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5 poemas de José Agustín Goytisolo (Efímeros y breves 105)



Se dejan cinco poemas correspondientes a otros tantos libros, que abarcan la trayectoria de este poeta catalán, niño de la guerra. Son poemas pertenecientes a los libros “Algo sucede” (1968); “Bajo tolerancia” (1973); “Tiempo y olvido” (1977); “Sobre las circunstancias” (1983) y “Las horas quemadas” (1996).

 

José Agustín Goytisolo nació en Barcelona el 13 de abril de 1928. La muerte de la madre durante un bombardeo en plena guerra civil va a marcar su infancia y su posterior poesía. En 1945 ingresa en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, donde coincide con Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y Jaime Ferrán. Cursa los últimos años en Madrid, donde se relaciona con Emilio Lledó, José Ángel Valente y José Caballero Bonald. En 1953 gana el accésit del premio Adonais, siendo el primer miembro del grupo catalán de los cincuenta que publica. Interviene en las Conversaciones Poéticas de Formentor, que a través de “Papeles de Son Armadans”, convoca Cela en mayo de 1959 para hablar de poesía, encuentro al que también asisten Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Vicente Aleixandre. En alguna ocasión Goytisolo se sintió identificado con la denominación de poeta industrial,  que hace referencia, según su propia versión, a esos poetas que hablan de “letras protestadas, de la huelga de tranvías, de las casas de prostitución. Los demás sólo hacían referencia a la meseta, la encina y esas cosas”. Es esta experiencia urbana la que atraviesa su libro ”Algo sucede” (1968), donde los poemas reflejan el ámbito urbano y la experiencia de lo cotidiano. Con la publicación de este libro, seguido de “Bajo tolerancia” (1973), comienza a reunir textos autobiográficos que toman como fondo vital una determinada situación política, haciendo uso de un tono coloquial y cínico, donde un sujeto algo maniaco-depresivo, que gusta del alcohol, el café y las mujeres, deambula compulsivamente por bares y calles, y se topa con personas a las que luego hace desfilar como secundarios del poema. A partir del “Rey mendigo”, 1888, Goytisolo abundará en el uso de la tercera persona, lo que le permite un distanciamiento idóneo para el tono elegíaco y la melancolía que suscita el paso del tiempo. Este tono irónico, ya teñido de desesperanza, se convertirá en el ”leit motiv” de su último libro “las horas quemadas”(1996), publicado tres años antes de su muerte, acontecida un 19 de marzo de 1999, cuando se precipitó desde una de las ventanas de su casa.

 

NADIE ESTÁ SOLO

 

En este mismo instante

hay un hombre que sufre,

un hombre torturado

tan sólo por amar

la libertad.

 

                   ignoro

dónde vive, qué lengua

habla, de qué color

tiene la piel, cómo

se llama, pero

en este mismo instante,

cuando tus ojos leen

mi pequeño poema,

ese hombre existe, grita,

se puede oír su llanto

de animal acosado,

mientras muerde sus labios

para no denunciar

a los amigos. ¿Oyes?

 

Un hombre solo

grita maniatado, existe

en algún sitio.

                        ¿He dicho solo?

¿No siente, como yo,

el dolor de su cuerpo

repetido en el tuyo?

¿No te mana la sangre

bajo los golpes ciegos?

 

Nadie está solo. Ahora,

en este mismo instante,

también a tí y a mí

nos tienen maniatados.

                                  (De “Algo sucede”, 1968)

 

 

ASI SON

 

Su profesión se sabe es muy antigua

y ha perdurado hasta ahora sin variar

a través de los siglos y civilizaciones.

 

No conocen vergüenza ni reposo

se emperran en su oficio a pesar de las críticas

unas veces cantando

otras sufriendo el odio y la persecución

más casi siempre bajo tolerancia.

 

Platón no les dio sitio en su República.

 

Creen en el amor

a pesar de sus muchas corrupciones y vicios

suelen mitificar bastante la niñez

y poseen medallones o retratos

que miran en silencio cuando se ponen tristes.

 

Ah curiosas personas que en ocasiones yacen

en lechos lujosísimos y enormes

pero que no desdeñan revolcarse

en los sucios jergones de la concupiscencia

sólo por un capricho.

 

Le piden a la vida más de lo que esta ofrece.

difícilmente llegan a reunir dinero

la previsión no es su característica

y se van marchitando poco a poco

de un modo algo ridículo

si antes no les dan muerte por quién sabe qué cosas.

Así son pues los poetas

las viejas prostitutas de la Historia.

                                                 (De “Bajo tolerancia”, 1973)

 

 

ORDEN DE REGISTRO

 

No miren por ahí

todo son libros;

no es entre mis papeles

ni en la cama

donde vayan a hallar

algo escondido.

¿Cuánto cobran ustedes

mensualmente?

No nada; pensaba

lo que vale este registro.

En fin ya son las tres

¿qué esperan encontrar?

es tristísimo.

Sí de acuerdo retiren

lo que quieran;

vamos abajo pues;

perdonen olvidaba

el abrigo.

Adiós mujer

no pongas esa cara;

te digo

que están equivocados

son sólo unos poemas

versitos tontería.

Yo regreso ahora mismo.

 

                            (“Tiempo y olvido”, 1977)

 

 

SOBRE LOS GRANDES HOMBRES

 

Sobre los grandes hombres siempre hay ciertos detalles

que se ocultan en los textos y en las biografías

para evitar que los padres se escandalicen

al pensar que sus niños los puedan llegar a conocer.

 

Alejandro fue un mal alumno de Aristóteles

Diógenes fabricó moneda falsa

Cesar usó peluca y se vestía de matrona romana

Carlomagno era un liante de cuidado

Alfonso el Sabio compartió amante con el rey de Murcia

Petrarca tuvo dos hijos de madre desconocida

Colón trabajó a porcentaje y no fue nada claro con las cuentas

Catalina la Grande era superficial en sus juicios políticos

George Washington especuló con terrenos en Virginia

Carlos Marx no podía ocultar ciertos rasgos de avaro

Víctor Hugo fue un miserable

Wagner odiaba desaforadamente a los judíos

Einstein fue un aprensivo en cuestión de alimentos

Martin Luther King no fue tan negro como ahora se dice.

 

Muchos niños dejarían de odiar así a los grandes hombres al advertir sus rasgos y costumbres de gente muy normal.

 

                           (“Sobre las circunstancias”, 1983)

 

 

EL ROSTRO QUE CONJURA

 

Cuando llegue la hora de partir

que a su lado esté ella: que le mire

y que apriete su mano. No le asusta

regresar a la nada. Más quisiera

llevar al otro lado su figura.

La eternidad no existe. Cuando supe

amar a esta mujer y cuando mira

a quien le mira sabe que el infierno

estuvo aquí; también su paraíso.

Al fin y al cabo nadie le invitó

a entrar en este mundo que sabía

no iba a durar por siempre para él.

Pero ha tenido el rostro que conjura

ver al final. El viaje no le importa.

 

                                  (“Las horas quemadas”, 1996)




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