EFÍMEROS 96. José Hierro (1922-2002): Cinco poemas, cinco libros en el 104 aniversario de su nacimiento.
VIDA
A Paula Romero
Después de todo, todo ha sido nada,
A pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
Supe que todo no era más que nada.
Grito “¡Todo!”, y el eco dice “¡Nada!”.
Grito “¡Nada!”, y el eco dice “¡Todo!”.
Ahora sé que la nada lo era todo,
Y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
Y que, en definitiva, era la nada).
Qué más da que la nada fuera nada
Si más nada será, después de todo,
Después de tanto todo para nada.
(“Cuaderno de Nueva York”, 1998)
FE DE VIDA
Sé que el invierno está aquí,
Detrás de esa puerta. Sé
Que si ahora saliese fuera
Lo hallaría todo muerto,
Luchando por renacer.
Sé que si busco una rama
No la encontraré.
Sé que si busco una mano
Que me salve del olvido
No la encontraré.
Sé que si busco al que fui
No lo encontraré.
Pero estoy aquí. Me muevo,
Vivo. Me llamo José
Hierro. Alegría. (Alegría
Que está caída a mis pies).
Nada en orden. Todo roto,
A punto de ya no ser.
Pero toco la alegría,
Porque aunque todo esté muerto
Yo aún estoy vivo y lo sé.
(“Alegría”, 1947)
PENSAMIENTO DE AMOR
Dejé un instante de pensarte. Había
Sucedido algo en ti cuando volviste.
Venías más nostálgico, más triste,
Seco tu sol que iluminó mi día.
Alguien -sé quién- que yo no conocía
Alguien que calza sueños de oro, y viste
Almas dolientes, te pensó. Caíste
Al pozo donde muere la alegría.
Por qué fuiste pensando, malherido,
Pensamiento de amor. Cómo han podido
Pasarte el corazón de parte a parte.
Por qué volviste a mí, sufriendo, a herirme.
¿No recuerdas que tengo que ser firme’
¿Es que no ves que tengo que matarte?
(“Cuanto sé de mí”, 1957)
ALUCINACIÓN
ME ACUERDO de los árboles de Dublín.
(imaginar y recordar
Se superponen y confunden;
Pueblan, entrelazados, un instante
Vacío con idéntica emoción.
Imaginar y recordar…)
Me acuerdo de los árboles de Dublin…
Alguien los vive y los recuerdo yo.
De los árboles caen hojas doradas
Sobre el asfalto de Madrid.
Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
Acarician mis manos,
Quisieran exprimirme el corazón.
No sé si lo consiguen…
Imaginar y recordar…
Hay un momento que no es mío,
No sé si en el pasado, en el futuro,
Si en lo imposible… Y lo acaricio, lo hago
Presente, ardiente, con la poesía.
NO sé si lo recuerdo o lo imagino.
(Imaginar y recordar me llenan
El instante vacío)
Me asomo a la ventana.
Fuera no es Dublín lo que veo,
Sino Madrid. Y, dentro, un hombre
Si nostalgia, sin vino, sin acción,
Golpeando la puerta.
Es
un espectro
Que persigue a otro espectro del pasado:
El espectro del viento, de la mar,
Del fuego -ya sabéis de que hablo-, espectro
Que pueda hacer que cante, hacer que vibre
Su corazón, para sentirse vivo.
(“Libro de las alucinaciones”, 1964)
BRAHMS, CLARA, SCHUMANN
Todo mi amor, mi amor, Paula, Clara quise decir.
Y cuánto tiempo, Paula, digo Clara,
Sin ti y sin. Las diligencias
Parten sin mí y sin ti.
O a ti te llevan hacia el norte, hacia el pobre Roberto.
A mi, hacia el sur, contigo, hacia el sur, donde ya no
estabas,
Donde nunca estarías. Ahora he tomado el tren
Para decirte adiós. Y sueño, sueño mío.
Cerré los ojos, deslumbrado por la memoria
Apreté la cintura del paisaje, recorrí sus caderas,
Miré sus ojos verdes, ceniza con sentido.
Tendía el cielo su metal hermético.
Y se superpusieron mediterráneos y cantábricos,
Cipreses respirados desde un sótano,
Casi a vista de muerto, y jazmineros.
Después, las cosas y sus nombres
Perdieron sus contornos, su significación
Y fueron nada más que ritmo, armonía viajera
Liberada de los instrumentos que le dieron su carne.
No queda nadie ya que pueda perdonarte,
Que pueda perdonarme, perdonarnos.
Nadie que pueda rescatar los besos que se pudren
Sobre Roberto y su locura piadosa.
Ahora que voy a ti, a encontrarte en la aduana de la muerte,
Pienso, Clara, amor mío, que cuando nos besábamos
Era a Roberto a quien besábamos, al engañado
Hijo de nuestro amor. Él murió un día.
Su esposa, tú, amor mío, Clara, también has muerto ahora.
Yo tomé el tren para encontrarte en la frontera,
Para decirte adiós desde el lado de acá de la muerte, amor de
mi vida.
Pero nunca llegaré a ti.
El viejo Brahms es viejo, y está gordo.
Me he quedado dormido y me he pasado de estación.
¿comprendes, amor mío, que nunca llegaré a tu lado
Por culpa de este sueño, que es mi bálsamo y mi enemigo?
Ya nunca llegaré a tu lado.
Puede ser, amor mío, que no te amara ya,
Que no te hubiese amado nunca,
Que sólo hubiese amado a mi propio amor,
El amor que te tuve, Clara, amor mío.
(“Agenda”, 1991)




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