Yorgos Seferis nació en la ciudad de
Esmirna, en el Asia Menor, el día 13 de marzo de 1900. Sus padres tuvieron dos
hijos más, Ángel y Ioanna, ambos dotados de gran sensibilidad para la poesía.
La madre era hija de un rico capitán terrateniente. Su padre, Stelios, fue un
sabio reconocido internacionalmente, en palabras de la hija, quien encomió su
faceta científica. Se había licenciado en la facultad de Aix-en-Provence y fue
también poeta y diplomático, perseguido por sus ideas liberales, además de profesor
de Derecho y rector de la Universidad de Atenas en 1933. De gran importancia
para su cultivo fue este ambiente familiar en que se crio, así como la
inquietud por la literatura y el amor por la tradición de la cultura griega
clásica que le inculcaron los padres. En 1914 Stelios se traslada con su
familia a la ciudad de Atenas y su hijo Yorgos comienza a escribir sus primeros
poemas. En 1917, Seferis termina sus estudios en la Escuela Modelo, en donde
tuvo como profesor al historiador Glinós, y se matricula en la Universidad de
Atenas. El padre, que mientras tanto se había establecido en París para dirigir
varios casos judiciales, prefiere que el hijo estudie en esta ciudad la carrera
de derecho y pide a la familia que se dirija a reunirse con él. Llegan a París
en julio de 1918. Cuando al año siguiente la familia regresa a Atenas, Yorgos
aún permanecerá en la capital francesa, donde se nutre con pasión de los
clásicos del idioma francés: Racine, Lamartine, Musset, Rimbaud, Baudelaire,
Proust y Gide. Un desengaño amoroso en 1920 con la hija de la casera lleva al
poeta a plantearse el suicidio: “estoy terriblemente melancólico, terriblemente
apenado, lloro sin motivos”. En 1921 colabora en la revista Bomós, que los
estudiantes griegos publican en París. Por esa época proyecta libros y comienza
a dar conferencias. En 1923 se enamora de Jacqueline, en un amor correspondido de
larga duración que provocará gran parte de su poesía amorosa.
En 1924, tras licenciarse en Derecho,
es enviado a Londres por su padre para aprender la lengua inglesa. En Londres
compone “Fog”, que será el único poema de esta época que formará parte de su
primer libro, Strofí. En el mes de febrero de 1925, Seferis vuelve a Atenas
para presentarse a los exámenes del Ministerio de Exteriores y empieza a
escribir su diario. En 1926 es nombrado por oposición agregado a este
Ministerio. El 9 de septiembre de este año muere la madre. Durante 1928 sale su
traducción “Una tarde con el señor Teste”, de Valéry y sigue escribiendo más
poemas que va a integrar su primer libro, Strofí, una edición limitada que
recibió críticas tibias, muy por debajo de sus expectativas. En el verano de
1931 Seferis es nombrado vicecónsul en Londres, adonde llegará el día 17 de
agosto. Sólo un año después, en 1932, publica su segundo poemario, “La cisterna”,
poco comprendido también por la crítica y rechazado a veces por los amigos más
cercanos del poeta. Su tercer libro, Myzistórima, publicado en 1935 ya supone
un cambio de concepción y tono en su creación poética. Abandona la influencia
de Valéry y se sitúa bajo la sombra de Eliot. En 1936 conoce a Marika Tsannu,
su futura mujer. Publica “Yimnopedia”, que contendrá dos únicos poemas. En
Septiembre de ese mismo año es nombrado vicecónsul en Korçë, Albania, donde
pasa un año aburrido quejándose de la mediocridad y el provincianismo del
lugar. Durante 1939 viaja varias veces a Bucarest; conoce a Gide, a Lawrence
Durrell y a Henry Miller. 1941 es el año de la boca del poeta con Marika;
también es el año en que Italia invade Grecia tras haberle declarado la guerra
un año antes. Pocos días después de su boda, el 22 de abril, abandona Atenas
para seguir al Gobierno en el exilio, en la isla de Creta. Lo hizo en
condiciones paupérrimas: según confesaría más tarde, fue la primera vez en su
vida que tuvo que suplicar en el mismo barco un trozó de pan a un soldado
griego. El 12 de mayo es retirado de su
cargo de Director del Ministerio de Prensa y sale de Creta hacia El Cairo, para
después instalarse en Alejandría a lo largo de ese año. El 25 de abril de 1942
el matrimonio Seferis regresa a El Cairo y Yorgos es nombrado Director de
Prensa Internacional e Informaciones del Gobierno en el exilio. Durante 1943
lucha denodadamente por poner en marcha una revista, Évnosto. En 1944 publica “Diario
de a bordo”, viaja a Londres para cumplir algunas misiones diplomáticas
encomendadas. En septiembre acompaña al gobierno en el exilio hacia Italia,
para regresar por fin a Atenas el 23 de octubre. A principios de 1945, Seferis
es nombrado Director del Gabinete Político de la Regencia del Arzobispo Damaskinos
(con el rey residiendo a la sazón en Inglaterra). En mayo de 1946, Seferis
conoce a Paul Éluard cuando éste es invitado a dar una serie de conferencias
sobre poesía en Atenas. Tras la llegada a Grecia, en septiembre, del rey Jorge,
Yorgos obtiene dos meses de permiso que los emplea en visitar la isla de Poros,
donde escribe su nuevo libro de poemas, “El tordo”. Muchos consideraron que
este libro contenía la poesía más difícil, esencial y artística de toda la literatura
neohelénica. También termina su conferencia “K. P Kavafis, T. S. Eliot;
paralelos”, sobre los dos poetas que más influyeron en su obra. En 1948 es
nombrado consejero de la embajada de Ankara donde permanecerá tres años, hasta
que regresa a Atenas en marzo de 1951. Ese mismo año parte para Londres como Consejero
de la Embajada griega. El 27 de mayo, en una recepción en honor de Auden, el
poeta conoce a su admirado Eliot, del que ya había traducido algunos poemarios.
Sus encuentros se prolongarán durante todo el año 1952, hasta que el 23 de
octubre marcha a Beirut en calidad de embajador
del Líbano, Siria, Jordania e Irak. Allí permanece hasta 1956, con
abundantes visitas a la isla de Chipre, que originará numerosos poemas. En
julio es nombrado director en el Ministerio de Exteriores y regresa a Atenas. A
principios de 1957, Seferis representa a Grecia en los debates de las naciones
Unidas sobre Chipre, conoce personalmente a Saint-John Perse y, en el mes de
mayo, es nombrado embajador de Londres. Allí reside hasta 1962 en que se retira
del servicio activo y se instala en Atenas. Antes había sido nombrado Doctor
Honoris Causa por la Universidad de Cambridge y se le concede el premio Foyle,
además del premio Guinness como traductor. Finalmente, como culminación de una
carrera que ya venía siendo laureada, recibe el nobel el 25 de octubre de 1963 “por
sus eminentes poemas líricos inspirados en el mundo cultura griego”. A partir
de esa fecha numerosas menciones y premios honran su figura. En 1964 Seferis es
invitado a dar una conferencia en Barcelona, “Variaciones sobre el libro, y en
1966 aparece su último libro, “Tres poemas ocultos”. Un crítico apostilló que
estos poemas son ocultos “no en el sentido de lo apócrifo o de lo secreto, sino
en el sentido de la palabra cargada de intimidad”. Se trata de una poesía más
densa que hermética. A partir del golpe de estado del general Patakos en abril
de 1967, Yorgos Seferis se niega a participar en ninguna actividad dentro del
país como una medida de rebeldía. También decide permanecer en silencio sin
publicar nada. En 1969, para aclarar su firme postura, llegó a escribir: “Todos
aprendimos y sabemos que, en las dictaduras, el principio puede parecer fácil,
pero la tragedia espera, inevitable, al final. Ese drama final nos atormenta,
consciente o inconscientemente, como en los tiempos de Esquilo. Mientras dure
la anomalía, el mal seguirá avanzando.”. Falleció en Atenas el 20 de septiembre
de 1971 a causa de un derrame cerebral.
Se deja aquí la totalidad de los
poemas que componen el libro de “Myzistórima”, 24 poemas que constituyen un
conjunto de 366 versos. Fue publicado en el mes de marzo de 1935 con una tirada
de 150 ejemplares. A juicio de Karantonis, parece que Seferis quiso expresar
las sensaciones de la última catástrofe nacional, la pérdida de Esmirna en 1922.
Otros críticos han amplificado las referencias históricas del libro matizando
que se trata del final de todo un mundo, del helenismo del Asia Menor y del
final de algo más importante incluso, la Gran Idea, es decir, el ideal de
unificar a todos los griegos étnicos en un solo Estado nación. “Myzistórima” fue concebida bajo la fuerte
influencia de “Tierra baldía”, abandonando el anterior magisterio de Paul
Valéry. Se observa en Seferis, en relación con este libro, un empeño en
utilizar el mundo mítico como soporte de sus pensamientos o de sus creencias
sobre el mundo contemporáneo, en la línea que ya había seguido T. S. Eliot. Los
símbolos que abundantemente son asperjados en los poemas de este libro (los
mensajeros, los pozos-cuevas-fuentes, los mármoles rotos, los amigos que se
perdieron encierran claras referencias a la muerte, a la destrucción y a la
desesperanza que se pueden leer como un intento de superación del destino y del
sufrimiento.
I
Al mensajero
Tres años lo esperamos tenazmente
Atisbando de cerca
Los pinos la playa y las estrellas.
Fundidos con la reja del arado o la
quilla del barco
Tratamos de encontrar la primera
semilla
Para que comenzara de nuevo el drama
antiguo.
Regresamos a casa destrozados
Con los miembros desfallecidos, con
la boca arrasada
Por el sabor a herrumbre y a
salmuera.
Al despertar viajamos hacia el norte,
extranjeros,
Hundidos en la niebla por las alas
blanquísimas de los cisnes que nos herían.
En las noches de invierno nos
enloquecía el fuerte viento del este
En los estíos estábamos perdidos en
la agonía del día incapaz de expirar.
Llevábamos detrás
Estos bajorrelieves de un arte
humilde.
II
Un pozo todavía en una gruta.
En tiempos nos fue fácil hacer surgir
imágenes y adornos
Para que se alegraran los amigos que
aún nos eran fieles.
Las cuerdas se rompieron; sólo
estrías en la boca del pozo
Nos recuerdan la dicha ya pasada:
Los dedos en el brocal, como dijo el
poeta.
Los dedos sienten un poco el frescor
de la piedra
Y el calor del cuerpo la domina
Y la gruta juega su alma y la pierde
A cada instante, plena de silencio,
sin una sola gota.
III
Me desperté con esta cabeza de mármol
en las manos
Que me agota los codos, no sé dónde
apoyarla.
Y caía en el sueño a medida que del
sueño yo salía
Así se unieron nuestras vidas y será
muy difícil volver a separarlas.
Miro los ojos: ni abiertos ni
cerrados
Hablo a la boca que está a punto de
hablar constantemente
Sostengo las mejillas que la piel
traspasaron.
Estoy sin fuerzas ya.
Mis manos se me pierden y me vuelven
mutiladas.
IV
ARGONAUTAS
Y un alma
Si quiere conocerse
En un alma
Ha de verse:
Al extranjero, al enemigo, lo vimos
en el espejo.
Los compañeros eran bravos muchachos,
Ni la fatiga ni la sed ni las heladas
Les hacían gritar,
Tenían los modales de los árboles y
de las olas
Que acogen al viento y a la lluvia
Acogen a la noche y al sol
Sin cambiar en medio de los cambios.
Eran bravos muchachos, días enteros
Sudaban en los remos con los ojos
bajos
Respirando cadenciosamente
Y su sangre enrojecía una piel dócil.
Cantaron una vez, con los ojos bajos,
Cuando doblamos la isla abandonada de
las opuncias,
Hacia el oeste, más allá del cabo de
los perros
Que ladran.
Si quiere conocerse, decían,
En un alma ha de verse, decían,
Y los remos herían el oro de la mar
En el crepúsculo.
Pasamos muchos cabos muchas islas el
mar
Que lleva al otro mar, gaviotas,
focas.
En tiempos mujeres desgraciadas con
lamentos
Lloraban a sus hijos perdidos
Y otras furiosas buscaban a Alejandro
Magno
Y las glorias hundidas en las
profundidades de Asia.
Atracamos en playas rebosantes
De fragancias nocturnas y gorjeos de
pájaros,
De aguas que dejaban en las manos
El recuerdo de una gran felicidad.
Pero los viajes no se terminaban.
Sus almas se fundieron con los remos
y escálamos
Con el rostro severo de la proa
Con el surco del timón
Y el agua que rompía sus semblantes.
Los compañeros acabaron en fila,
Con los ojos bajos. Sus remos
muestran
El sitio donde duermen en la playa.
Nadie los recuerda. Justicia.
V
No los conocimos
Era la
esperanza que en el fondo del alma nos decía
Que los habíamos conocido de muy
niños.
Tal vez los viéramos dos veces:
después se hicieron a la mar.-26 Cargas de carbón, cargas de cereales, y
nuestros amigos
Perdidos más allá del océano para
siempre.
El alba nos encuentra cerca de la
lámpara cansada
Dibujando con esfuerzo en un papel,
torcidamente,
Navíos conchas o gorgonas.
Por la tarde bajamos hacia el río
Pues nos muestra el camino de la mar,
Y pasamos las noches en sótanos que
huelen a alquitrán.
Nuestros amigos han partido
Quizá no los hayamos visto nunca, quizá
Los encontramos cuando aún el sueño
Nos llevaba muy cerca de la ola que
alienta,
Acaso los busquemos porque buscamos
la otra vida,
Más allá de las estatuas.
VI
M. R.
El jardín con sus surtidores en la
lluvia
Tan sólo lo verás de la ventana baja
Detrás de los cristales empañados.
Solamente
La llama de la chimenea dará luz a tu
cuarto
Y alguna vez, en los relámpagos
lejanos, aparecerán
Las arrugas de tu frente, viejo
Amigo.
El jardín con los surtidores que eran
en tu mano
Ritmo de la otra vida, más allá de
los mármoles
Rotos y de las columnas trágicas,
Y en los laureles rosas una danza
Cerca de las canteras nuevas,
Un cristal empañado lo habrá cortado
de tus días.
No respirarás: la tierra y la savia
de los árboles
Se lanzarán de tu memoria par achocar
Con ese cristal herido por la lluvia
Desde el mundo exterior.
VII
VIENTO SUR
El mar hacia el oeste se confunde con
una sierra de montañas.
A nuestra izquierda sopla el viento
sur, nos enloquece
Este viento que desnuda los huesos de
la carne.
Entre los pinos y los algarrobos
nuestra casa.
Grandes ventanas. Grandes mesas
Para escribir las cartas que te
escribimos
Durante tantos meses y que echamos
En la separación para colmarla.
Lucero del alba, cuando bajabas los
ojos
Nuestras horas eran más dulces que el
aceite
En la herida, más joviales que en el
paladar
El agua fresca, más serenas que
edredones de cisne.
Tenías en tu palma nuestra vida.
Después del pan amargo del exilio
Si frente al muro blanco de noche nos
quedamos
Como esperanza de fuego tu voz se nos
acerca
Y este viento de nuevo
Afila una navaja en nuestros nervios.
Te escribimos las mismas cosas cada
uno
Y se calla cada uno frente al otro
Mirando, cada uno para sí, el mismo
mundo
La luz y las tinieblas en la sierra
Y a ti.
¿Quién nos levantará del alma tanta
pena?
Ayer tarde tormenta y hoy de nuevo
Está pesado el cielo encapotado.
Nuestros pensamientos
Como agujas de pino de la tormenta de
la víspera
A la puerta de casa hacinados e
inútiles
Quieren construir un castillo que se
hunde.
En estos pueblos diezmados
Sobre este cabo expuesto al viento
sur
Con esta sierra ante nosotros que te
oculta,
¿nuestro empeño de olvido quién lo
tendrá en cuenta?
¿Y quién aceptará la ofrenda nuestra
en este fin de otoño?
VIII
¿Qué buscan nuestra almas en su viaje
Sobre puentes de barcos destrozados
Oprimidas entre mujeres amarillas
Y niños que lloran sin poder
olvidarse
Ni con los peces voladores
Ni con las estrellas que los mástiles
muestran en su punta
Gastadas por discos de gramófonos
Involuntariamente atadas a
inexistentes ritos
Murmurando pensamientos rotos en
lengua extranjeras?
¡Qué buscan nuestras almas en su
viaje
Sobre leños marinos ya podridos
De puerto en puerto,
Desplazando piedras rotas, respirando
Cada día con más dificultad la
frescura del pino,
Nadando en las aguas de este mar
Y de aquel mar,
Sin tacto ya
Sin hombres
En una patria que ya no es de
nosotros
Ni es ya vuestra?
Sabíamos que las islas eran bellas
Un lugar aquí en torno donde andamos
a tientas
Un poco más abajo o un poco más
arriba
A una distancia mínima.
IX
Es viejo el puerto, no puedo esperar
más
Ni al amigo que fue a la isla de los
pinos
Ni al amigo que fue a la isla de los
plátanos
Ni al amigo que se fue mar adentro.
Acaricio los cañones enmohecidos,
acaricio los remos
Para que mi cuerpo reviva y se
decida.
Las velas del barco sólo exhalan olor
A sal de otra tormenta.
Si he querido estar solo, busqué la
soledad,
Yo no busqué una espera de este
estilo,
Este fraccionamiento del alma en el
horizonte,
Estas líneas, estos colores, el
silencio este.
Las estrellas de la noche me conducen
a Ulises
Cuando entre los asfódelos esperaba a
los muertos.
Entre los asfódelos cuando anclamos
ahí cerca quisimos encontrar
La quebrada que vio a Adonis herido.
X
Nuestro país está cerrado, todo
montes
Que día y noche tienen como techo el
cielo bajo.
No tenemos ríos no tenemos pozos no
tenemos fuentes,
Tan sólo unas cisternas retumbantes,
vacías también ellas, que tanto veneramos.
Un sonido sordo y estancado, idéntico
a nuestra soledad,
Idéntico a nuestro amor,
Idéntico a nuestros cuerpos.
Y nos parece extraño que hayamos
podido construir en tiempos
Las casas las cabañas los apriscos.
Y nuestras bodas con sus coronas
frescas y alianzas
Se vuelven enigmas insolubles para el
alma.
¿cómo nacieron y crecieron nuestros
hijos?
Nuestro país está cerrado. Lo cierran
Las dos negras Simplegades. El
domingo
En los puertos cuando bajamos a tomar
el aire
Vemos iluminarse en el crepúsculo
Leños rotos de viajes que aún no
terminaron
Cuerpos que ya no saben cómo amar.
XI
Como la luna se helaba tu sangre
algunas veces
Tu sangre en la insondable noche desplegaba
Sus blancas alas sobre las rocas
negras,
Sobre las casas y las figuras de los
árboles
Con una escasa luz de nuestros años
niños.
XII
BOTELLA EN EL MAR
Tres rocas, escasos pinos calcinados
y una ermita
Y más arriba
Vuelve a empezar la copia de idéntico
paisaje:
Tres rocas en forma de portal,
enmohecidas,
Escasos pinos calcinados, negros y
amarillos,
Sepultada en la cal una casita
Cuadrada y más arriba todavía muchas
veces
Surge el mismo paisaje en escalera
Hasta el horizonte, hasta el cielo
que declina.
Aquí anclamos la nave para empalmar
los remos rotos,
Beber agua y dormir.
El mar que nos causó tanta amargura
es profundo e insondable,
Despliega una bonanza inmensa.
Aquí entre los guijarros encontramos
Una moneda y la jugamos a los dados.
La ganó el más pequeño y desapareció.
Volvimos a embarcar con nuestros
remos rotos.
XIII
HIDRA
Delfines estandartes cañonazos.
El mar tan amargo para tu alma en
tiempos
Levantaba navíos polícromos y
resplandecientes,
Se plegaba, y los balanceaba
plenamente azul con alas blancas,
Tan amargo para tu alma en tiempos
Y ahora al sol henchido de colores.
Velas blancas luz remos mojados
Herían con ritmo de timbal olas en
calma.
Bellos fueron tus ojos si miraran
Y tus brazos brillantes si se
abrieran
Como en tiempos tus labios vivos
estarían
Ante un prodigio tal:
Lo buscabas
Y qué buscabas tú
ante la ceniza
O en la niebla lluvia y en el viento
A la hora en que las luces titilaban
Y la ciudad se hundía y desde el
pavimiento
Su corazón te mostraba el Nazareno,
¿qué buscabas? ¡por qué no vienes? ¿qué
buscabas?
XIV
Tres palomas rojas en la luz
Grabando en la luz nuestro destino
Con colores y gestos de personas
Que amábamos.
XV
El sueño te envolvió con hojas
verdes, como a un árbol,
Respirabas, como un árbol, en una luz
serena
Y en la fuente transparente vi tu
cara
Con los párpados cerrados y las
pestañas horadando el agua.
Mis dedos encontraron tus dedos entre
la hierba tierna,
Te tomé el pulso un instante
Y sentí en otra parte la pena de tu
alma.
Bajo el plátano, cerca del agua, en
los laureles
Te desplazaba y destrozaba el sueño
En torno a mí, cerca de mí, sin yo
poder tocarte toda entera,
Unida a tu silencio:
Yo veía tu sombra agigantarse y
hacerse más pequeña,
Perderse en otras sombras, en el otro
Mundo que te dejaba y te cogía.
La vida que nos dieron a vivir ya la
vivimos.
Ten lástima de aquellos que aún
esperan con tan gran paciencia
Perdidos bajo el peso de los plátanos
en los laureles negros,
Y de cuantos hablan solos a las
cisternas y a los pozos
Y se ahogan en los círculos mismos de
su voz.
Y compadece al compañero que sudor y
penurias compartió con nosotros
Y se hundió en el sol, como un cuervo
más allá de los mármoles,
Sin esperanza de gozar la recompensa.
Danos la serenidad fuera del sueño.
XVI
En la pista, en la pista de nuevo, en
la pista
Cuántas vueltas y círculos
sangrientos, cuántas filas
Negras de gente que me mira,
Que me miraba cuando sobre el carro
Radiante levantaba yo la mano, y me
aclamaba.
La baba de los caballos me golpea,
los caballos
¿cuándo se cansarán?
Chirría el eje, el eje se caliente,
el eje ¿Cuándo se incendiará?
¡Cuándo se romperán las riendas,
cuándo los cascos
En toda su extensión van a pisar la
tierra,
La tierra hierba, entre las amapolas
donde tú en primavera
Cogías una margarita?
Eran bellos tus ojos más no sabías tú
dónde mirar,
Dónde mirar tampoco yo sabía, yo que
sin patria lucho aquí cerca -¿cuántas vueltas?-
Y siento que se doblan mis rodillas
sobre el eje,
Sobre las ruedas y la salvaje pista,
Las rodillas se doblan fácilmente
cuando quieren los dioses,
Nadie puede escaparse: ¿de qué sirve
la fuerza?, no puedes
Escapar del mar que te acunó y que tú
buscas
En esta hora del combate en el
aliento de los caballos
Con las cañas que cantaban en otoño
al modo lidio
El mar que no puedes hallar por más
que corras
Por más que vuelvas a las Euménides
negras que están cansadas ya,
Sin remisión.
XVII
ASTIANACTE
Ahora que te vas toma al niño
Que vio la luz debajo de aquel
plátano
Un día en que sonaban las trompetas y
brillaban las armas
Y se inclinaban los caballos
sudorosos para tocar
En el abrevadero con los hocicos
húmedos
La superficie verde las aguas.
Los olivos con las arrugas de los
padres
Las rocas con la sabiduría de los
padres
Y la sangre de nuestro hermano vive
en la tierra
Eran augusta norma gozo fuerte
Para las almas que conocían su
plegaria.
Ahora que te vas y que despunta el
día
De saldar las cuentas, ahora que
nadie sabe
A quien ha de matar ni cómo acabará,
Toma contigo al niño que vio la luz
Debajo de las hojas de aquel plátano
Y enséñale a pensar en los árboles.
XVIII
Lamento haber dejado pasar un río
ancho entre mis dedos
Sin beber ni una gota.
Ahora me hundo en la piedra.
Un pino pequeño sobre la tierra roja,
Mi única compañía.
Lo que amé se ha perdido con las
casas
Que están nuevas el verano último
Se hundieron con el viento del otoño.
XIX
Por más que sopla el viento no nos da
frescura
Y bajo los cipreses la sombra sigue
estrecha
Y en torno sólo hay montes
escarpados.
Nos cargan los amigos
Que no saben ya cómo morir.
XX
En mi pecho se vuelve a abrir la
herida
Cuando declinan las estrellas y
entroncan con mi cuerpo
Cuando bajo los pasos de los hombres
cae silencio.
Estas piedras que naufragan en los
años ¿hasta dónde van a arrastrarme?
El mar, el mar, ¿quién podrá agotarlo’
Cada alba veo las manos que hacen
señales al buitre y al halcón
Atadas a esa roca que el dolor ha
hecho mía,
Veo los árboles que respiran la calma
negra de los muertos
Y después sonrisas, inmóviles, de
estatuas.
XXI
Nosotros que partimos para este
Peregrinaje, miramos las estatuas
destrozadas,
Nos olvidamos y dijimos que la vida
tan fácilmente no se pierde
Y que la muerte tiene caminos
insondables
Y una justicia propia;
Y que cuando morimos con la cabeza
alta
Hermanados en la piedra,
Unidos con la dureza y la impotencia,
Los muertos de otros tiempos huyeron
ya del círculo, se alzaron,
Y sonríen en una calma extraña.
XXII
Ya que ante nuestros ojos tantas y
tantas cosas desfilaron
Que nuestros ojos nada vieron, sino
que más lejos
Y detrás la memoria como una tela
blanca cierta noche
En un recinto en que vimos imágenes
extrañas, más extrañas que tú, pasar
Y perderse en la fronda inmóvil de un
lentisco;
Ya que hemos conocido tan bien
nuestro destino
Errando entre las piedras rotas -tres
o seis mil años-
Excavando en edificios derrumbados
que quizá habían sido nuestras casas
Tratando de recordar fechas y
hazañas:
¿podremos?
Ya que fuimos atados y fuimos
dispersados
Y ya que hemos luchado con asperezas
por lo que se decía inexistentes,
Perdidos, y encontrando de nuevo un
camino lleno de batallones ciegos
Hundiéndonos en los pantanos y en el
lago de Maratón,
¿podremos morir normalmente?
XXIII
Un poco aún
Veremos los almendros florecer
Brillar al sol los mármoles
El mar romperse en olas
Un poco aún,
Alcémonos un poco más arriba.
XXIV
Aquí acaban las obras de la mar las
obras del amor.
Aquellos que algún día vivirán aquí
donde acabamos,
Si alguna vez la sangre en su memoria
se ennegrece y se desborda,
Que no nos olviden, almas débiles
entre los asfódelos,
Que vuelvan hacia el Erebo las
cabezas de las víctimas:
Nosotros que no teníamos nada les
enseñaremos el sosiego.

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