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Efímeros 63. Siete poemas, siete libros de Jaime Sabines (1926-1999) en el 27 aniversario de su muerte

 


Se dejan aquí siete poemas pertenecientes a sendos libros de Jaime Sabines, seguido de una reseña biográfica. Se pueden encontrar más poemas suyos en las siguientes entradas de este blog:

https://umbralygozne.blogspot.com/2017/06/poetas-107-jaime-sabines-i-la-senal.html

https://umbralygozne.blogspot.com/2017/06/poetas-107-jaime-sabines-ii-tarumba.html 

https://umbralygozne.blogspot.com/2025/02/poetas-107-jaime-sabines-iii-maltiempo.html

https://umbralygozne.blogspot.com/2026/03/poetas-107-jaime-sabines-iv-algo-sobre.html

 

DEL CORAZÓN DEL HOMBRE

 

He mirado a estas horas muchas cosas sobre la tierra

Y sólo me ha dolido el corazón del hombre.

Sueña y no descansa.

No tiene casa sobre el mundo.

Es solo.

Se apoya en Dios o cae sobre la muerte,

Pero no descansa.

 

El corazón del hombre sueña

Y anda solo en la tierra

A lo largo de los días, perpetuamente.

 

Es una mala jugada.

 (“La señal”, 1951)

 

 

ANDO BUSCANDO A UN HOMBRE que se parezca a mí

Para darle mi nombre, mi mujer y mi hijo,

Mis libros y mis deudas.

Ando buscando a quién regalarle mi alma,

Mi destino, mi muerte.

 

¡Con qué gusto lo haría,

Con qué ternura me dejaría en sus manos!

                           (“Poemas sueltos”, 1951-1961)

 

 

¡EN QUE PAUSADO vértigo te encuentras

Qué sombras bebes, en qué sonoros vasos!

¡Con qué manos de hule estás diciendo adiós

Y qué desdentada sonrisa echas por delante!

Te miro poco a poco tratando de quererte

Pero estás mojado de alcohol

Y escupes en la manga de tu camisa

Y los pequeños vidrios de tus ojos se caen.

¿A dónde vas hermano?,

¿de qué vergüenza huyes?

Yo miro al niño que fuiste,

Como lo llevas de la mano

De cantina a cantina, de un hambre a otra.

Me hablas de cosas que sólo tu madrugada conoce,

De formas que sólo tu sueño ha visto,

Y sé que estamos lejos, cada uno en el lugar de su miseria,

Bajo la misma lluvia de esta tarde.

Tú no puedes flotar, pero yo hundirme.

Vamos a andar del brazo, como dos topos amarillos,

A ver si el dios de los subterráneos nos conduce.

                       (“Tarumba”, 1956)

 

 

CÁNTEMOS AL DINERO

 

Con el espíritu de la navidad cristiana.

No hay nada más limpio que el dinero,

Ni más generoso, ni más fuerte.

El dinero abre todas las puertas;

Es la llave de la vida jocunda,

La vara del milagro,

El instrumento de la resurrección.

Te da lo necesario y lo innecesario,

El pan y la alegría.

Si tu mujer está enferma puedes curarla,

Si es una bestia puedes pagar para que la maten.

El dinero te lava las manos

De la injusticia y del crimen,

Te aparta del trabajo

Te absuelve de vivir.

Puedes ser como eres con el dinero en la bolsa,

El dinero es la libertad.

Si quieres una mujer y otra y otra, cómpralas,

Si quieres una isla, cómprala,

Si quieres una multitud, cómprala.

(Es el verbo más limpio de la lengua: comprar.)

Yo tengo dinero quiere decir me tengo.

Soy mío y soy tuyo

En este maravilloso mundo sin resistencias.

Dar dinero es dar amor.

¡Aleluya, creyentes,

Uníos en la adoración del calumniado becerro de oro

Y que las hermosas ubres de su madre nos amamanten!

 (“Yuria”, 1967)

 

 

ME PREOCUPA EL TELEVISOR. Da imágenes distorsionadas últimamente. Las caras se alargan de manera ridícula, o se acortan, tiemblan indistintamente, hasta volverse un juego monstruoso de rostros inventados, rayas, luces y sombras como en una pesadilla. Se oyen las palabras claramente, la música, los efectos de sonido, pero no corresponden a la realidad, se atrasan, se anticipan, se montan sobre los gestos que uno adivina.

 

Me dicen que un técnico lo arreglaría en dos o tres días, pero yo me resisto. No quiero la violencia: le meterían las manos, le quitarían las partes, le harían injertos ominosos, trasplantes arriesgados y no siempre efectivos. No volvería a ser el mismo.

 

Ojalá que supere esta crisis. Porque lo que tiene es una fiebre tremenda, un dolor de cabeza, una náusea horrible, que lo hacen soñar estas cosas que vemos.

(“Maltiempo”, 1972)

 

 

XI

 

Recién parido en el lecho de la muerte,

Criatura de la paz, inmóvil, tierno;

Recién niño del sol de rostro negro,

Arrullado en la cuna del silencio,

Mamando obscuridad, boca vacía,

Ojo apagado, corazón desierto.

 

Pulmón sin aire, niño mío, viejo,

Cielo enterrado y manantial aéreo,

Voy a volverme un llanto subterráneo

Para echarte mis ojos en tu pecho.

(“Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, 1973)

 

 

ECLIPSE

 

El eclipse llegó al mediodía.

Llegaron las sombras, la oscuridad total.

Se hizo de noche y era la una de la tarde,

Una noche ominosa,

Una noche para el asombro y el terror.

 

Lloramos todos,

Todos nos alegramos de vivir.

 

Amaneció de pronto

Y sentimos que Dios sonreía

Después de haber jugado con nosotros.

(“Otros poemas sueltos”, 1973-1993)



RESEÑA BIOGRÁFICA


Jaime Sabines Gutiérrez (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 25 de marzo de 1926 – Ciudad de México; 19 de marzo de 1999) fue un poeta y político mexicano, reputado como uno de los grandes exponentes de la lírica mexicana. Su padre, Julio Sabines, había nacido en el Líbano; pronto emigró con sus padres y sus dos hermanos a Cuba y, ya trasladado a México, entró a formar parte de la revolución de ese país en 1914. La figura del padre, al que más tarde dedicara el libro de poemas “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, fue clave para su vocación por la poesía, pues se había empeñado en inculcar en el hijo el gusto por la literatura. La madre, Luz Gutiérrez, procedía de una familia de tradición militar, y su abuelo llegó a ser gobernador de Chiapas. En 1945, Jaime Sabines se traslada a la Ciudad de México con la idea de estudiar medicina, carrera que deja sin concluir cuando entiende que su verdadera vocación es la literatura. Regresa a su tierra natal, pero enseguida vuelve a la Ciudad de México para ponerse a estudiar Literatura en la UNAM. Un grave accidente acaecido a su padre en 1952 obliga a Jaime Sabines a volver a la casa familiar. En Txula entra en contacto con un grupo de escritores y poetas que iban a tener gran importancia para su formación, además de los abundantes poetas clásicos y modernos que nutrieron sus lecturas. De esta época datan sus dos primeros libros de poemas, donde ya es fácil reconocer su voz propia y en donde se hallan presentes los dos temas más arraigados en su obra: la vida y la muerte. Los libros son “Horal”, 1950; y “La Señal”, 1951. En Txula entra a trabajar en el negocio familiar ejerciendo una actividad como vendedor ambulante de telas que más tarde llegaría a tachar como “la más antipoética actividad del mundo”. A la vez que se dedica a este oficio, para él humillante, comienza a leer con fruición el romancero español, a los clásicos y a Juan Ramón Jiménez. Más tarde ampliaría su repertorio con lecturas de García Lorca, de Cesar Vallejo, Pablo Neruda y Miguel Hernández. En 1953 se casa con Josefa Rodríguez Zebadúa, con quien tendrá 4 hijos. En 1954 publica el libro de poemas “Tarumba”. A pesar del prestigio que el libro alcanzó fuera de su país, la tibia acogida que tuvo en México decepcionó a Sabines. La muerte del padre en 1961 sume al poeta en un abatimiento profundo del que logra salir escribiendo uno de los libros más doloridos de la poesía mexicana: “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”. Julio Sabines decidió adoptar la forma del soneto porque era la más adecuada para contener la emoción de una muerte que en los primeros días la sintió como propia, según llego a declarar más tarde. Este libro tuvo una continuación tres años después, en 1964: la escritura de este poemario le ayudó finalmente a quitarse la muerte de la cabeza y a salir de la sensación de soledad que le había dejado la desaparición del padre. Paralelamente a su vocación de poeta, y fiel a su ideario político, decide inmiscuirse en la política, y en 1976 gana un escaño como diputado federal por Chiapas, representando al Partido Revolucionario Institucional (PRI). En 1988 es elegido diputado en el Congreso de la unión. Su carrera estuvo acompañada de multitud de reconocimientos a su obra, destacando el Premio Nacional de Ciencias y Artes lingüísticas y Literatura en 1983. Jaime Sabines definió su poesía como un largo testimonio de vida. Poeta que nunca renunció al compromiso social, incluso al matiz político, buscó la comunicación con los lectores a base de hacer crónica de la vida cotidiana de una forma sencilla y espontánea. Poeta hondo, dolorido, casi un metafísico de la pena, la solidaridad con la desgracia y la miseria humana ennoblece y da profundidad a su poesía. En alguna ocasión, cuando se le invitaba a que hiciese una reflexión sobre lo que para él significaba la poesía, la llegó a considerar sobre todo como un destino: “un poeta es una gente descarnada, es decir una persona que va por el mundo sin piel, con la carne viva. Por lo tanto las cosas que suceden le afectan más que a otros”. Para Sabines el perfil más reconocible de la poesía era su vivencia humana: “el poema no tiene más que una medida, su autenticidad”. Por tanto, era importante que el poeta no escribiera nada más que sobre aquello que hubiera vivido: “todo lo que se haga al margen de la experiencia emocional será una construcción verbal, juego entretenido, pero no poesía”. En el fondo de estas palabras late la suspicacia que le provocaba la poesía de Octavio Paz: “No me gustan los poemas –dijo en cierta ocasión, sobre Paz- donde no se ve al poeta ni al hombre. Pura construcción, pura objetividad sin mancha y sin trato”. Sin embargo, Octavio Paz, que sí apreciaba la poesía de Jaime Sabines, llegó a dejar una semblanza bastante atinada de la relevancia del poeta para la lírica mexicana: “Jaime Sabines es uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible, un poco ronca y áspera, piedra rodada y verdinegra, veteada por estas líneas sinuosas y profundas que trazan en los peñascos el rayo y el temporal. Mapas pasionales, signos de los cuatros elementos, jeroglíficos de la sangre, la bilis, el semen, el sudor, las lágrimas y los otros líquidos y sustancias con que el hombre dibuja su muerte –o con los que la muerte dibuja nuestra imagen de hombre”.


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