino último del hombre, su obsesión por la muerte y su defensa de la vida, un tono que va de la tristeza más honda a la alegría más extrema, y su gusto por los giros coloquiales, por los ambientes indígenas y de evocación familiar, y una inclinación ya patente a romper con los convencionalismos del lenguaje y con la lógica de la razón.

En 1922 y antes de marcharse a París en un viaje sin vuelta, Cesar Vallejo va a publicar “Trilce”, su último libro editado en vida -el resto de su producción parisina quedaría inédita hasta la muerte del poeta-, y tal vez el libro de poesía más libre y experimental de toda la poesía del siglo XX en lengua española. Aunque se han apuntado distintas versiones para explicar su sugerente título, -síntesis verbal de triste y dulce, por ejemplo-, el mismo vallejo confesaría a González de Ruano en una entrevista que “Trilce” no quería decir nada, “no encontraba, en mi afán, ninguna palabra con dignidad de título, y entonces la inventé: Trilce. ¿No es una palabra hermosa? Pues ya no lo pensé más: Trilce”. “Trilce” es un libro que está motivado por tres experiencias vitales de su último periodo en Perú: La muerte de su madre -que lo hundiría en una fuerte depresión-, la relación amorosa con Otilia Villanueva y su reclusión en prisión durante 112 días, entre 1920 y 1921, acusado injustamente de ser el instigador del incendio y saqueo de una casa de comerciantes en su pueblo natal. Aunque Vallejo huye para evitar la prisión, ocultándose en casa de unos amigos, finalmente es descubierto y conducido a un calabozo de Trujillo, de donde sólo saldrá en libertad provisional por la mediación de algunos intelectuales. El ambiente de prisión, las condiciones de su encierro, la monotonía carcelaria y su impronta en la vida anímica serán volcados en algunos de los poemas de este libro, que iba a ser encuadernado y publicado en la propia imprenta de la penitenciaría.

En tres años que median entre “Los heraldos negros” y “Trilce”, Vallejo ha dado un paso de gigante que no será comprendido por el público y la crítica en el momento de su publicación. Incorporando en su lenguaje formas de las vanguardias, Vallejo las va a dejar atrás explorando un territorio apenas entrevisto por ultraístas y futuristas, y lo va a hacer siempre transitando un camino personal que le lleva a reflejar su experiencia más íntima o vital de un modo directo; no buscando el alarde técnico o la innovación esteticista por sí misma, sino tratando de ser fiel a un material anímico o emocional al que la poesía no había sabido dar forma todavía, amordazada por las convenciones de la lógica y el lenguaje.

En 1923, hastiado de la mediocridad provinciana que se respiraba en Perú decide embarcarse para Europa. Llega a Paris el 13 de julio y malvive durante sus dos primeros años escribiendo para algunas revistas. Traba amistad con Vicente Huidobro y Juan Larrea. Al año siguiente muere su padre al tiempo que es hospitalizado por una afección intestinal. En 1925 recibe una beca del Gobierno español para continuar sus estudios de Derecho en España. Anda yendo periódicamente a España hasta que finalmente renuncia a la beca en 1927. Convive durante un par de años con Henriette Maisse y funda algunas revistas que fracasan enseguida. También comienza a intimar con Georgette Marie Philippart Travers, joven a quien dobla la edad y que aún vive con su madre. Durante esta época estudia intensamente el marxismo, emprende su primer viaje a Rusia y colabora con el partido comunista.

En 1929 comienza su convivencia con Georgette y juntos realizan otro viaje a Rusia, pasando por varios países del este. A raíz de la crisis del 29, muchas revistas son suspendidas y Vallejo se queda sin medios de trabajo. En 1930 se publica Trilce en España y se descubre allí la grandeza de su poesía. Viaja a este país, casi al mismo tiempo en que es expulsado de Francia acusado de difundir propaganda comunista. Se relaciona con Lorca, Alberti y Bergamín, además de publicar su novela proletaria “El tungsteno”. Su libro de crónicas y ensayos “Rusia en 1931” obtiene un gran éxito de ventas. Sin embargo, los posteriores libros de teatro y de ensayos que trata de colocar a los editores españoles quedan sin ser publicados a causa del marcado carácter marxista de los mismos. A finales de 1931 comienza a escribir alguno de los poemas que mas tarde integrarán su obra póstuma, “Poemas humanos”. Logra regresar a París en 1932, pasa años de angustia económica deambulando por pensiones y hoteles hasta que finalmente se casa con Georgette en 1934. Durante estos años y hasta que vuelve a vérsele en España al comienzo de la guerra civil, malvive en París, principalmente escribiendo cuentos. Junto con Pablo Neruda participa activamente en el Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española y en diciembre del 36 visita Madrid y Barcelona. En julio de 1937 vuelve para asistir al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura y se mueve por varias ciudades españolas. En el otoño de este año vuelve a París y en una racha de inspiración va a escribir gran parte de los poemas que más tarde encontraremos en “Poemas humanos”. Escribe también los poemas de “España, aparta de mí este cáliz”. Al comenzar el año 38 logra un trabajo como profesor de literatura, pero a finales de marzo es hospitalizado por un paludismo no diagnosticado en su momento. La recidiva de esta enfermedad que había contraído en la infancia, agravada por una tuberculosis, acaba con la vida del poeta el 15 de abril de 1938.



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