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POETAS 128. William Carlos Williams (III): "Cuadros de Brueghel"

 


Williams Carlos Williams fue un poeta y escritor polifacético nacido el 17 de septiembre de 1883, en Rutherford (Nueva Jersey), ciudad que no abandonaría hasta su muerte, exceptuando algunos viajes dispersos por Europa. Era hijo de un hombre de negocios de ascendencia inglesa y una madre nacida en Puerto Rico, de la que heredaría un perfecto conocimiento del idioma y de la cultura hispánica, además de su afición y talento para la pintura, que con el tiempo acabaría cultivando. A los catorce años es enviado a estudiar durante dos años a Suiza, recalando una temporada en París. Tras terminar el bachillerato en Nueva York, inició los estudios de medicina en la Universidad de Pennsylvania. Allí entabló una duradera amistad con Ezra Pound. Después de trabajar como interino en diversos hospitales, en 1906 se trasladó a Leipzig para cursar la especialidad de pediatría. Los tres años que vivió en Alemania le dieron ocasión de conocer, de primera mano, la cultura Europea. Viajó por los Países Bajos, Francia, Inglaterra y España. Ya regresado a su país, en 1910 abrió una clínica privada en Rutherford, se casó poco después con su prometida Florence Herman, y publicó su primer libro de poemas. Esta labor creativa, que abarcaría además novelas, memorias y ensayos, iba a mantenerla constante a lo  largo de su vida, mientras diariamente se dedicaba a sus tareas de médico pediatra, asistiendo al parto de más de dos mil recién nacidos. Salvo un viaje por Europa a mediados de la segunda década, Williams ya apenas se movería de su ciudad natal. Cuando su obra comenzó a cosechar el reconocimiento general, en la década de los cuarenta, comenzó a hacer varias giras por las universidades de Estados Unidos, dando conferencias y recitales. El mismo año -1949- que publica la segunda parte de su célebre libro de poemas, “Paterson”, tiene su primer achaque importante de salud, con un ataque al corazón. En 1950 recibió el National Book Award por “Poemas selectos” y la tercera parte de “Paterson”. Poco después gozaría de una estancia en la colonia de artistas Yaddo, aparcando temporalmente la medicina para consagrarse a la escritura. Seguidamente continuó dando una serie de recitales por la costa del pacífico. Fue en ese momento cuando su fama comenzó a crecer, aupado por la admiración que empezaron a profesarles los escritores de la generación Beat. Amigo de Allan Ginsberg, se encargó de la presentación de su célebre libro, “Aullido”, donde hizo un elogio de la lucidez de los poetas: “Estamos ciegos y vivimos nuestras ciegas vidas en total oscuridad. Los poetas están malditos, pero no están ciegos; ven con los ojos de los ángeles”. En 1951 se retiró de la práctica de la medicina, a consecuencia de un segundo ataque al corazón. Fue acusado de asociación con actividades comunistas, al mismo tiempo que pagó un duro precio por su amistad con Ezra Pound, quien había sido condenado por traición a la patria: su relación con el poeta filofascista impidió el inminente nombramiento como asesor de poesía para la biblioteca del congreso. Todo ello le condujo  a una fuerte depresión que le supuso  el internamiento en un hospital. Aunque durante estos años no dejaba de publicar libros de poesía, su nivel de trabajo se vio mermado con un tercer ataque que le dejó casi paralizado y con dificultades para hablar. Cuando por fin fue recuperando el habla, siguió escribiendo hasta el final sus poemas a máquina con la mano útil. Antes de morir en su ciudad natal el 4 de marzo de 1963, aún tuvo fuerzas para dar a la imprenta su último libro de poemas dedicado a la pintura de Bruegel.

La obra poética de Williams –en contraste con la de sus compatriotas Pound y Eliot-, se caracteriza por una concreción extrema que huye de planteamientos abstractos.  Ensayó una poesía ágil y vivaz en la que trataba de transmitir sensaciones con la mayor naturalidad posible. Con una mirada que posa su atención sobre los objetos, logra transformar lo rutinario del mundo en algo extraordinario. Cultivó siempre el verso libre iniciado por Walt Whitman, extendiéndolo al verso corto mediante la introducción de un hallazgo formal de su propia cosecha: el llamado “pie variable” Para Carlos Williams el abuso que hicieron los poetas del verso libre inaugurado por Walt Withman había tenido un efecto deletéreo para la poesía norteamericana que vino después. Con el “pie variable”, Williams lograba romper con esa monotonía rítmica que había propiciado Wihtman. El “pie variable” media rigurosamente los espacios entre los acentos, los versos se disponían tripartitamente y se iban desplegando en vaivén tipográfico, lo que acababa dando a sus poemas un cariz más pictórico que musical. Se trataba de convocar tanto al oído como a la vista, pintar con palabras y hacer escuchar las cosas, dejar que estas se mostrasen; se trataba además de huir de toda sensación abstracta o de cualquier nota reflexiva. Pero, sobre todo, Williams quería que la sonoridad de sus poemas registrase el habla propia de los Estados Unidos. Quería conectar el habla de la calle con la estructura poética. Seguía de esta forma la conocida exhortación de Marianne Moore a escribir en una lengua que “los perros y los gatos pudiesen entender.

Antes de la innovación formal que va a caracterizar el último periodo de su obra, publica una serie de libros de tanteo, entre los que destaca el publicado en 1928 con el título de “El descenso del invierno”. Un impulso en esta experimentación formal lo daría con “Paterson”, una obra a la que iba a consagrar gran parte de sus energías creativas, y que iba a convertirse en crónica histórica y cotidiana de una ciudad, en la línea de la Antología de Spoon River, de Lee Masters, o de los relatos de Sherwood Anderson sobre Winnesburg. Paterson es el nombre de la ciudad que recrea, pero también el del doctor protagonista que escucha a las personas a las que atiende, y a las que da voz para que puedan asomar sus vidas. A juicio de Juan Miguel López Merino, “Williams ve a sus semejantes y el entorno que comparte con ellos sin idealizarlos ni ensalzarlos, y nos habla de ellos y de sí mismo del modo en que ellos y él mismo hablan, consiguiendo trascender lo radicalmente concreto, el aquí y el ahora, mediante un largo y logrado trabajo estilístico basado en la concentración y en la brevedad”. En “Paterson” se cruza la poesía, la prosa y el collage, utilizando técnicas de montaje que permiten la aleatoria sucesión de  imágenes y escenas Pero será sobre todo a partir de su obra “La música del desierto”, 1954, donde da un  giro radical para introducir su “pie variable”. A partir de este poemario, el propio Williams comienza a aparecer como tema de su propia poesía, sin ocultar su decadencia física iniciada por su primer ataque al corazón. A medida que esta situación se hace precaria, echa cada vez más mano a la memoria como un poder capaz de transformar la realidad. La memoria es el elemento que reúne la experiencia y le otorga sentido. Esta memoria debe proyectarse más lejos que la experiencia individual, incluso a un pasado remoto que comprenda la vivencia colectiva. En su siguiente libro de poemas, “Viaje al amor”, 1955, el poeta continua abundando en contenidos autobiográficos, incluso en confesiones. Pero a juicio de Juan Antonio Montiel, a quien se le debe la traducción de estos poemas, “Viaje al amor es cualquier cosa menos un itinerario sentimental”. Las emociones con la que topa adquieren en sus manos una fuerte carga estética. También sigue ampliando en este libro su concepto de la memoria mediante lo que llama la “persistencia”. El poeta tiene que permanecer próximo a aquello que está en el origen de su poesía. Su último libro de poesía, “Cuadros de Brueghel”, lo publicó en 1962 y estuvo a punto de ser un libro póstumo. En el muestra la admiración que siempre profesó durante toda su vida a los pintores. También su viejo anhelo, expresado en una entrevista, de fundir el poema y la pintura en una misma cosa.




I.  AUTORRETRATO

 

Con rojo gorro invernal azules

Ojos sonriendo

Solo la cabeza y hombros

 

Embutidos en el lienzo

Brazos cruzados la gran

Oreja derecha el rostro

 

Ligeramente inclinado

Un grueso abrigo de lana

Con anchos botones

 

Abrochados al cuello revela

Una nariz bulbosa

Pero los ojos enrojecidos

 

Por el uso excesivo debió

Forzarlos

Pero las delicadas muñecas

 

Dejan ver que fue un

Hombre ajeno al

Trabajo manual su rubia

 

Barba afeitada a medias

Sin tiempo para nada

Más que su pintura

 

 


 

II. PAISAJE CON LA CAÍDA DE ÍCARO

 

Según Brueghel

Cuando Ícaro cayó

Era primavera

 

Un granjero araba

Su campo

La estación

 

Celebraba

Sus fastos

Y bullía

 

A la orilla del mar

Concentrada

En sus cosas

 

Sudando al sol

Que fundió

La cera de las alas

 

Insignificante

En la costa

Sonó un

 

Chapuzón

Era Ícaro

Ahogándose

 

 


 

III. LOS CAZADORES EN LA NIEVE

 

La panorámica es el invierno

Montañas nevadas

Al fondo el retorno

 

De la caza se acerca la noche

Por la izquierda

Los fornidos cazadores traen

 

De vuelta sus perros el letrero del mesón

Colgando de una

Bisagra rota muestra un ciervo un crucifijo

 

Entre las astas el helado

Patio del mesón está

Desierto excepto por la hoguera

 

Enorme que flamea al viento atizada

Por mujeres que se agrupan

En torno a la derecha más allá

 

De la colina hay trazas de patinadores

Brueghel el pintor

Preocupado por todo esto escogió

 

Un arbusto azotado por el viento como

Primer plano

Para completar su pintura

 

 


 

IV. LA ADORACIÓN DE LOS REYES

 

De la Navidad

Que yo ya he celebrado

El Niño en brazos de su Madre

 

Los Reyes Magos con su esplendor

Opacado

Y José y el criado de la

 

Soldadesca

Con rostros incrédulos

Conforman una esce3na que parece

 

Copiada de maestros italianos

Pero con una diferencia

La maestría

 

De la pintura

Y loa mente la ingeniosa mente

Que gobernó el todo

 

La mente alerta insatisfecha con

Lo que se exige y no

Se puede lograr

 

Tomó la historia y la pintó

Con los brillantes

Colores del cronista

 

La mirada baja de la Virgen

Como una obra de arte

Para la veneración

 

 


 

V. BODA CAMPESINA

 

Sirve esposo el vino

Donde ante ti la novia

Se sienta en un trono

 

Suelto en las sienes una cabeza

De trigo maduro luce

En la pared junto a ella

 

Los invitados en largas mesas

Los gaiteros preparados

Hay un perro debajo

 

De la mesa está presente

El barbudo alcalde las mujeres

Con su cofia almidonada

 

Charlando todas menos la novia

Manos cruzadas sobre el

Regazo permanece incómodamente callada

 

Se sirven platos sencillos

Requesón y lo que no

De un caballete hecho de una

 

Puerta del granero desgoznada por dos

Ayudantes uno con abrigo

Rojo una cuchara en la cinta del sombrero

 

 


 

VI. LA SIEGA DEL HENO

 

La vivacidad

De la mente humana

Destaca

 

Y sus misteriosas aserciones

¡por el arte, el arte, el arte!

Pintura

 

Que el Renacimiento

Intentó absorber

Pero que

 

Pervivió un trigal

Sobre el que el viento

Jugaba

 

Hombres con guadañas

Tumbando el trigo

En hileras

 

Los espigadores atareados

Eso era lo suyo

Urracas

 

Los pacientes caballos nadie

Pudo arrebatarle

Esas cosas

 

 


 

VII. LA COSECHA DEL MAÍZ

 

¡Verano!

La pintura se organiza

En torno a un joven

 

Segador que disfruta

Su descanso a mediodía

Relajado

 

Apartado por completo

De su labor matutina

Tumbado

 

Sobre su espalda

Durmiendo de hecho

Desabotonado

 

Las mujeres

Le han traído el almuerzo

Y un poquito de vino

 

Quizás

Y se juntan chismorreando

Bajo un árbol

 

Cuya sombra él

Descuidadamente

No comparte

 

El reposado

Centro

De su mundo cotidiano

 

 


 

VIII. EL BAILE DE LA BODA AL AIRE LIBRE

 

Obligada por el artista

A girar

Y girar

 

Con su ropa de domingo

Una turba ruidosa y alegre de

Campesinos

 

Con anchos trajes

Llena

La plaza del mercado

 

Adornada por mujeres

Con tocados blancos

Y almidonado que

 

Bailotean o se escapan

Por los límites

Del bosque

 

Dan vueltas y más vueltas

Con toscos zapatos

Y calzones campesinos

 

Boquiabiertos

¡upa!

Chocando los talones

 

 


 

IX. LA PARÁBOLA DE LOS CIEGOS

 

Esta horrible aunque soberbia pintura

La parábola de los ciegos

Sin un rojo

 

En la composición muestra a un grupo

De mendigos conduciéndose

Uno al otro en diagonal hacia abajo

 

Cruzando el lienzo

Desde un costado

Hasta dar finalmente en una ciénaga

 

Tras la cual la pintura

Y la composición terminan

No hay ningún vidente

 

Representado los rostros

Sin afeitar de los desvalidos

Con sus pocas lamen-

 

Tables posesiones un cubo

Para lavar una choza

Pueden verse y la aguja de una iglesia

 

Los rostros se alzan

Como hacia la luz

No hay detalle extraño

 

A la composición cada uno

Sigue a los otros báculo en

Mano triunfante hacia el desastre

 

 


 

X. JUEGOS INFANTILES

 

I

He aquí un patio de escuela

Repleto

De niños

 

De todas las edades cerca de un pueblo

Junto a un arroyo

Que serpentea

 

Donde algunos

Chicos nadan

Con el culo al aire

 

O trepan a un árbol frondoso

Todo es

Movimiento

 

Las viejas mirando

Por la gente

Menuda

 

Una boda de juego

Un bautizo

Cerca uno grita

 

Asomándose

A un

Barril vacío

 

 

II

Niñitas

Girando hasta que

Sus faldas se alzan

 

Trompos

Molinetes para correr al viento

O un juguete en 3 piezas que gira

 

Con un trozo

De cuerda para hacerlo funcionar

Gallina ciega seguir al líder

 

Zancos arriba y

Abajo tala petanca bolche

Colgarse de las rodillas

 

Y ponerse de cabeza

Correr baqueta

Con doce tumbados sobre sus espaldas

 

Pateando con los pies juntos

Mientras otro intenta pasar

Girar el aro o una

 

Construcción

De ladrillos

Que algún albañil abandonó

 

 

III

Los desesperados juguetes

De los niños

Su imaginación

 

Equilibrio

Y piedras

Que se ven

 

Por

Todas partes

Y juegos a hacer

 

Tropezar al otro

Con los ojos vendados

O tomar un

 

Peso

Bamboleante

Y con él

 

Al azar

Golpear las

Cabezas acerca

 

De ellos

Brueghel lo vio todo

Y con su humor

 

Feroz fielmente

Lo regis-

tró              


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