Poco se debe decir sobre la vida de Carlos Castaneda, pues su propia filosofía de vida transmitida por los chamanes de México le aconsejaba el mantenerse a cubierto tras el anonimato: una de sus divisas es que "hay que borrar la propia historia personal", no dejar huella de los propios pasos. Es mejor no hurgar, si esa era su voluntad. Lo poco o mucho que se sabe -pues muchos libros acerca del autor se escribieron rastreando las pocas huellas que quedaron de ese deliberado borrado- cabe en un sucinto apunte biográfico. Nació, tal vez, en Cajamarca, Perú, el 25 de diciembre de 1925 y murió en Los Ángeles el 27 de abril de 1998, a consecuencia de un cáncer de hígado. También se va a dejar esta semblanza biográfica sin el encabezado de un retrato fotográfico, no porque no se pueda encontrar alguno en el fotomareante espacio de internet y las redes sociales, sino porque el autor se mostraba excesivamente reacio a las cámaras y a cualquier tipo de grabación de su voz, y también esta voluntad hay que respetarla: lo último que buscaba Castaneda era llamar la atención. Trasladado desde muy joven a Estados Unidos, en 1959 consigue la nacionalidad, año en que también ingresa en la Universidad de California, la UCLA de Los Ángeles, más concretamente en su facultad de Antropología, en donde acabará graduándose tres años después. En 1968 publica Las enseñanzas de Don Juan, trabajo de campo -convertido más tarde en libro- que le vale la obtención del Máster y lo convierte en una celebridad mundial. Con su tercer libro, Viaje a Ixtlán, se le concede el doctorado. Antes había publicado el segundo libro de la saga, Una realidad aparte, y posteriormente un magnífico cuarto libro (para mi gusto, el mejor de la serie) titulado Relatos del poder. A estos primeros cuatro libros, le siguieron una secuencia de más libros en los que quedaba un tanto desvirtuado el mundo que había descrito en los primeros y degradada su imaginería y su calidad literaria.
Hay dos protagonistas nítidos en los
libros de Castaneda: D. Juan Matus, un indio del México fronterizo,
descendiente de un linaje de chamanes cuyos orígenes se remontaban hasta los
que vivieron en México desde tiempos remotos; y el propio Carlos Castaneda,
que, tras intentar explorar antropológicamente la mentalidad de esta cultura,
acaba sucumbiendo a su fascinación. Por eso no nos hace falta saber mucho más
del autor de estos libros, ya que él mismo se exhibe en ellos narrando sus
experiencias en primera persona. En realidad, pocos antropólogos se han
transparentado más en cuerpo y alma a través de sus obras que Carlos Castaneda.
Tras el misterio que rodea la figura del autor, perseguido por otros muchos
autores en busca de las presuntas supercherías de sus libros, habría que
confesar, como lo hace Octavio Paz, que el misterio Castaneda interesa menos
que su obra y que es “un enigma mediocre, sobre todo si se piensa en los
enigmas que nos proponen sus libros.” Habría que preguntarse, sin embargo, en
donde radica el éxito de unos libros traducidos en muchos idiomas y reeditados
sin tregua hasta la actualidad. En primer lugar, habría que decir que ese éxito
sería impensable si el lector que se adentra en sus libros no se encontrase con
una narración de hechos mágicos o fantásticos dentro de un marco
contrastadamente realista. Tal contraste presta un raro encanto a sus libros.
Sus dotes de narrador, además, resultan excelentes. Sorprende en ellos el
manejo de un lenguaje austero y preciso al servicio de unas descripciones
detalladas, sin perder un ápice de verismo y expresividad, y, a veces,
conteniendo un humor descacharrante. Por otra parte, no debe ser fácil
describir con destreza un viaje psicodélico y sus estados de realidad no
ordinaria. La grandeza de los libros de Castaneda también reside en haber
logrado encarnar, a través de unos personajes creíbles y una narración eficaz,
el itinerario de un aprendizaje espiritual que da acceso a otro conocimiento, a
una visión espiritual distinta a la común, lo que Octavio Paz denomina “la
contemplación de la otredad en el mundo de todos los días”. Es posible que,
bajo el marbete de la antropología, Castaneda haya narrado las inquietudes
espirituales del hombre mucho mejor que novelistas expertos en estos avatares, como
sería el caso de un Hermann Hesse. También ha logrado dar curso a una
terminología de conceptos espirituales tan memorable como sencilla, además de
haber prestado una nueva visión de la libertad para el hombre constreñido por
los moldes racionales de la cultura occidental. No obstante, tampoco habría que
engañarse mucho sobre esta presunta novedad. Tras los conceptos o ideas clave
en la obra de Castaneda (como tener a la muerte como consejera, borrar la
historia biográfica y perder la importancia personal, vivir la vida como un
desafío, romper el monólogo interior o vivir bajo la locura controlada) se
agazapa toda una larga tradición filosófica, tanto occidental como oriental,
que ya había manejado las mismas ideas espirituales con distintos nombres y que
había engendrado todo un semillero de prácticas para experimentarlas. Pero
esto, a la vez, comporta otra de las grandezas de Castaneda: el habernos traído
un vino viejo en odres nuevos, el haber sabido sintetizar una nueva visión de
la religiosidad más acorde con el hombre de nuestro tiempo, ensartada en una
cultura arcaica en la que reverbera un mosaico de corrientes espirituales y
religiosas de todos los tiempos y culturas. Esta combinación armónica y bien
engranada en un nuevo e inesperado decorado -el desierto de Sonora-, donde se
dan cita lo antiguo y lo moderno, la antropología y la cultura exótica, la
ciencia y la magia, es uno de los grandes hallazgos que podemos encontrar al
sumergirnos en Castaneda. Uno puede llegar a barruntar que los libros de
Castaneda son de un orden fabuloso y apócrifo, pero incluso bajo esta
perspectiva, como una creación literaria del género fantástico, estos generan
un enigma mayor: ¿Cómo es posible urdir con semejante pericia un mundo de
ficción tan bien elaborado donde se levanta un cohesionado edificio de
conceptos espirituales tan variopinto y complejo sin que éste llegue a
desmoronarse? Ya se trate de una patraña o de una documentada descripción del
aprendizaje de un brujo, la obra de Castaneda queda en pie como un enigmático
monumento de antropología o como una obra de ficción literaria que se hace
pasar por documento.
Uno de los principales aciertos de
Castaneda es haber planteado una dicotomía entre el guerrero
u hombre de conocimiento y el hombre común. En realidad,
es esta dualidad, en donde resuenan ecos de Nietzsche -el espíritu libre y el
espíritu gregario, etc.-, una de las piedras angulares sobre las que se eleva
toda tradición espiritual de cualquier cultura. No puede haber iniciación a un
progreso espiritual elevado sin que ya se esté planteando esta división tajante
marcada por la aspiración de todo neófito a elevarse espiritualmente y
desviarse del camino corriente. Es la dicotomía que se establece también cuando
una tradición espiritual toma un camino desviado de la razón. El hombre común,
al que trata de sobreponerse el hombre de conocimiento que postula Castaneda,
es un hombre que vive en un mundo creado e interpretado por la razón. La
descripción que hace de su propio mundo y las ideas que sostiene son préstamos
que recibe de sus semejantes y de su propia cultura, para al final orientarse
exclusivamente por unas creencias en una determinada representación. Se halla
siempre disponible a los reclamos de sus semejantes y se convierte así en guardián
del otro, en víctima y verdugo de su mezquina libertad. Su libertad es la
libertad del hombre corriente, que le despoja de su poder y lo esclaviza a los
otros miembros de su cultura. Su elección respecto a las representaciones de su
mundo y de su propia vida se dirige a la razón y no a las profundidades del
ser.
¡Qué diferente se nos aparece el
hombre de conocimiento que se perfila en las páginas de Castaneda! Al dejar de
ser esclavo de la razón, el universo que se forja el guerrero deja de ser
descriptible y se le vuelve misterioso. Concibe el mundo como un misterio y lo
que hacen los demás hombres como una locura. Al confiar en sí mismo, deja de
depender de los otros, y comienza a descreer de la razón para ser libre de
elegir su propio camino: el camino del corazón. Y este camino le lleva siempre
a dar lo mejor de sí. Debe actuar impecablemente, porque la muerte le está
susurrando en todo instante que ya no tiene tiempo, que tiene que dar su mejor
versión en lo que puede ser su última batalla sobre sobre esta tierra. Debe
actuar con lucidez sin descuidar nada. Su actuar impecable es la ausencia total
de abandono, es su locura controlada: sigue sólo las indicaciones que le va
insinuando el poder acumulado con sus obras o sus acciones. Su conciencia bajo
la perspectiva de una muerte cierta hace que no vacile a la hora de tomar una
decisión; sabe que, al pender de un hilo, la vida es una cosa frágil y grave a
la que hay que corresponder con responsabilidad y atendiendo a su magnitud. Su
vida toda se vuelve un desafío. Al tomar a la muerte como consejera, se
convierte en un cazador tras una pieza de caza mayor: sale a la caza de sus
propias flaquezas y se aplica a romper sus rutinas para no hacerse previsible y
evitar el ser cazado; sale, en definitiva, a la caza del poder, del propio
dominio de sí. Al no hallarse nunca a tiro de sus semejantes, nunca disponible,
se vuelve inaccesible a los tejemanejes de los otros y por eso nunca queda
huella de su paso (“el guerrero -dice D. Juan- no quiere ser una presa, ni de
sus semejantes, ni de las ideas que estos propagan”); se aplica, por tanto, a
borrar su propia historia personal para que no le capturen los demás -los que
practican la hechicería negra- y toca el mundo circundante con sobriedad. Es
así como el guerrero se dota de poder y se hace imprevisible. Adviene a un mundo
completamente nuevo, con nuevas reglas, un mundo misterioso e insondable que le
otorga una nueva libertad, no accesible al hombre común. Es así también como
pierde su importancia personal: se vuelve humilde, liberándose de deseos e
ilusiones, y ya desapegado de estas, se vuelve más libre aún, y sus decisiones
respiran el aire de esta nueva libertad (“La humildad del guerrero no es la del
mendigo -dice D. Juan-. El guerrero no baja la cabeza ante nadie, ni tampoco
permite que nadie la baje ante él”). Vive más allá del fruto de sus actos y
“sin esperar nada a cambio”: como en el famoso poema de Rudyard Kipling –If-,
trata al éxito y al fracaso como dos impostores por igual. Cada acto realizado
cuenta y, en esta cuenta de su actuar impecable, siempre acaba sumando la
acumulación de más poder y de más autodominio personal. Y es este nuevo dominio
conquistado un terreno que ha logrado sustraerse a gravitación de la razón -que
en nuestra cultura todo lo gobierna, a la vez que nos va haciendo prisioneros
de una descripción del mundo que se convertirá en una camisa de fuerza, en una
prisión que nos hace rehenes de los otros-. Vive rigiéndose por la fuerza del
sentimiento, siempre optando por un camino con corazón, para que así pueda
emerger la fuerza que dominará su vida: la fuerza de la voluntad, tras la que
aflorará la totalidad del mundo y del ser, de ese mundo misterioso y arcano que
va a tener como centro de fuerza el cuerpo. Y con los sentidos bien abiertos
para que cobre nueva fuerza el cuerpo, se abre el cofre de las maravillas del
mundo y emerge así la totalidad de sí mismo. Es la voluntad, precisamente, lo
que pone al guerrero en contacto con el poder. Es esta nueva fuerza, que poco a
poco va amasando el guerrero, la que define la hechicería, que no es otra cosa
que la aplicación de la voluntad para conquistar la libertad; con ella logra
ampliar la representación del mundo, un mundo más vasto e inconmensurable con
la razón, el mundo misterioso que resulta impenetrable para el hombre común, el
mundo que pone en primer término al cuerpo, nuevo centro que ahora desplaza a
la razón. Al destruir así la representación ordinaria que guía y orienta la
conducta de los hombres, al detener el mundo descrito por esa representación
-al romper con los ensueños y el diálogo interior-, el hombre de conocimiento
se convierte en un contemplador de un mundo nuevo y salvaje que también lo
puede destruir. Y para advertirnos de sus peligros, Castaneda muestra el
itinerario seguido bajo la guía de su maestro D. Juan, cuyas maniobras tratan
de paliar los potenciales efectos negativos del abordaje de este nuevo mundo.
Todo su itinerario de aprendiz de brujo es dirigido por D. Juan con el objetivo
de que ahuyente su forma humana, de manera que esa pérdida -la de su forma
humana- le cause el menor impacto posible: un alunizaje plácido en un nuevo
territorio espiritual. Al igual que los discípulos del yoga, lo mismo que los
neófitos de todos los cultos mistéricos, su aprendizaje se ha dirigido a
colonizar las profundidades del ser, allí donde está plantada la semilla de
donde brotan las miríadas de mundos nuevos.
Ya desde el primer libro escrito por
Castaneda –Las enseñanzas de Don Juan, del que aquí se seleccionan
algunos pensamientos escogidos- su maestro le dirige hacia el descubrimiento de
ese nuevo mundo protegido y exhumado por los chamanes de la antigüedad de
México: un nuevo ámbito de la realidad que exige un sistema cognitivo diferente
al del hombre corriente. Todas las maniobras de su maestro se dirigen a hacerle
desconfiar de los procesos cognitivos del mundo cotidiano del hombre
occidental: de ahí la perplejidad de un Castaneda que parte a ese
descubrimiento como un antropólogo, para luego caer derrotado ante la victoria
de la magia. El antropólogo que quiere conocer al otro desde un orden
científico acaba fundiéndose en él a través de una relación de orden
mágico-religioso. El otro conocimiento, como brillantemente disecciona Octavio
Paz, “abre las puertas de la otra realidad a condición de que el neófito se
vuelva otro”, en un despertar espiritual que le hace dudar de los cimientos en
los que se asienta su condición de antropólogo y de hombre occidental. Al cabo
de un aprendizaje que le lleva trece años -cronológicamente narrado en
sucesivos libros-, Castaneda concluye que todo su itinerario bajo la guía de D.
Juan le ha llevado a un sistema cognitivo radicalmente diferente y que era el
sustentado por los chamanes del antiguo México. El mundo de estos chamanes
resulta así inconmensurable con el que habitualmente describe el hombre guiado
por la razón mediante sus recursos conceptuales. Según Castaneda, el objetivo
primordial de D. Juan fue ayudarle a percibir la energía tal como fluye en el
universo, lo que constituía el primer paso imprescindible para adquirir una
visión más global y libre de un sistema cognitivo diferente. Según los chamanes
del linaje de Don Juan, los procesos de la cognición usual son producto de
nuestra formación; fruto, por tanto, de un aprendizaje que siempre se puede
desaprender. Cualquier otro aprendizaje que vaya dirigido a percibir las cosas
de una manera distinta puede llevarnos a tratar con un tipo de fuerzas y de
energía que no aparecen en el horizonte cognitivo del hombre común, y la
conclusión es que estas fuerzas pueden ser manipuladas, de manera que, con
disciplina y destreza, un aprendiz podría penetrar en un nuevo mundo
inconcebible. Los libros de Castaneda se dedican a señalar los mojones y la
reglas de este aprendizaje -bajo la guía del gran brujo que es D. Juan Matus-
para conducirse hacia la meta de este nuevo descubrimiento de una forma segura.
Como ya se ha dicho, la moral del
hombre de conocimiento que postula la filosofía de los libros de Castaneda no
difiere mucho de las pautas y conceptos proporcionados por las éticas más
milenarias -ya sea estoicismo o epicureísmo o las éticas de las escuelas
hinduistas- y las filosofías espirituales de culturas antiguas. Apuntan todas a
pautar un orden de vida que se aleja del estilo de vida seguido por el hombre
común. La atención al acto puro sin buscar remuneraciones a cambio -que nos
retrotrae el Bagavad-gita-, las virtudes que se desprenden del cuidado de sí
(la determinación, el valor, el autocontrol, la confianza en sí mismo, etc.),
el perder la importancia personal y el tener a la muerte como consejera son
otros tantos parámetros que rigen gran parte de las éticas milenarias. Al tomar
el hombre guerrero de Castaneda la vida como un desafío, no tiene más remedio
que observar el cuidado de sí, es decir, no puede permitirse el lujo de
abandonarse al albur de los acontecimientos, no se puede volver disponible ante
aquello que quizás le acabe debilitando. Al poner el énfasis en perder la
importancia personal, el hombre de conocimiento logra desembarazarse de su ego
y accede de esta manera a un comportamiento que le impide caer en los vicios
que conllevan la vanidad y el engreimiento. Quien trata de mantener una
atención siempre vigilante, quien no está dispuesto a abandonarse a nada, vive
cada momento atento a la elección que le plantea cada circunstancia y trata de
decidir acertadamente. Y la elección acertada, el decidir siempre teniendo en
el punto de mira la vida buena, es una de las claves de la conducta ética. Pero
quizás lo que más propulsa la consciencia de que en cualquier momento se puede
decidir nuestro destino es la consciencia de la muerte, que en la obra de
Castaneda se convierte en su vector más importante y en una verdadera
apoteosis.
El guerrero camina siempre con la
muerte como compañera. La muerte camina a nuestro lado: es la consejera que
susurra sin cesar “no hay tiempo”. Es lo que hace que los actos del guerrero
adquieran una rara eficacia. Es también lo que le lleva a vivir desapegado,
pues la idea de que en cualquier instante nos lo jugamos todo hace que se nos
disipen los deseos e ilusiones, que son los verdaderos motores de nuestra
conducta. La muerte es una auxiliar eficaz que desbroza de nuestro camino los
obstáculos que lo obstruyen y es lo que hace que cada acto cuente para el
acrecimiento del poder. Podría parecer que la piedra angular del edificio
construido por Castaneda es la pérdida de la importancia personal, pero esta
manera de vivir desembarazada del ego es consecuencia del vivir la vida bajo el
signo de la muerte. También se podría ver en el intento del guerrero por actuar
de una forma impecable la puerta que le abre al contacto con el poder. El
guerrero trata de hacer lo mejor posible cada vez que se empeña en llevar a
cabo una acción, pero la conciencia mejor sólo puede ser fruto de la toma de
conciencia ante la inminencia de la propia muerte. Puede parecer que el secreto
del aumento de poder reside en el concepto de la impecabilidad de los actos,
pero esta conciencia a su vez aflora a partir de la conciencia de la propia
muerte, que es la idea más vieja de la filosofía, a la que ya aludía Platón
como el motor de la actitud filosófica y que cobra tanta importancia en los
estoicos, con Marco Aurelio a la cabeza. Ya Marco Aurelio sintetizó la
importancia de la idea de la muerte para la perfectibilidad de una vida en una
máxima magistral: “La perfección moral consiste en esto: en pasar cada día como
si fuera el último, sin convulsiones, sin entorpecimientos, sin hipocresías.”
El manejo de la idea de la muerte no sólo permite vivir con una rara dignidad
que resulta ajena al hombre que vive de espaldas a ésta; al hacernos vivir la
vida con su verdadera gravedad, el darse cuenta de que la muerte nos está
cercando, permite tomar conciencia de nuestra responsabilidad, nos aleja de la
indolencia del vivir inconsciente y nos arroja a una vida activa. Y sobre todo
nos permite orientarnos en una vida que, sin brújula alguna, expuesta a su
sinsentido, nos dejaría postrados ante la vacilación: nos devuelve la confianza
en nosotros mismos cada vez que, ante una disyuntiva, tenemos que optar por un
camino. Un guerrero, dice D. Juan, “sin la conciencia de la muerte sólo sería
un hombre corriente implicado en actos corrientes, no tendría la potencia, la
concentración indispensables para transformar su tiempo corriente sobre la
tierra en poder mágico.”
Se sabe desde siempre, aunque el
hombre no esté avezado al desciframiento de su acertijo, que la muerte
constituye el mayor enigma de la vida del hombre y su desciframiento nos
abriría las puertas hacia una vida mejor vivida. La ignorancia de la muerte nos
lleva a vivir una vida pecaminosamente frívola, desprovista de su horizonte
vital, que es precisamente lo que la niega, pero también lo que pone a la vida
en su exacta dimensión. Ella nos obliga a vivir la vida como un desafío
permanente y hace que, bajo el desapego y la libertad que nos procura,
empecemos a considerar la fortuna y la desgracia por igual. A quien vive
enrostrando la muerte, ya le da lo mismo ganar que perder, y se coloca así por
encima de los frutos de la acción, tal como nos aconseja ese monumento a la
sabiduría mística y vital que es el Bagavad-Gita. De ahí que Castaneda insista
en que el guerrero ha de vivir con el temperamento de un loco que ha tomado el
control (“El guerrero considera el mundo como un misterio sin límites y lo que hacen
los hombres como una locura sin nombre”); y lo hace practicando el abandono de
sí, que nos coloca a resguardo del influjo de la razón, pero al mismo tiempo
utilizando el gran cuidado de sí que la idea de la muerte nos inspira y que nos
conducirá al verdadero autodominio, la meta de toda ética. Considerar las cosas
como un reto, y no como una bendición o una maldición -con la humildad del
guerrero-, nos llevaría a lograr una mayor eficacia en nuestras acciones, y nos
colocaría en la posición de quien está por encima de los acontecimientos y no
deja -tal como predicaban los estoicos- que éstos les afecten, pues estos ya no
pueden afectar para nada a lo más íntimo y rico que poseemos: nuestra propia
alma o espíritu. Es esto lo que nos vuelve más eficaces y libres.
Porque la visión que se vislumbra al
fondo de los libros de Castaneda es un nuevo diseño de la libertad, acaso una
libertad quimérica, pero más completa como ideal a conquistar. El hombre
guerrero que nos propone Castaneda, como Nietzsche nos propuso su espíritu
libre y su superhombre, se distingue por romper cualquier rutina y borrar su
historia personal: precisamente para adquirir una mayor libertad, para volverse
fluido, para no caer en las redes de sus semejantes, lo que D. Juan llama los
hechiceros negros, porque el guerrero, nos dice Castaneda, “no deposita su
certeza en el rostro de sus vecinos”. El guerrero, al no atarse a nada,
consigue abrir un considerable margen de libertad. Se vuelve indisponible. La
muerte le exige vivir cada momento como si fuese el último, dejando de conceder
importancia al pasado y al futuro, viviendo en un “hic et nunc”. Al considerar
cada cosa como un reto, se sitúa por encima de los acontecimientos (“Un
guerrero no puede querer estar en otra parte, pues considera cada cosa como un
reto”). Tal como postula Spinoza, la libertad se halla en relación directa con
la mayor capacidad de obrar. Al abrirse a un mundo que se ha liberado del corsé
de la razón, se adentra a la vez en un mundo magnífico y misterioso, un mundo
rebosante de una libertad que hay que explorar con sumo cuidado. Un mundo que
hay que afrontar con algunas reglas para no perder la cordura, que hay que
arrostrar con respeto y con miedo. Al liberarse el hombre del influjo de sus
semejantes, al no estar obligado a interpretar el secundario papel que se le ha
asignado en la vida social, el hombre de conocimiento que postula Castaneda
sólo tiene como meta ejecutar actos que le aproximen al poder, actos impecables
que le aseguran entrar en otro orbe distinto al descuidado y cotidiano, un
territorio inexplorado que le catapulta a una libertad inconcebible.
El mundo bajo la perspectiva de los
hechiceros yaquis, de los hombres de conocimiento de esa antigua cultura que se
sobrepuso al colonialismo salvaje europeo, es un mundo misterioso e insondable
al que sólo se accede por medio de la voluntad, por medio de “una intención
inflexible”, que está por encima de los deseos y que es el designio del
guerrero, al que se ha sometido de todo corazón, como los antiguos se sometían
a la idea del destino. Tiene que creer en su propio designio, pero sin creer
del todo, pues no se debe dejar abducir por ninguna representación. Sólo debe
creer en su propio designio, en el camino elegido, que es un camino con
corazón, pues tal como alecciona D. Juan a su discípulo, “se debe escoger
siempre un camino con corazón para poder ser siempre lo mejor de uno mismo”.
Esta confianza emersoniana en sí mismo y en sus propias
fuerzas emana de su voluntad y lo vincula con el poder y con la hechicería. La
idea de la muerte inminente y el desapego que acarrea lo lleva a elegir este
camino con corazón. Y en el centro de este camino se halla la revalorización
del cuerpo. Una vez ha sido desactivado el poder de la razón, se hace con un
poder dotado de mayor fuerza gravitatoria, un mundo carente de reglas
racionales donde sólo impera el poder de la voluntad. Es aquí donde Castaneda
nos evoca esa parte de la filosofía que ha insistido en recalcar el papel del
cuerpo y la voluntad en el universo y en la vida del hombre. No hace falta
pensar en Schopenhauer; ya Spinoza nos alerta sobre nuestra ignorancia acerca
de la voluntad en una cultura logocéntrica: “nadie sabe lo que puede un
cuerpo”, nos advierte. Pero a la vez que es una advertencia, también acaba
siendo una invitación a explorar el mundo del cuerpo y la voluntad. Vivimos en
un mundo del que nada se sabe, a pesar de que todos fingimos saber una vez que nos
hallamos encaramados en el panóptico de nuestra cultura, pero en ese mundo
construido sobre un vaciado del espíritu (por no quedar suficientemente
acreditada su existencia), se nos impone la evidencia de los cuerpos, cuerpos
que hay que desentrañar a efectos de saber y de tener más poder. Es
precisamente en un mundo donde todo se cree saber, donde los hombres no
aprovechan su propio poder. La voluntad es precisamente la fuerza que relaciona
al guerrero con el mundo de la hechicería, esto es, con el poder. En un mundo
desencantado por la razón, tal como ha subrayado Max Weber, la visión que nos
ofrece Castaneda tiene la virtualidad de volver a encantarlo de nuevo, de
trocar el cálculo y la previsión imperantes en la visión científica asumida por
el hombre occidental por la imprevisibilidad de un mundo ignoto donde la única
guía es el sentimiento de seguir un camino con corazón, y cuya meta es la
acumulación de poder, no para usarlo contra nuestros semejantes, sino para
estar a cubierto de sus asechanzas -de sus hechicerías negras-, y reclamar
nuestro palmo de territorio libre. Pues todo parece indicar que en un mundo
desencantado ese cálculo y previsión de la razón vuelve a la vez al hombre
rígido y previsible, debilitando su poder personal a expensas de habérselo
transferido a la cultura y a la técnica. En un mundo donde todo es mensurado
por el canon de la razón, los actos podrán tener sentido -siempre subsidiario-,
podrán ser medios para alcanzar fines y metas, pero en sí serán actos
despojados de su poder. Son precisamente estos fines que orientan los actos del
hombre racional los que le obstruyen la visión de la magnificencia del mundo.
En cambio, para el guerrero, para el modelo de hombre que nos propone
Castaneda, que se guía por la voluntad, cada cosa es un reto, y puesto que cada
acto puede ser el último ante la perspectiva de la muerte, cada acto cuenta,
recibiendo su cuota de poder. Al hombre de conocimiento, convertido en guerrero
a los efectos prácticos, cada acto debe colmarle, ya que, considerado como
reto, ningún acto es más importante que otro. Esto le permite hincarse en un
tiempo que se prosterna sólo ante el presente y que le permite convertirse en
un ser fluido y actuar más convenientemente en el mundo que le rodea. Todo el
poder de la hechicería se sostiene sobre esta fuerza que emana de la voluntad
-según Castaneda, a través de “la brecha”, una abertura que emana de la región
umbilical y de la que él se sirve-. Pero también sirve esta voluntad para
ampliar la representación del mundo. El peligro para el hombre de conocimiento
es que quede presa de esta nueva representación, que el hechicero utiliza como
contraste a la del hombre común. Por eso Castaneda o su alter ego, que es D.
Juan, opone al hombre de conocimiento la figura del hechicero. El primero, que
salta a la conquista del poder y de su acrecimiento, no se vale de éste -como
el segundo- para dominar a sus semejantes y logra obviar esa posibilidad al
situarse entre las dos representaciones. Si el guerrero se convierte en hombre
de conocimiento es porque únicamente busca los actos de poder para realizar la
totalidad de sí mismo.
Ya se ha comentado que la moral del
guerrero que nos propone Castaneda nos conduce a problemas morales que ha
tratado de resolver toda ética clásica o religiosa. Pero toda ética antigua de
esta índole ha lindado siempre en sus planteamientos o en sus prácticas con el
terreno de la mística. La misma filosofía, cuando es auténtica y su visión
veraz, no deja de proporcionarnos una visión mística del mundo. Así también la
visión del mundo y del hombre que se desprende de la obra de Castaneda raya con
la mística. Y el concepto más poderoso que nos abre a este sentimiento y visión
místicos vuelve a ser el manejo de la idea de la muerte. Sentir que todo acto
puede ser el último ilumina el juicio de quien lo ejecuta. La idea de la muerte
nos conduce a una moral genuina porque nos despoja de la importancia personal:
nos hace humildes. Nos ayuda a aniquilar el ego, que es el objetivo final o el
medio más importante con el que cuenta el místico para acceder a un estado
beatífico más allá de las palabras. Vivir bajo la creencia de que somos
eternos, de que nuestro tiempo no está tasado es lo que nos debilita
moralmente. En cambio, al tener en cuenta la muerte, la vida abandona la
sensación de inmortalidad y se afinca profundamente en el momento presente.
Quien se siente rodeado de eternidad, no valora ni sus actos ni la inconcebible
maravilla del universo que le rodea, y se hace insensible a las mudanzas del
tiempo y a sus formas siempre nuevas. “Solo existe en ti una cosa mala -le
señala D. Juan a su discípulo- crees que tienes la eternidad ante ti”. El
hombre que se libera de una concepción del tiempo mecánica y estática – que
procrea una conciencia hipnotizada por el movimiento pendular entre el pasado y
el futuro- se vuelve inaccesible a las debilidades y los vicios en los que cae
la conciencia ordinaria y es capaz de vivir la verdadera riqueza del tiempo,
saliendo él mismo enriquecido y con capacidad para obrar sin lastres ni
impedimentos. La idea de la muerte, además, nos impide apegarnos a las cosas
que nos rodean y nos vuelve más fluidos. Hace que veamos las cosas bajo otra
escala de valores, y al considerar que cada acto cuenta, el guerrero siente que
debe poner lo mejor de sí mismo en cada acto. Es lo que Castaneda formula con
el imperativo de actuar impecablemente. Quien trata de actuar así se siente
bajo el estado de gracia. El estado del místico no es el del que se ha
descargado de todo pecado, sino el del que ha accedido al estado anterior a la
expulsión del paraíso y aún no sabe qué cosa es el pecado. En este estado de
inocencia, cualquier acto ejecutado se halla en estado de gracia y se percibe
como impecable, como tocado por una rara perfección; con el mismo grado de
perfección con el que se concibe el mundo. En la visión paradisíaca del mundo
el hombre ya obra con el mismo instinto de perfección: es congénitamente
perfecto. El secreto de la libertad del guerrero reside en actuar
impecablemente, que es precisamente la fórmula prístina y genuina del
imperativo categórico: “el guerrero busca ser impecable ante sus propios ojos y
a eso se le llama humildad”. Esta nueva visión de la perfectibilidad humana nos
proporciona un método pragmático para impulsarnos en nuestro desarrollo
personal. Sobre esta atención en el acto puro y sobre gran parte de los
conceptos de Castaneda sobrevuela la evocación del Bagavad-Gita. La exhortación
que le hace Krishna a Arjuna en el Bagavad es la de que renuncie a los frutos
de sus actos: ha de actuar impersonalmente, sin pasión y sin deseo, como si
actuara por procurador y en lugar de otro. Krishna le pide a Arjuna que viva
desapegado y actúe como si no actuase. También el guerrero busca la eficacia
impersonal: “no pierde su tiempo en vanas indecisiones. Poco importa lo que
hace, pero lo que hace lo realiza plenamente” La extirpación de deseos y
temores que se produce en el guerrero de Castaneda bajo la idea de la muerte le
abre a la totalidad de sí mismo. Considerar la vida como un reto y no como una
bendición o una maldición nos lleva a una mayor eficacia en nuestras acciones,
pues estas se sitúan por encima de los acontecimientos y éstos ya dejan de
afectarnos. Todo lo que Castaneda proclama acerca de la locura controlada
(actuando con un control y vigilancia de sí, a la vez que con un abandono
total), del actuar desinteresadamente y sin esperar nada a cambio, de no atarse
al deseo, pero actuando libremente bajo el propio designio, de amar aquello que
se quiere, pero sin interés, todo eso que preforma el temperamento del
guerrero, compone un temperamento místico que ya se puede observar en el Arjuna
del Bagavad-gita. “Un guerrero -dice D. Juan- actúa como si nada hubiera
ocurrido porque no cree en nada, aunque acepta las cosas tal como se le
presentan. Acepta sin aceptar y desprecia sin despreciar. No tiene el
sentimiento de saber, pero tampoco se siente como si nada hubiera llegado”
No menos importancia para la mística
contiene "la ruptura con el diálogo interior" que nos propone
Castaneda con el objeto de anular la razón y tener una diferente representación
de las cosas, un modo más directo de contactar con la realidad del mundo que
nos rodea. Y quien rompe con el diálogo interior, es decir, quien hace silencio
dentro de su mente, entra ya en un estado inefable propio de la meditación y
del yoga. Se ha vuelto mudo para poder abrir más lo ojos, para quedar sordo y
ciego a las voces e imágenes del estado de ensoñación y poder acceder a una
vigilia superior. De ahí que en gran parte de lo que nos propone Castaneda esté
resonando el inefable lenguaje de la mística, que en su modo de expresión ya
está obedeciendo a otras reglas. Su manera de expresar la actitud y las reglas
que sigue el guerrero (confiando sin confiar, abandonándose sin abandonar,
interesándose sin interesarse, deseando sin atarse a sus pasiones, en
definitiva, actuando sobriamente sin actuar), ya está expresándose en términos
de complementariedad de contrarios y de síntesis en la unidad, tan afines a la
mística. Al acceder el guerrero a un mundo misterioso e insondable, se hace más
apto para percibir el mundo bajo la nube del no saber. Bajo el
estado de concentración en que se halla el hombre de conocimiento, el mundo se
percibe como algo inefable y la lengua se vuelve torpe para expresarlo. Romper
con el diálogo interior es la manera más abrupta de romper con la historia
personal, de hacer un borrado. Cada vez que alguien logra “parar el mundo” y
pone fin a la interminable cháchara que nos acompaña, va restándose importancia
ante sus propios ojos y coloca una carga explosiva para demoler su importancia
personal. El edificio conceptual para la liberación personal que ha ido
construyendo Castaneda brilla así con toda su coherencia. Unos conceptos están
entrelazados con otros e interaccionan retroalimentándose y dejando al
descubierto la evidencia de que todos se supeditan a la idea más fértil de la
filosofía y del desarrollo espiritual: la idea de la muerte. No cabe duda de
que romper con el diálogo interior es una forma de morir a nuestro estado
habitual de ensoñación que no nos deja renacer, es decir, despertar. Significa
también morir al mundo del logos y de la razón, para acceder a un logos
superior. También a una nueva moral que nos impone el sentimiento trágico de la
vida. Rompiendo el diálogo interior es como el guerrero se despoja de los
penosos hábitos adquiridos por creerse demasiado importante y se desembaraza de
su ego. Es así como el guerrero se libera de la carcoma de su propia vanidad y
deja de tener remordimientos y de lamentarse y de compadecerse a sí mismo. El
guerrero se vuelve humilde, “busca ser impecable ante sus propios ojos y a eso
se le llama humildad”. Es también, gracias a esta brecha abierta por la ruptura
del diálogo interior, como el guerrero suspende la razón para acceder al mundo
regido por la voluntad. Accede así a una nueva relación con su mundo y a una
nueva representación de la cosas, lo que le fortalece la atención y le facilita
un estado de contemplación atenta. Ese nuevo mundo refractario a las
representaciones ordinarias en que entra el aprendiz con ayuda del maestro o
benefactor, Castaneda lo denomina “nagual”, un mundo terrorífico y salvaje que
amenaza con destruir a quien intenta acceder a él. Para preparar a su discípulo
y que puede afrontar ese terror, el chaman o maestro utiliza a la vez el miedo,
que logra modificar la visión de las cosas y va haciendo desmoronarse la
antigua representación. La prueba se considera superada con éxito cuando el
aprendiz se sobrepone a ese terror. A partir de ahí lo que cambia en el
discípulo es sobre todo el cuerpo (voluntad). El discípulo ha de aplicarse
entonces a cambiar la forma humana, que es algo similar a la adquisición de la
voluntad. Voluntad para elegir ser hombre corriente o guerrero, lo que ya no es
una elección de la razón, si no que apela a las profundidades del ser. “Yo
recorro siempre un camino que tenga corazón – se le oye decir a Juan Matus en
“Las enseñanzas de Don Juan”-, no importa cuál si tiene corazón. Es el que
recorro, y la única prueba válida es atravesar toda su longitud. Y yo lo
recorro mirando, mirando, con el aliento cortado. Lo que se pregunta el
guerrero es: ¿tiene corazón este camino? Y sólo ha de caminarlo si está libre
de ambición y miedo.”.
Los pensamientos que se seleccionan
aquí pertenecen al segundo libro escrito por Carlos Castaneda, “Una realidad
aparte”.
Un guerrero sabe que es sólo un
hombre. Su único pesar es que su vida es tan corta que no le permite asir todas
las coas que quisiera. Pero, para él, eso no es un problema; es sólo una
lástima.
*****
Sentirse importante lo hace a uno
pesado, torpe, banal. Para ser un guerrero se necesita ser liviano y fluido.
*****
Cuando los seres humanos se ven como
seres de energía, parecen fibras de luz, como telarañas blancas, con hebras muy
finas que circulan desde la cabeza hasta la punta de los pies. De ese modo,
ante los ojos del vidente, un hombre aparece como un huevo de fibras que
circulan. Y sus brazos y piernas son como cerdas luminosas que brotan en todas
direcciones.
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El vidente ve que cada hombre está en
contacto con todo lo que le rodea, pero no a través de sus manos, sino mediante
un montón de largas fibras que brotan en todas direcciones desde el centro de
su abdomen. Esas fibras unen al hombre con lo que le rodea; conservan su
equilibrio; le dan estabilidad.
*****
Cuando un hombre aprende a ver, ve
que un hombre, ya sea mendigo o rey, es un huevo luminoso, y no hay manera de
cambiar nada; o mejor dicho, ¿qué podría cambiarse en ese huevo luminoso? ¿Qué?
*****
Un guerrero nunca se preocupa de su miedo.
En vez de eso, ¡piensa en las maravillas de ver el flujo de energía! El resto
son fruslerías, fruslerías sin importancia.
*****
Sólo un chiflado emprendería por
cuenta propia la tarea de hacerse hombre de conocimiento. A un hombre cuerdo hay
que engañarlo. Hay montones de gente que acometerían con gusto la tarea, pro
éstos no cuentan. Casi siempre están rajados. Son como cántaros que por fuera
se ven en buen estado, pero que comenzarían a gotear en el momento en que los
sometieras a presión y los llenaras de agua.
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Cuando un hombre no se preocupa por ver,
las cosas le parecen más o menos lo mismo cada vez que mira el mundo. En
cambio, cuando aprende a ver, ninguna cosa es igual cada vez que la ve, y sin
embargo es la misma. Para el ojo de un vidente, un hombre es como un huevo.
Cada vez que ve a un mismo hombre, ve un huevo luminoso, pero no es el mismo
huevo luminoso.
*****
Los chamanes del antiguo México
dieron el nombre de aliados a unas fuerzas inexplicables que actuaban sobre
ellos. Los llamaron aliados porque pensaron que podrían servirse de ellos para
su satisfacción, una idea que resultó ser casi fatal para aquellos chamanes,
porque lo que ellos llamaban aliados son seres sin esencia corpórea que existen
en el universo. Los chamanes de hoy en día los llaman seres inorgánicos.
Preguntar cuál es la función de los
aliados es como preguntar qué hacemos los hombres en el mundo. Aquí estamos:
eso es todo. Y los aliados están aquí como nosotros; y puede que estuvieran
antes que nosotros.
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El modo más eficaz de vivir es vivir
como un guerrero. Puede que un guerrero piense y se preocupe antes de tomar una
decisión, pero una vez que la ha tomado, prosigue su camino libre de
preocupaciones o pensamientos; todavía habrá un millón de decisiones esperándolo.
Ése es el camino del guerrero.
*****
Un guerrero piensa en su muerte
cuando las cosas pierden claridad. La idea de la muerte es lo único que templa
nuestro espíritu.
*****
La muerte está en todas partes. Acaso
esté en los faros de un coche que alumbran tras de nosotros desde lo alto de
una colina distante. Pueden permanecer visibles por un rato y entonces
desaparecer en la oscuridad como si se los hubiera tragado la tierra, para
aparecer sobre otra colina y luego desaparecer de nuevo.
Esas son las luces que lleva la
muerte sobre su cabeza. La muerte se las pone por sombrero y se lanza al
galope, ganándonos terreno, acercándose más y más. A veces Apaga sus luces.
Pero la muerte nunca se detiene.
*****
Un guerrero, primero debe saber que sus
actos son inútiles y, a pesar de ello, proceder como si no lo supiera. Ése es
el desatino controlado del chamán.
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Los ojos del hombre pueden realizar
dos funciones: una es ver la energía en general, tal como fluye en el universo,
y la otra es “mirar las cosas de este mundo”. Ninguna de ellas es mejor que la
otra; sin embargo, educar los ojos sólo para mirar es un lamentable e
innecesario desperdicio.
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Un guerrero vive de actuar, no de
pensar en actuar ni de pensar qué pensará cuando haya actuado.
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Un guerrero elige un camino con
corazón, cualquier camino con corazón, y lo sigue, y luego se regocija y ríe.
Sabe, porque ve, que su vida se acabará demasiado pronto. Saber, porque ve,
quenada es más importante que lo demás.
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Un guerrero no tiene honor, ni
dignidad, ni familia, ni nombre, ni patria; sólo tiene vida por vivir y, en
tales circunstancias, su único vínculo con sus semejantes es su desatino
controlado.
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Puesto que ninguna cosa es más
importante que otra, un guerrero elige cualquier acto y lo actúa como si le
importara. Su desatino controlado le lleva a decir que lo que él hace importa y
le lleva a actuar como si importara, y sin embargo él sabe que no es así; de
modo que, cuando completa sus actos, se retira en paz, sin preocuparse en
absoluto de si sus actos fueron buenos o malos, si dieron resultado o no.
*****
Un guerrero puede optar por
permanecer totalmente impasible y no actuar jamás, y comportarse como si
realmente le importara ser impasible. También eso sería genuinamente correcto,
pues también ése sería su desatino controlado.
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No hay vacío en la vida de un
guerrero. Todo está lleno a rebosar. Todo está lleno a rebosar y todo es igual.
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El hombre corriente se preocupa
demasiado por querer a otros o por ser querido por los demás. Un guerrero
quiere; eso es todo. Quiere lo que se le antoja o a quien se le antoja, sin
más, porque sí.
*****
Un guerrero acepta la responsabilidad
de su actos, hasta del más trivial de sus actos. El hombre corriente actúa
según sus pensamiento y nunca asume la responsabilidad por lo que hace.
El hombre corriente es o un ganador o
un perdedor y, dependiendo de ello, se convierte en perseguidor o en víctima.
Estas dos condiciones prevalecen mientras uno no ve. Ver disipa la ilusión de
la victoria, la derrota o el sufrimiento.
*****
Un guerrero sabe que espera y sabe lo
que espera; y mientras espera no desea nada, y así cualquier cosa que recibe,
por pequeña que sea, es más de lo que puede tomar. Si necesita comer, encuentra
el modo porque no tiene hambre; si algo lastima su cuerpo, encuentra el modo de
pararlo porque no tiene dolor. Tener hambre o tener dolor significa que el
hombre no es un guerrero, y las fuerzas de su hambre y de su dolor lo
destruirán.
*****
Negarse a sí mismo es una entrega.
Entregarse a la negación es, con mucho, la peor de las entregas; nos fuerza a
creer que estamos haciendo algo valioso, cuando de hecho sólo estamos fijos
dentro de nosotros mismos.
*****
El intento no es un pensamiento, ni
un objeto, ni un deseo. El intento es lo que puede hacer triunfar a un hombre
cuando sus pensamientos le dicen que está derrotado. Actúa aun a pesar de que
el guerrero se haya entregado. El intento es lo que le hace invulnerable. El intento
es lo que envía a un chamán a través de una pared, a través del espacio.
*****
Cuando un hombre se embarca en el
camino del guerrero, poco a poco se va dando cuenta de que la vida ordinaria ha
quedado atrás para siempre. Los medios del mundo ordinario ya no le sirven de
sostén y debe adoptar un nuevo modo de vida para sobrevivir.
*****
Cada pizca de conocimiento que se
convierte en poder viene a la muerte como fuerza central. La muerta da el toque
definitivo; todo lo que la muerte toca, en verdad se vuelve poder.
*****
Sólo la idea de la muerte de al
hombre el desapego suficiente para ser capaz de no abandonarse nada. Un hombre
así sabe que su muerte lo está acechando y que no le dará tiempo para aferrarse
a nada; así que prueba, sin ansias, todo de todo.
*****
Somos hombres, y nuestro destino es
aprender y ser arrojados a mundos nuevos e inconcebibles. Un guerrero que ve la
energía sabe que son infinidad los nuevos mundos que se abren a nuestra visión.
*****
“La muerte es un remolino; la muerte
es una nube brillante en el horizonte; la muerte soy yo hablándote; la muerte
sois tú y tu cuaderno de notas; la muerte no es nada. ¡Nada! Está aquí, pero no
está aquí en absoluto.”
*****
El espíritu de un guerrero no está
hecho a la entrega y a la queja, ni está hecho a ganar o perder. El espíritu de
un guerrero está hecho sólo a la lucha, y cada lucha es la última batalla del
guerrero sobre la tierra. Por eso el resultado le importa muy poco. En su
última batalla sobre la tierra, el guerrero deja fluir su espíritu libre y
claro. Y mientras libra su batalla, sabiendo que su intento es impecable, un
guerrero ríe y ríe.
*****
Nos hablamos incesantemente a
nosotros mismos acerca de nuestro mundo. De hecho, mantenemos nuestro mundo con
nuestro diálogo interno. Y cuando dejamos de hablarnos sobre nosotros mismos y
nuestro mundo, el mundo es siempre como debería ser. Con nuestro diálogo
interno lo renovamos, lo encendemos de vida, lo sostenemos. No sólo eso, sino
que también escogemos nuestros caminos al hablarnos a nosotros mismos. De ahí
que repitamos las mismas elecciones una y otra vez hasta el día en que morimos,
porque continuamos repitiendo el mismo diálogo interno una y otra vez hasta el
preciso momento de la muerte. Un guerrero es consciente de ello y lucha por
detener su diálogo interno.
*****
El mundo es todo lo que hay aquí
encerrado: la vida, la muerte, la gente y todo lo demás que nos rodea. El mundo
es incomprensible. Jamás lo entenderemos; jamás desentrañaremos sus secretos.
Poer eso, debemos tratarlo como lo que es: un absoluto misterio.
*****
Las cosa que la gente hace no pueden,
bajo ninguna condición, ser más importantes que el mundo. De modo que un
guerrero trata el mundo como un misterio interminable, y lo que la gente hace,
como un desatino sin fin.

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