EFÍMEROS 46. Cómo escribió Gabriel García Márquez "Cien años de soledad". Aniversario: 99 años de su nacimiento.
"Ni en el más delirante de mis sueños,
en los días en que escribía Cien años de soledad llegué a imaginar que podría
asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares.
Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi
cuarto, con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a
todas luces una locura.
Hoy las Academias de la lengua lo
hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta
veces un millón de lectores, y hacia un artesano, insomne como yo, que no sale
de su sorpresa por todo lo que le ha sucedido.
Pero no se trata ni puede tratarse de
un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de
que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua
castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de Cien años de soledad no
son un millón de homenajes al escritor que hoy recibe, sonrojado, el primer
libro de este tiraje descomunal. Es la demostración de que hay millones de
lectores de textos en lengua castellana esperando, hambrientos, de este
alimento.
No sé a qué horas sucedió todo. Sólo
sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa
distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado,
para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la
única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más
feliz la vida a un lector inexistente.
En mi rutina de escribir, nada he
cambiado desde entonces. Nunca he visto nada distinto que mis dos dedos índices
golpeando, una a una y a un buen ritmo, las 28 letras del alfabeto inmodificado
que he tenido ante mis ojos durante estos setenta y pico de años.
Hoy me tocó levantar la cabeza para
asistir a este homenaje, que agradezco, y no puedo hacer otra cosa que
detenerme a pensar qué es lo que me ha sucedido. Lo que veo es que el lector
inexistente de mi página en blanco, es hoy una descomunal muchedumbre,
hambrienta de lectura, de textos en lengua castellana.
Los lectores de Cien años de soledad
son hoy una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de
los veinte países más poblados del mundo.
No se trata de una afirmación
jactanciosa. Al contrario, quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca
cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un
alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano.
El desafío es para todos los
escritores, todos los poetas, narradores y educadores de nuestra lengua, para
alimentar esa sed y multiplicar esta muchedumbre, verdadera razón de ser de
nuestro oficio y, por supuesto, de nosotros mismos.
A mis 38 años y ya con cuatro libros
publicados desde mis 20 años, me senté ante la máquina de escribir y empecé:
«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano
Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a
conocer el hielo».
No tenía la menor idea del
significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que
hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante dieciocho meses, hasta
que terminé el libro.
Parecerá mentira, pero uno de mis
problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la
mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de
gramática, eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba
rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo.
Con el ritmo que había adquirido en
un año de práctica, calculé que me costaría unos seis meses de mañanas diarias
para terminar.
Esperanza Araiza, la inolvidable
Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio
grandes obras de escritores mexicanos, entre ellos La región más transparente,
de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de
don Luis Buñuel.
Cuando le propuse que me sacara en
limpio la versión final, la novela era un borrador acribillado de remiendos,
primero en tinta negra y después en tinta roja, para evitar confusiones. Pero
eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos.
Pocos años después, Pera me confesó
que cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al
bajarse del autobús, con un aguacero diluvial, y las cuartillas quedaron
flotando en el cenegal de la calle. Las recogió, empapadas y casi ilegibles,
con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa, hoja por hoja, con una
plancha de ropa.
Lo que podía ser motivo de otro libro
mejor, sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo, con nuestros dos hijos, durante
ese tiempo en que no gané ningún centavo por ninguna parte. Ni siquiera sé cómo
hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la
casa.
Habíamos resistido a la tentación de
los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos
nuestras primeras incursiones al Monte de Piedad.
Después de los alivios efímeros con
ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido
de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con un rigor de
cirujano, pasó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las
esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió
con una larga verónica de novillero: «Todo esto es puro vidrio».
En los momentos de dificultades
mayores, Mercedes hizo sus cuentas astrales y le dijo a su paciente casero, sin
el mínimo temblor en la voz: «Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses».
«Perdone señora —le contestó el
propietario—, ¿se da cuenta de que entonces será una suma enorme?».
«Me doy cuenta —dijo Mercedes,
impasible—, pero entonces lo tendremos todo resuelto, esté tranquilo».
Al buen licenciado, que era un alto
funcionario del Estado y uno de los hombres más elegantes y pacientes que
habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: «Muy bien, señora,
con su palabra me basta». Y sacó sus cuentas mortales: «La espero el 7 de
setiembre [sic]».
Por fin, a principios de agosto de
1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de la ciudad de México, para
enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad, un paquete
de 590 cuartillas escritas a máquina, a doble espacio y en papel ordinario y
dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana.
El empleado del correo puso el
paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: «Son 82 pesos».
Mercedes contó los billetes y las
monedas sueltas que le quedaban en la cartera, y se enfrentó a la realidad:
«Sólo tenemos 53».
Abrimos el paquete, lo dividimos en
dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo
íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la
cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes
de que consiguiéramos el dinero para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre
en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera mitad del libro, nos
anticipó dinero para que pudiéramos enviarla.
Fue así como volvimos a nacer en
nuestra vida de hoy.
Muchas gracias"
(Discurso de agradecimiento de Gabriel García Márquez el 26 de marzo de 2007. Congreso internacional de la lengua española en Cartagena de Indias.)

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