Vicente Aleixandre nace en Sevilla el
26 de abril de 1898. A los dos años su padre, que es ingeniero, tiene que
trasladarse a Málaga. En el colegio conoce a Emilio Prados. Transcurren nueve
años hasta que la familia se instala definitivamente en Madrid. Cuando termina
el bachillerato, empieza a estudiar derecho e intendencia mercantil. En el
verano de 1917, en las Navas del Marqués (Avila), se produce un suceso
trascendente: descubre la poesía de la mano de Dámaso Alonso, ese “amigo de
todas las horas, seguro en toda la vicisitud”. Le acaba de prestar una
antología de Rubén Darío y con su lectura se le abre todo un mundo. Hasta
entonces sus lecturas se inclinaban exclusivamente hacia la novela. Comienza en
Navas del Marqués a escribir sus primeros versos.
Terminadas las dos carreras, entra de
profesor ayudante en la escuela de intendentes mercantiles y consigue empleo en
una compañía ferroviaria. En 1925 una grave enfermedad -tuberculosis renal-
cambia el curso de su vida. El obligado retiro en Miraflores de la Sierra
favorece su dedicación a la literatura, con una convalecencia que exige un
reposo absoluto y un estricto régimen alimentario. En una entrevista en 1964
confesaba: “Cuando ya recuperado pude haber retornado al servicio se había
operado en mí la metamorfosis de la poesía, y entonces me dediqué a ella
plenamente”.
En 1927 está ya en Madrid, en la
calle Valentonia, que a partir de 1977 cambiará su nombre por el del poeta. Va
conociendo a otros compañeros de generación y empieza a colaborar en revistas
del grupo como Litoral, Carmen, Lola… Se entrega de lleno a la tarea creativa.
Una fuerte recaída obliga a extraerle un riñón en 1932. Su carrera sigue una
trayectoria ascendente. En 1933 obtiene el premio nacional de literatura “La
destrucción o el amor”. Durante la guerra, nuevamente enfermo, pasa gran parte
del tiempo en Miraflores. Al terminar, regresa a su casa de Valentonia, que a
lo largo de muchos años se convertirá en refugio y centro de peregrinación de
los jóvenes poetas. Muertos ya sus padres, vive allí en compañía de conche, su
única hermana.
Ante la imposibilidad de buscar
nuevos horizontes, como tantos otros compañeros, se sumerge en las
profundidades del exilio interior. Luego van aquedan atrás los años en que se
ve condenado por el régimen y en 1949 es elegido miembro de la Real Academia.
Desaparece el veto que pesaba sobre él y su obra. Su precaria salud no le
impide emprende algunos viajes, dentro y fuera de España para dar conferencias.
En 1969 recibe el Premio de la Crítica y en 1977 la concesión del Nobel supone
el reconocimiento definitivo. En los últimos años se ve fuertemente aquejado
por su dolencia crónica, a la que viene a sumarse afecciones de la vista. Muere
en diciembre de 1984 a causa de una hemorragia intestinal.
Vicente Aleixandre, obligado por su
dolencia crónica, al reposo físico es hombre de extraordinaria vitalidad, que
acompasa su existir al ritmo del universo y se vuelca en el amor a la
Naturaleza, a la vida, dentro de una concepción panteísta del mundo que
trasciende la conciencia de la propia individualidad.
Dedicó buena parte de su vida al
cultivo de la amistad y de la charla cordial. Todos cuantos se acercaron a él
han subrayado la generosa hospitalidad con que abría las puertas de su cas, el
estímulo que supo dar a los jóvenes poetas hispanos, ya en amables pláticas, y
en su cartas. Cariño y gratitud son sentimientos unánimes en quienes pudieron
gozar de su afectuosa acogida. Su magisterio sobre las nuevas generaciones fue
decisivo, sobre todo a partir de la publicación de “Sombra del paraíso” (1944).
Subraya José Luis Cano, uno de sus
mejores amigos, “el humanismo de Aleixandre, que se refleja en su solidaridad y
defensa de los valores humanos, y en su actitud frente a la sociedad de su
tiempo y los problemas de su país. De formación liberal, estuvo al lado de la
causa republicana, circunstancia que le acarreó muchas sinsabores durante la
inmediata posguerra.
Se seleccionan aquí un numeroso
puñado de poemas pertenecientes al libro “La destrucción o el amor”, que en
1935 obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Su lectura apasionó a un joven
Miguel Hernández, que quedó deslumbrado por estos poemas llenos de surrealismo
y de pasión cósmica. En una carta que le escribió el poeta de Orihuela, le
confiesa que leyendo su libro se siente un primitivo, “tan aplicada está tu
sensibilidad poética y tan trabajado tu sentimiento en lo universal. He dicho a
un amigo que tu libro es para la juventud venidera más que para la presente,
sobre la que pesan y a la que enturbian
un tradicionalismo lírico trasnochado y una existencia social totalmente fuera
de los cauces naturales en que tú discurres”. Este libro, pues, pertenece a su
primera etapa creadora dominada por el irracionalismo surrealista. Una etapa en
la que, según Alejandro Sanz, “canta el amor como fuente telúrica, a la
naturaleza como centro de todo y al hombre como parte de ella, a la unidad
amorosa del mundo”. Así fue también como concibió este libro en particular, “desde
el pensamiento central de la unidad amorosa del universo”, según sus propias
palabras y en el retiro cerca de la naturaleza y de la montaña que le proporcionó
Miraflores de la sierra. Se deja a continuación, además de los poemas, una nota
escrita por el mismo poema a propósito de este libro.
“Salvo dos o tres poemas anteriores a
la enfermedad larga que durante unos meses de 1932 me tuvo separado de toda
actividad, la mayor parte de La destrucción o el amor se compuso en los
finales de ese año y durante el curso de 1933, en un verdadero renacer de
fuerzas y apetito vital. Solo desde el soporte equilibrado y sereno que es el
cuerpo sano, el cuerpo “la que no se le siente”, concibo la creación, para mí
al menos. En esto soy perfectamente antirromántico. Desde la fiebre no he
podido nunca trazar una línea. Y la maravillosa “habitación” -el cuerpo- ha de
tener su perfecta calma positiva para albergar o consentir -él, sí- el
movimiento del espíritu. Salud: creación. Me parecen sinónimos.
Llevo muchos años pasando casi todo
el verano en un pueblecito empinado y señero: Miraflores de la Sierra. Siempre
trabajo allí también; pero quizás es La destrucción o el amor el libro
que en mayor parte se ha compuesto en la montaña. Es posible que se le note.
Creo que la visión del mundo del
poeta alcanza una primera plenitud con esta obra, concebida desde el
pensamiento central de la unidad amorosa del universo. Inédita en el último
trimestre de 1933, había atraído hacia su autor el Premio Nacional de
Literatura, y su salida le dio la agridulce sensación de que había dejado de
ser un “poeta joven”. Es quizá el libro mío escrito en menos tiempo (apenas un
año) y el primero que interesó con alguna pasión a otros más jóvenes que yo que
se iniciaban en la poesía.
Visto con la perspectiva de muchos
años, es todavía uno de los que menos descontentan a su autor.”
SE QUERÍAN
Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en
la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre
dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad
noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las
espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo
nuevo,
cuando los rostros giran
melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo
aquel beso.
Se querían de noche, cuando los
perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se
estiran
como lomos arcaicos que se sienten
repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y
toca.
Se querían de amor entre la
madrugada,
entre las duras piedras cerradas de
la noche,
duras como los cuerpos helados por
las horas,
duras como los besos de diente a
diente solo.
Se querían de día, playa que va
creciendo,
ondas que por los pies acarician los
muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra
y flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo
el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan
íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad
extensa,
soledad de lo vivo, horizontes
remotos
ligados como cuerpos en soledad
cantando.
Amando. Se querían como la luna
lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a
ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla
oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen
sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas,
espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas,
perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma,
cristal,
metal, música, labio, silencio,
vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían,
sabedlo.
VIDA
Un pájaro de papel en el pecho
Dice que el tiempo de los besos no ha
llegado;
Vivir, vivir, el sol cruje invisible,
Besos o pájaros, tarde o pronto o
nunca.
Para morir basta un ruidillo,
El de otro corazón al callarse,
O ese regazo ajeno que en la tierra
Es un navío dorado para los pelos
rubios.
Cabeza dolorida, sienes de oro, sol
que va a ponerse;
Aquí en la sombra sueño con un río,
Juncos de verde sangre que ahora
nace,
Sueño apoyado en ti calor o vida.
DESPUÉS DE LA MUERTE
La realidad que vive
En el fondo de un beso dormido,
Donde las mariposas no se atreven a
volar
Por no mover el aire tan quieto como
el amor.
Esa feliz transparencia
Donde respirar no es sentir un
cristal en la boca
No es respirar un bloque que no
participa,
No es mover el pecho en el vacío
Mientras la cara cárdena se dobla
como la flor.
No.
La realidad vivida
Bate unas alas inmensas,
Pero lejos -no impidiendo el blando
vaivén de las flores en que me muevo,
Ni el transcurso de los gentiles
pájaros
Que un momento se detienen en mi
hombro por si acaso…
El mar entero, lejos, único,
Encerados en un cuarto,
Asoma unas largas lenguas por una
ventana donde el cristal lo impide,
Donde las espumas furiosas amontonan
sus rostros
Pegados contra el vidrio sin que nada
se oiga.
El mar o una serpiente,
El mar o ese ladrón que roba los
pechos,
El mar donde mi cuerpo
Estuvo en vida a merced de las ondas.
La realidad que vivo,
La dichosa transparencia en que nunca
al aire lo llamaré unas manos
En que nunca a los montes allamaré
besos
Ni a las aguas del río doncella que
se me escapa.
La realidad donde el bosque no puede
confundirse
Con ese tremendo pelo con que la ira
se encrespa,
Ni el rayo clamoroso es la voz que me
llama
Cuando -oculto mi rostro entre las
manos- una roca a la vista del águila puede ser una roca.
La realidad que vivo,
Dichosa transparencia feliz en la que
el sonido de una túnica,
De un ángel o de ese eólico sollozo
de la carne,
Llega como lluvia lavada,
Como esa planta siempre verde,
como tierra que, no calcinada, fresca
y olorosa,
Puede sustentar unos pies que no
agravan.
Todo pasa.
La realidad transcurre
Como un pájaro alegre.
Me lleva entre sus alas
Como pluma ligera.
Me arrebata a la sombra, a la luz, al
divino contagio.
Me hace pluma ilusoria
Que cuando pasa ignora el mar que al
fin ha podido:
Esas aguas espesas que como labios
negros ya borran lo distinto.
MINA
Calla, calla. No soy el mar, no soy
el cielo,
Ni tampoco soy el mundo en que tú
vives.
Soy el calor que sin nombre avanza
sobre las piedras frías,
Sobre las arenas donde quedó la
huella de un pesar
Sobre el rostro que duerme como
duermen las flores
Cuando comprenden, soñando, que nunca
fueron hierro.
Soy el sol que bajo la tierra pugna
por quebrantarla
Como un brazo solísimo que al fin
entreabre su cárcel
Y se eleva clamando mientras las aves
huyen.
Soy esa amenaza a los cielos con el
puño cerrado,
Sueño de un monte o mar que nadie ha
transportado
Y que una noche escapa como un mar
tan ligero.
Soy el brillo de los peces que sobre
el agua finge una red de deseos,
Un espejo donde la luna se contempla
temblando,
El brillo de unos ojos que pueden
deshacerse
Cuando la noche o nube se cierran
como mano.
Dejadme entonces, comprendiendo que
el hierro es la salud de vivir,
Que el hierro es el resplandor que de
sí mismo nace
Y que no espera sino la única tierra
blanda a que herir como muerte,
Dejadme que alce un pico y que hienda
a la roca,
A la inmutable faz que las aguas no
tocan.
Aquí a la orilla, mientras el azul
profundo casi es negro,
Mientras pasan relámpagos o luto
funeral, o ya espejos,
Dejadme que se quiebre la luz sobre
el acero,
Ira que, amor o muerte, se hincará en
esta piedra,
En esta boca o dientes que saltarán
sin luna.
Dejadme, sí, dejadme cavar, cavar sin
tregua,
Cavar hasta ese nido caliente o
plumón tibio,
Hasta esa carne dulce donde duermen
los pájaros,
Los amores de un día cuando el sol
luce fuera.
VEN SIEMPRE, VEN
No te acerques. Tu frente, tu
ardiente frente, tu encendida frente,
Las huellas de unos besos,
Ese resplandor que aun de día se
siente si te acercas,
Ese resplandor contagioso que me
queda en las manos,
Ese río luminoso en que hundo mis
brazos,
En el que casi no me atrevo a beber,
por temor después a ya una dura vida de lucero.
No quiero que vivas en mí como vive
la luz,
Con ese ya aislamiento de estrella
que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del
espacio
Duro y azul que separa y no une,
Donde cada lucero inaccesible
Es una soledad que, gemebunda, envía
su tristeza.
La soledad destella en el mundo sin
amor.
La vida es una vívida corteza,
Una rugosa piel inmóvil
Donde el hombre no puede encontrar su
descanso,
Por más que aplique su sueño contra
un astro apagado.
Pero tú no te acerques. Tu frente
destellante, carbón encendido que me arrebata a la propia conciencia,
Duelo fulgúreo en que de pronto
siento la tentación de morir,
De quemarme los labios con tu roce
indeleble,
De sentir mi carne deshacerse contra
tu diamante abrasador.
No te acerques, porque tu beso se
prolonga como el choque imposible de las estrellas,
Como el espacio que súbitamente se
incendia,
Éter propagador donde la destrucción
de los mundos
Es un único corazón que totalmente se
abrasa.
Ven, ven, ven como el carbón extinto
oscuro que encierra una muerte;
Ven como la noche ciega que me acerca
su rostro;
Ven como los dos labios marcados por
el rojo,
Por esa línea larga que funde los
metales.
Ven, ven, amor mío; ven, hermética
frente, redondez casi rodante
Que luces como una órbita que va a
morir en mis brazos;
Ven como dos ojos o dos profundas
soledades,
Dos imperiosas llamadas de una
hondura que no conozco.
¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto,
te destruyo;
Ven, que quiero matar o amar o morir
o darte todo;
Ven, que ruedas como liviana piedra,
Confundida como una luna que me pide
mis rayos!
MAÑANA NO VIVIRÉ
Así besándote despacio ahogo un
pájaro,
Ciego olvido sin dientes que no me
ama,
Casi humo en silencio que pronto es
lágrima
Cuando tú como lago quieto tendida
estás sin día.
Así besándote tu humedad no es
pensamiento,
No alta montaña o carne,
Porque nunca al borde del precipicio
cuesta más el abrazo.
Así te tengo casi filo,
Riesgo amoroso, botón, equilibrio,
Te tengo entre el cielo y el fondo
Al borde como ser o al borde amada.
Tus alas como brazos,
Amorosa insistencia en este aire que
es mío,
Casi mejillas crean o plumón o
arribada,
Batiendo mientras me olvido de los
dientes bajo tus labios.
No me esperéis mañana -olvido,
olvido-;
No, sol, no me esperéis cuando la
forma asciende al negro día creciente;
Panteras ignoradas -un cadáver o un
beso-,
Solo sonido extinto o sombra, el día
me encuentra.
A TI, VIVA
Es tocar el cielo, poner el dedo
sobre un
cuerpo humano
NOVALIS
Cuando contemplo tu cuerpo extendido
Como un río que nunca acaba de pasar,
Como un claro espejo donde cantan las
aves,
Donde es un gozo sentir el día cómo
amanece.
Cuando miro a tus ojos, profunda
muerte o vida que me llama,
Canción de un fondo que solo
sospecho;
Cuando veo tu forma, tu frente
serena,
Piedra luciente en que mis besos
destellan,
Como esas rocas que reflejan un sol
que nunca se hunde.
Cuando acerco mis labios a esa música
incierta,
A ese rumor de lo siempre juvenil,
Del ardor de la tierra que canta
entre lo verde,
Cuerpo que húmedo siempre resbalaría
Como un amor feliz que escapa y
vuelve…
Siento el mundo rodar bajo mis pies,
Rodar ligero con siempre capacidad de
estrella,
Con esa alegre generosidad del lucero
Que ni siquiera pide un mar en que
doblarse.
Todo es sorpresa. El mundo
destellando
Siente que un mar de pronto está
desnudo, trémulo,
Que es ese pecho enfebrecido y ávido
Que solo pide el brillo de la luz.
La creación riela. La dicha sosegada
Transcurre como un placer que nunca
llega al colmo,
Como esa rápida ascensión del amor
Donde el viento se ciñe a las frentes
más ciegas.
Mirar tu cuerpo sin más luz que la
tuya,
Que esa cercana música que concierta
a las aves,
A las aguas, al bosque, a ese ligado
latido
De este mundo absoluto que siento
ahora en los labios.
QUIERO SABER
Dime pronto el secreto de tu
existencia;
Quiero saber por qué la piedra no es
pluma,
Ni el corazón un árbol delilcado,
Ni por qué esa niña que muere entre
dos venas ríos
No se va hacia la mar como todos los
buques.
Quiero saber si el corazón es una
lluvia o margen,
Lo que se queda a un lado cuando dos
se sonríen,
O es solo la frontera entre dos manos
nuevas
Que estrechan una piel caliente que
no separa.
Flor, risco o duda, o sed o sol o
látigo:
El mundo todo es uno, la ribera y el
párpado,
Ese amarillo pájaro que duerme entre
dos labios
Cuando el alba penetra con esfuerzo
en el día.
Quiero saber si un puente es hierro o
es anhelo,
Esa dificultad de unir dos carnes
íntimas,
Esa separación de los pechos tocados
Por una flecha nueva surtida entre lo
verde.
Musgo o luna es lo mismo, lo que a
nadie sorprende,
Esa caricia lenta que de noche a los
cuerpos
Recorre como pluma o labios que ahora
llueven.
Quiero saber si el río se aleja de sí
mismo
Estrechando unas formas en silencio,
Catarata de cuerpos que se aman como
espuma,
Hasta dar en la mar como el placer
cedido.
Los gritos son estacas de silbo, son
lo hincado,
Desesperación viva de ver los brazos
cortos
Alzados hacia el cielo en súplicas de
lunas,
Cabezas doloridas que arriba duermen,
bogan,
Sin respirar aún como láminas
turbias.
Quiero saber si la noche va abajo
Cuerpos blancos de tela echados sobre
tierra,
Rocas falsas, cartones, hilos, piel,
agua quieta,
Pájaros como láminas aplicadas al
suelo,
O rumores de hierro, bosque virgen al
hombre.
Quiero saber altura, mar vago o
infinito;
Si el mar es esa oculta duda que me
embriaga
Cuando el viento traspone crespones
transparentes,
Sombra, pesos, marfiles, tormentas
alargadas,
Lo morado cautivo que más allá
invisible
Se debate, o jauría de dulces
asechanzas.
CORAZÓN EN SUSPENSO
Pájaro como luna,
Luna colgada o bella,
Tan baja como un corazón contraído,
Suspendida sin hilo de una lágrima
oscura.
Esa tristeza contagiosa
En medio de la desolación de la nada,
Sin un cuerpo hermosísimo,
Sin un alma o cristal
Contra lo que doblar un rayo bello.
La claridad del pecho o el mundo
acaso,
En medio la medalla que cuelga,
Ese beso cuajado en sangre pura,
Doloroso músculo, corazón detenido.
Un pájaro solo -quizás sombra,
Quizá la dolorosa lata triste,
El filo de ese pico que en algún
labio
Cortó unas flores, un amarillo
estambre o polen luna.
Para esos rayos fríos,
Soledad o medalla realizada,
Espectro casi tangible
De una luna o una sangre o un beso al
cabo.
LA LUZ
El mar, la tierra, el cielo, el
fuego, el viento,
El mundo permanente en que vivimos,
Los astros remotísimos que casi nos
suplican,
Que casi a veces son una mano que
acaricia los ojos.
Esa llega de la luz que descansa en
la frente.
¿De dónde llegas, de dónde vienes,
amorosa forma que siento respirar,
Que siento como un pecho que
encerrara una música,
Que siento como el rumor de unas
arpas angélicas,
Ya casi cristalinas como el rumor de
los mundos?
¿De dónde vienes, celeste túnica que
con forma de rayo luminoso
Acaricias una frente que vive y
sufre, que ama como lo vivo?;
¿de dónde tú, que tan pronto pareces
el recuerdo de un fuego ardiente tal el hierro que señala,
Como te aplacas sobre la cansada
existencia de una cabeza que te comprende?
Tu roce sin gemido, tu sonriente
llegada como unos labios de arriba,
El murmurar de tu secreto en el oído
que espera,
Lastima o hace soñar como la
pronunciación de un nombre
Que solo pueden decir unos labios que
brillan.
Contemplando ahora mismo estos
tiernos animalitos que giran por tierra alrededor,
Bañados por tu presencia o escala
silenciosa,
Revelados a su existencia, guardados
por la mudez
En la que solo se oye el batir de las
sangres.
Mirando esta nuestra propia piel,
nuestro cuerpo visible
Porque tú lo revelas, luz que ignoro
quién te envía,
Luz que llegas todavía como dicha por
unos labios,
Con la forma de unos dientes o de un
beso suplicado,
Con todavía el calor de una piel que
nos ama.
Dime, dime quién es, quién me llama,
quién me dice, quién clama,
Dime quien es este envío remotísimo
que suplica,
Qué llanto a veces escucho cuando
eres solo una lágrima.
Oh tú, celeste luz temblorosa o
deseo,
Fervorosa esperanza de un pecho que
no se extingue,
De un pecho que se lamente como dos
brazos largos
Capaces de enlazar una cintura en la
tierra.
¡Ay amorosa cadencia de los mundos
remotos,
De los amantes que nunca dicen sus
sufrimientos,
De los cuerpos que existen, de las
almas que existen,
De los cielos infinitos que nos
llegan con su silencio!
TRIUNFO DEL AMOR
Brilla la luna entre el viento de
otoño,
En el cielo luciendo como un dolor
largamente sufrido.
Pero no será, no, el poeta quien diga
Los móviles ocultos, indescifrable
signo
De un cielo líquido de ardiente fuego
que anegara las almas,
Si las almas supieran su destino en
la tierra.
La luna como una mano,
Reparte con la injusticia que la
belleza usa,
Sus dones sobre el mundo.
Miro unos rostros pálidos.
Miro rostros amados.
No seré yo quien bese ese dolor que
en cada rostro asoma.
Sólo la luna puede cerrar, besando,
Unos párpados dulces fatigados de
vida.
Unos labios lucientes, labios de luna
pálida,
Labios hermanos para los tristes
hombres,
Son un signo de amor en la vida
vacía,
Son el cóncavo espacio donde el
hombre respira
Mientras vuela en la tierra
ciegamente girando.
El signo del amor, a veces en los
rostros queridos
Es solo la blancura brillante,
La rasgada blancura de unos dientes
riendo.
Entonces sí que arriba palidece la
luna,
Los luceros se extinguen
Y hay un eco lejano, resplandor en
oriente,
Vago clamor de soles por irrumpir
pugnando.
¡Qué dicha alegre entonces cuando la
risa fulge!
Cuando un cuerpo adorado,
Erguido en su desnudo, brilla como la
piedra,
Como la dura piedra que los besos
encienden.
Mirad la boca. Arriba relámpagos
diurnos
Cruzan un rostro bello, un cielo en
que los ojos
No son sombra, pestañas, rumorosos
engaños,
Sino brisa de un aire que recorre mi
cuerpo
Como un eco de juncos espigados
cantando
Contra las aguas vivas, azuladas de
besos.
El puro corazón adorado, la verdad de
la vida,
Las certeza presente de un amor
irradiante,
Su luz sobre los ríos, su desnudo
mojado,
Todo vive, pervive, sobrevive y
asciende
Como un ascua luciente de deseo en
los cielos.
Es sólo ya el desnudo. Es la risa en
los dientes.
Es la luz o su gema fulgurante: los
labios.
Es el agua que besa unos pies
adorados,
Como un misterio oculto a la noche
vencida.
¡Ah maravilla lúcida de estrechar en
los brazos
Un desnudo fragante, ceñido de los
bosques!
¡ah soledad del mundo bajo los pies girando,
Ciegamente buscando su destino de
besos!
Yo sé quien ama y vive, quien muere y
gira y vuela.
Sé que lunas se extinguen, renacen,
viven, lloran.
Sé que dos cuerpos aman, dos almas se
confunden.
SOY EL DESTINO
Sí, te he querido como nunca.
¿Por qué besar tus labios, si se sabe
que la muerte está próxima,
Si se sabe que amar es solo olvidar
la vida,
Cerrar los ojos a lo oscuro presente
Para abrirlos a los radiantes límites
de un cuerpo?
Yo no quiero leer en los libros una
verdad que poco a poco sube como un agua,
Renuncio a ese espejo que dondequiera
las montañas ofrecen,
Pelada roca donde se refleja mi
frente
Cruzada por unos pájaros cuyo sentido
ignoro.
No quiero asomarme a los ríos donde
los peces colorados con el rubor de vivir,
Embisten a las orillas límites de su
anhelo,
Ríos de los que unas voces inefables se alzan
Signos que no comprendo echado entre
los juncos.
No quiero, no; renuncio a tragar ese
polvo, esa tierra dolorosa, es arena mordida,
Esa seguridad de vivir con que la
carne comulga
Cuando comprende que el mundo y este
cuerpo
Ruedan como ese signo que el celeste
ojo no entiende.
No quiero, no, clamar, alzar la lengua,
Proyectarla como esa piedra que se
estrella en la altura,
Que quiebra los cristales de esos
inmensos cielos
Tras los que nadie escucha el rumor
de la vida.
Quiero vivir, vivir como la hierba
dura,
Como el cierzo o la nieve, como el
carbón vigilante,
Como el futuro de un niño que todavía
no nace,
Como el contacto de los amantes
cuando la luna los ignora.
Soy la música que bajo tantos
cabellos
Hace el mundo en su vuelo misterioso,
Pájaro de inocencia que con sangre en
las alas
Va a morir en un pecho oprimido.
Soy el destino que convoca a todos
los que aman,
Mar único al que vendrán todos los
radios amantes
Que buscan a su centro, rizados por
el círculo
Que gira como la rosa rumorosa y
total.
Soy el caballo que enciende su crin
contra el pelado viento,
Soy el león torturado por su propia
melena,
La gacela que teme al río
indiferente,
El avasallador tigre que despuebla la
selva,
El diminuto escarabajo que también
brilla en el día.
Nadie puede ignorar la presencia del
que vive,
Del que en pie en medio de las
flechas gritadas,
Muestra su pecho transparente que no
impide mirar,
Que nunca será cristal a pesar de su
claridad,
Porque si acercáis vuestras manos,
podréis sentir la sangre.

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