EFÍMEROS Y BREVES 131. Nicolás Maquiavelo (1469-1527): Carta donde confiesa cómo se olvida de la pobreza y de la muerte a través de los libros (557 aniversario de su nacimiento)
Se deja aquí un fragmento de la carta
enviada por Nicolás Maquiavelo a Francesco Vettori el 10 de diciembre de 1513, donde
hace una relación de sus actividades cotidianas y donde se llega a una de las
cimas de la literatura epistolar. Se trata de ese pasaje en que Maquiavelo
narra cómo regresa a casa y, ya mudado y vestido de gala, entra en conversación
con las cortes de los antiguos hombres a través de la lectura de los libros, en
sintonía perfecta que nos recuera a la referida por Quevedo o Montaigne.
Para contextualizar el momento
histórico y biográfico en que Maquiavelo escribe esta inolvidable carta, hay
que decir que había caído en desgracia un año antes, en el otoño de 1512,
cuando es alejado de la Cancillería de la República donde ejercía de secretario, y se le condena a
un año de destierro. Su situación se agrava al cabo de unos meses al ser acusado
de conspirar contra el nuevo gobierno, siendo encarcelado y torturado. Es el
momento en que Maquiavelo, que había disfrutado de la amistad y de la privanza
de los Borgia, se encuentra solo, sin ocupación y en la pobreza. En estas
precarias condiciones, sin embargo, pudo encontrar un hombre que se prestó a
escucharle, a aconsejarle y a valorar sus juicios. Francesco Vettori era, en el
momento en que escribe esa carta, embajador de Florencia en Roma ante la corte
del papa León X. Hombre culto, y aficionado a la lectura de los clásicos y al
placer, entablo correspondencia con Maquiavelo en sus momentos de ocio. Maquiavelo
se acababa de retirar a su finca de San Casciano y vivía con su mujer en cinta
y sus cuatro hijos.
Este fragmento de la carta que aquí
se expone resulta una confesión valiosísima para descubrir al Maquiavelo más
íntimo, así como conocer su método de trabajo (especialmente importante para fijar la
génesis de su obra “El príncipe”). Aquí comprobamos cómo, al llegar a casa tras
una larga jornada, se entrega refinadamente al contacto con los libros, para quien son
materia viva y único medio de conseguir relacionarse con los mejores hombres de
la antigüedad. Vemos cómo confiesa que ha nacido para esta actividad, y para
nutrirse espiritualmente de ella, inquiriendo a estos hombres por el motivo de
sus acciones. La lectura provechosa le transporta y le libera durante cuatro
horas de todo mal (hasta la pobreza y la muerte) y en su esfuerzo por retener
lo que ha entendido, sigue el consejo de Dante y toma anotaciones que le han
ido sirviendo para componer un opúsculo: se trata de “El príncipe”, la obra que iba a terminar dándole fama
mundial. Obra en la que, como puede leerse en esta carta, había puesto grandes
esperanzas. Un libro en que, tal como explica aquí Maquiavelo, trata sobre los
principados: “cómo se adquieren, cómo se mantienen y por qué se pierden”.
[…] “Abandonado el bosque, me voy a
una fuente, y de ahí a un terreno donde tengo tendidas mis redes para pájaros.
Llevo un libro conmigo, Dante o Petrarca o alguno de esos poetas menores, como
Tibulo, Ovidio y otros: leo sus pasiones amorosas y sus amores, me acuerdo de
los míos, y me deleito un buen rato en esos pensamientos. Me traslado después a
la vera del camino de la hostería, hablo con los que pasan, les pido noticias
de sus pueblos, oigo diversas cosas y noto diversas fantasías de los hombres.
Llega en esto la hora de comer, en que con mi brigada me nutro con los manjares
que esta pobre quinta y este parco patrimonio comportan. Después de comer
regreso a la hostería: ahí está el hostero, y habitualmente un carnicero, un
molinero, dos panaderos. Con éstos me encanallo todo el día jugando cricca,
trictrac y poi, de lo cual nacen mil conflictos e infinitos incidentes de
palabras injuriosas, que las más de las veces se apuesta un cobre y sin embargo
los gritos se oyen desde San Casiano. Así revuelto entre estos piojos saco el
cerebro del moho, y desahogo la malignidad de esta suerte mía, y me alegro de
que me pisotee de esta manera, por ver si no se avergüenza.
Cuando llega la noche, regreso a casa
y entro en mi escritorio, y en el umbral me quito la ropa cotidiana, llena de
fango y de mugre, me visto paños reales y curiales, y apropiadamente revestido
entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres donde, recibido por ellos
amorosamente, me nutro de ese alimento que sólo es el mío, y que yo nací para
él: donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles por la razón de
sus acciones, y ellos por su humanidad me responden; y no siento por cuatro horas
de tiempo molestia alguna, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me asusta
la muerte: todo me transfiero a ellos. Y como dice Dante que no hay ciencia sin
el retener lo que se ha entendido, he anotado todo aquello de que por la
conversación con ellos he hecho capital, y he compuesto un opúsculo De
principatibus, donde profundizo todo lo que puedo en las meditaciones sobre
este tema, disputando qué es principado, de cuáles especies son, cómo se
adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden. Y si alguna vez os agradó
alguno de mis garabatos, éste no debería desagradaros; y para un príncipe, y
especialmente para un príncipe nuevo, debería resultar aceptable, por eso lo
encamino hacia la magnificencia de Juliano. Felipe Casavecchia lo ha visto:
podrá informaros en parte sobre la cosa en sí y sobre las conversaciones que he
tenido con él, aunque todavía lo estoy aumentando y puliendo.” […]

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