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EFÍMEROS Y BREVES 86. José Hierro (1922-2002): Cinco poemas, cinco libros en el 104 aniversario de su nacimiento.

 


Se dejan aquí cinco poemas correspondientes a otros tantos libros de una trayectoria poética, la de José Hierro, que ahora se nos antoja corta. Décadas pasó, entre “El libro de las alucinaciones” (1964) y “Agenda” (1991), sin publicar un solo libro. Alegaba que necesitaba encontrar su voz, que el éxito de “El libro de las alucinaciones” le había ahogado, que el éxito de un programa de radio dedicado a la poesía le había dado un nuevo sentido a su vida, a la vez que se la había absorbido, que escribía morosamente, pero aún así escribía, y para más inri siempre en bullangueros cafés y en populosas calles en donde cada vez era más difícil encontrar el silencio y la calma para preparar un nuevo libro de poemas, que llegó en 1991 con "Agenda" y su nueva voz, más íntima y narrativa, que depuró en su siguiente y último libro “Cuaderno de Nueva York”, uno de los más grandes éxitos editoriales en poesía de las últimas décadas y que le hizo merecedor de recibir el Premio Cervantes por una carrera corta pero intensa, como se puede comprobar a través de esta mínima selección. Había nacido en Madrid en 1922, pero desde muy niño se mudó con su familia a Santander, ciudad con la que siempre se halló muy vinculado. Con 17 años fue acusado de ayudar a los presos tras el fin de la guerra civil, y él mismo fue preso durante cinco años, desde 1939 a 1944, lo que dejó huella en su poesía, siendo motivo de alguno de sus poemas. Esta experiencia carcelaria y la hostilidad de un ambiente autoritario darán un eco social a su primera poesía, marcada además por una voluntad inquebrantable de alegría entre las tristezas de una época mezquina y gris, dominada por la ruindad de una dictadura. José Hierro definía su propia poesía como “seca”. Felipe Benitez Reyes se apresura a deshacer este malentendido calificándola más bien de sobria, “despojada, inmune a las exhibiciones estilísticas, aunque fue un poeta de oficio muy seguro, conocedor profundo de los artificios retóricos, hábil a la hora de dosificar los recursos expresivos, a los que él anteponía en importancia la emotividad, que fue el pilar inamovible de su poética”. Además de los libros ya nombrados, se puede destacar “Alegría” (1947) y “Cuanto sé de mí” (1957). Murió en Madrid el 23 de diciembre de 2002 a consecuencia de un enfisema pulmonar.

 



VIDA

                                              A Paula Romero

Después de todo, todo ha sido nada,

A pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

Supe que todo no era más que nada.

 

Grito “¡Todo!”, y el eco dice “¡Nada!”.

Grito “¡Nada!”, y el eco dice “¡Todo!”.

Ahora sé que la nada lo era todo,

Y todo era ceniza de la nada.

 

No queda nada de lo que fue nada.

(Era ilusión lo que creía todo

Y que, en definitiva, era la nada).

 

Qué más da que la nada fuera nada

Si más nada será, después de todo,

Después de tanto todo para nada.

(“Cuaderno de Nueva York”, 1998)

 

 



FE DE VIDA

 

Sé que el invierno está aquí,

Detrás de esa puerta. Sé

Que si ahora saliese fuera

Lo hallaría todo muerto,

Luchando por renacer.

Sé que si busco una rama

No la encontraré.

Sé que si busco una mano

Que me salve del olvido

No la encontraré.

Sé que si busco al que fui

No lo encontraré.

 

Pero estoy aquí. Me muevo,

Vivo. Me llamo José

Hierro. Alegría. (Alegría

Que está caída a mis pies).

Nada en orden. Todo roto,

A punto de ya no ser.

 

Pero toco la alegría,

Porque aunque todo esté muerto

Yo aún estoy vivo y lo sé.

(“Alegría”, 1947)

 

 

 

PENSAMIENTO DE AMOR

 

Dejé un instante de pensarte. Había

Sucedido algo en ti cuando volviste.

Venías más nostálgico, más triste,

Seco tu sol que iluminó mi día.

 

Alguien -sé quién- que yo no conocía

Alguien que calza sueños de oro, y viste

Almas dolientes, te pensó. Caíste

Al pozo donde muere la alegría.

 

Por qué fuiste pensando, malherido,

Pensamiento de amor. Cómo han podido

Pasarte el corazón de parte a parte.

 

Por qué volviste a mí, sufriendo, a herirme.

¿No recuerdas que tengo que ser firme’

¿Es que no ves que tengo que matarte?

(“Cuanto sé de mí”, 1957)

 


 


ALUCINACIÓN

 

ME ACUERDO de los árboles de Dublín.

 

(imaginar y recordar

Se superponen y confunden;

Pueblan, entrelazados, un instante

Vacío con idéntica emoción.

Imaginar y recordar…)

 

Me acuerdo de los árboles de Dublin…

Alguien los vive y los recuerdo yo.

De los árboles caen hojas doradas

Sobre el asfalto de Madrid.

Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,

Acarician mis manos,

Quisieran exprimirme el corazón.

No sé si lo consiguen…

 

Imaginar y recordar…

Hay un momento que no es mío,

No sé si en el pasado, en el futuro,

Si en lo imposible… Y lo acaricio, lo hago

Presente, ardiente, con la poesía.

 

NO sé si lo recuerdo o lo imagino.

(Imaginar y recordar me llenan

El instante vacío)

Me asomo a la ventana.

Fuera no es Dublín lo que veo,

Sino Madrid. Y, dentro, un hombre

Si nostalgia, sin vino, sin acción,

Golpeando la puerta.

                                            

                                             Es un espectro

Que persigue a otro espectro del pasado:

El espectro del viento, de la mar,

Del fuego -ya sabéis de que hablo-, espectro

Que pueda hacer que cante, hacer que vibre

Su corazón, para sentirse vivo.

(“Libro de las alucinaciones”, 1964)

 

 



BRAHMS, CLARA, SCHUMANN

 

Todo mi amor, mi amor, Paula, Clara quise decir.

Y cuánto tiempo, Paula, digo Clara,

Sin ti y sin. Las diligencias

Parten sin mí y sin ti.

O a ti te llevan hacia el norte, hacia el pobre Roberto.

A mi, hacia el sur, contigo, hacia el sur, donde ya no estabas,

Donde nunca estarías. Ahora he tomado el tren

Para decirte adiós. Y sueño, sueño mío.

 

Cerré los ojos, deslumbrado por la memoria

Apreté la cintura del paisaje, recorrí sus caderas,

Miré sus ojos verdes, ceniza con sentido.

Tendía el cielo su metal hermético.

Y se superpusieron mediterráneos y cantábricos,

Cipreses respirados desde un sótano,

Casi a vista de muerto, y jazmineros.

Después, las cosas y sus nombres

Perdieron sus contornos, su significación

Y fueron nada más que ritmo, armonía viajera

Liberada de los instrumentos que le dieron su carne.

 

No queda nadie ya que pueda perdonarte,

Que pueda perdonarme, perdonarnos.

Nadie que pueda rescatar los besos que se pudren

Sobre Roberto y su locura piadosa.

Ahora que voy a ti, a encontrarte en la aduana de la muerte,

Pienso, Clara, amor mío, que cuando nos besábamos

Era a Roberto a quien besábamos, al engañado

Hijo de nuestro amor. Él murió un día.

Su esposa, tú, amor mío, Clara, también has muerto ahora.

Yo tomé el tren para encontrarte en la frontera,

Para decirte adiós desde el lado de acá de la muerte, amor de mi vida.

Pero nunca llegaré a ti.

El viejo Brahms es viejo, y está gordo.

Me he quedado dormido y me he pasado de estación.

¿comprendes, amor mío, que nunca llegaré a tu lado

Por culpa de este sueño, que es mi bálsamo y mi enemigo?

Ya nunca llegaré a tu lado.

Puede ser, amor mío, que no te amara ya,

Que no te hubiese amado nunca,

Que sólo hubiese amado a mi propio amor,

El amor que te tuve, Clara, amor mío.

(“Agenda”, 1991)



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