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5 sonetos de Juana Inés de la Cruz (Efímeros y breves 110)

 


Condena por crueldad disimulada

     el alivio que la esperanza da

 

Diuturna enfermedad de la esperanza

Que así entretienes mis cansados años

Y en el fiel de los bienes y los daños

Tienes en equilibrio la balanza;

 

Que siempre suspendida en la tardanza

De inclinarse, no dejan tus engaños

Que lleguen a excederse en los tamaños

La desesperación o la confianza:

 

¿quién te ha quitado el nombre de homicida,

Pues lo eres más severa, si se advierte

Que suspendes el alma entretenida

 

Y entre la infausta o la felice suerte

No lo haces tú por conservar la vida

Sino por dar más dilatada muerte?

 

 

 

En que da moral censura a una rosa,

        Y en ella a sus semejantes

 

Rosa divina que en gentil cultura

Eres con tu fragante sutileza

Magisterio purpúreo en la belleza,

Enseñanza nevada a la hermosura;

 

Amago de la humana arquitectura,

Ejemplo de la vana gentileza

En cuyo ser unió naturaleza

La cuna alegre y triste sepultura:

 

¿cuán altiva en tu pompa, presumida,

Soberbia, el riesgo de morir desdeñas;

Y luego, desmayada y encogida,

 

De tu caduco ser das mustias señas!

¡Con qué, con docta muerte y necia vida,

Viviendo engañas y muriendo enseñas!

 

 

 

Contiene una fantasía contenta

          con amor decente

 

Detente, sombra de mi bien esquivo,

Imagen del hechizo quemás quiero,

Bella ilusión por quien alegre muero,

Dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Si al imán de tus gracias atractivo

Sirve mi pecho de obediente acero,

¿para qué me enamoras lisonjero,

Si has de burlarme luego fugitivo?

 

Mas blasonar no puedes satisfecho

De que triunfa de mí tu tiranía;

Que aunque dejas burlado el lazo estrecho

 

Que tu forma fantástica ceñía,

Poco importa burlar brazos y pecho

Si te labra  prisión mi fantasía.

 

 

 

Que consuela un celoso epilogando

La serie de los amores

 

Amor empieza por desasosiego,

Solicitud, ardores y desvelos;

Crece con riesgos, lances y recelos;

Susténtase de llantos y de ruego.

 

Doctrínanle tibiezas y despego,

Conserva el ser entre engañosos velos,

Hasta que con agravios o con celos

Apaga con sus lágrimas su fuego.

 

Su principio, su medio y fin es éste:

¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío

De Celia, que otro tiempo bien te quiso?

 

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?

Pues no te engaño amor, Alcino mío,

Sino que llegó el término preciso.

 

 

 

Continua el asunto (de cuál sea pesar más

molesto: amar o aborrecer) y lo expresa

con más viva elegancia

 

Feliciano me adora y le aborrezco;

Lisardo me aborrece y yo le adoro;

Por quien no me apetece ingrato, lloro,

Y al que me llora tierno, no apetezco:

 

A quien más me desdora, el alma ofrezco;

A quien me ofrece víctimas, desdoro;

Desprecio al que enriquece mi decoro

Y al que le hace desprecios enriquezco;

 

Si con mi ofensa al uno reconvengo,

Me reconviene el otro a mí ofendido

Y al padecer de todos modos vengo;

 

Pues ambos atormentan mi sentido:

Aquéste con pedir lo que no tengo

Y aquél con no tener lo que le pido.


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