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EFÍMEROS 93. Milan Kundera (1929-2023): "El fin de la novela" en el 98 aniversario de su nacimiento.

 


Milán Kundera fue un intelectual checo, uno de los escritores más originales de la segunda mitad del siglo XX, que en sus novelas supo armonizar la filosofía, la política y el erotismo con extraordinaria gracia y ligereza, no exenta de gravedad reflexiva. Sus obras se hallan impregnadas de un gran sentido de la ironía.

Nació en Brno (Checoslovaquia) el 1 de abril de 1929. Fue el hijo de un famoso musicólogo, lo que le permitió a él mismo estudiar musicología y composición. Estudió en la facultad de cine de la Academia de Praga, terminando sus estudios en 1952. Entre 1959 y 1969 enseñó Historia del cine en la Academia de Música y arte dramático. Fue expulsado dos veces del partido comunista, la primera en 1950. Readmitido seis años más tarde, se le expulsa definitivamente en el año 1970 acusado de actividades contrarevolucionarias en relación con los acontecimientos de la primavera de Praga de 1968. En 1975 Kundera emigra a Francia donde se gana la vida enseñando literatura comparada en la École d’hautes études en París. Con motivo de la publicación de su novela “El libro de la risa y el olvido”, el gobierno checo le despojó de la nacionalidad, pero pronto se le concedió la nacionalidad francesa y a partir de los años 90 acabó escribiendo sus libros en esta lengua. Tras una larga enfermedad fallecerá en París con 93 años el 11 de julio de 2023.

En la línea de su admirado “Tristan Sandy”, de Lawrence Sterne, o de "El hombre sin atributos", de Musil, sus novelas parecen a veces convertirse en ensayos sobre los temas que va abordando en sus narraciones y a veces acaban ilustrando conceptos filosóficos como la identidad, el humor, la caducidad de la vida o el olvido. Prefiere centrarse en lo esencial y no dar preminencia al aspecto físico. En sus obras la reflexión gana el espacio a lo narrativo. Lo extraordinario de su estilo es que no por ello sus novelas se hacen farragosas. Su alegre ritmo narrativo y la humanidad de los asuntos tratados hace que sus novelas se lean con gran agilidad.

 

“Pero ¿no llega la novela al fin de su camino por su propia lógica interna? ¿No ha explotado ya todas sus posibilidades, todos sus conocimientos y todas sus formas? He oído comparar su historia con las minas de carbón desde hace ya largo tiempo agotadas. Pero ¿no se parece quizá más al cementerio de las ocasiones perdidas, de las llamadas no escuchadas?

 

Hay cuatro llamadas a las que soy especialmente sensible.

 

La llamada del juego. - Tristam Shandy de Laurence Sterne y Jacques el fatalista de Denis Diderot se me antojan hoy como las dos más importantes obras novelescas del siglo XVIII, dos novelas concebidas como un juego grandioso. Son las dos cimas de la levedad nunca alcanzadas antes ni después. La novela posterior se dejó aprisionar por el imperativo de la verosimilitud, por el decorado realista, por el rigor de la cronología. Abandonó las posibilidades que encierran esas dos obras maestras y que hubieran podido dar lugar a una evolución de la novela diferente de la que conocemos (sí, se puede imaginar también otra historia de la novela europea...).

 

La llamada del sueño. - Fue Franz Kafka quien despertó repentinamente la imaginación dormida del siglo XIX y quienconsiguió lo que postularon los surrealistas después de él sin lograrlo del todo: la fusión del sueño y la realidad. Esta es, de hecho, una antigua ambición estética de la novela, presentida ya por Novalis, pero que exige el arte de una alquimia que sólo Kafka ha descubierto unos cien años después. Este enorme descubrimiento es menos el término de una evolución que una apertura inesperada que demuestra que la novela es el lugar en el cual la imaginación puede explotar como en un sueño y que la novela puede liberarse del imperativo aparentemente ineluctable de la verosimilitud.

 

La llamada del pensamiento. - Musil y Broch dieron entrada en el escenario de la novela a una inteligencia soberana y radiante. No para transformar la novela en filosofía, sino para movilizar sobre la base del relato todos los medios, racionales e irracionales, narrativos y meditativos, que pudieran iluminar el ser del hombre; hacer de la novela la suprema síntesis intelectual. ¿Es su proeza el fin de la historia de la novela, o más bien la invitación a un largo viaje?

 

La llamada del tiempo. - El período de las paradojas terminales incita al novelista a no limitar la cuestión del tiempo al problema proustiano de la memoria personal, sino a ampliarla al enigma del tiempo colectivo, del tiempo de Europa, la Europa que se gira para mirar el pasado, para hacer su propio balance, para captar su propia historia, al igual que unanciano capta con una sola mirada su vida pasada. De ahí el deseo de franquear los límites temporales de una vida individual en los que la novela había estado hasta entonces encerrada incorporando a su ámbito varias épocas históricas. (Aragon y Fuentes ya lo han intentado.)

 

Pero no quiero profetizar sobre los futuros derroteros de la novela, de los que nada sé; quiero decir únicamente: si la novela debe realmente desaparecer, no es porque esté completamente agotada, sino porque se encuentra en un mundo que ya no es el suyo.”

(“El arte de la novela”, 1986)


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