EFÍMEROS Y BREVES 98. Gibrán Jalil Gibrán (1883-1931): diez aforismos en el 95 aniversario de su muerte.
Se deja aquí un puñado de máximas extraídas
del libro de aforismos de Gibrán Jalil Gibrán titulado “Arena y espuma”; también se
acompañan de una reseña extensa sobre su vida y su obra. Una breve pero que
estuvo preñada de acontecimientos y marcada por un derroche creativo volcado en la
escritura y la pintura. Se puede observar en estos aforismos sus preocupaciones
morales y religiosas, que son recurrentes en toda su obra, así como su aliento
místico y su riqueza en imágenes. Al igual que Tagore, Gibrán poseía un
especial talento para tallar, con unas pocas palabras, verdades universales de
corte sapiencial. Al igual que Tagore, también poseía esa visión que aspira a
alcanzar el sentimiento de armonía y unidad con el todo. Pero también alienta en Gibrán la visión
nietzscheana de un ser humano deficiente que ha de aspirar a trascenderse y a buscar su yo más divino.
La ambición es una forma de trabajo.
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Dios hizo la verdad con muchas
puertas para acoger a todos los creyentes que llamen a ellas.
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La educación no siembra semillas en
ti, pero hace que germinen tus semillas.
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Al sabio que estaba hecho de
pensamientos y de afectividad, le fue concedido el habla. Al investigador que
estaba hecho de habla, le fueron concedidos un poco de pensamiento y un poco de
afectividad.
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La inspiración consiste en ver una
parte del todo con la parte del todo que hay en ti.
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Si supiera la causa de mi ignorancia
sería sabio.
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El optimista ve la rosa sin reparar
en sus espinas; el pesimista se fija en las espinas sin contemplar la rosa.
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Cuando el hombre inventa una máquina,
la maneja; luego, la máquina empieza a manejarle a él y le convierte en esclavo
de su esclavo.
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El escritor que saca sus ideas de un
libro es como quien pide dinero prestado para volverlo a prestar a su vez.
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Todo lo creado está dentro de ti, y
todo lo que hay en ti existe en la creación. Tu contacto con las cosas cercanas
no tiene límites; más aún, no hay distancia suficiente que te separe de las
cosas más lejanas. Desde lo más bajo a lo más sublime, desde lo más pequeño a
lo más grande, existe igualmente en ti. En un átomo se encuentran todos los
elementos de la tierra. Una gota de agua contiene los secretos de todos los
océanos. En un impulso de la mente se encuentran todos los impulsos de todas
las leyes de la existencia.
RESEÑA BIOGRÁFICA
Gibran Jalil Gibran nació en Libano
el 6 de enero de 1883 y murió en Nueva York el 10 de abril de 1931. Por su rama
paterna, pertenecía a una familia maronita originaria de Siria que en el siglo
XVI se estableció en Baalbek. Su padre se ganaba la vida como recaudador de
impuestos. La familia de la madre, Kamlé Rahmé, era muy conocida en la región.
Hija del sacerdote Estephan Rahmé, antes de conocer al padre de Kalil Gibrán,
había inmigrado con su primer marido a Brasil en busca de fortuna. De este
primer matrimonio había nacido en 1877 Boutros, el hermano mayor de Kalil.
Mariana y Sultana eran las otras dos hermanas menores de Gibrán. Kalil se crió
junto a sus hermanos escuchando las historias y leyendas que sobre el Líbano
iba narrando la madre, quien se esmeró en darle la mejor educación a su
alcance: aprende árabe, música, dibujo y descubre la biblia. Un álbum dedicado
a Leonardo da Vinci, que le regaló la madre, convierte a Gibrán en un precoz
admirador de su obra. Su gran aptitud para el arte y su exceso de imaginación
iban a suscitar ya desde muy temprano la envidia y las burlas de sus
compañeros. En 1891 el padre de Gibrán es arrestado por las fuerzas del orden
debido a la mala administración de los impuestos que recaudaba. Es condenado,
despojado de todos sus bienes y conducido a Beirut para ser encarcelado. Esta
ausencia del cabeza de familia hunde al resto en la miseria y en 1895, después
de malvender su escaso patrimonio, toman un barco para Boston en busca de
condiciones más favorables.
Una vez instalados en Boston, la
madre se ve obligada a ir de puerta en puerta con un fardo a la espalda
vendiendo ropa de casa, encajes y sederías de fabricación siria, mientras
Boutros, el hijo mayor, se gana la vida como empleado en una tienda de tejidos.
En Boston, Gibrán entra a estudiar en la escuela comunal de Quincy, situada en
el barrio sirio de la ciudad. Su pericia para el dibujo pronto atraerá la
atención de una de las profesoras que pone al adolescente en contacto con Fred
Holland Day, una relevante figura del mundo artístico de la época. Fred Holland
Day no sólo destacaba por ser un fotógrafo excelente dentro de la corriente
simbolista, sino que además dirigía una pujante casa editorial con un moderno
catálogo de libros. Entre los jóvenes efebos semidesnudos que desfilaron por su
estudio para servir de modelos, Gibrán ocupó un lugar preferente. Pero Fred
Holland Day se convirtió sobre todo en el primer mentor intelectual de Gibrán,
descubriéndole el mundo gráfico y poético de William Blake, que tanta
influencia iba a tener en su obra posterior. La fecundidad simbólica de la obra
de Blake, marcada por la dialéctica espiritual del Bien y del mal, de la
desintegración y la regeneración, va a estar presente en la imaginería de sus
primeros bocetos. Por sugerencia de Day se inicia en las lecturas de Swinburne,
Whitman, Keats, Emerson y los escritores románticos. También patrocina una
exposición en la que se exhiben los retratos fotográficos hechos a Gibrán,
además de una docena de sus propios dibujos. Esta obra precoz va a llamar la
atención de una mujer que tendrá una importancia capital en su vida: Josephine
Preston Peabody, una mujer de veintitrés años que ya había hecho sus primeras
incursiones literarias. En febrero de 1897, un Gibrán apenas adolescente
sucumbe a los encantos de una mujer que le dobla la edad y que está casada con
un comerciante. La madre y el hermano mayor, exasperados por su comportamiento
y por sus frecuentes ausencias nocturnas, deciden enviarle en un barco de
vuelta al Líbano, donde arriba el 30 de agosto de 1898.
En Becharré se reencuentra con su
padre y entra a estudiar en el colegio de la Sagesse, donde permanecerá hasta
julio de 1901. Durante esta época lee a Ibn Jaldún, Avicena, los poetas sufíes
y profundiza en su conocimiento de la biblia. Aprende francés y se sumerge en
las obras de Víctor Hugo, Chauteaubriand y Rousseau. También comienza a
publicar sus primeros textos en una revista que él mismo edita en colaboración
con un amigo. Con dieciocho años, Gibrán inicia una relación amorosa con
Sultana Tabet, hermana de un compañero de clase; tiene 22 años y acaba de
perder a su marido. La muerte repentina de la joven cuando apenas habían
iniciado la relación iba a dejar en Gibrán un doloroso sentimiento que luego
plasmaría en su primera novela: “Alas rotas”. En abril de 1902 le llega la
noticia de que una de sus hermanas está gravemente enferma y se ve obligado a
embarcar rumbo a Boston, dejando atrás un país al que ya no retornará.
Para cuando Gibrán desembarca en
Estados Unidos, su hermana ya ha fallecido de una tisis galopante. A partir de
ese momento Gibrán reanuda su relación con Josephine, que se va a prolongar
durante un año y medio y que concluirá cuando la tibieza de esta relación acabe
abocando a Josephine a casarse por motivos económicos con un inglés acaudalado.
En poco menos de un año la desgracia se va a cebar con la familia de Gibrán. Su
hermano Boutros fallece el 12 de marzo de 1903 contagiado de tuberculosis por
alguno de sus clientes. El 28 de junio del mismo año muere su madre a
consecuencia de un tumor, dejando la familia reducida al escritor, su hermana
menor, Mariana, y un padre distante en otro continente. No sólo la muerte de
sus parientes, sino también las deudas heredadas de sus negocios, hunden a
Gibrán en la desesperación. Finalmente consigue clausurar la tienda de costura
que había abierto la madre, vende el fondo comercial de su hermano, liquida las
deudas y se decide a relanzar su carrera artística.
Vuelve entonces a entrar en contacto
con Day y acepta su encargo de trabajar en sus dibujos con el fin de ser
mostrados en una exposición que tendrá lugar en mayo de 1904. En el curso de
esa exposición Gibrán va a conocer a Mary Haskell, miembro de una acaudalada
familia de Carolina, encarnizada feminista, militante de grandes causas
sociales y políticas y fundadora de una institución educativa para chicas. A la
vez que mantiene esta relación, Gibrán comienza a escribir sus primeros
artículos para un periódico árabe en Nueva York. El 12 de noviembre de 1904, el
estudio de Day va a quedar destruido por un incendio que se lleva por delante
el trabajo fotográfico de veinte años de carrera, además de los dibujos que
Gibrán había confiado a su amigo. A partir de este desastre, Gibrán va a
dedicar más esfuerzo a la escritura que al dibujo. Una entrevista concedida a
un periodista árabe revela en ese momento a un joven de 23 años fuertemente
influido por la cultura occidental, que lee a Nietzsche y a Shakespeare, que se
siente reflejado en Miguel Ángel, admirador de Mahoma y de Juana de Arco, y que
ya manifiesta una gran fascinación por la figura de los locos. En el otoño de
1906 publica en árabe “Las ninfas del valle”, una antología de tres relatos
alegóricos, obra teñida de romanticismo y que ya anuncia los temas predilectos
del autor: la grandeza de Cristo, puesta de relieve frente a la mezquindad del
clero; La metempsicosis y la locura como fuente de verdad y de libertad. Un año
después comienza a frecuentar en secreto a una pianista, Gertrude Barrie, que
se convierte en su amante, en una relación que se va a prolongar durante varios
años. A la vez, la relación mantenida con Mary Haskel se convertirá en una
relación de mecenazgo: para incentivar el progreso de su carrera artística le
propone costearle una estancia de un año en Paris. Antes de su partida, Gibrán
publica su tercer libro en árabe: “los espíritus rebeldes”, cuatro novelas
realistas ambientadas en el Líbano y que manifiestan su rebeldía contra la opresión
feudal, el clero y los hombres de leyes, denunciando el sometimiento del mundo
oriental a tradiciones obsoletas. El libro levanta tempestades en Siria y
Egipto. En una de las veladas organizadas por Mari Haskel, conoce a a la
francesa Emilie Michel, 3 años mayor que Gibrán, mujer adicta al teatro y a
quien Mari Haskel ha confiado la dirección de los cursos de francés en la
Haskell’s School. Después de que Gibrán le haga un retrato, se iniciará una
relación que va a culminar en París.
El 1 de julio de 1908 Gibrán embarca
en Nueva York y llega a París el 13 de Julio. La pareja se instala entonces en
un estudio en el barrio de Montparnasse. Nada más llegar a París, Gibrán se
inscribe como oyente en la Escuela de Bellas Artes y entra enseguida a estudiar
en la Academia Julian, por donde habían pasado alumnos como Matisse, Bonnard y
Léger. Pronto Emile parte de nuevo para América y se instala en Nueva York con
la ambición de dedicarse al mundo del teatro. Gibrán tratará de aliviar su soledad
mediante el trato con su amigo Youssef Hoayek, con quien vuelve a encontrarse
en Paris. Da clases de dibujo dos veces
por semana a cinco estudiantes para ganarse algo de dinero e inicia una serie
de retratos consagrados a las grandes personalidades de su tiempo. Su amigo
Youssef ha dejado de Gibrán una semblanza de esta época: “Me acuerdo bien del
estado de ánimo de Gibrán; arrastraba los pies por el frío suelo, y su alma
volaba por el infinito. Atormentado, empantanado en la vida, fuma mucho, se
toma varias tazas de café al día, lee y relee a Gide, Rilke, Tolstoi y
Nietzsche, además de compartir con Ernest Renan la admiración por la figura de
Jesús de Nazaret”. En una carta escrita a Mari Haskel llegará a definir a Jesús
como el más grande de los artistas y el mayor de los poetas. “Llamarlo Dios lo
empequeñece. Pues en tanto que es Dios, sus maravillosas palabras resultarían
mediocres; pero en tanto que hombre, constituyen la más pura de las poesías”.
Gibrán consigue que le admitan una de sus obras, “El otoño”, en el salón de
Printemps, una de las más importantes exposiciones anuales de París. Reanuda su
relación con Emile, que vuelve de Nueva York sin haber obtenido en el teatro el
éxito que ansiaba; su convivencia se va a prolongar todavía unos meses más.
El 22 de noviembre de 1909 parte con
ella para América. Atrás deja un periodo de aprendizaje de dos años en los que
consigue perfeccionar su técnica con la pintura al óleo, la aguada y la
acuarela, además de todo el bagaje vital e intelectual que ha ido acumulando. A
su llegada a Boston estrecha las relaciones con su protectora Mari Haskel y le
pide en matrimonio. Su rechazo, excusando una diferencia de edad, sume a Gibrán
en un desengaño amoroso que tratará de mitigar entregándose al trabajo. Pinta y
escribe artículos para periódicos árabes y se esfuerza por convencer a los
medios libaneses y sirios de Boston para fundar una asociación en defensa de la
causa de los países árabes sometidos por el imperio otomano. Entre los
artículos, destaca una carta abierta de un poeta cristiano a los musulmanes en
el que llama a todos los musulmanes a levantarse contra el ocupante, pues culpa
al Estado otomano de la decadencia de la civilización islámica.
Un poco asfixiado por la ciudad
pequeña en que se ha convertido Boston después de su experiencia parisina, y
ansioso de prosperar en su carrera artística, decide mudarse a Nueva York
después de una segunda negativa de Mari a unirse con él. Sin embargo, ésta
continua protegiéndole con una pequeña asignación mensual que más tarde se
convertirá en una donación total de 5.000 dólares para que pueda dedicarse por
entero a su obra. Como muestra de agradecimiento, le lega a cambio todo cuanto
posee. Gibrán ya lleva en su equipaje a Nueva York un manuscrito de su primera
novela “Alas rotas” y un ejemplar de “Así habló Zaratrusta”, que se va a
convertir en su libro de cabecera. En uno de sus viajes a Nueva York, Mari
Haskel le propone consumar su relación y convertirse en amantes, pero ahora es
Gibrán quien la desdeña, herido en su amor propio por haber sido rechazado como
esposo. Celoso de su libertad, Gibrán va a escoger el no querer comprometerse
jamás con ninguna mujer. “Si llegara a tener una mujer a la que pudiera pintar
o a la que pudiera escribir poemas, lograría olvidar su existencia. Ninguna
mujer enamorada soportaría mucho tiempo un marido así”, le llega a confesar en
una carta a Mary. Gibrán aspirará a volcar la energía de su líbido en las
diversas disciplinas artísticas a las que se entrega. Más tarde llegará a
decirle a Mary :“si hubiéramos tenido lo que se dice una relación sexual, con
el tiempo eso nos habría separado. Nuestras vidas han conocido la misma
trayectoria y se nos han ahorrado las relaciones sexuales”.
Para poder mantenerse despierto por
las noches y dedicarse por entero a su obra, Gibrán bebe café fuerte y toma
baños de agua fría, además de ingerir alcohol con demasiada generosidad. Esta
forma de vida desarreglada empieza a afectar a su cuerpo: “Sobre su rostro, que
solo tiene treinta y tres años, se hallan grabados más de cuarenta”, anota Mary
en su diario. En 1913 vuelve sobre un antiguo proyecto de realizar retratos de
grandes personalidades: Thomas Edison, Carl Gustav Jung, Henri Bergson y Sarah
Bernhardt acceden a posar para él. En estos años también comienza a colaborar
en un nuevo periódico que aparece en Nueva York, Al founoun (Las artes),
publicando artículos y poemas en prosa. A la vez, aparecen ensayos literarios
dedicados a los grandes místicos, Ghazali e Ibn al-Farid, cuya impronta sufista
va a tener repercusión en las ideas y el ropaje simbólico que reviste su obra.
Con el estallido de la primera guerra mundial, Gibrán se moviliza y acepta el
puesto de secretario del Comité de Ayuda para los siniestrados de Siria y de
Monte-Líbano. Su función será la de reclutar a los sirios y libaneses de
América que estén dispuestos a combatir al lado de los Aliados, para liberar la
región del yugo otomano. Con el fin de que su mensaje llegue a adquirir la
mayor difusión entre los medios occidentales, comienza a estudiar con
intensidad la lengua inglesa para así convertirla en vehículo de su escritura.
En ese idioma lee infatigablemente a Shakespeare y la biblia. El tema del loco,
como figura capaz de desentrañar la estupidez y la pereza de los hombres y de
desvelar las máscaras de la sociedad, comienza a seducirle y se embarga en el
proyecto de un libro centrado en esta figura: la locura, para Gibrán,
representa “el primer paso hacia la ausencia del egoísmo”. El libro, bajo el
título de “El loco”, se publicará finalmente a mediados de octubre de 1918.
El horror de la guerra va a provocar
que Gibrán durante esta época se refugie en la pintura; el fruto de este
esfuerzo se plasmará en varias exposiciones que tienen lugar en diversas
galerías de Nueva York. Para Gibrán, la misión del arte consistirá en “comprender
la naturaleza y en transmitir nuestra comprensión de ella a los que la ignoran
(…) El arte es un paso que se da desde lo visible conocido hacia lo secreto
desconocido, de la naturaleza hacia el infinito”. Con estas premisas, ya se
intuye que la obra pictórica de Gibrán va a estar influida por el simbolismo de
William Blake. Pero a diferencia de Blake, quien también utilizaba su obra
gráfica como un complemento de su escritura, el mundo de Gibrán no está tan
dominado por las fuerzas destructoras del Mal y del Apocalipsis; la naturaleza,
inspirada por un espíritu sereno, aún sigue siendo un pórtico para que se
revele lo divino y podamos penetrar a lo infinito. El periodo que va de 1914 a
1920 va a estar marcado por la influencia de Eugéne Carriere; ensaya la técnica
del dibujo a la aguada y sus personajes se vuelven más etéreos y transparentes:
el interés por el tema de la maternidad va a reflejarse en una serie de cuadros
dominados por este motivo. En diciembre de 1916 se encuentra con Rabindranath Tagore,
con quienes muchos críticos vieron en su figura y obra más de un paralelismo.
En el año 1920, Gibrán funda, junto a un grupo de otros ocho escritores
libaneses y sirios de Nueva York, “La liga de la Pluma”. Su objetivo era
publicar las obras de sus miembros y las de otros autores árabes que merecieran
su apoyo, así como estimular la traducción a la lengua árabe de las obras
maestras de la literatura mundial. La liga se convirtió, gracias a las ideas
iconoclastas que promovía, en el símbolo del renacimiento de las letras árabes.
Para Gibrán, la lengua árabe carecía de futuro si no llegaba a liberarse de sus
lastres tradicionales. Para ello era necesario entablar un auténtico diálogo
con Occidente con el fin de metabolizar la influencia europea sin dejarse
poseer por ella.
En agosto de 1920 se publica en el
Cairo una antología en la que figuran treinta y un artículos de Gibrán
aparecidos en diversos periódicos de lengua árabe. El libro se titulará “Las
tempestades”. Animado por un poderoso aliento revolucionario, fustiga en “Las
tempestades” los defectos de los orientales –su apego al pasado y a las
tradiciones arcaicas-, preconiza la emancipación del matrimonio y rechaza
“todas las servidumbres que encadenan a la humanidad”. Tomando siempre partido
por los oprimidos, Gibrán rechaza el estado de sumisión y de debilidad en el
que se encuentran y, dejándose llevar por un soplo nietzscheano, les arenga a
que aspiren al poder y a la grandeza.
En torno a esta época la salud de
Gibrán comienza a resentirse y su corazón se debilita. Un médico le diagnostica
una depresión nerviosa provocada por un exceso de trabajo y una alimentación
deficiente. A partir de este periodo de su vida, diversas mujeres con las que
había mantenido una relación íntima comienzan a comprometerse con otros
hombres, ahondando la soledad en la que siempre se había querido situar. Mary
Haskell se casa con un hombre que casi le dobla en edad. Los celos que provoca
Gibrán en el marido van a ser el motivo principal de que sus encuentros
comiencen a hacerse cada vez menos frecuentes. También por la misma época se
casa la pianista Gertrude Barrie con un violinista italiano fanático de la
aviación.
Entre 1919 y 1923 Gibrán va a estar
dedicado casi exclusivamente a escribir “El profeta”, la obra que lleva
gestando casi desde sus inicios como escritor. Finalmente, el libro se publica
en septiembre de 1923. Como toda la obra de Gibrán, “El profeta” es un libro de
clara inspiración moral y religiosa. Su protagonista, Almustafá, antes de
partir hacia su isla natal desde la tierra en que ha vivido doce años en soledad
y meditación, es reclamado por las gentes del lugar para que les obsequie con
el fruto de sus pensamientos. A manera de testamento, ofrece sus lecciones de
vida y sus recomendaciones sapienciales. Se ha visto en este libro, por su
articulación en versículos y su cascada de imágenes y parábolas, la influencia
de la biblia y los evangelios, influencia que el mismo Gibrán reconoció más de
una vez a lo largo de su obra. También se le ha comparado con “Así habló
Zaratrusta”. Pero el orbe religioso en el que habitan los protagonistas
proféticos de los libros de Gibrán es fruto de un amplio sincretismo religioso
y de un largo aliento místico. En Gibrán confluyen el cristianismo, el islam,
el sufismo, las grandes religiones de la India, el esoterismo, la teosofía y la
psicología jungiana. Encuentra eco en las obras de Nietzsche, Blake, Gide,
Maeterlink, Renan, Emerson y Whitman. Al igual que para el Zaratrusta
nietzschiano, el hombre aparece definido como una criatura que debe superarse,
que debe trascenderse en busca de su yo más divino. El hombre debe aspirar a
alcanzar la unidad universal, pero esta unidad queda compendiada en la imagen
de Dios. En “los dioses de la tierra” Gibrán define al hombre como “un dios que
se eleva lentamente”. Pero es un dios panteísta que resulta inmanente a la
humanidad y también a la naturaleza. Dios se halla tras de todas las
manifestaciones de la naturaleza y sólo por medio de la comunión con los
elementos naturales, a través de los árboles, los ríos y la luz, puede el
hombre alcanzar la fusión mística y el sentimiento de armonía y unidad con el
todo.
La buena acogida del “Profeta” en los
medios de prensa americanos convierte a Gibrán en una persona célebre, pero el
éxito del libro no acaba de sacarlo de
su habitual penuria; una desafortunada inversión en un proyecto inmobiliario le
deja casi arruinado, teniendo que volver pedir la ayuda de Mary Haskell para
hacer frente a sus deudas. A partir de 1926, abandona el proyecto de prolongar
el profeta con una segunda parte y se embarca en un libro sobre la figura de Jesús.
Después de 18 meses de dedicación, a principios de 1928 aparece publicado el
libro “Jesus, el hijo del hombre”. Los dolores originados por sus diversas
dolencias llevan a Gibrán a refugiarse en el alcohol. El 5 de enero de 1929 se
hace un examen médico que revela una alarmante hipertrofia del hígado. Los
médicos le aconsejan que se someta a una operación, tras un tratamiento con
radio que no da resultado, pero Gibrán prefiere que la enfermedad siga su curso
sin intervenciones quirúrgicas. Con fecha de 13 de marzo de 1930, redacta su
testamento y deja como herederas a su hermana Mariana y a Mary Haskell. En
julio alquila una casa al borde del mar buscando el reposo para su enfermedad y
durante dos meses trabaja en “El vagabundo”, obra que no va a ver publicada en vida.
El jueves 9 de abril de 1931 ingresa en el hospital aquejado de una cirrosis
hepática y de un principio de tuberculosis en un pulmón. Gibran entra en coma
profundo y expira al día siguiente. Siguiendo su última voluntad, Mary Haskell
da su aprobación para que el cadáver de Gibrán sea enviado a Becharré y el 23
de julio de 1931 su féretro envuelto en las dos banderas, libanesa y
norteamericana, deja el continente americano a bordo del buque Sinaia. El
jueves 20 de agosto de 1931 llega a Beirut, donde el féretro es recibido con
todos los honores por las autoridades del Líbano.

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