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Nicolás Maquiavelo: El poder de los libros (Efímeros y breves 131)

 

Retrato de Nicolás Maquiavelo, de Santi di Tito

Se deja aquí un fragmento de la carta enviada por Nicolás Maquiavelo a Francesco Vettori el 10 de diciembre de 1513, donde hace una relación de sus actividades cotidianas y donde se llega a una de las cimas de la literatura epistolar. Se trata de ese pasaje en que Maquiavelo narra cómo regresa a casa y, ya mudado y vestido de gala, entra en conversación con las cortes de los antiguos hombres a través de la lectura de los libros, en sintonía perfecta que nos recuera a la referida por Quevedo o Montaigne.

Para contextualizar el momento histórico y biográfico en que Maquiavelo escribe esta inolvidable carta, hay que decir que había caído en desgracia un año antes, en el otoño de 1512, cuando es alejado de la Cancillería de la República donde ejercía de secretario, y se le condena a un año de destierro. Su situación se agrava al cabo de unos meses al ser acusado de conspirar contra el nuevo gobierno, siendo encarcelado y torturado. Es el momento en que Maquiavelo, que había disfrutado de la amistad y de la privanza de los Borgia, se encuentra solo, sin ocupación y en la pobreza. En estas precarias condiciones, sin embargo, pudo encontrar un hombre que se prestó a escucharle, a aconsejarle y a valorar sus juicios. Francesco Vettori era, en el momento en que escribe esa carta, embajador de Florencia en Roma ante la corte del papa León X. Hombre culto, y aficionado a la lectura de los clásicos y al placer, entablo correspondencia con Maquiavelo en sus momentos de ocio. Maquiavelo se acababa de retirar a su finca de San Casciano y vivía con su mujer en cinta y sus cuatro hijos.

Este fragmento de la carta que aquí se expone resulta una confesión valiosísima para descubrir al Maquiavelo más íntimo, así como conocer su método de trabajo (especialmente importante para fijar la génesis de su obra “El príncipe”). Aquí comprobamos cómo, al llegar a casa tras una larga jornada, se entrega refinadamente al contacto con los libros, para quien son materia viva y único medio de conseguir relacionarse con los mejores hombres de la antigüedad. Vemos cómo confiesa que ha nacido para esta actividad, y para nutrirse espiritualmente de ella, inquiriendo a estos hombres por el motivo de sus acciones. La lectura provechosa le transporta y le libera durante cuatro horas de todo mal (hasta la pobreza y la muerte) y en su esfuerzo por retener lo que ha entendido, sigue el consejo de Dante y toma anotaciones que le han ido sirviendo para componer un opúsculo: se trata de “El príncipe”,  la obra que iba a terminar dándole fama mundial. Obra en la que, como puede leerse en esta carta, había puesto grandes esperanzas. Un libro en que, tal como explica aquí Maquiavelo, trata sobre los principados: “cómo se adquieren, cómo se mantienen y por qué se pierden”.

 

[…] “Abandonado el bosque, me voy a una fuente, y de ahí a un terreno donde tengo tendidas mis redes para pájaros. Llevo un libro conmigo, Dante o Petrarca o alguno de esos poetas menores, como Tibulo, Ovidio y otros: leo sus pasiones amorosas y sus amores, me acuerdo de los míos, y me deleito un buen rato en esos pensamientos. Me traslado después a la vera del camino de la hostería, hablo con los que pasan, les pido noticias de sus pueblos, oigo diversas cosas y noto diversas fantasías de los hombres. Llega en esto la hora de comer, en que con mi brigada me nutro con los manjares que esta pobre quinta y este parco patrimonio comportan. Después de comer regreso a la hostería: ahí está el hostero, y habitualmente un carnicero, un molinero, dos panaderos. Con éstos me encanallo todo el día jugando cricca, trictrac y poi, de lo cual nacen mil conflictos e infinitos incidentes de palabras injuriosas, que las más de las veces se apuesta un cobre y sin embargo los gritos se oyen desde San Casiano. Así revuelto entre estos piojos saco el cerebro del moho, y desahogo la malignidad de esta suerte mía, y me alegro de que me pisotee de esta manera, por ver si no se avergüenza.

 

Cuando llega la noche, regreso a casa y entro en mi escritorio, y en el umbral me quito la ropa cotidiana, llena de fango y de mugre, me visto paños reales y curiales, y apropiadamente revestido entro en las antiguas cortes de los antiguos hombres donde, recibido por ellos amorosamente, me nutro de ese alimento que sólo es el mío, y que yo nací para él: donde no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles por la razón de sus acciones, y ellos por su humanidad me responden; y no siento por cuatro horas de tiempo molestia alguna, olvido todo afán, no temo a la pobreza, no me asusta la muerte: todo me transfiero a ellos. Y como dice Dante que no hay ciencia sin el retener lo que se ha entendido, he anotado todo aquello de que por la conversación con ellos he hecho capital, y he compuesto un opúsculo De principatibus, donde profundizo todo lo que puedo en las meditaciones sobre este tema, disputando qué es principado, de cuáles especies son, cómo se adquieren, cómo se mantienen, por qué se pierden. Y si alguna vez os agradó alguno de mis garabatos, éste no debería desagradaros; y para un príncipe, y especialmente para un príncipe nuevo, debería resultar aceptable, por eso lo encamino hacia la magnificencia de Juliano. Felipe Casavecchia lo ha visto: podrá informaros en parte sobre la cosa en sí y sobre las conversaciones que he tenido con él, aunque todavía lo estoy aumentando y puliendo.” […]


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