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EFÍMEROS Y BREVES 59. Quince máximas de François de La Rochefoucauld (1613-1680), en el 346 aniversario de su muerte.

 


François de la Rochefoucauld nace en París el 15 de septiembre de 1613, hijo de Francois y de Gabrielle de Liancourt. Es el primogénito de doce hermanos y hasta la muerte de su padre ostentará el título de príncipe de Marcillac. La Rochefoucauld procedía de una familia de aristocrático abolengo, que apreciaba más la formación en las armas que en las letras, por lo que tuvo una educación más bien rudimentaria. Pasó su niñez en diversos castillos y residencias de la familia, sobre todo en el castillo de Verteuil. Ya con dieciséis años se enrola en la armada y está a punto de ser ministro, pero una conspiración en la que interviene su padre le acaba apartando de París. Al tiempo que se casa con Andrée de Vivonne -hija única del barón de La Charaigneraye, y que acabará dándole ocho hijos-, mantiene una relación con una mujer trece años mayor, la duquesa de Chevreuse, iniciándo así una larga serie de devaneos que serán una pauta en la vida del escritor. Integrado en el ejército real, interviene en diversas batallas y regresa a París cuando su padre recobra el favor del rey, pero una nueva conjura en torno a la reina le malquista con Richelieu y le ocasiona una semana de prisión en la bastilla, de la que sale para un destierro de dos años en Verteuil. Su amistad con la duquesa de Longueville hace que participe en la revuelta de la Fronda y en las múltiples escaramuzas que se prolongarán durante varios años. Su vida se convierte entonces en un trasiego de batallas y conjuras, fiel a la definición que de él diera el cardenal de Retz: “desde su infancia quiso meterse siempre en intrigas”. En 1652 cae maltrecho por un mosquetazo que le atraviesa la cabeza por encima de los ojos, dejándole casi tuerto. Se recupera en Verteuil de sus heridas y, con la muerte de Mazarino, del que se había indispuesto debido a sus intrigas, volverá a París para habitar el palacio de su tío, el duque de Liancourt, dedicando su tiempo a la vida galante de los salones y a cuidar de una gota que le martirizaría hasta sus últimos días. Cultivó especialmente el cenáculo de madame de Sablé, quien le puso en contacto con el oráculo manual de Gracián, de gran influencia en sus máximas morales. Desde allí se propagó la moda de construir aforismos como un juego de salón, dándose nuevas formulaciones a ideas que venían de Séneca o de San Agustín y que entroncaban con las de Montaigne y Gracián. También fue íntimo amigo de la marquesa de Sévigné. A partir de 1665 inicia una relación íntima con madame de La Fayette, con la que colabora en la confección de alguna de sus novelas. Aquejado de gota y congraciado con la corte de Luis XIV, ya convertido en duque de La Rochefaucould, recibe una pensión real y se vuelca en escribir sus memorias que, publicadas en 1662 en el extranjero y sin el nombre del autor, suscitarán un gran escándalo incluso entre sus amistades. Al cabo de dos años publicará, también de forma clandestina, “Sentencias y máximas de moral”, que había comenzado a escribir en 1656, en un momento en que llegó a tratar con cierta asiduidad a la Reina Cristina de Suecia en su paso por París. También esta vez el tono cínico y el contenido escéptico de sus máximas le reportan un nuevo escándalo, mitigado por la expurgación de las referencias religiosas que contenía el libro. Pasa sus últimos años ya retirado de la corte, entre cenas con amigos y asistencias al teatro,  afligido por la muerte de su mujer, de  alguno de sus hijos y de gran parte de las mujeres con las que había tenido trato.  El 17 de marzo de 1680, después de recibir la extremaunción de manos del famoso orador Bossuet, muere a causa de unas altas fiebres provocadas por un acceso de gota.

 

 

La Rochefoucauld elaboró más de seiscientas máximas que abordan temas morales, desde la relación entre la virtud y el vicio hasta el análisis desengañado del amor, la amistad o la naturaleza de las distintas edades por las que pasan los hombres. La filosofía que se desprende de estas máximas podría resumirse en que todo es mentira en el plano moral, no hay ni virtud ni bondad ni valor ni altruismo; tan sólo un juego de apariencias urdido por el interés. En sus máximas Rochefoucauld se aplica a hacer una anatomía de las pasiones humanas. El entendimiento o la razón apenas tiene cabida en el mundo de las pasiones, pues éstas gobiernan la conducta de los hombres desde la disposición de los órganos del cuerpo, influyendo en la fuerza o debilidad del ánimo. Y además, las pasiones operan desde la trastienda, desde el inconsciente, y  no podemos darnos cuenta de todo lo que llegamos a hacer o a no hacer por su influencia. Por otra parte, las pasiones que se esconden tras la conducta de los hombres obran siempre de una forma paradójica, lo que dificulta su comprensión. Cada pasión tiene una energía y unas propiedades peculiares que pueden asemejarla incluso a su contraria, como le ocurre al amor, que por su virulencia puede asemejarse más al odio que a la amistad. En el ánimo del hombre reinan fuerzas contradictorias pues a menudo una afección va acompañada de otra, como es el caso del temor, que nunca se da sin esperanza, ni la esperanza sin el temor. Este comportamiento paradójico de las pasiones obedece también a que tras la virtud se pueden esconder debilidades, como la pereza y la cobardía, que acaban siendo estímulos virtuosos. Después de someter las pasiones a una meticulosa descomposición, nada es lo que parece: los vicios pueden coadyuvar a la salud del alma, impidiendo, por ejemplo, que nos entreguemos a uno solo o logrando sacar a la luz nuestros talentos más ocultos. En el vaivén de pasiones que agitan el alma humana sólo una permanece constante: el interés, nuestro amor propio. Es el motor tanto de las virtudes como de los vicios de los hombres. "Las virtudes se pierden en el interés -nos dirá- como los ríos en el mar". A ojos de La Rochefoucauld, el interés no sólo produce crímenes, sino también nuestras buenas acciones. Incluso el elogio, del que se ha servido la moral para sacar las mejores cualidades de los hombres, se halla movido por el interés. Elogiamos para que nos elogien, igual que detrás de toda amistad se esconde el interés de que nos admiren. En este nuevo orden moral que se hace emerger, no existen acciones desinteresadas. Los hombres no persiguen la virtud por ella misma, sino por un egoísmo que busca sus propios intereses. Detrás de toda virtud hay pasiones que implican más defectos que cualidades. Tras la generosidad, se esconde la ambición disfrazada o la vanidad de dar; tras la gratitud, el deseo de recibir beneficios mayores; tras la bondad, la debilidad. Incluso detrás de las acciones más nobles hay motivos que nos harían sonrojar. Detrás del idealismo proclamado por los moralistas sobre las grandes virtudes, el escritor encuentra una amarga realidad que se halla tramada por intereses, lo que viene a subvertir el orden tradicional de las virtudes. La nobleza en las acciones de los hombres constituye una rara excepción porque el hombre en verdad no persigue la virtud por ella misma, sino que es guiado por motivos más viles o espurios. En este orden subvertido, las virtudes pueden acarrearnos, como consecuencia, efectos contrarios a los deseados. Las buenas cualidades nos pueden traer odio, y en el trato humano gustamos más por nuestros defectos, ya que estos nos pueden sentar bien y granjearnos simpatías. Además, las cualidades  no tienen gran fuerza por sí mismas, pues su valor depende de su sabia administración y del producto de la suerte. Por tanto, en esta moral escéptica que se sitúa más allá del bien y del mal, la frontera que delimita vicios y virtudes se hace difusa. Un defecto puede brillar más que la virtud si se sabe manejar bien y puede llegar a desempeñar un papel positivo. Hay determinadas disposiciones favorables del espíritu que están propiciadas por los defectos. "La virtud no llegaría muy lejos si no fuese acompañada de la vanidad". Los defectos, nos advertirá La Rochefoucauld, entran a formar parte de la composición de las virtudes como los venenos en la composición de los remedios. Hay malas cualidades que hacen grandes talentos. Es por esta duplicidad que caracteriza al vicio y a la virtud por lo que La Rochefoucauld abusa en sus máximas de una figura o metáfora que acaba condensando su filosofía moral: la máscara y el disfraz.  La gran máxima siempre repetida, y que resuena bajo varias formulaciones, es que las virtudes son vicios disfrazados. Los hombres en su vida social tratan de engañar de tal manera a los demás de los verdaderos móviles de su conducta, que incluso se acaban engañando a sí mismos. Las relaciones sociales están guiadas por la hipocresía, porque hay que disfrazar los vicios con un ropaje que les recubra de una formalidad virtuosa. Siempre el hombre se muestra en sociedad con una máscara que le hace parecer quien no es y gran parte del trato social está regido por una simulación que trata de salvar el abismo entre la apariencia y la realidad. Si el hombre dejase aflorar su realidad moral tal cual es, sin esa máscara que lo dulcifica, tendría que avergonzarse de sí mismo. En toda la conducta de los hombres se halla implícita la misma ley: la ley del ocultamiento. Esta es al final la ley y la última consecuencia que se puede extraer de las máximas de La Rochefoucauld. Los hombres se esfuerzan todo lo que pueden por ocultar sus  defectos y, bajo artificios y disfraces engañosos, tratan además de hacerlos pasar por virtud.


MÁXIMAS

La causa de que los enamorados no se aburran nuca de estar juntos es la de que siempre hablan de sí mismos.

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Las únicas personas que nos parecen sensatas son las que opinan como nosotros.

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A menudo nos sonrojaríamos por nuestras acciones más nobles si los demás conocieran todos los motivos que las han inspirado.

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En los celos hay más amor propio que amor.

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La elegancia es al cuerpo lo que la agudeza es a la mente.

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El propósito de no engañar jamás nos expone a ser engañados a menudo

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Si resistimos a nuestras pasiones, ello se debe más a nuestra debilidad que a nuestra fuerza.

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La debilidad es el único efecto que no puede corregirse.

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A menudo lo que nos impide abandonarnos a un solo vicio es que tenemos varios.

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La virtud no llegaría muy lejos si la vanidad no la acompañara.

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La locura nos sigue en todas las edades de la vida. Si alguien parece cuerdo es solamente porque sus locuras están proporcionadas a su edad y a su fortuna.

 

La hipocresía es el homenaje que el vicio tributa a la virtud.

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La verdadera elocuencia consiste en decir todo lo necesario y no decir más que lo necesario.

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Cada sentimiento tiene un tono de voz, unos ademanes y unos visajes que les son propios, y esa relación buena o mala, agradable o desagradable, es lo que hace que las personas atraigan o disgusten.

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El placer del amor consiste en amar, y se es más feliz por la pasión que se tiene que por la que se da.


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