Gabriela Mistral, cuyo verdadero
nombre era Lucila Godoy Alcayaga, fue una poeta chilena que en 1945 recibió el premio nobel de literatura. Pasó
su infancia en el campo y comenzó a enseñar, como maestra rural, a los quince
años, pasando tres años más tarde a la enseñanza secundaria, donde como
directora primero y como directora después trabajo otros quince años,
recorriendo todo el escalafón del magisterio. En 1922 recibió una comisión del
gobierno de su país para estudiar en México la organización y fundación de
bibliotecas. Era profesora del liceo de los andes cuando comenzó a sonar su
nombre en los círculos literarios, a partir la publicación de sus “sonetos de
la muerte”, premiados en un concurso de la Sociedad de Escritores y Artistas de
Santiago. Desde ese momento (1914) fue afirmándose su fama. En 1922 el
Instituto de las Españas de Nueva York, pu8blicó por primera vez una
recopilación de sus poesías, dispersas en diarios y revistas, con el titulo de
Desolación, libro que reeditado luego en Santiago con el aditamento de varias
composiciones, obtuvo un sonoro éxito. En México llevó a cabo el encargo del
Ministerio de Instrucción pública de escribir un libro de poesías infantiles.
Después de un viaje por los Estados Unidos y Europa regresó a Chile, donde
reemprendió su labor educativa hasta su jubilación en 1925. A principios de 1926
recibió el nombramiento de representante del pensamiento de América en la
Sociedad de las Naciones. Fue secretaria
del Instituto de Cooperación Intelectual de esta Liga, en el Palacio Royal de
París. Desde su retiro de Francia, colaboró en varios diarios y revistas,
incluido ABC, a menudo llevando a cabo una labor de apoyo a la educación, ya en
colaboración con Vasconcelos, para la reforma de la enseñanza en México. En
1924, había publicado en Madrid “Ternura, libro con el renovó la poesía
infantil a través de un lenguaje austero y puro. En 1929 murió su madre y a
ella le dedicó la primera parte de su libro “Tala”, publicado más tarde. A
partir de esta época, tras dar una serie de conferencias por Estados Unidos y
Europa, alternó su condición de cónsul en diversos países durante más de veinte
años. En 1945 recibió el Premio Nobel “por su obra lírica que, inspirada en
poderosas emociones, ha convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones
idealistas de todo el mundo iberoamericano”. En 1953 Gabriela Mistral fue
nombrada cónsul en Nueva York, lo que le permitió ahondar más en la relación
mantenida con la poeta estadounidense Doris Dana, quien al cabo se convertiría
en su portavoz y albacea. Falleció en Nueva York el 10 de enero de 1957 a causa
de un cáncer de páncreas.
Pablo Neruda, que la conoció en su
pueblo de Temuco cuando ella llegó como directora para dar clases en el Liceo
de Niñas, la retrata en sus memorias “Confieso que he vivido”, con su larga
ropa talar y sus zapatos sin tacón, hermética y casi monacal, pero siempre alabando
su cálido carácter humano. La admiraba por ser una poeta del pueblo que
escribió en pro de la gente humilde y de la paz. José María Valverde valoraba
especialmente sus libros de vejez, sobre todo “Tala”, por haber adquirido ahí
una distancia serena y hasta irónica, lo que le permitió “palpar poéticamente
las cosas de la realidad diaria y tener voz directa, casi conversacional, pero
también capaz del gran canto continental. Fue uno de los primeros poetas que presagió
que Hispanoamérica tenía una palabra nueva que lanzar al mundo y encontró en su
voz un modo de darle cauce universal.
Se deja aquí una selección de los poemas
pertenecientes a su primer libro, “Desolación”, publicado por primera vez en
Estados Unidos en 1922 por
el Instituto de Las Españas, a iniciativa de su director, Federico de Onís. En este libro, que tiene poemas
dedicados a poetas que recientemente habían fallecido, como es el caso de Amado Nervo, y donde
gusta de celebrar las pequeñas cosas, aún no se había despegado de un profundo
tono religioso y lleno de catolicismo. Un tono que no deja de ser excesivamente
sentimental y demasiado convencional en la forma, donde hace predominar la métrica
larga, lo que da un matiz prosaico a sus versos, siempre escritos en un
lenguaje austero y vigoroso.
EL PENSADOR DE RODIN
Con el mentón caído sobre la mano
ruda,
El Pensador se acuerda que es carne
de la huesa,
Carne fatal, delante del destino
desnuda,
Carne que odia la muerte, y tembló de
belleza.
Y tembló de amor, toda su primavera
ardiente,
Y ahora, al otoño, anégase de verdad
y tristeza.
El “de morir tenemos”, pasa sobre su
frente,
En todo agudo bronce, cuando la noche
empieza.
Y en la angustia, sus músculos se
hienden, sufridores.
Los surcos de su carne se llenan de
terrores.
Se hiende, como la hoja de otoño, al
Señor fuerte
Que le llama en los bronces… Y no hay
árbol torcido
De sol en la llanura, ni león de
flanco herido,
Crispados como este hombre que medita
en la muerte.
LA CRUZ DE BISTOLFI
Cruz que ninguno mira y que todos
sentimos,
La invisible y la cierta como una
ancha montaña:
Dormimos sobre ti y sobre ti vivimos;
Tus dos brazos nos mecen y tu sombra
nos baña.
El amor nos fingió un lecho, pero era
Solamente tu garfio y tu leño
desnudo.
Creímos que corríamos libres por las
praderas
Y nunca descendimos de tu apretado
nudo.
De toda sangre humana fresco está tu
madero,
Y sobre ti yo aspiro las llagas de mi
padre,
Y en el clavo de ensueño que lo
llagó, me muero.
¡mentira que hemos visto las noches y
los días!
Estuvimos prendidos, como el hijo a
la madre,
A ti, de primer llanto a la última
agonía.
AL OÍDO DEL CRISTO
¡Cristo, el de las carnes en gajos
abiertas;
Cristo, el de las venas vaciadas en
ríos:
Estas pobres gentes del siglo están
muertas
De una laxitud, de un miedo, de un
frío!
A la cabecera de sus lechos eres,
Si te tienen, forma demasiado
cruenta,
Sin esas blanduras que aman las
mujeres
Y con esas marcas de vida violenta.
No te escupirían por creerte loco,
No fueran capaces de amarte tampoco
Así, con sus ímpetus laxos y
marchitos.
Porque como Lázaro ya hieden, ya
hieden
Por no disgregarse, mejor no se
mueven.
¡ni el amor ni el odio les arrancan
gritos.
II
Aman la elegancia de gesto y color,
Y en la crispadura tuya del madero,
En tu sudar sangre, tu último temblor
Y el resplandor cárdeno del Calvario
entero,
Les parece que hay exageración
Y plebeyo gusto; el que Tú lloraras
Y tuvieras sed y tribulación,
No cuaja en sus ojos dos lágrimas
claras.
Tienen ojo opaco de infecunda yesca,
Sin virtud de llanto, que limpia y
refresca;
Tienen una boca de suelto botón,
Mojada en lascivia, ni firme ni roja,
¡y como de fines de otoño, así, floja
E impura, la poma de su corazón!
III
¡Oh Cristo! El dolor les vuelva a
hacer viva
L’alma que les diste y que se ha
dormido,
Que se la devuelva honda y sensitiva,
Casa de amargura, pasión y alarido.
¡Garfios, hierros, zarpas, que sus
carnes hiendan
Tal como se parten frutos y gavillas;
Llamas que a su gajo caduco se
prendan
Llamas como argollas y como
cuchillas!
¡Llanto, llanto de calientes raudales
Renueve los ojos de turbios cristales
Y les vuelva el viejo fuego del
mirar!
¡Retóñalos desde las entrañas,
Cristo!
Si ya es imposible, si tú bien lo has
visto,
Si son paja de eras… ¡desciende a
aventar!
AL PUEBLO HEBREO
(Matanzas
de Polonia)
Raza judía, carne de dolores,
Raza judía, río de amargura
Como los cielos y la tierra, dura
Y crece aún tu selva de clamores.
Nunca han dejado orearse tus heridas;
Nunca han dejado que a sombrear te
tiendas,
Para estrujar y renovar tu venda,
Más que ninguna rosa enrojecida.
Con tus gemidos se ha arrullado el
mundo,
Y juega con las hebras de tu llanto.
Los surcos de tu rostro, que amo
tanto,
Son cual llagas de sierra de
profundos.
Temblando mecen su hijo las mujeres,
Temblando siega el hombre su gavilla.
En tu soñar se hincó la pesadilla
Y tu palabra es sólo el ¡miserere!
Raza judía, y aun te resta pecho
Y voz de miel, para alabar tus lares,
Y decir el Cantar de los Cantares
Con lengua, y labio, y corazón
deshechos.
En tu mujer camina aún María.
Sobre tu rostro va el perfil de
Cristo;
Por las laderas de Sión le han visto
Llamarte en vano, cuando muere el
día…
Que tu dolor en Dimas le miraba
Y El dijo a Dimas la palabra inmensa
Y para ungir sus pies busca la trenza
De Magdalena ¡y la halla
ensangrentada!
¡Raza judía, carne de dolores,
Raza judía, río de amargura:
Como los cielos y la tierra, dura
Y crece tu ancha selva de clamores!
LA MUJER FUERTE
Me acuerdo de tu rostro que se fijó
en mis días,
Mujer de saya azul y de tostada
frente,
Que en mi niñez y sobre mi tierra de
ambrosía
Vi abrir su surco negro en un abril
ardiente.
Alzaba en la taberna, honda, la copa
impura
El que te apegó un hijo al pecho de
azucena,
Y bajo ese recuerdo, que te era
quemadura,
Caía la simiente de tu mano, serena.
Segar te vi en enero los trigos de tu
hijo,
Y sin comprender tuve en ti los ojos
fijos,
Agrandados al par de maravilla y
llanto
Y el lodo de tus pies todavía besara,
Porque entre cien mundanas no he
encontrado tu cara
¡y aun te sigo en los surcos la
sombra con mi canto!
LA MUJER ESTÉRIL
La mujer que no mece a un hijo en el
regazo,
Cuyo calor y aroma alcance a sus
entrañas,
Tiene una laxitud de mundo entre los
brazos;
Todo su corazón congoja inmensa baña.
El lirio le recuerda una sienes de
infante;
El Angelus le pide otra boca con
ruego;
E interroga la fuente de seno de
diamante
Por qué su labio quiebra el cristal
en sosiego.
Y al contemplar sus ojos se acuerda
de la azada;
Piensa que en los de un hijo no
mirará extasiada,
Al vaciarse sus ojos, los follajes de
octubre.
Con doble temblor oye el viento en
los cipreses.
¡Y una mendiga grávida, cuyo seno
florece
Cual la parva de enero, de vergüenza
la cubre!
IN MEMORIAM
Amado Nervo, suave perfil, labio
sonriente;
Amado Nervo, estrofa y corazón en
paz:
Mientras te escribo, tienes losa
sobre la frente,
Baja en la nieve tu mortaja
inmensamente
Y la tremenda albura cayó sobre tu
faz.
Me escribías: “Soy triste como los
solitarios,
Pero he vestido de sosiego mi
temblor,
Mi atroz angustia de la mortaja y el
osario
Y el ansia vida de Jesucristo, mi
Señor.”
¡Pensar que no hay colmena que
entregue tu dulzura;
Que entre las lenguas de odio eres
lengua de paz;
Que se va el canto mecedor de la
amargura,
Que habrá tribulación y no responderás!
De donde tú cantabas se me levantó el
día.
Cien noche con tu verso yo me he
dormido en paz.
Aun era heroica y fuerte, porque aún
te tenía;
Sobre la confusión tu resplandor
caía.
¡Y ahora tu callas, y tienes polvo, y
no eres más!
No te vi nunca. No te veré. Mi dios
lo ha hecho.
¿Quién te juntó las manos? ¿Quién
dio, rota la voz,
La oración de los muertos al borde de
tu lecho?
¿Quién te alcanzó en los ojos el
estupor de Dios?
Aún me quedan jornadas bajo los
soles. ¿Cuándo
Verte, dónde encontrarte y darte mi
aflicción,
Sobre la Cruz del Sur que me mira
temblando
O más allá, donde los vientos van
callando,
Y, por impuro, no alcanzará mi
corazón?
Acuérdate de mí -lodo y ceniza
triste-
Cuando estés en tu reino de extasiado
zafir.
A la sombra de Dios, grita lo que
supiste:
Que somos huérfanos, que vamos solos,
que tú nos viste,
¡que toda carne con angustia pide
morir!
CREDO
Creo en mi corazón, ramo de aromas
Que mi Señor una fronda agita,
Perfumando de amor toda la vida
Y haciéndola bendita.
Creo en mi corazón, el que no pide
Nada porque es capaz del sumo ensueño
Y abraza en el ensueño lo creado
¡Inmenso dueño!
Creo en mi corazón, que cuando canta
Hunde en el Dios profundo el flanco
herido,
Para subir de la piscina viva
Como recién nacido.
Creo en mi corazón, el que tremola
Porque lo hizo el que turbó los
mares,
Y en el que da la Vida orquestaciones
Como de pleamares.
Creo en mi corazón, el que yo exprimo
Para teñir el lienzo de la vida
De rojez o palor, y que le ha hecho
Veste encendida.
Creo en mi corazón, el que en la
siembra
Por el surco sin fin fue acrecentado.
Creo en mi corazón siempre vertido,
Pero nunca vaciado.
Creo en mi corazón en que el gusano
No ha de morder, pues mellará a la
muerte;
Creo en mi corazón, el reclinado
En el pecho de Dios terrible y
fuerte.
MIS LIBROS
(Lectura en la Biblioteca
Mexicana Gabriela
Mistral.)
¡Libros callado libros de las
estanterías,
Vivos en su silencio, ardientes en su
calma;
Libros, lo que consuelan, terciopelos
del alma,
Y que siendo tan tristes nos hacen la
alegría!
Mis manos en el día de afanes se
rindieron;
Pero al llegar la noche los buscaron,
amantes
En el hueco del muro donde como
semblantes
Me miran confortándome aquellos que
vivieron.
¡Biblia, mi noble Biblia, panorama
estupendo,
En donde se quedaron mis ojos
largamente,
Tienes sobre los Salmos las lavas más
ardientes
Y en su río de fuego mi corazón
enciendo!
Sustentaste a mis gentes con tu
robusto vino
Y los erguiste recios en medio de los
hombres,
Y a mi me yergue de ímpetu solo el
decir tu nombre;
Porque yo de ti vengo he quebrado al
Destino.
Después de ti, tan sólo me traspasó
los huesos
Con su ancho alarido, el sumo
Florentino.
A su voz todavía como un junco me
inclino;
Por su rojez de infierno fantástico
atravieso.
Y para refrescar en musgos con rocío
La boca, requemada en las llamas
dantescas,
Busqué las Florecillas de Asís, las siempre
frescas
¡Y en esas felpas dulces se quedó el
pecho mío!
Yo vi a Francisco, a Aquel fino como
las rossa,
Pasar por su campiña más leve que un
aliento,
Besando el lirio abierto y el pecho
purulento,
Por besar al Señor que duerme entre
las cosas.
¡Poema de Mistral, olor a surco
abierto
Que huele en las mañanas, yo te
aspiré embriagada!
Vi a Mireya exprimir la fruta
ensangrentada
Del amor y correr por el atroz
desierto.
Te acuerdo también, deshecha de
dulzuras,
Versos de Amado Nervo, con pecho de
paloma,
Que me hiciste más suave la línea de
la loma,
Cuando yo te leía en mis mañanas
puras.
Nobles lirios antiguos, de hojas amarillentas,
Sois labios no rendidos de endulzar a
los tristes,
Sois la vieja amargura que nuevo
manto viste:
¡desde Job hasta Kempis la misma voz
doliente!
Lo que cual Cristo hicieron la Vía-Dolorosa,
Apretaron el verso contra su roja
herida,
Y es lienzo de Verónica la estrofa
dolorida;
¡todo libro es purpúreo como sangrienta
rosa!
¡Os amo, os amo, bocas de los poetas
idos,
Que deshechas en polvo me seguís
consolando
Y que al llegar la noche estáis
conmigo hablando,
Junto a la dulce lámpara, con dulzor
de gemidos!
De la página abierta aparto la
mirada,
¡oh muertos!, y mi ensueño va
tejiéndoos semblantes:
Las pupilas febriles, los labios
anhelantes
Que lentos se deshacen la tierra
apretada.

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