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9 poemas de José Ángel Valente (Efímeros y breves 119)

 


Se dejan aquí nueve poemas de José Ángel Valente y que abarcan toda su trayectoria desde su primer libro "A modo de esperanza", de 1954, hasta su libro "Al dios del lugar", de 1989. Así mismo se deja al final una extensa reseña biográfica.


SERÁN CENIZA

 

Cruzo un desierto y su secreta

desolación sin nombre.

El corazón

Tiene la sequedad de la piedra

y los estallidos nocturnos

de su materia o de su nada.

 

Hay una luz remota, sin embargo,

y sé que no estoy solo;

aunque después de tanto y tanto no haya

ni un solo pensamiento

capaz contra la muerte,

no estoy solo.

 

Toco esta mano al fin que comparte mi vida

y en ella me confirmo

y tiento cuanto amo,

lo levanto hacia el cielo

y aunque sea ceniza lo proclamo; ceniza.

Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,

cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.

 

(“A modo de esperanza”, 1953-1954)

 

 

LA CONCORDIA

 

Se reunió en concilio el hombre con sus dientes,

examinó su palidez, extrajo

un hueso de su pecho: -Nunca, dijo,

jamás la violencia.

 

Llegó un niño de pronto, alzó la mano,

pidió pan, rompió el hilo del discurso.

Reventó el orador, huyeron todos.

-jamás la violencia, se dijeron.

 

Llovió el invierno a mares lodos, hambre.

Navegó la miseria a plena vela.

Se organizó el socorro en procesiones

de exhibición solemne. Hubo más muertos.

Pero nunca jamás la violencia.

 

Se fueron uno, cien, doscientos, muchos,

no daba el aire propio para tantos.

El año mejor fue para otros peores.

No están los que se han ido y nadie ha hecho

violento recurso a la justicia.

 

El concejal, el síndico, el sereno,

El solitario, el sordo, el guardia urbano,

el profesor de humanidades: todos

se reunieron bajo su cadáver

sonriente y pacífico y lloraron

por sus hijos más bien, que no por ellos.

 

Exhaló el aire putrefacto pétalos

de santidad y orden.

Quedó a salvo la Historia, los principios,

el gas del alumbrado, la fe pública.

-Jamás la violencia, cantó el coro,

unánime, feliz, perseverante.

 

(“La memoria y los signos”, 1960-1965)

 

 

(BIOGRAFÍA)

 

Ahora cuando  sin certeza

mi bionotabibliográfica

a petición de alguien que desea incluirme

de favor y por nada

en consabida antología

de la sempiternamente joven senescente

poesía española de posguerra

 

(de qué guerra me habla esta mañana,

delicado Giocondo, entre tenues olvidos,

de la guerra de quién con quién

y cuándo)                cuando escribo

mi bioesquelonotabibliográfica

compruebo minucioso la fecha de mi muerte

y escasa es, digo con gentil tristeza,

la ya marchita gloria del difunto.

 

(“Treinta y siete fragmentos”, 1971)

 

 

ESTATUA ECUESTRE

 

Bien estará caerse de sí mismo,

bien estará caerse y desde abajo

verse en la estatua de jabón horrendo,

integérrimo, en órbita,

tan lleno de burbujas y zapatos solemnes.

 

Bien estará caerse por debajo

de las airosas patas de la estatua ecuestre

y sólo masticar inconfesables

residuos, nada, de su propio vientre.

 

Alguien vino hacia mí con una maza

alguien acaso que me hubiera amado,

y golpeó en la hojalata triste.

 

Hundióse el monumento.

No hubo nada.

Entre los sauces desfiló una orquesta

con aire de domingo.

Y quien tuvo mi imagen

se la echó a los perros, con estricta piedad,

de la vecina noche.

 

(“El inocente”, 1967-1970)

 

 

MATERIAL MEMORIA I

 

Entró en el tacto,

subió hasta el paladar,

estableció su reino

en la saliva última

donde los limos del amor reposa.

 

(“Interior con figuras”, 1973-1976)

 

 

 

CÓMO SE ABRÍA EL CUERPO DEL AMOR HERIDO

Cómo se abría el cuerpo del amor herido

como si fuera un pájaro de fuego

que entre las manos ciegas se incendiara.

 

No supe el límite.

Las aguas

podían descender de tu cintura

hasta el terrible borde de la sed,

las aguas.

 

(“Material memoria”, 1977-1978)

 

 

 

MANDORLA

 

Estás oscura en tu concavidad

Y en tu secreta sombra contenida,

Inscrita en ti.

 

 Acaricié tu sangre.

 

 Me entraste al fondo de tu noche ebrio

De claridad.

 

 Mandorla

 

(“Mandorla”, 1980-1982)

 

 

 

VIII

 

Vuelvo a seguir ahora

Tu glorioso descenso

Hacia los centros

Del universo cuerpo giratorio,

Una vez más ahora,

Desde tus propios ojos,

Tu larga marcha oscura en la materia

Más fulgurante del amor.

 

La noche.

 

 Me represento al fin tu noche

Y su extensión, la noche, tu salida

Al absoluto vértigo,

La nada.

(“Fulgor”, 1984)

 

 

EL VINO TENÍA EL VAGO COLOR DE LA CENIZA

 

El vino tenía el vago color de la ceniza.

Se bebía con un poso de sombra

Oscura, sombra, cuerpo

Mojado en las arenas.

 

Llegaste aquí,

Viniste hasta esta noche.

 

El insidioso fondo de la copa

Esconde a un dios incógnito.

 

                                                    Me diste

A beber sangre

En esta noche.

                           Fondo

Del dios bebido hasta las heces.

(“Al dios del lugar”, 1989)



RESEÑA BIOGRÁFICA


José Ángel Valente do Casar nace en Orense el 25 de abril de 1929, en el seno de una familia de clase media. El mundo provinciano que tuvo que respirar durante su infancia  y adolescencia queda rememorado peyorativamente en alguna de sus obras. Estudia las primeras letras con los jesuitas y el bachillerato en el instituto provincial. En 1946 publica su primer poema, en una época en que aún utiliza el gallego como lengua poética. Empieza a estudiar derecho en Santiago, pero se traslada enseguida a Madrid. Allí deja en un segundo plano los estudios jurídicos para centrarse en los filológicos, que culmina en una licenciatura, con premio extraordinario, en 1954. Este año va a ser capital también para su poesía al  presentarse simultáneamente a los premios Boscán y Adonáis con dos libros distintos. Gana el Adonáis con A modo de esperanza, adquiriendo notoriedad como joven promesa entre los poetas de su generación. Pero lo que le va a diferenciar de sus compañeros de  promoción será el  hecho de que, a partir de este poemario, todos sus libros serán escritos fuera de España.

Se traslada a la universidad de Oxford, donde trabaja y completa su formación entre 1955 y 1958, impartiendo clases, lo que le confiere el título de Master of Arts. De allí pasa a Ginebra como traductor de la ONU, hasta el año 1980. Casi toda su vida de adulto trascurrirá en el extranjero, en lo que se ha venido considerando una suerte de exilio voluntario. La distancia no impide que publique periódicamente en distintas revistas literarias. El alejamiento de una España que le resulta poco tolerable va a marcar el signo de su poesía. Este distanciamiento de su país se va a ensanchar aún más a raíz de la publicación de su cuento “el uniforme del general”, en 1971, por el que es sometido a un consejo de guerra. En 1975 va a París como jefe del servicio de traducción española de la UNESCO. En 1985 decide radicarse en Almería.  Sus últimos años van a estar marcados por una tragedia familiar al morir uno de sus hijos por  sobredosis en 1989, algo que va a dejar también su eco en la parte final de su obra.  Muere en Ginebra el 18 de julio de 2000, ciudad a la que había ido en busca de curación para una enfermedad de pulmón.

 

Valente ha revelado su concepción de la poesía en diversos artículos y libros de ensayo.  Para Valente, el creador no se enfrenta a unos hechos o ideas que se han de comunicar, sino a un “material de experiencia no previamente conocido”, un material informe que sólo por el lenguaje podemos sondear. En palabras de Valente, “el poeta no opera sobre un conocimiento previo del material de la experiencia sino que ese conocimiento se produce en el mismo proceso creador”. Desde estas premisas no resulta ya rara la exploración que el poeta realizará  a lo largo de su obra por los dominios de la mística. Al igual que la mística, la poesía no está para expresar vivencias sino para indagar y conocer esas vivencias. Toda la evolución de Valente describe la trayectoria que va de una poesía incluida por Leopoldo de Luis en su antología de la poesía Social hasta la poesía de su obra más madura que se sitúa en la frontera que separa el silencio del lenguaje. Su poesía, desnuda y de extrema concisión, se sumergirá, con el paso del tiempo, en las corrientes de la mística, pero sin abandonar nunca las preocupaciones éticas y meditativas. Esta exigencia moral se volcará en su primera etapa denunciando los horrores de la guerra civil y la sordidez de la postguerra. Entre los escritores que influyeron en su obra se encuentran, por su parte mística y silente, San Juan de la Cruz, Lautreamont, Rimbaud  y Lezama Lima; por la parte donde resuena su dolor íntimo y cívico, Quevedo, Cernuda y César Vallejo

 

 

Su obra comienza con la publicación en 1955 de A modo de esperanza, que llamo la atención de lectores y críticos por la originalidad de sus modos expresivos: una desnudez que huye de lo anecdótico para alcanzar categoría de símbolo. Es recurrente el tema de la guerra civil vista a través de los ojos de un niño y toda la asfixia de la postguerra bajo una dictadura.  En su nuevo libro La memoria y los signos (1966), se funde la mirada retrospectiva con los trágicos sucesos de la historia colectiva. En Siete representaciones (1967), juega con las sugerencias de los siete pecados capitales. En Presentación y memorial para un monumento (1970) recorre la historia de la infamia y el horror a través de las doctrinas que han intentado instaurar un orden providencial en el mundo, desde el nazismo hasta la persecución anticomunista en los Estados Unidos.   El aire de denuncia y malestar se hace más sofocante en su siguiente libro, el inocente. En Interior con figuras, (1977) profundiza en el mundo interior, en los intríngulis del conocimiento y el lenguaje. Entretanto, Valente ya ha llevado a cabo su exploración ética desde la crítica de lo colectivo hasta una crítica de la moral individual que empezó a aparecer en Siete representaciones.  También empieza a despuntar  la sátira y la parodia, aprendida en Goya y en Quevedo, y que se desata en Memorial para un monumento.  La nueva trayectoria que va a trazar por los caminos de la mística comienza a anunciarse en su siguiente libro de poesía, Material memoria, (1978). Ya en su libro de ensayos Las palabras de la tribu (1971) había aludido a “la hermenéutica y la cortedad del decir” de la tradición mística. En esta tradición ahonda al preparar una edición del místico Miguel de Molinos sobre la guía espiritual, que influirá en su ya aludido libro Material memoria. A juicio de Andrés Sánchez Robaina, se trata de  “un escoramiento tanto hacia una radical fundamentación metafísica como hacia un fragmentarismo no menos radical inscritos en lo que el autor ha llamado estéticas de la retracción, es decir, de formas breves propias de un sector de la poesía, la pintura o la música contemporáneas”. Su apuesta por la estética del silencio y la desnudez propias de la mística va a generar en su poesía “imágenes de desnudez, de transparencia o de errancia incondicionada del ser”. Es a partir de este libro, Material memoria, donde su lenguaje sufre, bajo la influencia de San Juan de la Cruz, una gran metamorfosis, una “radicalización estética y moral”, en palabras de Robaina. Esta profundización en la poesía mística le conduce de forma natural hacia las tradiciones místicas árabe y judía. En seis lecciones de tinieblas, (1980), busca que el lector se vaya desprendiendo de la palabra como referencia para que emerja con toda la fuerza su referente, el cuerpo material de la letra con todas sus sugerencias: a través de las letras del alfabeto hebreo logra trenzar un espontáneo mundo de imágenes procedentes de la cábala. Su siguiente libro insiste en el camino de la mística ya desde el mismo título, Mandorla, (1982,) el cual  remite al centro; se trata de la almendra mística que centra y absorbe al visionario. Tras escribir Fulgor, 1984, va a continuar, en Al Dios del lugar, (1989) el proceso de vaciamiento interior que trata de abolir todo sentido para acabar encontrándolo en el peldaño superior del “no entender” sanjuanista. En palabras de Carmen Martín Gaite, “parece como si el poeta hubiera dado un paso aún más audaz en su camino hacia el vacío, hacia la asunción de lo inefable”. En este libro, como en el que le sigue, No amanece el cantor, 1982, va a culminar su evolución hacia lo prosístico y fragmentario; "la escritura fragmentaria –en palabras de Jacques Ancet-no como residuo sino comienzo, fundación, apertura”. El fragmento llega a erigirse en una sola frase en el medio de una página en blanco: “No pude descifrar, al cabo de los días y los tiempos, quién era el dios al que invocara entonces”, dice el texto completo de uno de sus poemas. En “No amanece el cantor” contiene una elegía por el hijo muerto que se convierte en una dolorida endecha: “Ni una palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras”. El ciclo poético de Valente se cierra con “Fragmentos de un libro futuro (2000), publicado el mismo año de su muerte. A su obra poética hay que añadir la ensayística, que ha girado en torno a sus preocupaciones literarias. La mayor parte de sus trabajos se han reunido en Las palabras y la tribu (1971), Variaciones  sobre el pájaro y la red (1991) y la experiencia abisal (2004).


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