George Berkeley nació el 12 de marzo
de 1685, cerca de Kilkenny, en Irlanda. Sus antepasados eran ingleses, pero su
abuelo, un realista, se trasladó a Irlanda en la época de la restauración. El
propio Berkeley se consideraba irlandés. Fue enviado al Kilkenny College, donde
había acudido Swift poco tiempo antes, y posteriormente en 1700, cuando sólo
tenía quince años, al Trinity College de Dublín. Allí estudio matemáticas,
idiomas, incluyendo latín, griego, francés y hebreo, lógica y filosofía; el
curso de filosofía estaba puesto al día e incluía el estudio de Locke, el
filósofo francés Malebranche y otros pensadores contemporáneos muy recientes.
Se licenció en 1704 a la edad de diecinueve años y permaneció en el Trinity
College estudiando por su cuenta hasta que fue elegido miembro en 1707. Se
ordenó diácono en 1709 y sacerdote en 1710; continuó siendo miembro hasta 1724,
fecha en que dimitió para convertirse en deán de Derry, aunque prolongados
períodos de ausencia lo llevaron primero a Londrés y después a Italia.
Aunque siguió escribiendo muchos años después de abandonar el Trinity College de Dublín, fue durante su permanencia allí cuando escribió las obras por las que hoy es famoso. Su primer trabajo, “Ensayo de una nueva teoría de la visión” apareció en 1709, cuando contaba veinticuatro años; es un tratado tanto de psicología experimental como de filosofía y en él trata principalmente acerca de cómo percibimos con la vista la distancia, tamaño y posición de los objetos. Al año siguiente, en 1710, publicó “Tratado sobre los principios del conocimiento humano”, el más importante de los escritos de Berkeley y que contiene la exposición más completa de la posición filosófica que siempre sostendría. En 1713 publicó “Tres diálogos entre Hylas y Philonous”, exposición más popular de su punto de vista en la que Philonous (cuyo nombre significa ‘Amante de la mente’) vence en el debate y convence a Hylas (‘materia”), el materialista. En 1720 publicó en latín su ensayo “De Motu” (Sobre el movimiento), el planteamiento más detallado, con mucho, que poseemos sobre el punto de vista de Berkeley sobre el carácter de las ciencias naturales. Después de escribir los tres diálogos pidió permiso para abandonar Dublín y se dirigió a Londres donde se ganó la vida como profesor. Allí conoció a las principales figuras literarias de la época, a Pope, a Addison y a Swift. Sin embargo, desde el punto de vista filosófico fue ridiculizado y sus argumentos en contra de la existencia de la materia no recibieron la acogida que él esperaba. En 1713 aprovechó la oportunidad de convertirse en el capellán de Lord Peterborough y viajó a Francia e Italia con él ese año. Después de otros dos años en Londres volvió a Italia en 1716 en un largo viaje que duraría hasta 1720. En 1721 volvió a Dublín y recibió el título de doctor en Teología. En 1725 se embarcó en un proyecto de fundar una escuela en las islas Bermudas para los misioneros de las colonias y en 1728, habiéndose casado, tomó un barco con destino a América. Tomó tierra en Newport y allí construyó una casa que aún se conserva. En 1732 Berkeley, que veía sus proyectos filantrópicos frustrarse, se vio obligado a volver a Inglaterra sin poner los pies en las Bermudas. En 1734 fue elegido obispo de Cloyne en el sur de Irlanda. En esa diócesis vivió con fama de obispo concienzudo hasta su muerte en 1753.
Como filósofo, Berkeley es un empirista radical: la materia le resulta ininteligible y carece de sentido. Los objetos del conocimiento sólo pueden ser las ideas impresas en los sentidos (o las pasiones o las ideas formadas por la memoria y la imaginación) pero nunca un presunto mundo exterior fundado en un sustrato material. La experiencia nos proporciona todos los objetos del pensamiento y sólo podemos conocer lo que hayamos experimentado. Su crítica empirista se dirige especialmente contra las cualidades primarias de las cosas señaladas por Locke (extensión, forma, movimiento). Uno no puede ni percibir ni imaginar algo que solo tenga cualidades primarias, pero así es como era pintada la materia por Locke. La materia no puede ser objeto de nuestra mente, es impensable. Únicamente le podemos adjudicar un significado a la palabra que la nombra. Berkeley cree que es posible dar una explicación satisfactoria del mundo sin que nada sustituya a la hipótesis de la materia. La materia no la podemos ni imaginar ni observar y afirmó que invocar ideas abstractas como medio de pensar en lo inimaginable es absurdo.
En una conocida exposición de su doctrina, Berkeley decía que existir es o bien percibir (percipere), lo que da lugar a la existencia de los espíritus o bien ser percibido (percipi) lo que da lugar a la existencia de lo inanimado, las ideas. Estas ideas percibidas son objetos de la mente que no tienen existencia independiente de ella; de manera que el mundo es, en última instancia, espiritual, nada hay aparte de las mentes y sus contenidos.
En un breve ensayo sobre Berkeley, Borges escribió: “La perceptibilidad es el ser de las cosas: sólo existen las cosas en cuanto son advertidas: sobre esa perogrullada genial estriba y se encumbra la ilustre fábrica del sistema de Berkeley, con esa escasa fórmula conjura los embustes del dualismo y nos descubre que la realidad no es un acertijo lejano, huraño y trabajosamente descifrable, sino una cercanía íntima, fácil y de todos lados abierta.”
Es imposible concebir en el
pensamiento un ser u objeto distinto de la sensación o percepción del mismo.
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Todos los cuerpos que componen la
maravillosa estructura del universo, sólo tienen sustancia en una mente: su ser
(ese) consiste en que sean percibidos o conocidos.
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No hay otras sustancias sino las
espirituales, esto es, las que son capaces de percibir.
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La existencia de una idea consiste simplemente en ser percibida.
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En lo que hace a los sentidos, por
ellos tenemos conocimiento solamente de nuestras sensaciones, ideas, es decir,
aquello que percibimos inmediatamente, llámese como se llame, pero no nos
informan de la existencia extramental o no percibida de cosas semejantes a las
que percibimos.
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Podemos ser afectados por las ideas
que actualmente poseemos, aun sin la existencia de cuerpos que se les asemejen:
tal ocurre en los ensueños, vesanias y casos parecidos.
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Aun cuando se pudiera suponer que los
cuerpos existiesen sin la mente, no dejaría ello de ser una opinión harto
precaria, pues obligaría a pensar sin razón alguna que Dios había creado un
gran número de cosas inútiles, sin objeto ni finalidad visible.
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Tenemos la facultad de imaginar o de
formar ideas en nuestra mente; pero de ninguna manera prueba que sea posible
concebir existentes los objetos fuera de a mente o no percibidos. Para esto
sería necesario que se pudiera pensar en ellos como cosas no pensadas por
nadie, lo cual envuelve manifiesta contradicción.
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Cuando nos esforzamos por concebir la
existencia de los cuerpos externos, no hacemos otra cosa sino contemplar
nuestras propias ideas, acto en el que nuestra mente, no mirándose a sí misma,
viene a quedar ilusoriamente engañada dando por sentado que puede concebir y
que de hecho concibe los cuerpos con existencia independiente del pensamiento,
a pesar de que en ese mismo hecho los aprehende existentes sólo en sí mismas.
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La existencia absoluta de las cosas
desprovistas o independientes de todo pensamiento o implica un absurdo o es
imposible de entender por carecer de sentido.
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Todas nuestras ideas, sensaciones o
cosas que percibimos, sea cualquiera el nombre que les demos, son evidentemente
inactivas, esto es, no hay en ellas
actividad o potencia alguna. En forma tal, que una idea u objeto del
pensamiento no puede producir o hacer alteración alguna en otras ideas.
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La causa de las ideas es una
sustancia activa incorpórea, o sea, un espíritu.
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El espíritu es un ser simple,
indiviso y activo: en cuanto percibe las ideas se llama entendimiento; y
en cuanto las produce y opera sobre ellas, se llama voluntad.
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Las ideas actualmente percibidas por
los sentidos no tienen igual dependencia con respecto a nuestra voluntad. Si en
un día claro abrimos los ojos, no está en nuestro poder el ver o no ver, ni
tampoco el determinar los objetos particulares que han de presentársenos
delante. Y análogamente en cuanto a los demás sentidos: las ideas en ellos
impresas no son criaturas de mi voluntad. Por consiguiente: tiene que haber
otra voluntad o espíritu que las produzca.
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Si sabemos que el alimento nutre, que
el sueño repara, que el fuego calienta, que el sembrar en tiempo oportuno es
medio indispensable para recoger la cosecha, y en general que para conseguir determinados
fines hay ciertos medios conducentes a ellos, si sabemos todo esto, lo
debemos no al descubrimiento de una relación necesaria entre nuestras ideas,
sino únicamente a la observación de las leyes que la naturaleza tiene establecidas.
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Se dice que las ideas de los sentidos
tienen mayor contenido de realidad por ser más 1) enérgicas, 2) ordenadas
y 3) coherentes que la que produce la mente; pero esto no significa que
puedan tener existencia extramental. Son también 4) menos dependientes del
espíritu, o sustancia pensante que las percibe, y en la cual son provocadas
por la voluntad de otro espíritu más poderoso; pero no por eso dejan de ser ideas;
ya que ninguna idea enérgica o débil puede existir si no es en una mente
que la perciba.
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Así, pues: ¿Qué vienen a ser el sol,
la luna y las estrellas? ¿qué hemos de pensar de las casas, de las montañas y ríos, de los árboles, de las piedras, y hasta
de nuestros propios cuerpos? ¿Todo esto no es más que quimeras e ilusiones de
nuestra fantasía?
Todo lo que vemos, sentimos, oímos o
de un modo u otro concebimos o entendemos, queda tan a salvo y es tan real como
siempre. Existe ineludiblemente una rerum natura, y por lo tanto
mantiene toda su fuerza la distinción entre realidades y quimeras.
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Lo único inadmisible y que niego
absolutamente es la existencia de lo que los filósofos llaman materia o
sustancia corpórea. Y al hacer esto no creo causar perjuicio alguno al género
humano, que, bien seguro estoy, no echará de menos tal suerte de materia.
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Hay sustancias espirituales, mentes o
almas humanas que, si quieren, pueden despertar en sí mismas la idea que les
plazca; pero esas ideas son pálidas, débiles inestables con relación a aquellas
que percibimos por los sentidos, las cuales, siendo impresas en éstos según
ciertas normas o leyes naturales, manifiestan ser efecto de una mente superior,
más poderosa y más sabia que el espíritu humano. Por eso las idea que provienen
de los sentidos llevan en sí mismas mayor contenido de realidad que las
demás; lo que significa que son más enérgicas, ordenadas y distintas y que no
son ficciones de la mente que las percibe.
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Dirá alguno: es cosa dura decir que
comemos y bebemos ideas y que con idea nos vestimos.
Así es, ciertamente; porque a la palabra
idea en el lenguaje corriente no se le hace significar el conjunto de
cualidades sensibles que llamamos cosas, y a la verdad, toda expresión
que se aparte más o menos del uso común nos parece extrañas o ridícula.
Pero esto en nada debilita la
exactitud de nuestras afirmaciones, que en otros términos equivalen a decir que
nos alimentamos y vestimos con cosas percibidas directamente por los sentidos.
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No puedo dudar de que lo que veo,
oigo y toco es percibido por mí, o sea, existe, como tampoco dudo
de mi propia existencia.
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Lo que no puedo admitir ni comprender
es que el testimonio de los sentidos se aduzca como prueba de la existencia
extramental de una cosa percibida por ellos.
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Las ideas de la vista, cuando por
ellas aprehendemos la distancia o las cosas distantes, no nos sugieren o
señalan seres que existan fuera y lejos de nosotros, sino que nos advierten qué
ideas táctiles vamos a percibir, con tal cual intervalo de tiempo, es decir, a
causa de tales o cuales acciones.
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Hay un continuo aniquilamiento de
seres y una continua y nueva creación. Así, los objetos sensibles existen sólo
cuando son percibidos: existen los árboles en el jardín y las sillas en el
salón solamente cuando haya quien pueda percibirlos. Al cerrar los ojos,
quedan reducidos a la nada los objetos y muebles del salón; y con sólo abrirlos
de nuevo, otra vez son creados.
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Se dice que es un craso despropósito pensar
que, al cerrar mis párpados, todos los objetos visibles que me rodean hayan de
ser reducidos a la nada, y, sin embargo, ¿no es esto lo que todos los filósofos
admiten al afirmar que la luz y los colores, objeto propio de la vista, son
meras sensaciones que sólo existen al percibir?
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Aun admitiendo como cierta la
existencia de la materia, es indudable, como los mismos materialista
reconocerán, ateniéndose a sus principios, que ni los cuerpos, concreta e
individualmente considerados, ni cosa alguna semejante a ellos, pueden existir
sin la mente.
Y a la verdad, según ellos, la
materia y cada una de sus partículas e infinita y sin forma: sólo la mente
es la que forja esa variedad de cuerpos que componen el mundo visible, ninguno
de los cuales existe si no es percibido.
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Aunque afirmamos ciertamente que los
objetos del sentido no existen si no son percibidos no hay que deducir de ello
que sólo existan cuando nosotros los percibamos, ya que puede haber otros
espíritus que los perciban, y nosotros no. Cuando decimos que los cuerpos no
tienen existencia en la mente, o fuera de ella, no nos referiremos a ésta o
aquélla en particular, sino a cualquiera mente en general.
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Explicar un fenómeno es mostrar cómo
en tales o cuales ocasiones venimos en posesión de tales o cuales ideas. Y como
ningún filósofo puede explicar el hecho de que la materia ejerza acción sobre
el espíritu, o produzca cualquier idea de él, resulta evidente que en el estudio
de la naturaleza hay que prescindir totalmente de la materia.
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Se preguntará alguno si acaso no es absurdo
eliminar las causa naturales,
atribuyéndolo todo a la acción inmediata de los espíritus. De manera que en
adelante ya no habremos de decir que calienta el fuego, que refresca el agua,
sino que es un espíritu el que calienta y un espíritu también el que refresca.
¿No sería la irrisión de todos, y ciertamente con razón, el que así hablara?
Responderé que, efectivamente,
causaría risa este modo de expresarse. En caso como éstos debemos pensar como
los sabios, aunque hablemos como el vulgo. Los que están persuadidos de la
verdad del sistema de Copérnico, como si fuese cosa demostrada, dicen que el
sol sale, o que se pone, o que pasa por el meridiano, no obstante la
inmovilidad del astro. Y si de otra manera hablaran, de acuerdo con sus
acontecimientos científicos y con un tecnicismo impropio de la conversación
corriente, quedarían en ridículo.
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Sobre la afirmación de que no hay
causas corpóreas,
debo hacer notar que son muchos escolásticos que la han hecho suya, como
también modernos filósofos, todos los cuales, aun cuando concedan que existe la
materia, sostienen sin embargo, que sólo Dios es la inmediata causa eficiente
de todas las cosas.
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Dondequiera que se ve interrumpido el
curso normal de la naturaleza por un milagro, el hombre está dispuesto a
reconocer la presencia de un espíritu superior, mientras que la contemplación
del curso ordinario de las cosas no despierta en nosotros ninguna reflexión; el
orden y encadenamiento de los seres, aunque de suyo constituye el más elocuente
argumento de la suma sabiduría bondad y poder del Creador, se nos ha hecho tan
familiar, por ser tan constante, que no pensamos pueda ser el efecto inmediato
de un espíritu libre; sobre todo, cuando se cree erróneamente que la
señal de la libertad ha de ser la volubilidad e inconstancia en la
acción.
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Otras preguntas que podrán hacerse
son éstas ¿qué fin tiene la curiosa organización de las plantas y el admirable
mecanismo de las partes que componen el cuerpo de los animales? ¿No sería
posible que los vegetales creciesen y se vistiesen de hojas y flores, que los
animales realizasen todos sus movimientos y funciones con o sin esa maravillosa
variedad de partes internas, con tanta belleza traídas y dispuestas, las
cuales, por ser sólo ideas, carecen de toda potencia operativa y no tienen
relación alguna con los efectos que se les atribuyen? Si es un espíritu el que inmediatamente
produce todos los efectos mediante un fiat o acto de su voluntad, hemos de
pensar que todo lo que hay de hermoso y artístico en las obras del hombre o de
la naturaleza se ha hecho en vano.
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Nadie podrá negar que Dios, esto es,
la Inteligencia Suprema que sostiene y regula el curso ordinario del universo,
podría haciendo un milagro, determinar los movimientos de las agujas de un
reloj aunque nadie hubiera colocado en su interior el mecanismo a que estamos
acostumbrados; pero si esa misma Inteligencia quiere actuar solamente de
acuerdo con leyes mecánicas, que ella misma estableció y conserva en el
universo, será necesario que el movimiento de las agujas vaya precedido de la
acción del artífice que hizo y ajustó cada una de las partes del reloj y su
mecanismo. Como también tendrá que suceder que un desarreglo en la máquina vaya
seguido de un movimiento desordenado y que, reparado aquél, éste vuelva otra
vez a su marchar regular.
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Parece que Dios prefiere convencer
a nuestra razón de sus atributos por la obra continua de la naturaleza que
revela una grande armonía y un plan sapientísimo, claros indicios del poder y
bondad de su Autor, más bien que provocar nuestra admiración con
acaecimientos sorprendentes que se salgan de lo normal.
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La conexión entre las ideas no implica
la relación de causa a efecto, sino la que hay entre el signo y
la cosa significada.
El fuego que veo no es causa del
dolor que experimento al tocarlo con los dedos; es sólo una señal que me lo
advierte. De igual manera, el ruido que oigo no es el efecto de tal o cual
movimiento o del choque de cuerpos que me rodean, sino que es un signo.
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Resulta evidente que las cosas, que, miradas
bajo el aspecto de causas cooperantes o concurrentes a la producción de
efectos, son del todo inexplicables y nos despeñan en los mayores absurdos,
pueden tener una explicación clara y sencilla si se las considera como signos
que nos informan e instruyen.
Y el investigar estos signos y
esforzarse por comprender este lenguaje instituido por el Autor de la naturaleza,
debería ser el único
trabajo del que quiere estudiar la creación, en vez de intentar explicar las
cosas por causas corpóreas, que es lo que ha alejado al entendimiento humano de
aquel principio activo, de aquel supremo y Sapientísimo Espíritu, “dentro del
cual vivimos, nos movemos y somos.”
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Sentada ya la noción de la materia,
no se trata aquí de discutir la existencia de una cosa distinta del espíritu
y de la idea, de percibir y de ser percibido, sino de saber si hay
ciertas ideas (¡no sé de qué especie!) en la mente de Dios, que le sirvan como
señales o notas para determinar en nosotros sensaciones e ideas de modo
uniforme. Esto es, algo semejante a las notas del pentagrama que dirigen al
virtuoso para producir las series melódicas que forman una composición a pesar
de que los que le oyen no han visto las notas y sean completamente ignorantes
de ellas.
Esta noción de la materia me parece
tan extraña que no merece siquiera los honores de la refutación. Por otra
parte, tampoco constituye una seria objeción contra lo que hemos dicho, a
saber, que no existen sustancias insensibles no percibidas.
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El orden de nuestras percepciones
muestra la bondad de Dios, pero nada prueba a favor de la existencia de la
materia.
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Niego que haya una sustancia no
pensante que sirva de sustentáculo a la extensión, al movimiento y a las
demás cualidades sensibles.
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Si por la palabra materia se designa
tan sólo un sustentáculo desconocido de cualidades desconocidas, no
importa mucho saber si existe o no; pues siendo todo desconocido no nos atañe
en modo alguno; ni tampoco veo la ventaja que pueda haber en discutir la
existencia de lo que no se sabe qué es ni por qué ha de ser.
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Cuando las palabras se emplean sin
ningún significado, se pueden enlazar a capricho sin temor a incurrir en
contradicciones. Por ejemplo cualquiera puede decir que dos por dos son
siete, con tal que se advierta que estas palabras no se toman en el sentido
usual, sino para denotar… no se sabe qué.
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Si se toman en igual sentido las
palabras materia y nada, pueden perfectamente, siguiendo ese modo de
hablar, hacerse convertible.
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Existan o no las cosas externas, todo
el mundo concede que las palabras propiamente no tienen otro fin sino
representar nuestras concepciones, esto es, las cosas según las percibimos y
conocemos.
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Mientras el hombre piense que las
cosas subsisten realmente fuera de la inteligencia, y que el conocimiento en tanto
es real en cuanto se conforma con las cosas reales, síguese que
nunca puede tener certeza de que su conocimiento sea absolutamente real.
Porque, ¿cómo podrá saber que las cosas percibidas se adaptan a las no
percibidas, que existen sin la mente o fuera de ella?
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Los argumentos esgrimidos por los
escépticos de todos los tiempos se fundan en la suposición de que existen
objetos externos con independencia de la mente.
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Lo mismo puedo dudar de mi existencia
como de la de los seres que actualmente percibo por los sentidos, ya que es una
contradicción patente el que un objeto sensible sea directamente percibido por
los sentidos, la vista o el tacto, y que al mismo tiempo no tenga existencia en
la naturaleza, puesto que el existir de los seres no pensantes consiste sólo en
su perceptibilidad pasiva, esto es, en el hecho de que sean percibidos.

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