Emilio Prados nace en Málaga el 4 de
marzo de 1899 en el seno de una familia acomodada que regentaba una fábrica de muebles. Sufre de niño ataques de “pavor nocturno” y se le
manifiesta una enfermedad bronquial que le obliga a pasar grandes temporadas en
la sierra, en contacto estrecho con la naturaleza. Esta salud frágil explicará
su peculiar sensibilidad: siempre volcado en su mundo interior y con tendencia
al autoanálisis.
Empieza el bachillerato en el
instituto de Málaga, pero en 1914 se va a continuarlo a Madrid. Ingresa en el
grupo experimental de niños de la Residencia de Estudiantes dirigido por el
filósofo Manuel García Morente. Se aficiona entonces a la literatura y a la historia
natural. En 1918 comienza a cursar Ciencias naturales. En el ambiente propicio
de la Residencia escribe sus primeros versos. En noviembre de 1919 sufre una
recaída de su enfermedad y regresa a Málaga a reponerse. A finales de 1920 lo
vemos de nuevo en Madrid. En los primeros meses del año siguiente se agrava
otra vez su estado de salud y sus padres lo envían a un sanatorio en Davos
(Suiza), donde permanece casi un año. Hace su primer viaje a París, ciudad que
le entusiasma y con la que siempre mantendrá un estrecho contacto.
Ya en Málaga sufre un fuerte revés
sentimental cuando lo que había sido su novia desde los 16 años, con la que
rompió tiempo atrás, se casa con otro. Se marcha a estudiar filosofía alemana a
la Universidad de Friburgo. Es este un periodo decisivo en su formación ética e
intelectual, además de abrirle el interés por las cuestiones sociales y
política. Aquí entra en contacto con el marxismo, que alentará su manera de ver
el mundo. Un año después regresa a España reafirmado en su vocación de poeta.
Tras una breve estancia en Madrid en la que no acaba de congeniar con sus
compañeros de grupo, renuncia a proseguir sus estudios y se establece en
Málaga. En colaboración con Manuel Altolaguirre monta la imprenta Sur. De sus
prensas sale en noviembre de 1926 el primer número de la revista Litoral, que
al unísono con la editorial del mismo nombre, habrá de tener trascendencia en
su generación poética.
En los años inmediatos a la
proclamación de la república desarrolla una intensa actividad política. Dedica partes
de sus esfuerzos a conciencia a la clase obrera, en especial a los colectivos
de tipógrafos y pescadores, a los que intenta organizar en sindicatos. Los
sucesos de Asturias de 1934 lo reafirman más en su postura y se lanza de lleno
a la poesía revolucionaria. Al estallar la guerra se traslada a Madrid y
trabaja para la causa republicana. Se vuelca en una febril actividad propagandística.
En Valencia colabora en los servicios culturales del gobierno y luego pasa a
Barcelona. En Marzo del 39 se marcha a París y de ahí a México. Se instala
provisionalmente en casa de Octavio Paz. Es director tipográfico de la
editorial Séneca. Atraviesa dificultades económica y le cuesta adaptarse, a
pesar de la cordial acogida que se le dispensa. Poco a poco logra reconstruir
su vida personal y su carrera poética, en la que alcanzará un periodo de
esplendor. Su enfermedad crónica se iba agravando hasta provocarla la muerte en
abril de 1962.
CANTAR
TRISTE
Yo no quería,
no quería haber nacido.
Me senté junto a la fuente
mirando la tarde nueva...
El agua brotaba, lenta.
No quería haber nacido.
Me fui bajo la alameda
a ocultarme en su
tristeza.
El viento lloraba en ella.
No quería haber nacido.
Me recliné en una piedra,
por ver la primera
estrella...
¡Bella lágrima de estío!
No quería haber nacido.
Me dormí bajo la luna.
¡Qué fina luz de cuchillo!
Me levanté de mi pena...
(Ya estaba en el sueño
hundido).
Yo no quería,
no quería haber nacido.
CERRÉ MI
PUERTA AL MUNDO…
Cerré mi
puerta al mundo;
se me perdió
la carne por el sueño...
Me quedé,
interno, mágico, invisible,
desnudo como
un ciego.
Lleno hasta
el mismo borde de los ojos,
me iluminé
por dentro.
Trémulo,
transparente,
me quedé
sobre el viento,
igual que un
vaso limpio
de agua
pura,
como un
ángel de vidrio
en un
espejo.
SOLEDAD EN
EL ALBA
¡Ay!, rosa,
calla, calla:
ocultémonos
juntos
bajo los
pies del agua.
¡Ay!, calla,
calla, viento :
bajo los
pies del monte
dejemos
nuestros cuerpos.
-¿Qué ocurre?
-El
sol naciente,
-joya de
primavera-
luce sobre
lo verde.
-¿Yel amor?...
-En olvido.
(Como un
rumor de sueños
rueda el
agua en el río.)
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