Se dejan aquí cinco poemas de uno de los
mejores poetas en lengua inglesa del siglo XX y que para mí tiene uno de los
poemas más memorables de ese siglo, digno de aparecer, por su simplicidad, su ritmo y el
alcance de su significado, en cualquier antología poética. Me refiero al poema “Mantener
las cosas juntas” y que se ofrece aquí en primer lugar. Junto a estos cinco poemas, se deja también una reseña biográfica de un
poeta que fue viajero impenitente ya desde edad temprana, desde que siendo niño se vio arrastrado por su padre, directivo de Pepsi, por países de todo el continente americano. Ahí, en Sudamérica, en Colombia o en Perú, aprendió a hablar un español que a la
larga le serviría para conocer bien la literatura hispanoamericana y traducir a
poetas como Alberti u Octavio Paz. Fue pintor mucho antes de que tomara la decisión
de convertirse en poeta, y su vocación pictórica puede explicar el maremagnum de imágenes
plásticas y coloristas que siempre acompañan sus poemas introspectivos y
surrealistas. Fue precisamente su actividad y pasión como poeta lo que le llevó
a Madrid en 2011, donde se instaló, en un piso del barrio de Chamberí, junto con la marchante Mari Cruz Bilbao, quien fuera su pareja. Se ha definido a sí mismo como un poeta metafórico, antes que
metonímico: es decir, un poeta que cree en un mundo alternativo con sus propias reglas y regulaciones,
un mundo donde late la utopía, los mundos exóticos y los oníricos. En esa
especie de autobiografía que es su libro “Alfabeto de un poeta”, definió la
poesía lírica como aquello que nos “recuerda que vivimos en el tiempo. Nos
recuerda que somos mortales”. También comentó: “Buena parte de lo que amamos en
los poemas, sin considerar su tema, es que nos dejan con una sensación de
novedad de vida agregada. La vida, por otra parte, nos prepara para nada y nos
deja sin dónde ir. Sólo se detiene”.
MANTENER LAS COSAS JUNTAS
En el campo
soy la ausencia
de campo.
Siempre
es así.
Dondequiera que esté
soy lo que falta.
Cuando camino
parto el aire
y siempre
vuelve el aire
a ocupar los espacios
donde estuvo mi cuerpo.
Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para mantener las cosas juntas.
KEEPING THINGS WHOLE
In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am What is missing.
When I walk
I part the air
and always
The air moves in
to fill the spaces
where my body´s been.
We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.
MI HIJO
Mi hijo
mi único hijo,
el que nunca tuve
podría ser un hombre.
Se mueve
en el viento,
descarnado y sin nombre.
A veces
viene
y apoya en mi hombro
su cabeza
más ligera que el aire.
Y yo le pregunto,
hijo,
¿dónde te encuentras,
dónde te ocultas?
Con frío aliento
me responde,
no lo advertiste
y sin embargo llamé
y llamé
y sigo llamando
desde un lugar
lejano,
más allá del amor,
donde nada,
todo,
quiere nacer.
MY SON
My son
my only son,
the one I never had,
would be a man today.
He moves
in the wind,
fleshless, nameless.
Sometimes
he comes
and leans his head,
lighter than air
against my shoulder
and I ask him,
Son,
where do you stay,
where do you hide?
And he answers me
whit a cold breath,
You never noticed
though I called
and calle
and keep on calling
from a place
beyond,
beyond love
where nothing
everything,
wants to be born.
EN QUÉ PENSAR
Piensa en la selva,
El vapor verde ascendiendo.
Es tuya.
Eres el príncipe del Paraguay.
Tus favoritos se arrodillan
Bajo la sombra de enormes hojas
Mientras caminas
Benevolente como el oro.
Besan el aire
Que hace un momento
Resbaló por tu piel,
Y se levantan sólo cuando has pasado.
Piensa en ti, casi un dios,
Tu pelo en llamas,
El fuelle de tu corazón bombeando.
Piensa en los murciélagos
Saliendo veloces de sus cuevas
Como un viento oscuro para
celebrarte;
O en las inmensas ciudades nocturnas
De las luciérnagas brillando
Mientras flotan río abajo
Desde Minas Gerais;
O en las serpientes de coral;
O en los pájaros carmesí
Con su pico esmeralda;
O en las toneladas de mariposas
morpho
Llenando el aire
Como frío confeti del paraíso.
WHAT TO THINK OF
Think of the jungle,
The Green starn rising.
It is yours
You are the prince of Paraguay.
Your minions kneel.
Deep in the shade of giant leaves
While you drive by
Benevolent as gold.
They kiss the air
That moments before
Swept over your skin,
And rise only after you’ve passed.
Think of yourself, almos a god,
Your hair on fire,
The bellows of your heart pumping.
Think of the bats
Rushing out of their caves
Like a dark wind to greet your.
Of the vast nocturnal cities
Of lightning bugs
Floating down
From Minas Gerais;
Of the coral sanakes;
Of the tons and tons of morpho
butterflies
Filling the air
Like the cold confeti of Paradise.
ME VA A ENCANTAR EL SIGLO XXI
La cena se enfriaba. Los invitados,
con la esperanza de los habituales
Encuentros rápidos, fríos y
caprichosos, estaban echados
En los dormitorios. Las patatas
estaban duras; las alubias, blandas; la carne…
No había carne. El sol de invierno
había vuelto amarillos los olmos y las casas,
Los ciervos bajaban por la carretera
como si fueran refugiados; en el camino unos gatos
Se calentaban sobre el motor de un
automóvil. Luego un hombre se dio la vuelta
Y me dijo: “Aunque amo el pasado, su
oscuridad,
Su peso que nada nos enseña, su
pérdida, su todo
Que no pide nada, me va a encantar
aún más el siglo XXI,
Pues veo en él a alguien en albornoz
y zapatillas, con ojos castaños y pobre,
Que camina sobre la nieve sin dejar
tras de sí ni siquiera una huella”.
“Ah”, dije mientras me ponía el
sombrero, “ah”.
I WILL LOVE THE TWENTY-FIRST CENTURY
Dinner was gettin cold. The guests,
hoping for quick,
Impersonal, random encounters of the
usual sort, were sprawled
in the beadroms. The potatoes were
hard, the beans soft, the meat-
there was no meat. The Winter sun had
turned the elms and houses yellow;
Deer were moving down the road like
refugees; and in the driveway cats
Were warming themselves on the Hood
of a car. Then a man turned
And said to me: “Although I love the
past, the dark of it,
The weight of it teaching us nothing,
the loss of it, the all
Of it asking for nothing. I will love
the twenty-first century more,
For in it I see someone in bathrobe
and slippers, Brown-eyed and por,
Walking through snow without leaving
so much as a footprint behind”
“Oh,” I said, putting my hat on,
“Oh.”
UN TROZO DE LA TORMENTA
Desde la sombra de las cúpulas en la
ciudad de las cúpulas,
Un copo de nieve, una tormenta de
uno, ingrávido, entró en tu habitación
Y se abrió camino hasta el brazo del
sillón donde tú, al levantar la mirada
Del libro, lo viste cuando aterrizó.
Eso fue
Lo que ocurrió. Nada más que un
solemne despertar
A la brevedad, al subir y bajar de la
atención, rápidamente,
Un tiempo entre tiempos, un funeral
sin flores. Nada más que eso
Excepto por la sensación de que este
trozo de la tormenta,
Que se convirtió en nada ante tus
ojos, volverá;
Que alguien dentro de muchos años,
sentado como tú ahora, dirá:
“ha llegado la hora. El aire está
preparado. Hay un claro en el cielo”.
A PIECE OF THE STORM
Form the shadow of domes in the city
of domes,
A snowflake, a blizzard of one,
weightless, entered your room
And made its way to the arm of the
chair where you, looking up
From your book, saw it the momento it
landed. That’s all
There was to it. No more than a
solemn waking
The brevity to the lifting and
falling away of attention, swiftly,
A time between times, a flowerless
funeral. No more than that
Except for the feeling that this
piece of the storm,
Which turned into nothing before you
eyes, would come back,
That someone years hence, sitting as
you are now, might say:
“it’s time. The air is ready. The sky
has an opening.”
RESEÑA BIOGRÁFICA DE MARK STRAND
Mark Strand nació en 1934 en
Sunmerside (Canadá) y murió en Nueva York el 29 de noviembre de 2014. Aunque
Mark Strand abandonó pronto Canadá, siempre conservó un vínculo con este país.
Canadá representaba para Strand el país de sus primeros recuerdos, en el que
sus padres vivieron sus últimos años y donde estaban enterrados: “Era el
refugio de su pena, y era tan grande y vacuo que cada día que vivieron ahí
tuvieron la certeza de estar perdidos”. Su destino itinerante iba a llevarle
con su familia a instalarse en Estados Unidos. Cleveland, Montreal, Nueva York
y Filadelfia fueron las plazas del padre como directivo de Pepsi-cola,
convirtiendo los primeros años del poeta en una mudanza continua. También vivió
durante estos años en Colombia, México y Perú, donde aprendió un español
suficiente que a la larga le serviría para traducir a Rafael Alberti y Octavio
Paz. Pero más que de Canadá o Estados Unidos, se consideraba ciudadano de un
mundo hecho de libros, cuadros o fotos y cuya nación era la nación del idioma inglés.
“No creo –comentó en cierta ocasión -que las condiciones geográficas que se me
impusieron por haber nacido en Canadá y vivido en los Estados Unidos me definan
en absoluto. Creo que me define de manera más elocuente lo que leo, lo que
miro, la gente que conozco, y lo que escribo”. Después de graduarse en Antioch
College en 1957, su vocación por la pintura le llevó a Yale para estudiar con
el artista Joseph Albers, graduándose como pintor en la facultad de Bellas
Artes en 1959. Desde entonces la pintura iba a ser una de las constantes de
Mark Strand. Se ha dicho que en sus versos surrealistas e introspectivos se
proyecta la sombra de Max Ernst, Giorgio de Chirico, o Magritte. Iba a ser
precisamente el surrealismo una de las influencias capitales de su obra
poética, como confesaría a Rosa Pereda en una entrevista: “yo creo que la
poesía tiene tanto que ver con el azar como con la causalidad, que lo
irracional tiene un papel tan importante en la vida como la razón”. La pintura
le enseñaría, además, el valor de la paciencia, a darse cuenta de que uno
siempre puede volver sobre el trabajo al día siguiente. Pero mientras estudiaba
en Yale, las lecturas de poesía, especialmente Wallace Stevens y Forster, le
encaminaron de forma imprevista a su segunda vocación. “Nunca fui muy bueno con
el lenguaje cuando era niño. Créame –aseguró en una entrevista a “Los Angeles
Times” en 1991”-, la idea de que algún día me convertiría en poeta habría sido
una gran sorpresa para toda mi familia”. No menos importante para su formación
como poeta fue la fascinación que “veinte poemas de amor…” de Neruda ejerció en
sus inicios. Neruda era un genio –escribió en “Alfabeto de un poeta”- pero en
cuya escritura se mezclan inextricablemente la belleza y la banalidad. Cuando
lo leemos, nos sentimos felices porque todo ha alcanzado una condición
privilegiada. El universo es bueno después de todo. La utopía verbal de Neruda,
dependiendo de la credulidad de cada quién, es un antídoto inocuo contra este
siglo torturante”. De Neruda también llegó a decir que era el gran demócrata de
la poesía, por rebajar lo elevado y elevar lo bajo, aunque le decepcionaban sus
limitaciones intelectuales. No pensaba lo mismo de Octavio Paz, a quien
consideraba uno de los hombres de letras más inteligentes del siglo XX, y cuya
obra poética le había conmovido especialmente. Ya resuelto en su vocación
poética, en 1960 se traslada con una beca Fulbright a Florencia para estudiar a
los poetas italianos del siglo XIX. En Iowa continúa sus estudios literarios en
el “Iowa Writers Workshop”, graduándose en 1962. Allí se hace amigo de Philip
Roth, concluye su primer libro y comienza a dar clases en un taller de
literatura. Su carrera docente le iba a hacer recorrer parte de Estados Unidos:
Utah, Chicago, Nueva York o Boston. Su desembarco literario tiene lugar en
1970, cuando el responsable de la editorial Athenaeum, Harry Ford, publica su
segundo volumen de poesía, «Reasons for Moving». Ford continuaría publicando su
poesía con otras tres colecciones durante esa década hasta que, en 1980, Strand
decidió pausar su producción poética. «Ya no creía en mis poemas
autobiográficos», dijo entonces. Sentarse en su escritorio cuando no tenía nada
que decir se le empezó a volver un suplicio, por lo que “ya sólo escribía cada
vez que tenía tiempo y ganas y estos periodos empezaron a espaciarse cada vez
más, y a veces hubo periodos de silencio de dos o tres años…De cualquier
manera, ya nadie lee poesía. Los poetas sí, pero el lector común ha sido
abandonado por la poesía”. Mark Strand se empeñó entonces en otras aventuras
literarias, como libros para niños, relatos o ensayos sobre arte. Una década
después volvió con nuevos bríos, con volúmenes como «A Continuous Life» (1990),
«Dark Harbor» (1995) y «Blizzard of One» (1998). Mientras tanto, comenzó a
ganar terreno su pasión por la pintura. Escribió ensayos sobre Edwar Hopper o
William Bailey, al mismo tiempo que en un taller en Hell’s Kitchen producía sus
papeles pintados, mezclando pulpas de colores secos. A partir de 2011 se
trasladó a Madrid de la mano de la marchante de arte Mari Cruz Bilbao, quien se
convirtió en su pareja. Trasladó cuadros, libros y gran parte de su mobiliario
a un piso de Chamberí donde seguía recortando y pegando esos papeles pintados
para convertirlos en collages que este mismo otoño expuso en una galería de
Nueva York. El final de su carrera como poeta estuvo jalonado de números
reconocimientos. Fue nombrado Poeta Laureado de Estados Unidos, ganador de la
beca MacArthur en 1987, del premio Bollingen en 1993 y del Pullitzer de poesía en
1999 por “Tormenta de Uno”. Este mismo otoño estaba nominado al National Book
Award por sus Collected poems. Su traductor, Dámaso López García, a quien se
debe la traducción de los poemas aquí seleccionados, ha señalado como rasgos
característicos de su poesía el que su mundo no tenga rasgos diferenciales
propios. Los lugares no tienen nombre, los personajes son anónimos: “comparten
los rasgos comunes de todos los paisajes y de toda la humanidad”. La presunta
oscuridad de sus poemas no se relaciona tanto con la dificultad del lector ante
un lenguaje oscuro como con la ausencia de referencias a un universo familiar.
Las manifestaciones de temor ante un mundo maligno, el valor de la poesía ante
una naturaleza apática y el deseo de gozar de un “momento perfecto” han sido
también rasgos señalados por la crítica. Pero el propio Mark Strand nos ha
dejado en diversas entrevistas una visión personal sobre su poesía. Mark Strand
se consideraba un poeta metafórico. A diferencia de los poetas metonímicos, que
representan fielmente el mundo de la experiencia, el poeta metafórico cree en
un mundo alternativo con sus propias reglas y regulaciones. “Lo que me importa
–dijo- es la integridad del mundo que creo, y no lo que estoy revelando sobre
el mundo en el que viven los demás.” Mark Strand no se consideraba un poeta de
la naturaleza, sino un poeta que ahonda en el comportamiento de las cosas. “Mis
poemas describen actividades, a veces de carácter nervioso o absurdo, a veces
muy pacífico, pero eso es lo que les da vida”. Era un poeta al que le gustaba
mezclar la melancolía y lo elegíaco, que nunca desdeñaba el humor, interesado
en las sintaxis complejas pero amante de las palabras sencillas como “piedra” o
“cielo” o “mar”. Para Mark Strand los poemas no tienen por qué tener sentido:
“son en primer lugar, y sobre todo, una experiencia, no un vehículo para un
significado”. Por eso creía que la musicalidad verbal era un elemento
imprescindible y confiaba esa musicalidad al ritmo que aporta la escritura a
mano. “La gente que escribe en la computadora se olvida de escuchar el poema,
creo que establecen un contrato visual con la computadora. En primer lugar, los
poemas llegan tan rápido a imprenta que parecen mucho más terminados de lo que
realmente están.” Puesto que la métrica es lo que distingue la poesía de la
prosa, era fundamental para Strand que el poeta educase su propio oído
escuchando el ritmo y la cadencia que otros poetas han imprimido a sus versos.
También consideraba importante la tarea de reescritura de los poemas: “Los
poemas no son estáticos. Cobran una vida propia y van hacia donde quieren.
Pueden volverse estériles o resistirse. Si no mejoran, los odias” Por eso
solían tener muchísimos borradores de cada poemas, a veces treinta o cuarenta.
Escribía a mano varias versiones y después los pasaba a la computadora. Trataba
de postergar lo más posible el momento de ponerlos en limpio. “Más que leer mis
poemas, me interesa escucharlos, y cuando están escritos a mano me parece que
los estoy escuchando”. Dos cosas consideraba importantes en su poesía: el
misterio y la muerte. “La vida me parece misteriosa, mi presencia en la Tierra
me parece misteriosa. Muchas veces, cuando termino un poema, no estoy muy
seguro, aunque generalmente estoy seguro de lo que he dicho, siempre hay un
elemento inexplicable”. Respecto a la muerte, llegó a escribir en “Alfabeto de
un poeta” que había sido la influencia medular de su escritura. Pero también la
preocupación central de la poesía lírica: “La poesía lírica nos recuerda que
vivimos en el tiempo. Nos recuerda que somos mortales. Celebra o reconoce
estados de ánimo, ideas e incluso acontecimientos para recordarnos que existen
sólo en su forma transitoria. Pues ¿qué habría que tuviera significado fuera
del tiempo? La poesía es un prolongado epitafio, un recuerdo de nuestra
estancia aquí en la tierra”. También comentó: “Buena parte de lo que amamos en
los poemas, sin considerar su tema, es que nos dejan con una sensación de
novedad de vida agregada. La vida, por otra parte, nos prepara para nada y nos
deja sin dónde ir. Sólo se detiene”.
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