EFÍMEROS Y BREVES 133. Henry David Thoreau (1817-1862): "Hoy en día hay profesores de filosofía, pero no filosófos.", fragmento de "Walden" en el 162 aniversario de su nacimiento.
Se deja aquí un fragmento que pertenece al comienzo del célebre libro de Henry David Thoureau, "Walden", donde se pronuncia por primera vez una frase que ha llamado la atención de una serie de filósofos, entre ellos Pierre Hadot, quien escribió un pequeño texto con el mismo título que esta entrada: "Hoy en día hay profesores de filosofía, pero no filósofos". La frase es tan paradójica como exacta y me temo que es extensible a cualquier época, incluso es posible que esa contradicción entre la profesión de la filosofía, su enseñanza y su manera de vivirla se haya agudizado con el tiempo. En breve, y tal vez apoyándome en Hadot, trataré de hacer un breve comentario sobre este magnífico comienzo que coloca adánicamente a Thoureau en una especie de nuevo jardín de Epicuro.
Vuelvo otra vez aquí, pero apenas voy a comentar este fragmento que a mi me parece tan capital que siento que se necesitaría casi un libro para hacerle verdadero honor, y me parece también que Pierre Hadot desaprovecha el artículo que escribe sobre la frase de Thoreau sobre los filósofos. ¿Cuando los hubo?, habría que preguntarse; más bien la figura del filósofo se confunde con su ideal y se podría decir que las pocas figuras de verdaderos filósofos en la historia son bien raras, casi siempre apartados de la enseñanza. Thoreau parece reclamar aquí la figura del sabio, que vive en consonancia con la verdad de sus pensamientos. En su artículo sobre la frase de Thoreau, Hadot se limita a detectar las similitudes de pensamiento que hay entre la visión que tiene de la vida y la filosofía de los epicúreos -también con los estoicos-, especialmente en su crítica al ansia de dinero, poder y gloria de la mayoría de los hombres. Considera su traslado a Walden para vivir en una cabaña construida con sus propias manos dentro del bosque como una forma de vivir epícurea, una vuelta al puro goce de existir. Pero si una lee las primeras páginas de este libro escrito por uno de los pioneros de la desobediencia civil, percibe que son páginas extraordinarias que constituyen un alegato en toda regla contra los vicios de la civilización. Más que cierta similitud con la actitud vital de Goethe, como recuerda Hadot, resuena en estas páginas la figura de Rousseau. Resuena también la filosofía de la confianza en sí mismo, que había puesto en boga su amigo Emerson, así como su idea sobre la influencia del carácter, hasta el punto de proclamar al comienzo de su libro que lo que "un hombre piensa de sí mismo es lo que determina su hado". Desde luego la consideración que tenía Thoreau de las potencialidades humanas era muy elevada. No consideraba tan bien a los hombres vistos como masa indiferenciada sin pensamiento propio. La mayoría de los hombres puede equivocarse e incluso lo que pasa por verdad hoy puede convertirse en una falsedad mañana.
El tema que se toca aquí, por tanto, es un tema grave. Se pregunta Thoreau si no será el lujo de la civilización una rémora y un obstáculo para que se eleve la nobleza humana. El lujo visto aquí como aquello que se opone a una vida humana más sencilla y original. La que nos perdimos por el camino. La pregunta fundamental que se hace Thoreau es la pregunta sobre la decadencia, una pregunta consustancial al mismo nacimiento de la civilización, pero que acompaña de una manera más intensa en determinados periodos de la historia. Y es entonces cuando introduce el tema de la filosofía, porque el tema de la decadencia tiene mucho que ver con la manera de vivir elegida por un hombre. Una manera corrompida de vivir en la mayoría de los hombres puede llevar a una sociedad hacia su declive. Y Thoreau considera que la forma de vivir está íntimamente vinculada con la filosofía, que es ésta -tal como concebía también Hadot- una forma de vida en consonancia con un modo de pensar, o mejor dicho, que el pensamiento sobre la vida, cuando es verdadero, modifica la forma de vivir, la puede hacer más genuina. Y sin embargo es cuando echa una ojeada a la manera de vivir de aquellos que tienen que dar ejemplo cuando él se percata de que los filósofos viven de una forma inauténtica, profesando la filosofía desde una cátedra, pero lejos de vivirla en sabiduría. Sólo le queda al filósofo la apariencia, el nombre, tal vez la máscara, pero está lejos de vivir con sencillez y confianza. En el fondo expresa un profundo escepticismo sobre el poder de la cultura cuando no está viva, que es casi siempre. En el fondo lo que nos está diciendo es que de poco valor son las palabras que pronuncian los filósofos cuando no van acompañadas de hechos elocuentes, que es casi siempre. El experimento vital de Thoreau, lejos del mundanal ruido y apartado de los refinamientos de la civilización, trata de ser una enmienda a la falsedad de la vida y al desvío de los hombres de la sabiduría original. Decir que hay profesores de filosofía, pero no filósofos, es casi lo mismo que decir que hay imitadores de hombres o que hay homúnculos pero que no hay hombres. Es casi lo mismo que admitir que hay que seguir buscando de nuevo, como Diógenes, un hombre con una linterna. La mudanza de Thoreau a una cabaña en Walden es una especie de vuelta a vivir dentro de un barril, apartados de las sombras ilusorias que nos tapan el sol. El mismo Thoreau lo formula mediante una pregunta incómoda "¿Por qué degeneran siempre los hombres?" No dice ahora, sino siempre; No ataca a algunos o a muchos, sino que habla en genérico. Su libro Walden y su modo de concebir la vida supuso en su momento, y aún hoy, un chorro de aire fresco que buscaba regenerar al ser humano. Tal fue el experimento de Thoreau, pero también el de Emerson y el de Whitman.
Tras este fragmento escogido de las primeras páginas de Walden se dejan un manojo de citas sacadas también de estas páginas. Cualquiera de ellas podría servir para un extenso comentario, lo que dice mucho de la fertilidad de ideas y propuestas que contiene el texto de Thoreau, especialmente en su comienzo.
FRAGMENTO DE "WALDEN"
“La mayoría de los lujos, y muchas de
las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que
resultan verdaderos obstáculos para la elevación de la humanidad. Con respecto
a los lujos y comodidades, los más sabios siempre han vivido una vida más
sencilla y austera que los pobres. Los antiguos filósofos chinos, hindúes,
persas y griegos formaron una clase tan pobre en riquezas exteriores, y rica en
interiores, como no ha habido otra. Apenas sabemos nada de ellos. Es curioso
que nosotros sepamos tanto de ellos. Lo mismo puede decirse de los modernos
reformadores y benefactores de la raza. Nadie puede ser un observador imparcial
o sabio de la vida humana si no se apoya en lo que nosotros deberíamos llamar
pobreza voluntaria. El fruto de una vida de lujo es el lujo, ya sea en
agricultura, comercio, literatura o arte. Hoy en día hay profesores de
filosofía, pero no filósofos. Sin embargo es admirable profesarla porque una
vez fue admirable vivirla. Ser un filósofo no es sólo tener pensamientos
sutiles, ni siquiera fundar una escuela, sino amar la sabiduría y vivir de
acuerdo con sus dictados una vida de sencillez, independencia, magnanimidad y
confianza. Es resolver ciertos problemas de la vida, no sólo en la teoría, sino
en la práctica. El éxito de los grandes escolares y pensadores es por lo
general un éxito cortesano, no regio ni varonil. Cambian para vivir sólo por conformidad,
prácticamente como sus padres, y no son en modo alguno los progenitores de una
raza de hombres más nobles. Pero ¿por qué degeneran siempre los hombres? ¿Qué
hace desaparecer a las familias? ¿Cuál es la naturaleza del lujo que enerva y
destruye naciones? ¿Estamos seguros de que no se halla en nuestras vidas? El
filósofo está por delante de su época incluso en la forma exterior de su vida.
No se alimenta, cobija viste ni calienta como sus contemporáneos. ¿Cómo pude un
hombre ser filósofo y no mantener su calor vital con mejores métodos que los de
otros hombres?”
CITAS EXTRAÍDAS DE LAS PRIMERAS PÁGINAS DE WALDEN
Lo que un hombre piensa de sí mismo
es lo que determina, o más bien indica, su hado.
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Una característica de la sabiduría es
no hacer cosas desesperadas.
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Nunca es demasiado tarde para
renunciar a nuestros prejuicios.
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Aquello de lo que todo el mundo se
hace hoy eco o admite como cierto en silencio puede resultar falso mañana, mero
humo de opinión […]
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La vejez no está mejor ni tan bien
cualificada para instruir como la juventud, porque no ha aprovechado tanto como
ha perdido. Casi podríamos dudar de si el hombre más sabio, por vivir, ha
aprendido algo con valor absoluto.
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He vivido unos treinta años en esta
planeta y hasta ahora no he oído la primera sílaba de un consejo valioso ni
serio de mis mayores. Nada me han dicho y, probablemente, nada puedan decirme a
propósito.
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Deberíamos vivir en todas las épocas del
mundo en una hora, ¡Ay, en todos los mundos de cualquier época! ¡Historia,
poesía, mitología! Ninguna lectura de la experiencia ajena sería tan asombrosa
e informativa como esta.
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Creo sinceramente que la mayor parte
de lo que mis vecinos llaman bueno es malo y, si me arrepiento de algo,
probablemente sea de mi buena conducta.
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Todo cambio es un milagro digno de
contemplares, pero un milagro es lo que tiene lugar a cada instante.
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La mejora de los tiempos ha tenido
poca influencia en las leyes esenciales de la existencia del hombre, así como
nuestros esqueletos no se distinguen probablemente de los de nuestros antepasados.
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La mayoría de los lujos, y muchas de
las llamadas comodidades de la vida, no sólo no son indispensables, sino que
resultan verdaderos obstáculos para la elevación de la humanidad.
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Hoy en día hay profesores de
filosofía, pero no filósofos. Sin embargo es admirable profesarla porque una
vez fue admirable vivirla.
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