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EFÍMEROS Y BREVES 45. Tres poemas de Pier Paolo Pasolini (1922-1975) en el 103 aniversario de su nacimiento.



Pier Paolo Pasolini fue un escritor, intelectual y gran cineasta italiano nacido el 5 de marzo de 1922. Fue el primogénito de Carlos Alberto Pasolini, un oficial de infantería fascista y de Susana Colussi, una maestra de escuela de origen campesino. Una intensa ludopatía del padre llevaría a la ruina a su familia. El padre además era alcohólico y maltrataba a la madre. Su odio por el padre se trocó en veneración por la madre, a la que llegó a dar el papel de virgen en su película “El evangelio según San Mateo”. Muy pronto, ya de niño, comenzó a escribir sus primeros poemas. Arthur Rimbaud fue su influencia más temprana. Ingresó en la Facultad de Literatura en la Universidad de Bolonia, su ciudad natal y comenzó a frecuentar el club de cine local. René Clair fue el director que en esa época tenía como modelo. En 1950 se traslada a Roma junto con su madre y comienza a sumergirse en el ambiente de los suburbios que más tarde serviría de inspiración en sus películas. Antes ya había publicado sus primeros poemas y se había unido al partido comunista, manteniendo un fuerte activismo. Su conocida condición de homosexualidad fue causa de que años después fuera expulsado de este mismo partido. En 1957 publicó los poemas de Las cenizas de Gramsci y al año siguiente El ruiseñor de la Iglesia católica. Durante su corta vida ejerció en su país de intelectual comprometido con el antifascismo y estuvo involucrado en numerosas causas judiciales por escándalo público. Muchas de sus películas fueron secuestras. La madrugada del 2 de noviembre 1975 perdía la vida asesinado por un chapero en uno de sus numerosos escarceos nocturnos. Fue un crimen que aún no ha sido debidamente aclarado.

 

DAVID

 

Apoyado en el pozo, pobre joven,

vuelves hacia mí tu cabeza gentil,

con una risa grave en los ojos

 

Tú eres, David, como un toro en un día de abril,

que de la mano de un muchacho que ríe

va dulce a la muerte.

 

 

ANÁLISIS TARDÍO

 

(Fin de los años sesenta)

 

Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;

que todo aquello que toco ya lo he tocado;

que soy prisionero de un interés indecente;

que cada convalecencia es una recaída;

que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;

que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;

que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;

que no intento todavía reconocer quién soy;

que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;

que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;

que no saldré nunca de aquí por más que sonría;

que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;

que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;

que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;

que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.

 

 

MUERTE

 

Vuelvo a ti, como vuelve

un emigrado a su país y lo redescubre:

he hecho fortuna (en el intelecto)

y soy feliz, tanto

como hace tiempo lo era, destituido por norma.

Una rabia negra de poesía en el pecho.

Una loca vejez de jovencito.

Antes tu alegría se confundía

con el terror, es verdad, y ahora

casi con otra alegría

lívida, árida: mi pasión decepcionada.

Ahora me das miedo de verdad,

porque estás de verdad cerca, incluida

en mi estado de rabia, de oscura

hambre, de ansia casi de criatura nueva.



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