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EFÍMEROS 53. Tres cuentos breves de Medardo Fraile (1925-2013) en el 101 aniversario de su muerte.

 



Medardo fraile fue un escritor español nacido en Madrid  el 13 de marzo 1925  y que despuntó como cuentista en la segunda mitad del siglo XX. Pasó su infancia en Madrid y Úbeda, de donde era su familia. En 1966 se trasladó a Glasgow para trabajar como catedrático en su Universidad.  Allí contrajo matrimonio con la artista plástica Janet H. Gallagher. Antes había iniciado su carrera como dramaturgo y fue fundador, junto a Alfonso Sastre y Alfonso Paso, de Arte nuevo, primer teatro de ensayo de la postguerra en España. Sin embargo, pronto abandonó el teatro por el cuento, género que el escritor consideraba hecho a su medida y en el que destacó junto a otros miembros de su generación como Ignacio Aldecoa, Francisco García Pavón y Ana María Matute. Numerosos premios avalan su trayectoria como cuentista. Ha sido ganador del Premio Sésamo en 1956, el Premio de la Crítica en 1965, La hucha de oro en 1971, entre otros. Entre sus libros de cuentos, hay que destacar “Cuentos de verdad”, 1964, Cuentos completos, 1991, o “Contrasombras”, 1998. También escribió una novela titulada “Autobiografía”. Murió en Glasgow, mientras dormía, el 9 de marzo de 1913. Ángel Zapata, quien en 2004 recopiló sus cuentos completos en Páginas de Espuma, definió a Medardo Fraile como un estilista que no cree en el estilo. “Medardo aporta al panorama de su generación no sólo ya un realismo otro, sino otra forma de concebir el cuento.” También dijo, a propósito de su estilo: “En sus cuentos encontramos la fluencia pura, vibrante y casi milagrosa del idioma (Medardo ha escuchado el castellano con el sigilo y la devoción que solo se dan entre los grandes escritores).”

 

NO HAY PRISA EN ABRIR LOS OJOS

 

Tras las cortinas se adivinaba ya la luz aún manchada de sombras, pero serían –pensó– las ocho, la hora de levantarse, como todos los días de su vida. ¿Por qué? Se removió en la cama y sintió el cuerpo magullado por la batalla de cada noche, la colcha caída, sábanas arrugadas, las cenizas de tanta gente soñada y muerta doliéndole en la almohada endurecida, pero las siete de la mañana le habían parecido siempre temprano, y las nueve demasiado tarde. Solo por eso. No había otra razón. ¿Qué prisa tienes? No abras los ojos, no hay prisa. ¿Quién le hablaba? ¿Oía otra voz o se hablaba a sí mismo? Sigue ahí, descansa. No abras los ojos. La noche ha sido terrible y te ha vencido. Sigue durmiendo, abre los ojos hacia ti mismo, mira dentro de ti, donde aún te late el corazón, donde están las cenizas de los que habitan tus sueños en las sombras. Pero eran ya las ocho, ¡las ocho! Y abrió los párpados, y no halló cosa en que poner los ojos, que no fuera recuerdo del olvido.

 


EL MAL LADRÓN

 

Si digo “han robado en el banco, pueden creer que ha pasado algo así:

Bajó al banco de la esquina a cambiar unos cheques de viaje y, cuando esperaba que el empleado le diera la cotización del cambio, vio entrar a dos tipos de mala catadura. Uno de ellos, con una chaqueta desfondada y vieja sacó una pistola del bolsillo, se dirigió a la ventanilla del cajero, le apuntó a la cabeza y dijo en voz alta:

-Un momento nada más. Que no se mueva nadie, que vamos a hacer un trabajito.

El otro, con una bolsa de plástico en la mano, le dio una patada a una portezuela, pasó a las oficinas, se dirigió por dentro a la caja como un rayo y abrió la bolsa para coger y que le echaran billetes. Mientras los metía, gritó:

-¡El director! ¿Dónde está el director? Nos lo llevamos de rehén.

Uno de los empleados, pálido y tembloroso, dijo:

-Ha salido un momentito a tomar un café.

-Entonces, te vienes tú con nosotros-, le respondió el intruso al pobre hombre, que se puso aún más pálido.

El de fuera le hizo una seña al que se movía por dentro y, en un segundo, estaban los dos de estampía fuera del banco y doblaban la esquina a todo gas en un coche verde.

Hubo unos segundos de alivio, la gente empezó de nuevo a moverse y uno de los de los oficinistas escupió entre dientes:

-¡La madre que los parió!

Si digo “han robado en el banco”, no es eso lo que digo. Lo que quiero decir es que el banco nos ha robado a los clientes pobres, a los que nos pasamos la vida haciendo cuentas y amasando empanadas con dos reales.

 

 


ÉTNIMOS

 

La araña entró de noche, después de una tarde de bochorno con grandes chaparrones de tormenta y notó, bajo las sábanas de la cama, dos bultos que resoplaban al unísono sin apenas moverse. Se coló en el armario por un rendija en las puertas corredizas y buscó polilla entre la ropa de los anaqueles y las perchas y un rincón a salvo donde empezar a tejer. Se acercó a un abrigo recubierto de plástico y le llegó un olor nauseabundo que la hizo retroceder deprisa hasta alcanzar la abertura inicial. Allí estuvo, ajena a las horas largas de la noche, moviendo despacio en menesteres íntimos las patas delanteras; meditando tal vez. Se decidió a salir cuando oyó el piar de unos pájaros en el alero y el alba comenzaba a filtrarse por el cortinaje ligero del ventanal. Surgió como una bolita prohibida y negra y, parándose de vez en cuando, recorrió una pared y otra hasta que advirtió movimiento en uno de los bultos de la cama y se paró para que no la viera. Se agazapó al máximo en el ángulo del techo con la pared, onde se alzaba la cabecera de la cama y, por la posición de los bultos, calculó que la mirada de ellos enfocaría sólo la lámpara del centro. A la luz lechosa que llegaba de fuera se sumó una luz amarilla y uno de los bultos se levantó lentamente y desapareció. El otro abrió los ojos y miró al techo. Cuando volvió el primero, el otro levantó un brazo y, uno y otro, emitieron borrosamente varios sonidos mirando hacia arriba. El techo y las paredes eran blancos y la araña sabía que no podía moverse y se encogió para que su negrura se hiciera menos visible en las vastedad delatora y blanca. Uno de los bultos se alzó, gigantesco, sobre la cama, y la dejó aplastada con un zapato. 


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