EFÍMEROS Y BREVES 119. José Ángel Valente (1929-2000): nueve poemas, nueve libros en el 97 aniversario de su nacimiento.
Se dejan aquí nueve poemas de José Ángel Valente y que abarcan toda su trayectoria desde su primer libro "A modo de esperanza", de 1954, hasta su libro "Al dios del lugar", de 1989. Así mismo se deja al final una extensa reseña biográfica.
SERÁN CENIZA
Cruzo un
desierto y su secreta
desolación
sin nombre.
El corazón
Tiene la
sequedad de la piedra
y los
estallidos nocturnos
de su
materia o de su nada.
Hay una luz
remota, sin embargo,
y sé que no
estoy solo;
aunque
después de tanto y tanto no haya
ni un solo
pensamiento
capaz contra
la muerte,
no estoy
solo.
Toco esta
mano al fin que comparte mi vida
y en ella me
confirmo
y tiento
cuanto amo,
lo levanto
hacia el cielo
y aunque sea
ceniza lo proclamo; ceniza.
Aunque sea
ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me
ha tendido a modo de esperanza.
(“A modo
de esperanza”, 1953-1954)
LA CONCORDIA
Se reunió en
concilio el hombre con sus dientes,
examinó su
palidez, extrajo
un hueso de
su pecho: -Nunca, dijo,
jamás la
violencia.
Llegó un
niño de pronto, alzó la mano,
pidió pan,
rompió el hilo del discurso.
Reventó el
orador, huyeron todos.
-jamás la
violencia, se dijeron.
Llovió el
invierno a mares lodos, hambre.
Navegó la
miseria a plena vela.
Se organizó
el socorro en procesiones
de
exhibición solemne. Hubo más muertos.
Pero nunca
jamás la violencia.
Se fueron
uno, cien, doscientos, muchos,
no daba el
aire propio para tantos.
El año mejor
fue para otros peores.
No están los
que se han ido y nadie ha hecho
violento
recurso a la justicia.
El concejal,
el síndico, el sereno,
El
solitario, el sordo, el guardia urbano,
el profesor
de humanidades: todos
se reunieron
bajo su cadáver
sonriente y
pacífico y lloraron
por sus
hijos más bien, que no por ellos.
Exhaló el
aire putrefacto pétalos
de santidad
y orden.
Quedó a
salvo la Historia, los principios,
el gas del
alumbrado, la fe pública.
-Jamás la
violencia, cantó el coro,
unánime,
feliz, perseverante.
(“La
memoria y los signos”, 1960-1965)
(BIOGRAFÍA)
Ahora
cuando sin certeza
mi
bionotabibliográfica
a petición
de alguien que desea incluirme
de favor y
por nada
en consabida
antología
de la
sempiternamente joven senescente
poesía
española de posguerra
(de qué
guerra me habla esta mañana,
delicado
Giocondo, entre tenues olvidos,
de la guerra
de quién con quién
y
cuándo) cuando escribo
mi
bioesquelonotabibliográfica
compruebo
minucioso la fecha de mi muerte
y escasa es,
digo con gentil tristeza,
la ya
marchita gloria del difunto.
(“Treinta
y siete fragmentos”, 1971)
ESTATUA
ECUESTRE
Bien estará
caerse de sí mismo,
bien estará
caerse y desde abajo
verse en la
estatua de jabón horrendo,
integérrimo,
en órbita,
tan lleno de
burbujas y zapatos solemnes.
Bien estará
caerse por debajo
de las
airosas patas de la estatua ecuestre
y sólo
masticar inconfesables
residuos,
nada, de su propio vientre.
Alguien vino
hacia mí con una maza
alguien
acaso que me hubiera amado,
y golpeó en
la hojalata triste.
Hundióse el
monumento.
No hubo
nada.
Entre los
sauces desfiló una orquesta
con aire de
domingo.
Y quien tuvo
mi imagen
se la echó a
los perros, con estricta piedad,
de la vecina
noche.
(“El
inocente”, 1967-1970)
MATERIAL
MEMORIA I
Entró en el
tacto,
subió hasta
el paladar,
estableció
su reino
en la saliva
última
donde los
limos del amor reposa.
(“Interior
con figuras”, 1973-1976)
CÓMO SE
ABRÍA EL CUERPO DEL AMOR HERIDO
Cómo se
abría el cuerpo del amor herido
como si
fuera un pájaro de fuego
que entre
las manos ciegas se incendiara.
No supe el
límite.
Las aguas
podían
descender de tu cintura
hasta el
terrible borde de la sed,
las aguas.
(“Material
memoria”, 1977-1978)
MANDORLA
Estás oscura
en tu concavidad
Y en tu
secreta sombra contenida,
Inscrita en
ti.
Acaricié tu sangre.
Me entraste al fondo de tu noche ebrio
De claridad.
Mandorla
(“Mandorla”,
1980-1982)
VIII
Vuelvo a
seguir ahora
Tu glorioso
descenso
Hacia los
centros
Del universo
cuerpo giratorio,
Una vez más
ahora,
Desde tus
propios ojos,
Tu larga
marcha oscura en la materia
Más
fulgurante del amor.
La noche.
Me represento al fin tu noche
Y su
extensión, la noche, tu salida
Al absoluto
vértigo,
La nada.
(“Fulgor”,
1984)
EL VINO
TENÍA EL VAGO COLOR DE LA CENIZA
El vino
tenía el vago color de la ceniza.
Se bebía con
un poso de sombra
Oscura,
sombra, cuerpo
Mojado en
las arenas.
Llegaste
aquí,
Viniste
hasta esta noche.
El insidioso
fondo de la copa
Esconde a un
dios incógnito.
Me diste
A beber
sangre
En esta
noche.
Fondo
Del dios
bebido hasta las heces.
(“Al dios
del lugar”, 1989)
RESEÑA BIOGRÁFICA
José Ángel Valente do Casar nace en
Orense el 25 de abril de 1929, en el seno de una familia de clase media. El
mundo provinciano que tuvo que respirar durante su infancia y adolescencia queda rememorado peyorativamente
en alguna de sus obras. Estudia las primeras letras con los jesuitas y el
bachillerato en el instituto provincial. En 1946 publica su primer poema, en
una época en que aún utiliza el gallego como lengua poética. Empieza a estudiar
derecho en Santiago, pero se traslada enseguida a Madrid. Allí deja en un
segundo plano los estudios jurídicos para centrarse en los filológicos, que
culmina en una licenciatura, con premio extraordinario, en 1954. Este año va a
ser capital también para su poesía al
presentarse simultáneamente a los premios Boscán y Adonáis con dos
libros distintos. Gana el Adonáis con A modo de esperanza, adquiriendo
notoriedad como joven promesa entre los poetas de su generación. Pero lo que le
va a diferenciar de sus compañeros de
promoción será el hecho de que, a
partir de este poemario, todos sus libros serán escritos fuera de España.
Se traslada a la universidad de
Oxford, donde trabaja y completa su formación entre 1955 y 1958, impartiendo
clases, lo que le confiere el título de Master of Arts. De allí pasa a Ginebra
como traductor de la ONU, hasta el año 1980. Casi toda su vida de adulto
trascurrirá en el extranjero, en lo que se ha venido considerando una suerte de
exilio voluntario. La distancia no impide que publique periódicamente en
distintas revistas literarias. El alejamiento de una España que le resulta poco
tolerable va a marcar el signo de su poesía. Este distanciamiento de su país se
va a ensanchar aún más a raíz de la publicación de su cuento “el uniforme del
general”, en 1971, por el que es sometido a un consejo de guerra. En 1975 va a
París como jefe del servicio de traducción española de la UNESCO. En 1985
decide radicarse en Almería. Sus últimos
años van a estar marcados por una tragedia familiar al morir uno de sus hijos
por sobredosis en 1989, algo que va a
dejar también su eco en la parte final de su obra. Muere en Ginebra el 18 de julio de 2000,
ciudad a la que había ido en busca de curación para una enfermedad de pulmón.
Valente ha revelado su concepción de
la poesía en diversos artículos y libros de ensayo. Para Valente, el creador no se enfrenta a
unos hechos o ideas que se han de comunicar, sino a un “material de experiencia
no previamente conocido”, un material informe que sólo por el lenguaje podemos
sondear. En palabras de Valente, “el poeta no opera sobre un conocimiento
previo del material de la experiencia sino que ese conocimiento se produce en
el mismo proceso creador”. Desde estas premisas no resulta ya rara la
exploración que el poeta realizará a lo
largo de su obra por los dominios de la mística. Al igual que la mística, la
poesía no está para expresar vivencias sino para indagar y conocer esas
vivencias. Toda la evolución de Valente describe la trayectoria que va de una
poesía incluida por Leopoldo de Luis en su antología de la poesía Social hasta
la poesía de su obra más madura que se sitúa en la frontera que separa el
silencio del lenguaje. Su poesía, desnuda y de extrema concisión, se sumergirá,
con el paso del tiempo, en las corrientes de la mística, pero sin abandonar
nunca las preocupaciones éticas y meditativas. Esta exigencia moral se volcará
en su primera etapa denunciando los horrores de la guerra civil y la sordidez
de la postguerra. Entre los escritores que influyeron en su obra se encuentran,
por su parte mística y silente, San Juan de la Cruz, Lautreamont, Rimbaud y Lezama Lima; por la parte donde resuena su
dolor íntimo y cívico, Quevedo, Cernuda y César Vallejo
Su obra comienza con la publicación
en 1955 de A modo de esperanza, que llamo la atención de lectores y críticos
por la originalidad de sus modos expresivos: una desnudez que huye de lo
anecdótico para alcanzar categoría de símbolo. Es recurrente el tema de la
guerra civil vista a través de los ojos de un niño y toda la asfixia de la
postguerra bajo una dictadura. En su
nuevo libro La memoria y los signos (1966), se funde la mirada retrospectiva
con los trágicos sucesos de la historia colectiva. En Siete representaciones
(1967), juega con las sugerencias de los siete pecados capitales. En
Presentación y memorial para un monumento (1970) recorre la historia de la
infamia y el horror a través de las doctrinas que han intentado instaurar un
orden providencial en el mundo, desde el nazismo hasta la persecución
anticomunista en los Estados Unidos. El
aire de denuncia y malestar se hace más sofocante en su siguiente libro, el
inocente. En Interior con figuras, (1977) profundiza en el mundo interior, en
los intríngulis del conocimiento y el lenguaje. Entretanto, Valente ya ha
llevado a cabo su exploración ética desde la crítica de lo colectivo hasta una
crítica de la moral individual que empezó a aparecer en Siete representaciones. También empieza a despuntar la sátira y la parodia, aprendida en Goya y
en Quevedo, y que se desata en Memorial para un monumento. La nueva trayectoria que va a trazar por los
caminos de la mística comienza a anunciarse en su siguiente libro de poesía,
Material memoria, (1978). Ya en su libro de ensayos Las palabras de la tribu
(1971) había aludido a “la hermenéutica y la cortedad del decir” de la
tradición mística. En esta tradición ahonda al preparar una edición del místico
Miguel de Molinos sobre la guía espiritual, que influirá en su ya aludido libro
Material memoria. A juicio de Andrés Sánchez Robaina, se trata de “un escoramiento tanto hacia una radical
fundamentación metafísica como hacia un fragmentarismo no menos radical
inscritos en lo que el autor ha llamado estéticas de la retracción, es decir,
de formas breves propias de un sector de la poesía, la pintura o la música
contemporáneas”. Su apuesta por la estética del silencio y la desnudez propias
de la mística va a generar en su poesía “imágenes de desnudez, de transparencia
o de errancia incondicionada del ser”. Es a partir de este libro, Material
memoria, donde su lenguaje sufre, bajo la influencia de San Juan de la Cruz,
una gran metamorfosis, una “radicalización estética y moral”, en palabras de
Robaina. Esta profundización en la poesía mística le conduce de forma natural
hacia las tradiciones místicas árabe y judía. En seis lecciones de tinieblas,
(1980), busca que el lector se vaya desprendiendo de la palabra como referencia
para que emerja con toda la fuerza su referente, el cuerpo material de la letra
con todas sus sugerencias: a través de las letras del alfabeto hebreo logra
trenzar un espontáneo mundo de imágenes procedentes de la cábala. Su siguiente
libro insiste en el camino de la mística ya desde el mismo título, Mandorla,
(1982,) el cual remite al centro; se
trata de la almendra mística que centra y absorbe al visionario. Tras escribir
Fulgor, 1984, va a continuar, en Al Dios del lugar, (1989) el proceso de
vaciamiento interior que trata de abolir todo sentido para acabar encontrándolo
en el peldaño superior del “no entender” sanjuanista. En palabras de Carmen
Martín Gaite, “parece como si el poeta hubiera dado un paso aún más audaz en su
camino hacia el vacío, hacia la asunción de lo inefable”. En este libro, como
en el que le sigue, No amanece el cantor, 1982, va a culminar su evolución
hacia lo prosístico y fragmentario; "la escritura fragmentaria –en
palabras de Jacques Ancet-no como residuo sino comienzo, fundación, apertura”.
El fragmento llega a erigirse en una sola frase en el medio de una página en
blanco: “No pude descifrar, al cabo de los días y los tiempos, quién era el
dios al que invocara entonces”, dice el texto completo de uno de sus poemas. En
“No amanece el cantor” contiene una elegía por el hijo muerto que se convierte
en una dolorida endecha: “Ni una palabra ni el silencio. Nada pudo servirme
para que tú vivieras”. El ciclo poético de Valente se cierra con “Fragmentos de
un libro futuro (2000), publicado el mismo año de su muerte. A su obra poética
hay que añadir la ensayística, que ha girado en torno a sus preocupaciones
literarias. La mayor parte de sus trabajos se han reunido en Las palabras y la
tribu (1971), Variaciones sobre el
pájaro y la red (1991) y la experiencia abisal (2004).

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