EFÍMEROS Y BREVES 109. Buffon (1707-1788): "El estilo es el hombre", su famoso discurso de la Academia francesa en el 237 aniversario de su muerte.
Se deja aquí, además de su reseña biográfica, el “Discurso sobre el estilo” que pronunció Buffon al ingresar en la Academia francesa en 1753 y donde se oyó por primera vez la célebre frase de “el estilo es el hombre”. Sospecho que, en estos tiempos en que malimpera la Inteligencia Artificial, la frase y el pensamiento entero de Buffon sobre el estilo cobrará aún más actualidad. De hecho, por la armonía entre forma y fondo, este discurso leído ante los miembros de la Academia, entre los que se encontraban Voltaire y Montesquieu, debería formar parte de uno de los momentos estelares de la humanidad, si se concediera a los discursos y al estilo la importancia que se merecen. A pesar de que la celebridad de Buffon se debe a su faceta de naturalista, su preocupación por el estilo -que le llevó a reescribir once veces sus “Épocas de la Naturaleza”- le hizo merececedor de entrar en la Academia francesa para elaborar este cuidadoso discurso en que casi todo lo que se puede decir acerca del estilo queda grabado aquí de una manera profunda y elocuente. Buffon concede una importancia de primer orden al estilo porque sabe que, en las obras escritas, se convierte en el salvoconducto para pasar a la posteridad. No importa que una obra esté preñada de hechos, descubrimientos y conocimientos notables, que si no está compuesta con buen estilo -nos viene a decir Buffon- la empresa acaba zozobrando. El fondo o contenido puede resultar muy relevante para la mente de un hombre exigente, observador y reflexivo como lo era Buffon, pero no ignora que el conocimiento es mudable, que los hechos se pueden refutar y que los descubrimientos los podemos olvidar. Sin embargo, el hombre que hay detrás de todo artilugio cultural puede perdurar a través del estilo. Hechos y descubrimientos son exteriores al hombre y pueden transmitirse de una forma mostrenca, pero no así el estilo, que es una cosa viva y espiritual y resulta inalienable; ni puede robarse, ni transferirse, ni alterarse, pues el estilo es el hombre mismo. Y si el estilo, acaba concluyendo, resulta elevado, noble, e incluso sublime, el autor será admirado en todos los tiempos. El estilo es el hombre mismo, es el hombre en su alma y en su totalidad, en su entraña más humana, de ahí que se intuya que a Buffon le parezca la cosa más difícil de imitar. De ahí que la Inteligencia Artificial puede emular su inteligencia humana, pero no fingir su humanidad, aquello que lo hace inmortal, en resumidas cuentas, el espíritu creativo que le otorga su genio. Llega a decir por alguna parte que “las reglas no pueden suplir al genio”. Una inteligencia artificial puede hilar un discurso que parezca inteligente y que desgrane de una manera ordenada todos los conocimientos sobre un tema, pero le faltará el estilo, que es precisamente el imponderable humano que hace que una obra del espíritu tenga vigor y vida.
¿Pero qué es el estilo para Buffon? A lo largo del discurso da varias definiciones en un texto que está plagado de frases memorables y certeras sobre la oratoria. “El estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone en los pensamientos”. Aquí se ve la importancia que le concede Buffon al pensamiento y al mundo de las ideas. No debe confundirse la elocuencia con la facilidad de palabra. Las palabras no son fundamentales en un discurso, sólo son el instrumento. El estilo está ahí para que se nos graben los pensamientos, no para que nos quedemos con sus palabras. Los espíritus cultivados pero estériles abusan siempre de las palabras. Lo importante para Buffon es que en un discurso se de cuenta de la totalidad de un tema, pues, como buen naturalista, pensaba que al igual que las obras de la naturaleza, las obras artísticas deben aspirar a ser cada una un todo. Por eso es tan importante el pensamiento. Antes de todo discurso hay que madurar el tema en el espíritu, hay que planificar, poner en orden todos los pensamientos fértiles y relevantes sobre un tema, ascender hacia la generalidad. Para alcanzar un tono elevado es necesario alcanzar las ideas más generales y darle al tema cierta unidad. Para escribir bien es menester, además, dominar el tema y reflexionar mucho a fin de poner orden y claridad en los pensamientos. Cuando por fin se haya conseguido esto “se percibirá fácilmente el instante en que debe tomar la pluma, sentirá el punto de madurez de la producción del espíritu, estará obligado a hacerla brotar y no tendrá seguramente sino el placer de escribir: las ideas se sucederán sin dificultad y el estilo se hará natural y fácil”. Pero detrás de esta espontaneidad y este deleite de la expresión y del estilo lo que se esconde es mucho trabajo. Se esconde un hombre en cuerpo y alma. De ahí que volvamos otra vez a su famosa frase de “El estilo es el hombre”. Y Buffon dice todavía más, dice algo casi tan elocuente como esa frase que ha hecho tanta fortuna, dice que “escribir bien es pensar bien, y a la vez sentir bien y expresar bien; es tener a un mismo tiempo ingenio, alma y gusto”. ¿Y por qué el pensamiento y las ideas son tan importantes para componer un estilo? Porque para Buffon lo elevado, lo noble y lo sublime lo es por aproximarse a la verdad, o mejor dicho, resulta verdadero porque una obra así se hace duradera y eterna como la verdad misma. “Un estilo es bello por el número infinito de verdades que presenta”. Nos viene a sugerir que toda la belleza del arte de Shakespeare radica en haber ofrecido un número casi ilimitado de verdades sobre el hombre, el mundo y la vida. En esto, al final, nos recuerda los famosos versos con que acaba John Keats su poema “A una urna griega”: “La belleza es verdad, y la verdad belleza; todo eso y nada más habéis de saber en la tierra.” Buffon aboga por la belleza intelectual, que considera una verdad de tanta utilidad, al menos, como el fondo de un tema. Esta belleza intelectual sólo se alcanza por medio del estilo, que se ha de orientar a lo sublime como cénit. Y lo sublime sólo se encuentra en los grandes temas, que son la Naturaleza y el hombre, precisamente aquellos temas que conciernen a la Poesía y a la Filosofía (también a la Historia, aunque sólo abarque al hombre). Pero para alcanzar lo sublime en el estilo y, por tanto, para asegurarse la perdurabilidad de una obra artística, espiritual, hay un requisito fundamental que Buffon pone de relieve: es necesario emplear toda la fuerza y desplegar toda la potencia del intelecto. Pero el intelecto, aquí, no es la mera inteligencia, esa que imitaría una Inteligencia artificial, sino las potencias espirituales que le dan la humanidad al ser humano y le hacen advertirnos que por mucho que busquemos imitar el estilo, el estilo va con nosotros y nos persigue como una sombra, pues el estilo somos nosotros mismos, lo más genuino e inimitable que tenemos. Es nuestro último bastión, la única posesión que ni siquiera una inteligencia artificial nos puede enajenar. En definitiva, esta es la esencia del estilo: el estilo somos nosotros; el estilo es el hombre mismo ("Le style est l'homme même").
DISCURSO DEL ESTILO, de Buffon.
“Señores: Me han colmado de honor al
llamarme con ustedes; pero la gloria no es un bien sino en tanto que se sea
digno de ella, y no me persuado de que algunos ensayos míos, escritos sin arte
y sin más ornamento que el propio de la naturaleza, sean méritos suficientes
para osar tomar asiento entre los maestros del arte, entre los hombres
eminentes que representan aquí el esplendor literario de Francia y cuyos
nombres, celebrados hoy por
la voz de
las naciones, resonarán
vivamente en los
labios de nuestros
últimos descendientes. Han tenido ustedes, Señores, otras razones
para fijar los ojos en mí: han querido dar a la ilustre Academia de Ciencias, a
la que tengo el honor de pertenecer desde hace mucho tiempo, una nueva prueba
de consideración; mi agradecimiento, aunque compartido con ella, no será menos
vivo. Pero, ¿cómo satisfacer el
deber que hoy me impone esta prueba? No he de ofrecerles, Señores, sino su
propia riqueza: algunas ideas sobre el estilo, que yo he tomado de sus obras.
Las he concebido leyéndolos y admirándolos a ustedes, y el
éxito de estas depende
de que sean
sometidas a sus inteligencias. Siempre ha habido hombres que han sabido
mandar a los demás por el poder de la palabra; con todo, no es esto lo que en
los siglos ilustrados hizo que se escribiera bien y que bien se hablara. La verdadera
elocuencia supone el ejercicio del intelecto y la cultura del espíritu. Es muy
diferente de esa
facilidad natural de
hablar, que denota
solo cierta disposición
y es una
cualidad propia de
quienes a la fuerza de la pasión
agregan facilidad de palabra y rapidez en la imaginación. Son hombres que
sienten vivamente, se emocionan de igual manera, exteriorizan con vigor su
pasión de ánimo; y, por una impresión puramente mecánica, transmiten a los
demás su entusiasmo y sus afectos. Es el cuerpo que habla al cuerpo; para ello todos
los movimientos, todos los ademanes cooperan y sirven por igual. ¿Qué es
necesario para emocionar y arrastrar a la multitud? ¿Qué es necesario para conmover
y persuadir a la mayoría? Una entonación vehemente y patética, ademanes
expresivos y frecuentes, palabras impetuosas y sonoras. Pero para los
escogidos, de pensamiento vigoroso, de gusto delicado y sentido exquisito, que,
como ustedes, Señores, toman poco en cuenta la entonación, los ademanes y el
vano sonido de las palabras, se requieren asuntos, pensamientos, razones; es
preciso saberlos presentar, matizarlos, ordenarlos; no es suficiente hacerse
oír y atraer la mirada; es preciso influir en el alma e impresionar el corazón
hablando al espíritu. El estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone
en los pensamientos. Si se los enlaza estrechamente, si se los ajusta, el
estilo resultará firme, vigoroso y conciso; pero, por elegantes que sean, si se
los deja sucederse lentamente y no se juntan sino merced a las palabras, el
estilo será difuso, flojo y lánguido. Mas antes de buscar el orden en que han
de presentarse los pensamientos, es necesario haber hecho otro orden más
general y más estricto, donde no deben entrar sino las primeras ojeadas y las
principales ideas; un tema quedará circunscrito y se conocerá su extensión al
asignarle un lugar en este plan inicial; los justos intervalos que han de
separar las ideas principales se determinarán atendiendo a estos primeros
lineamientos y así nacerán las ideas accesorias e intermedias que servirán para
completarlas. Por el esfuerzo del intelecto se concebirán todas las ideas
generales y particulares desde su verdadero punto de vista; con una gran finura
de discernimiento se distinguirán los pensamientos estériles de las ideas
fecundas y, por la sagacidad que da la larga costumbre de escribir, se
presentirá cuál será el producto de todas estas operaciones del espíritu. Por
poco vasto o complicado que sea el tema, es muy raro que se lo
pueda abarcar de una
sola ojeada, o penetrarlo por completo con un solo e inicial esfuerzo de la
inteligencia; es raro también que antes de reflexionar mucho sobre él se
comprendan todas sus relaciones. No es posible, pues, abarcarlo completamente,
pero es el único medio de consolidar, desplegar y dar nobleza a los
pensamientos; después se les dará sustancia y fuerza por la meditación y será
fácil en seguida darles forma por la expresión. Este plan no es aún
el estilo, pero
sí la base
que lo sostiene
y dirige, la que regula su
movimiento y lo somete a leyes; sin este, el mejor escritor se confunde, su
pluma marcha al acaso y deja al azar trazos irregulares y figuras discordantes.
Por luminosos que sean los colores que emplee, por muchas que sean las bellezas
que siembre en los detalles, si el conjunto causa desagrado o no se siente su
vigor, la obra no estará acabada de construir y, aunque admiremos el espíritu
del autor, se podrá suponer que le falta talento. Por esta razón quienes
escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; quienes se
abandonan al primer arranque de su imaginación toman un tono que no pueden
sostener; quienes temen desperdiciar los pensamientos aislados, fugitivos
y en distintas
ocasiones escriben trozos
sueltos, no los
reúnen jamás sin
transiciones forzadas; esta
es la razón,
en una palabra, de que haya
tantas obras hechas de retazos y tan pocas fundidas de un solo golpe. Sin
embargo, todos los temas tienen unidad y, por vastos que sean, pueden ser
reducidos discursivamente. Las interrupciones, las pausas, las secciones no han
de usarse sino cuando se aborden temas diferentes o cuando, al hablar de
grandes cuestiones delicadas y disímiles, la marcha del intelecto se vea
interrumpida por la multiplicidad de los obstáculos y forzada por la necesidad
de las circunstancias; por otra
parte, el gran
número de divisiones,
lejos de hacer
más sólida una obra, destruye su coherencia, el libro
parece más claro a la vista pero la intención del autor permanece oscura; no
puede impresionar el espíritu del lector ni le puede hacer sentir sino por la
ilación, por la dependencia armónica de las ideas, por un desarrollo sucesivo,
una gradación sostenida, un movimiento uniforme que toda interrupción destruye
o hace languidecer. ¿Por qué las obras de la naturaleza son tan perfectas?
Porque cada una es un todo y porque trabaja bajo un plan eterno del que jamás
se aparta; prepara en silencio los gérmenes de sus producciones, esboza en un
acto único la forma primitiva de todo ser vivo, la desarrolla, la perfecciona
por un movimiento continuo y en un tiempo determinado. La obra asombra, pero lo
que más debe sorprendernos es el sello divino que ahí resplandece. Por sí
mismo, el espíritu humano no puede crear nada, no producirá sino después de
haber sido fecundado por la experiencia y la meditación; sus conocimientos son
los gérmenes de sus producciones, pero si imita a la naturaleza en su marcha y
en su trabajo, si asciende por la contemplación a las verdades más sublimes, si
las reúne, si las enlaza, si forma con ellas un sistema mediante la reflexión,
establecerá, sobre cimientos inquebrantables, monumentos inmortales. Por la
falta de plan, por no haber reflexionado suficientemente sobre su tema, un
hombre agudo puede meterse en embrollos y no saber por dónde comenzar a
escribir. Percibe a la
vez un gran
número de ideas
y, como no las ha
comparado ni subordinado,
nada hay que lo determine a
preferir las unas a las otras; queda, pues, en la perplejidad. Pero cuando haya
hecho un plan, una vez que haya juntado y puesto en orden los pensamientos
esenciales de su tema, percibirá fácilmente el instante en que debe tomar la
pluma, sentirá el punto de madurez de la producción del espíritu, estará
obligado a hacerla brotar y no tendrá seguramente sino el placer de escribir:
las ideas se sucederán sin dificultad y el estilo se hará natural y fácil, la
vehemencia nacerá de este placer, se esparcirá continuamente y dará vida a cada
expresión, todo se animará más y más, el tono se elevará, los objetos tomarán
color y el sentimiento, juntándose a la claridad, la aumentará, la llevará más
lejos, la hará pasar de lo que se dice a lo que se va a decir, y el estilo
resultará interesante y luminoso. Nada se opone más a la vehemencia que el
deseo de poner en todas partes rasgos ingeniosos, nada es más contrario a la
luz que debe producirse y esparcirse uniformemente en un escrito que esas
chispas obtenidas a la fuerza haciendo chocar las palabras unas contra otras y
que nos deslumbran solo unos instantes para dejarnos en seguida en tinieblas.
Son pensamientos que
no brillan sino
por oposición: solamente presentan un lado del objeto,
dejando en la sombra todas las
otras caras; a
menudo este lado
que se escoge
es un punto,
un ángulo sobre el cual se hace
mover al espíritu con tanta facilidad que se lo aleja más de las grandes caras
desde las cuales el sentido común acostumbra a considerar las cosas. No hay
nada más opuesto a la verdadera elocuencia que el empleo de estos pensamientos
finos y la búsqueda de estas ideas ligeras, desleídas, sin consistencia y que,
como la hoja de un metal batido, no tienen destello sino en tanto pierden
solidez. Así, cuanto más gracejo nimio y brillante se ponga en un escrito,
menos vigor tendrá, menos claridad, menos vehemencia y estilo; a no ser que
este gracejo sea el fondo mismo del asunto y que el escritor no haya querido
hacer otra cosa que chancear: en este caso el arte de decir pequeñas cosas
resulta posiblemente más difícil que el arte de decir las grandes. Nada se
opone más a lo naturalmente bello que el trabajo dedicado a expresar cosas
ordinarias o comunes de una manera singular o pomposa; nada degrada más al
escritor. Lejos de admirarle, nos causa lástima que haya empleado tanto tiempo
en hacer nuevas combinaciones de sílabas para no decir sino lo que todo el
mundo dice. Este es el defecto de los espíritus cultivados pero estériles; usan
palabras en abundancia, pero no ideas; trabajan, pues, sobre las palabras y se
imaginan haber combinado ideas porque han combinado frases, haber depurado el
lenguaje cuando lo han corrompido al torcer el sentido de las acepciones. Estos
escritores carecen de estilo o, si se quiere, no tienen sino la sombra de él.
El estilo debe grabar los pensamientos: ellos no saben sino trazar palabras. Para
escribir bien es necesario, pues, dominar plenamente el tema; es preciso
reflexionar mucho para ver con claridad el orden de sus pensamientos y formarlos
en una serie, una cadena continua, donde cada
punto represente una
idea; cuando se
haya tomado la
pluma, será necesario
conducirla sucesivamente sobre
el rasgo inicial
sin permitirle que se desvíe, sin
apoyarla demasiado desigualmente, sin darle otro movimiento que el determinado
por el espacio que debe recorrer. En esto consiste la severidad del estilo,
esto es también lo que hará la unidad y lo que regulará la rapidez; solo esto,
también, será suficiente para hacerlo preciso y sencillo, igual y claro, vivo y
continuo. Si a esta primera regla, dictada por el intelecto, se le agregan la
delicadeza y el gusto, el escrúpulo en la elección de las expresiones, el
cuidado de no nombrar las cosas sino en los términos más generales, entonces el
estilo tendrá nobleza. Si se agrega la desconfianza para con su primer impulso,
el desprecio de todo lo que no sea más que brillo y una repugnancia constante
por lo equívoco y lo cómico, el estilo tendrá gravedad y hasta majestad. En
fin, si se escribe como se piensa, si se está convencido de aquello de lo que
se quiere persuadir, esta buena fe para consigo mismo –que hace la honestidad
para con los demás y la verdad del estilo– le hará producir todo su efecto, con
tal de que esta persuasión interior no se caracterice por un entusiasmo demasiado
fuerte y que haya en todo más candor que confianza, más razón que vehemencia. Es
así, Señores, como ustedes, al leerlos, me parece que me hablan y me instruyen.
Mi alma, que recoge con avidez los
oráculos de la sabiduría, ha querido emprender el vuelo y elevarse hasta
ustedes. ¡Esfuerzos vanos! Las reglas
–lo dicen también ustedes– no pueden suplir el genio; si este falta, aquellos
serán inútiles. Escribir bien es pensar bien, y a la vez sentir bien y expresar
bien; es tener a un mismo tiempo ingenio, alma y gusto. El estilo presupone la
reunión y el ejercicio de todas las facultades intelectuales. Solo las ideas
forman el fondo del estilo, la armonía de las palabras es solo lo accesorio y
no depende sino de la sensibilidad de los sentidos; es suficiente tener un poco
de oído para evitar las disonancias, y basta haberlo ejercitado,
perfeccionándolo con la lectura de poetas y creadores, para que mecánicamente
seamos arrastrados a la imitación de la cadencia poética y de los giros
oratorios. Además, nunca la imitación ha creado nada; así esta armonía de las
palabras no forma el fondo ni el tono del estilo y se encuentra a menudo en
escritos vacíos de ideas. El tono no es sino la adecuación del estilo a la
naturaleza del tema y no debe nunca ser forzado, nacerá naturalmente del fondo
mismo de la cosa y dependerá mucho del grado de generalidad a que se hayan
llevado los pensamientos. Si se le ha elevado a las ideas más generales y si,
en sí mismo, el tema es grande, el tono parecerá alcanzar la misma altura; si,
manteniéndolo en esta elevación, el intelecto contribuye suficientemente a dar
a cada objeto una luz fuerte, si se le puede agregar, a la energía del dibujo,
la belleza del colorido, si se puede, en una palabra, representar cada idea con
una imagen viva y bien acabada, y formar con cada serie de ideas un cuadro
armonioso y elegante, el tono será no solamente elevado, sino sublime. Aquí,
señores, la ejemplificación haría más que la regla: los ejemplos instruirían
mejor que los preceptos; pero como no me es permitido citar los sublimes
fragmentos que tan a menudo me han emocionado al leer sus obras, estoy obligado
a limitarme a estas reflexiones. Las obras bien escritas serán las únicas que
pasarán a la posteridad: el caudal de los conocimientos, la singularidad
de los hechos, la novedad misma de los descubrimientos, no son garantía segura
de inmortalidad. Si las obras que los contienen no tratan sino de nimiedades,
si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin talento, perecerán, porque los
conocimientos, los hechos y los descubrimientos se escapan fácilmente, se
desplazan y huyen hasta ser empleados por manos más hábiles. Estos son exteriores
al hombre; en cambio, el estilo es el hombre mismo. El estilo no puede, pues,
ni robarse ni transferirse ni alterarse; si es elevado, noble, sublime, el
autor será igualmente admirado en todos los tiempos, pues solo la verdad es
duradera y aun eterna. Así, un estilo bello no lo es, en efecto, sino por el
número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas intelectuales que
ahí se encuentran, todas las relaciones de que está compuesto, son verdades
igual de útiles –y tal vez más preciosas para el espíritu humano– que las que
pueden formar el fondo del tema. Lo sublime no puede encontrarse sino en los
grandes temas. La poesía, la historia y la filosofía tienen todas el mismo
objeto, objeto muy grande: el hombre y la naturaleza. La filosofía describe y
representa la naturaleza. La poesía la pinta y la embellece; pinta también a
los hombres, los engrandece, los idealiza; crea los héroes y los dioses. La
historia pinta solo al hombre, y lo pinta tal cual es: así el tono del
historiador no será sublime sino cuando haga el retrato de los más grandes
hombres, cuando describa las más grandes acciones, los más grandes movimientos,
las más grandes revoluciones; algunas veces, también, será suficiente con que
el tono sea majestuoso y grave. El tono del filósofo podrá resultar sublime
cuantas veces hable de las leyes de la naturaleza, de los seres en general, del
espacio, de la materia, del movimiento y del tiempo, del alma, del espíritu
humano, de los sentimientos, de las pasiones; para los demás temas será
suficiente con que sea noble y elevado. Pero el tono del orador y del poeta,
cuando el tema es grande, debe ser siempre sublime, puesto que ellos son dueños
de agregar a la grandeza de su tema tanto color, tanto movimiento, tanta
ilusión cuanto les plazca; y siempre, antes de pintar y antes de engrandecer
los objetos, deben también, sobre todo, emplear toda la fuerza y desplegar toda
la potencia de su intelecto.”
RESEÑA BIOGRAFÍCA DE GEORGES-LOUIS
LECLERC, CONDE DE BUFFON
Georges-Louis Leclerc, conde de
Buffon, nació en Montbard en 1707. Tras estudiar derecho en Dijon hizo un viaje
por Suiza, Italia e Inglaterra en compañía de un joven inglés, Lord Kingston,
cuyo preceptor era un distinguido botánico que le influyó en su pasión por
estudiar la naturaleza. Las memorias que escribió sobre Física y astronomía le
merecieron ser admitido en 1739 en la Academia de Ciencias, año en que también
fue nombrado intendente del “Jardin du Roy” (en la actualidad “Jardin de
plantes”) y en el que concibió su magno proyecto de Historia Natural, que le
ocuparía todo el resto de su vida. La obra se compuso, al fin, de 44 volúmenes:
Los tres primeros se publicaron en 1749 y versaban sobre la teoría de la Tierra
y la historia del hombre; los cinco últimos aparecieron tras su muerte,
acaecida el 16 de abril de 1788, tras sufrir grandes dolores por unos cálculos
renales. Antes le había otorgado Luis XV el título de conde. Aunque tuvo el
auxilio de otros naturalistas, a Buffon se le debe la mayor parte de la
redacción de la obra y las ideas principales que animaron a sus colaboradores.
La tarea era tanto más ardua cuanto que su historia natural trataba de abarcar
“todos los objetos que nos presenta el universo”. Dotado de una gran capacidad
de observación y una curiosidad insaciable como lector, e inspirándose sobre
todo en ideas de Bacon, Newton, Locke y Leibniz, Buffon logró presentar una
detallada imagen del mundo que no necesitaba de causas finales; todo era
explicado por causas naturales. Tal vez por eso, y por su tratamiento
naturalista del ser humano en su “Historia del hombre”, se considera a Buffon
el padre de la antropología; incluso Darwin llegó a señalarlo como “el primero
que en la época moderna se ocupó del tema del origen de las especies desde una
perspectiva esencialmente científica”. Aunque no fue un evolucionista en
sentido estricto, su descripción de la gran cadena de las especies naturales
favorecía la posibilidad de una evolución. Para Buffon no hay diferencias
esenciales entre las especies, sólo de grado; tampoco entre las especies
animales y vegetales. “La naturaleza -llega a afirmar en su Historia- desciende
por grados y matices imperceptibles de un animal que nos parece ser el más
perfecto a uno que lo es menos, y de éste al vegetal.
Su Historia natural tuvo en su época un
clamoroso éxito editorial, muy por encima del que tuvo la Enciclopedia; fue
traducida a un gran número de idiomas y reeditada en múltiples ocasiones. Lo
extraordinario de los libros naturalistas de Buffon es que describen objetos y
hechos con precisión y objetividad sin abandonar por ello su excelente forma
literaria. Pierre Gascar, en su biografía sobre Buffon ha señalado que en sus
libros “está presente un hombre que delata el ansioso ardor de su búsqueda, su
interrogación en presencia del universo, su admiración por la naturaleza y los
fenómenos de la vida”. Y ha apuntado que esta humanidad de su discurso reside
en el estilo.


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