EFÍMEROS Y BREVES 97. Teilhard de Chardin (1881-1955): Un texto sobre "el problema del mal", en el 71 aniversario de su muerte.
Nacido en 1881 en Sarcenat (Auvernia)
en el seno de una familia noble, Pierre Teilhard de Chardin fue un paleontólogo
eminente, que además de llevar a cabo unos descubrimientos importantes para su
especialidad, y de estudiar teología y ordenarse sacerdote por la orden de los
jesuitas, escribió a mediados del pasado siglo una serie de libros filosóficos
sobre la evolución y el papel del hombre en ella, con gran repercusión y
polémica tanto en medios filosóficos como en el ámbito teológico. El más
importante de ellos tal vez sea el primero: “El fenómeno humano”, 1955. Murió ese mismo año, el 10 de abril, de un
infarto de miocardio mientras se encontraba en Nueva York tomando el té con
unos amigos.
Según Ferrater Mora, en sus obras
filosóficas realizó un importante esfuerzo para formular una síntesis que
incluye la evolución entera del universo y la del hombre y que tiene por eje la
redención, aliando lo natural con lo sobrenatural, sin perder por ello una
visión general de la ciencia. Esta síntesis se puede resumir en que el universo
se desenvuelve orgánicamente hasta formar, en el curso de la evolución, las
condiciones necesarias para que aparezca la vida. El hombre aparece cuando en
el universo se interioriza hasta dar lugar a la reflexión y los cambios
empiezan a tener lugar, no ya exteriormente, sino en profundidad. La tierra
llega entonces a encontrar su alma con el hombre que representa, individual y
colectivamente “el estado más sintetizado posible del universo”. El hombre es
como una flecha ascendente que sería a la vez la diana de esa flecha, el punto
omega, punto final de la evolución y que coincide con la realización del hombre
dentro de la redención cristiana.
Pero al final de su libro “El
fenómeno humano”, Teilhard de Chardin se hace consciente de que esta visión
optimista del hombre y del universo supone un hándicap o un escándalo: la
palabra “dolor” no es pronunciada en ninguna parte y el universo se vuelve “el
mejor de los mundos posibles”, sin que el mal lo contamine. Es entonces, en un
apéndice a este libro, donde Teilhard se hace consciente del problema del mal
en un mundo en evolución. Aparece entonces desplegado el problema del mal en
sus cuatro vertientes:
1)
El
mal de desorden y de fracaso
2)
El
mal de descomposición
3)
El
mal de soledad y de angustia
4)
El
mal de crecimiento
El universo que se interioriza es un
universo que pena y que sufre y en la ascensión humana el mal aparece, sin
embargo, como una objeción a la marcha del progreso cósmico, sin que al final encuentre
una explicación coherente que lo justifique. Se ofrece aquí gran parte del apéndice final que cierra su obra: "El fenómeno humano"
ALGUNAS CONSIDERACIONES ACERCA DEL
LUGAR Y LA PARTE QUE CORRESPONDE AL MAL EN UN MUNDO EN EVOLUCIÓN
[…] "Este mismo mal precisamente, ¿no
viene a salir, de manera inevitable, por todos los poros, por todas las
junturas, por todas las articulaciones del sistema en el que me he colocado?
Mal de desorden y de fracaso, en primer lugar. Hasta en sus zonas
reflexivas, ya lo hemos visto, el Mundo procede a golpe de probabilidades, por
tanteo. Ahora bien: por este mismo hecho, incluso dentro del dominio humano (en
el cual, no obstante, el azar está mejor controlado), cuántos fallos para un
éxito, cuántas miserias para una alegría, cuántos pecados para un solo santo…Simple
ordenación interior o desarreglo físico, en primer lugar, al nivel de la
Materia; pero, inmediatamente, dolor incrustado dentro de la Carne sensible, y
más arriba aún, maldad o tortura del espíritu que analiza y escoge;
estadísticamente, en todos los grados de la Evolución, siempre y por todo
lugar, el Mal se forma y se vuele a formar, implacablemente, en nosotros y a
nuestro alrededor. Necessarium est ut scandala eveniant. Así lo exige,
sin apelación posible, el juego de los grandes números en el seno de una
Multitud en vías de organización.
Mal de descomposición, después: simple forma del
precedente, en el sentido de que enfermedad y corrupción siempre proceden de un
azar desgraciado, sin embargo, forma agravada y doblemente fatal, nos es
necesario añadir, en la medida que, para el viviente, el hecho de morir se ha
convertido en la condición regular, indispensable, del reemplazo de los
individuos, unos por otros, siguiendo el mismo phylum: la muerte,
engranaje esencial del mecanismo y de la ascensión de la Vida.
Mal de soledad y de angustia, también: la gran ansiedad (muy propia del
Hombre) de una conciencia que se despierta a la reflexión en un Universo oscuro,
en el que la luz necesita siglos y siglos para llegarle, un Universo que
todavía no alcanzamos a comprender, ni a saber qué es lo que nos pide.
Y, finalmente, quizá lo menos trágico
(dado que sirve para exaltarnos), aunque no lo menos real: Mal de Crecimiento,
por medio del cual se expresa en nosotros, con las angustias de un parto, la ley
misteriosa que, desde el más humilde quimismo hasta las más altas síntesis del
espíritu, se hace traducir, en términos de trabajo y de esfuerzo, cualquier
progreso en la dirección de una mayor unidad.
De verdad, si se observa la marcha
del Mundo desde este sesgo que es, no ya el de sus progresos, sino el de sus
riesgos y esfuerzo que exige, uno se da cuenta en seguida de que, bajo el velo
de seguridad y de armonía con el cual se cubre, vista desde muy arriba, la
Ascensión humana, existe un tipo particular de Cosmos en el cual se descubre
que el Mal (no ya por accidente -lo que sería peor-, sino por la estructura
misma del sistema) aparece, necesariamente y en cantidad y peso tan grandes como
se quiera, en el edificio de la Evolución. Universo que se enrolla -decía yo-,
Universo que se interioriza, pero también, y a consecuencia del mismo
movimiento, Universo que pena, Universo que peca, Universo que sufre…
Ordenación y Centración: doble operación conjugada que, semejante a la
ascensión de un pico o a la conquista del aire, no puede efectuarse de manera
objetiva más que si se paga rigurosamente, por causa de unas razones y de unas
tasas tales que, si fuéramos aptos para conocerlos, habríamos con ello
penetrado en el secreto del mundo en que vivimos.
Dolores y faltas, lágrimas y sangre:
tantos subproductos (a menudo preciosos, por otra parte, aun reutilizables)
engendrados en ruta por la Noogénesis. He aquí, pues, en fin de cuentas, aquello
que en un primer tiempo de observación y de reflexión nos revela el espectáculo
del Mundo en movimiento. Pero esto, ¿es ya verdaderamente todo, y no existirá
todavía algo por ver? Es decir, ¿será absolutamente cieto que, a una mirada
advertida y sensibilizada por otra luz no sea la de la pura ciencia, la
cantidad y la malicia del Mal hic et nunc extendido por el Mundo refleje
un cierto exceso inexplicable por nuestra razón, a no ser que al
efecto normal de Evolución se añada el efecto extraordinario de
alguna catástrofe de desviación primordial?...
En este terreno debo decir lealmente
que no me hallo capacitado y, por otra parte, tampoco es éste el lugar, para
tomar un partido. Existe algo, sin embargo, que me parece claro, una cosa
suficiente de manera provisional para aconsejar a todos los espíritus: y es la
de observar que, en este caso (exactamente como el de la “creación” del alma
humana), cualquier libertad está ya no sólo permitida, sino ofrecida por el
Fenómeno a la Teología, por lo que se refiere a precisar y a completar en
profundidad (si a ella se cree conducida) los datos y sugerencias -siempre
ambiguos más allá de un cierto punto- proporcionados por la experiencia.
De cualquier manera que sea, queda el
hecho de que, incluso a la mirada de un simple biólogo, nada se parece tanto a
un camino de la Cruz como la epopeya humana.”

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