EFÍMEROS 94. Abraham Maslow (1908-1970): "La experiencia-cumbre" en el 118 aniversario de su nacimiento.
Abraham Maslow fue un psicólogo fundamental del siglo XX, célebre por haber impulsado la psicología humanista y por sustentar la tesis de que la meta del ser humano y toda su personalidad está orientada hacia la plenitud y la autorrealización una vez ha cubierto las necesidades básicas. De especial trascendencia para su teoría fue el descubrimiento de las “experiencias- cumbre”, que son esos momentos, análogos a las experiencias místicas o psicodélicas, en los que un individuo se encuentra en armonía consigo mismo y con su entorno. Son experiencias en que se trasciende el ego, el comportamiento se vuelve altruista y la persona se sienta autorrealizada y con gran capacidad creativa, además de una alta comprensión del cosmos y del sentido de la vida.
Maslow consideraba la psicología humanista como una revolución, ya que, tal como había ocurrido con el darwinismo o el marxismo o cualquier otra revolución teoríca, introducía en el mundo nuevas formas de percibir y de pensar, con nuevos enfoques en la ética y en los valores. En definitiva, Maslow pensaba que la psicología humanista comportaba una nueva concepción del hombre y la consideraba una corriente de tránsito hacia una psicicología transpersonal centrada más en el cosmos que en las necesidades egocéntricas del ser humano.
Abraham Maslow había nacido en Brooklyn en 1908, de padres judios que habían emigrado de Ucranía. Se crió en un ambiente pobre donde el mayor estímulo fueron los libros con los que se topó en las bibliotecas donde se refugiaba. Estudió psicología en la Escuela de Postgrado de la Universidad de Wisconsin y sus primeras investigaciones fueron sobre el comportamiento sexual de los primates. Impartió clases en la Universidad de Nueva York hasta 1951, que se mudó a la Universidad de Boston, donde conoció a Kurt Goldstein, quien le orientó hacia el concepto de autorrealización. Postuló, mediante una pirámide que hizo célebre, que las necesidades humanas se jerarquizaban en varios niveles, desde la supervivencia hasta la autorrealización, constituyendo ésta última la meta suprema del ser humano una vez ha satisfecho las necesidades más básicas. Entre sus obras principales cabe destacar "El hombre autorralizado" (1962) y "La personalidad creadora" (1971). Su muerte se produjo en California a consecuencia de un infarto de miocardio el 8 de junio de 1970.
LA EXPERIENCIA-CUMBRE
"Mis descubrimientos indican que en
las percepciones normales de las personas que se autorealizan y en las
experiencias-cumbre más ocasionales de las personas corrientes, la percepción
puede relativamente trascender el ego, ignorar sus propios intereses y ser altruista.
Puede ser inmotivada, impersonal, carente de deseos, altruista, no basada en la
necesidad, independiente. Puede estar más centrada en el objeto que en el ego.
Es decir, la experiencia perceptiva puede estar organizada alrededor del objeto
como punto central, más bien que alrededor del ego. Parece como si estuvieran
percibiendo algo dotado de realidad independiente por sí mismo y en modo alguno
dependiente del perceptor. Es posible en la experiencia estética u amorosa
absorberse y «volcarse» tanto en el objeto, que el yo, en un sentido muy real,
desaparece. Algunos escritores de estética, misticismo, maternidad y amor, vgr.,
Sorokin, han llegado a afirmar que en las experiencia-cumbre podemos hablar de identificación
del perceptor con lo percibido, de fusión de lo que eran dos realidades en un todo
nuevo y más amplio, de una unidad superior. Esto podría traernos a la memoria
algunas de las definiciones dadas sobre la empatía y la identificación y,
naturalmente, abre posibilidades de investigación en este sentido.
La experiencia-cumbre es sentida como
un momento autovalidante y autojustificado que contiene en sí mismo su propio
valor intrínseco. Es decir, se trata de un fin en sí mismo, lo que podríamos
llamar una experiencia-fin, más bien que una experiencia-medio. Es apreciada como
una experiencia tan valiosa, como una revelación tan grande, que el mismo
intento de justificarla le roba parte de su dignidad y valor. Esto está
atestiguado universalmente por mis examinados, a través del informe de sus
experiencias amorosas, místicas, estéticas, creativas, de sus estallidos de
intuición. Esto resulta particularmente evidente respecto al momento de comprensión
que se da en el tratamiento terapéutico. En virtud del hecho de que la persona
se defiende contra dicha comprensión, ésta resulta —por definición— penosa de
aceptar. Su irrupción en la conciencia es a veces demoledora para la persona.
Y, sin embargo, a pesar de este hecho, es atestiguada universalmente como algo
digno del esfuerzo realizado, deseable y, a la larga, deseado. Ver es mejor que
estar ciego (172), aun cuando la visión pueda herir. Es uno de los casos en los
que el valor intrínseco autojustificante y autovalidante de la experiencia,
hace que valga la pena el sufrimiento. Numerosos escritores de estética,
religión, creatividad y amor describen uniformemente estas experiencias no sólo
como intrínsecamente valiosas, sino también como tan valiosas, que su
existencia ocasional da sentido a una vida. Los místicos han afirmado siempre
este gran valor de la experiencia mística, que quizás tenga sólo lugar dos o
tres veces en una vida."
("El hombre autorrealizado. Hacia una psicología del ser.", 1962)


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