Quien quiera descubrir la importancia
que puede tener una vaca para el destino de una familia, aquí estará a punto de
enterarse sólo con que se lea este cuento, que en el fondo es un prodigio de
realismo fantástico donde la realidad se vuelve onírica en medio de una
tormenta, con la espantosa crecida de un río bajo una lluvia que no para de
caer. Todo hay que decirlo: un cuento que comienza con un entierro y un diluvio
promete demasiado y este cuento lo cumple. "Aquí -nos dice el narrador, un joven miembro de la familia protagonista- todo va de mal en
peor" y podemos dar fe de que el narrador no nos miente y de que todo el
relato parece ilustrar el dicho de "éramos pocos y parió la abuela".
El relato comienza con una lluvia como nunca y acaba con un drama como pocas
veces: nos enteramos de que la familia se ha vuelto más pobre y de que uno de
sus miembros acaba de firmar su condenación. Aquí vemos cómo la naturaleza se
ceba con el destino de un ser humano, que además es una niña, y le lanza su desgracia en forma de aguacero. Un
aguacero que "llega de repente en grandes olas de agua" y que arruina
toda la cosecha de la familia. Pero sobre todo se trata de un aguacero que se
lleva una vaca, una vaca "que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy
bonitos ojos" y que se convierte en el símbolo del cuento. No es una vaca
cualquiera, es la dote de una niña para que salga de su pobreza y pueda labrarse
un destino halagüeño. Y vemos en el cuento que con la crecida del río va creciendo la desgracia de la famillia, que se lleva su bien más
preciado, desembocando en su deshonra. La lluvia en el cuento se vuelve
amenazadora porque nos trae ríos desbordantes con "su olor a podrido del
agua revuelta". Ríos que se van haciendo fantásticos porque, como en los
cuentos de Poe, van perdiendo sus orillas. Un río que entra por los corrales y
sale por las puertas y se lleva los tamarindos y pasa por encima de los puentes.
El onirismo de este cuento nos recuerda al de Felisberto Hernández. Gran parte
del relato se demora en contarnos cómo se va transmutando el río, cuya agua cada vez
se hace más espesa y oscura. Y es a partir de que nos enteramos de que el río, además, no sólo ha arramblando con la vaca, sino tal vez también con su
ternerito, cuando asistimos a un drama que llega su culminación: vemos cómo el río
amenaza con llegarle a una familia al cuello hasta, poco menos, que ahogarla. Descubrimos que cuando un río se
lleva una vaca en medio de un aguacero de dimensiones bíblicas, se lo puede
estar llevando todo. Descubrimos que una vaca que se ahoga en un río no es sólo
una vaca. La vaca era un viático para la buena vida, era la esperanza y el
futuro de una familia. En este cuento asistimos a su ruina y al comienzo de su
miseria. Un cuento, pues, sobre el tránsito de la pobreza a la miseria humana. No hace falta ser pobre para entender porque la pobreza es una miseria humana. Aquí nos enteramos bien.
ES QUE SOMOS MUY POBRES
“Aquí todo va de mal en peor. La
semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos
enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A
mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose
en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin
darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que
pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán,
viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan
recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana
Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló
para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres
noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el
estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar
el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se
estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque
reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta
traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba
llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba
en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se
huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el
río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y
estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora.
El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes
chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un
pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a
algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el
recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo
que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún
tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da
cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha
bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la
tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y
oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos
estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos
subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues
abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y solo se ven las bocas de muchos que
se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por
eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y
contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se
había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque
mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca
y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le
ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo
río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo
más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por
nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del
corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los
ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas
cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de
que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le
golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al
volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura
como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como solo
Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio
cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba
con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Solo dijo que la
vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio
una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna
señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y
él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran
animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el
becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que
Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es
lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin
nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina,
desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella
tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras
dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado
a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde
chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con
hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y
entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la
noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces,
cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el
suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las
dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo
aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o
no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a
mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos
hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo
que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda
casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a
estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se
hiciera el ánimo de casarse con ella, solo por llevarse también aquella vaca
tan bonita.
La única esperanza que nos queda es
que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río
detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de
retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha
castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su
abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor
de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos
fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas
aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no
ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la
misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y
dice: “Que Dios las ampare a las dos.”
Pero mi papá alega que aquello ya no
tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que como palo de
ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser
como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar
la atención.
-Sí -dice-, le llenará los ojos a
cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que
acabará mal.
Esa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca
no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido
color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su
cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de
ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla,
pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante
al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse
todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene
de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de
arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar
a trabajar por su perdición.”

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