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EFÍMEROS Y BREVES 103. Chamfort (1741-1794): Quince aforismos en el 234 aniversario de su muerte.

 


Se dejan aquí una abreviada selección de aforismos de Chamfort, uno de los más célebres moralistas franceses, el más tardío, por cuanto que llegó a vivir los avatares de la revolución, fue íntimo amigo del político y orador Mirabeau, colaboró con él redactándole alguno de sus discursos, probó suerte escribiendo obras literarias y dirigió la Biblioteca Nacional antes de ser detenido por la delación de uno de sus subalternos en plena época del Terror, en 1893. Logró evadirse y antes de ser detenido de nuevo se disparó un pistoletazo; así demostró el amor por la libertad que siempre había expresado en sus escritos. A la larga, las heridas de las que en un principio curó acabaron con su vida en París varios meses después, un 13 de abril de 1794. Tenía 53 años. 

 

Al igual que el resto de los moralistas, Chamfort dirige su lente a diseccionar las pasiones y ver el doble fondo de las cosas. A las pasiones le otorga un poder casi ilimitado, pero no del todo negativo, en cuanto que dentro del orden social representan y conservan lo natural, que en Chamfort siempre es un valor, en oposición al orden social que representa la corrupción. Y es que lo que más resalta en Chamfort es la visión disolvente que tiene de la Sociedad en su dialéctica con la Naturaleza. La sociedad viene a representar el desprecio a la vida. Se ve el estado social del hombre como una condena, como la pérdida de su condición paradisiaca. Y es que la sociedad aparece gobernada por el prejuicio, la vanidad y el cálculo. Chamfort observa un agudo contraste entre el ser social del hombre y sus aspiraciones de verdad y justicia, que están lejos de cristalizar en la sociedad. En su sentir pesimista, la sociedad se parece más a una feria o a un manicomio que a un jardín de recreo. Y es que en el seno de la sociedad no todo es tan obvio como lo pintan. Los que nos deben proteger de los peligros pueden llegar a ser más peligrosos aún. Debemos guardarnos hasta de los guardianes y no nos podemos fiar de nadie. De ahí que para Chamfort la libertad en sociedad estribe en carecer de ataduras y por tanto en no someterse al juego social de la cucaña y de la búsqueda del estatus. El hombre libre se define por no necesitar a nadie y lograr vivir en soledad resulta así un rasgo de carácter e independencia: una forma de insumisión. Pues a Chamfort le resulta repelente el turbulento juego social. La sociedad es para Chamfort una “pugna de mil pequeños intereses contrapuestos, una lucha incesante de vanidades que se entrecruzan”. Vuelve a ver así en la sociedad la forja de los caracteres débiles, pues precisamente ve en la vanidad el signo del carácter débil. También en la ambición. Así, todos los motores sociales están habilitados para forjar al hombre vulgar y corrompido. Sólo labrándose uno su destino apartado de la corrupción social, y en un estado lo más cerca posible del natural, puede el ser humano encontrar la felicidad y su verdadero carácter.  Y por eso aboga por vivir la vida del sabio, que no se deja abducir por la gloria y la fortuna, y no va a buscar fuera lo que ya lleva dentro de sí. De ahí que incluso la búsqueda de la gloria y de la celebridad sea un malentendido y sea vista la celebridad como una auténtica catástrofe; como una maldición que puede sufrir el hombre de talento y que lo puede llegar a destruir. Su lucidez y su humor corrosivo le sitúa más cerca de los escritores satíricos irlandeses que de sus propios compatriotas. Como Swift ve la sociedad gobernada por los que menos méritos tienen y se puede describir como la conjura de los necios contra la inteligencia. Su facilidad para el sarcasmo y su lucidez para detectar el estado decadente de la cultura del momento se puede observar en esta frase que podría haber firmado el mismísimo Oscar Wilde: “La mayor parte de los libros actuales parecen haber sido escritos en un solo día, inspirándose en libros escritos el día anterior.”

 


Las pasiones han conservado en el orden social lo poco de naturaleza que aún pervive en él.

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La ambición se adueña con más facilidad de las almas pequeñas que de las grandes, del mismo modo que el fuego prende mejor en la paja de las chozas que en el mármol de los palacios.

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Saber aburrirse es un arte.

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Debería ser posible unir los contrarios, tales como el amor a la virtud y la indiferencia respecto a la opinión pública, la afición al trabajo y el desprecio por la gloria, o el cuidado de la propia salud y el desapego por la vida.

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La celebridad es el castigo del mérito y la penalización del talento.

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Privado de todo y obligado a realizar los más penosos trabajos para asegurarse la subsistencia diaria, Robinsón soporta la vida e incluso disfruta, según confiesa, de algunos momentos de felicidad. Supongamos ahora que hubiera ido a parar a una isla encantada, provista de cuanto es necesario para volver agradable vida: en muy posible que el exceso de ocio le hubiera vuelto la existencia insoportable.

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Un hombre está perdido si a una gran inteligencia no une la energía de carácter. Cuando se blande la linterna de Diógenes, es conveniente disponer también de su garrote.

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Las ideas son como los naipes y otros juegos de moda: aquellas que en otra época se consideraban peligrosas y nocivas, con el tiempo se han vuelto comunes, casi triviales, hasta llegar a ser aceptadas por personas poco dignas de ellas. Así pues, es probable que ciertos conceptos que en la actualidad tenemos por audaces, nuestros descendientes los desprecien por débiles y vulgares.

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La sociedad se compone de dos grandes clases: los que tienen más comida que apetito, y los que tienen más apetito que comida.

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Cuanto más se juzga, menos se ama.

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Para soportar la vida, hay dos cosas a las que es preciso acostumbrarse: a las heridas del tiempo y a los agravios de los hombres.

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A medida que la filosofía hace progresos, la estupidez redobla sus esfuerzos por implantar el imperio de los prejuicios.

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Lo que aprendí, no lo recuerdo. Lo poco que aún sé, lo he adivinado.

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Para que la relación de un hombre con una mujer sea realmente interesante, conviene que haya entre ellos goce, memoria o deseo.

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Por regla general, el hombre de auténtico mérito suele tener pocas prisas en ser conocido.

 


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