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EFÍMEROS Y BREVES 114. Max Weber: "Para el hombre culto la muerte no tiene sentido", un fragmento de "La ciencia como vocación", en el 162 aniversario de su nacimiento

 


Se deja aquí, junto con una reseña biográfica, un pasaje no demasiado extenso de la famosa conferencia de Max Weber, “La ciencia como vocación”, que tuvo lugar en Munich el 7 de noviembre de 1917 (léase aquí), y en donde se barajan por primera vez términos y conceptos que con el tiempo quedaron en boca de muchos, tales como el desencantamiento del mundo por la ciencia (aquí traducido por “desmagificación”) o el politeísmo moral de las distintas concepciones del mundo moderno, teniendo que elegir cada uno dentro de su conciencia el dios o el demonio a quien quiere servir. 

Para Weber la ciencia era en su tiempo, y aún hoy, una vocación que se realiza a través de la especialización y que nos lleva a tomar conciencia de nosotros mismos. Pero esta especialización, que fue un tema predilecto de Ortega, nos lleva a una desconexión con el conocimiento general de las condiciones de nuestra vida, lo que a la postre produce una desorientación vital. El triunfo de la ciencia implica que no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles y que todo puede, por tanto, ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Mas el dominio de la naturaleza no implica el dominio de la propia vida y puede ocurrir que la ciencia en vez de venir a dar sentido, lo venga a quitar. Puede ocurrir que al excluir lo mágico del mundo se expolie también a la vida de toda su magia. 

A Max Weber le gustaba enfatizar las limitaciones de la ciencia: ella sólo tiene por misión proporcionar conocimiento sobre la técnica que sirve para dominar la vida. Pero la pregunta que late continuamente en la conferencia de Weber es si no será que lo que se domina con la ciencia es el mundo, sí, pero a expensas precisamente de la vida. Pues la ciencia no puede trascender lo puramente práctico o técnico, no puede responder -no le corresponde ese rol- a las cuestiones sobre qué es lo que debemos hacer o cómo debemos orientar nuestras vidas, que es lo que reclamaría Tolstoi, a quien Weber trae aquí como objetor y crítico de la ciencia. Es verdad que ya no somos salvajes, pues no tenemos que recurrir a la magia, pero la visión mágica del mundo podía dar al hombre un sentido a su existencia que la concepción científica ya no es capaz suministrar. Ya nadie sabe a qué autoridad encomendarse y que le diga qué debe hacer o cómo debe comportarse. Ni siquiera la muerte tiene sentido para el hombre culto a pesar de vivir una existencia enriquecida por nuevos saberes e ideas. Cuanto más infinito es el horizonte que descubre el hombre civilizado en la ciencia y en su saber, más finita y roma se hace su vida, quedando también la muerte desprovista de sentido. Cuanto más conoce el hombre civilizado la vida, más desconoce aquello que lo infringe todo. Es como si la falta de claridad para la muerte fuera un indicador de que al hombre también le falta la misma claridad para las cosas de la vida. Claridad que precisamente es una de las aportaciones que viene a traer la ciencia, según Weber. Pero esa claridad que viene a traer la ciencia tiene proporciones muy modestas. Es la de hacer que uno se de cuenta del sentido de sus propias acciones, y de que tome conciencia de posturas prácticas y cuáles son los medios para ejecutarlas según el fin que haya elegido. La ciencia para Weber no es un don de visionarios o profetas ni la meditación de sabios sobre el sentido del mundo, ni puede indicarnos a qué dioses hemos de servir o cómo nos debemos conducirnos. La tarea del hombre de ciencia es mucho más humilde: ha de tomar conciencia de su propia postura básica y ponerse al trabajo siguiendo las exigencias de cada día. Al final, concluye Weber, cada cual ha de encontrar el demonio que maneja los hilos de su vida y ha prestarle obediencia.

 

FRAGMENTO DE “LA CIENCIA COMO VOCACIÓN”

“El progreso científico constituye una parte, la más importante, de ese proceso de intelectualización al que, desde hace milenios, estamos sometidos y frente al cual, por lo demás, se adopta hoy frecuentemente una actitud extraordinariamente negativa.

Tratemos de ver claramente, por de pronto, qué es jlo que significa desde el punto de vista práctico esta racionalización intelectualista operada a través de la ciencia y de la técnica científicamente orientada. ¿Significa, quizás, que hoy cada uno de los que estamos en esta sala tiene un conocimiento de sus propias condiciones de vida más claro que el que de las suyas tenía un indio o un hotentote? Difícilmente será eso verdad. A no ser que se trate de un físico, quien viaja en tranvía no tendrá seguramente idea de cómo y por qué aquello se mueve. Además, tampoco necesita saberlo. Le basta con poder “contar” con el comportamiento del tranvía y orientar así su propia conducta, pero no sabe cómo hacer tranvías que funcionen. El salvaje sabe muchísimo más acerca de sus propios instrumentos. Si se trata de gastar dinero, podría apostar a que, aunque se encuentren en esta sala algunos economistas, obtendríamos tantas respuestas distintas como sujetos interrogados si se nos ocurriera preguntar por qué con una misma cantidad de dinero podemos comprar, según las ocasiones, cantidades muy distintas de la misma cosa. El salvaje, por el contrario, sabe muy bien cómo conseguir su alimento cotidiano y cuáles son las instituciones que le ayudan para eso. La intelectualización y la racionalización crecientes no significan, pues, un creciente conocimiento general de las condiciones generales de nuestra vida. Su significado es muy distinto: significan que se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto, no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos e imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Esto quiere decir simplemente que se ha excluido lo mágico en el mundo. A diferencia del salvaje, para quien tales poderes existen, nosotros no tenemos que recurrir ya a medios mágicos para controlar los espíritus o moverlos a piedad. Esto es cosa que se logra merced a los medios técnicos y a la previsión. Tal es, esencialmente, el significado de la intelectualización.

Ahora bien, cabe preguntarse si todo este proceso de desmagificación, prolongado durante milenios en la cultura occidental, si todo este “progreso” en el que la ciencia se inserta como elemento integrante y fuerza propulsora, tiene algún sentido que trascienda de lo puramente práctico y técnico. Este problema está planteado de manera ejemplar en la obra de León Tolstoi, quien llega a él por un camino peculiar. Su meditación se va centrando cada más en una sola cuestión, la de si la muerte constituye o no un fenómeno con sentido. Su respuesta es que para el hombre culto la muerte no tiene sentido. La vida individual civilizada, instalada en el “progreso”, en lo infinito, es incapaz, según su propio sentido, de término alguno. Siempre hay un progreso más allá de lo ya conseguido, y ningún mortal puede llegar a las cimas situadas en el infinito. Abraham o cualquier campesino de los viejos tiempos moría “viejo y saciado de vivir” porque estaba dentro del círculo orgánico de la vida; porque, de acuerdo con su sentido inmanente, su vida le había ya dado al término de sus días cuanto la vida podía ofrecer; porque no quedaba ante él ningún enigma que quisiera descifrar y podía así sentirse “satisfecho”. Por el contrario, un hombre civilizado, inmerso en un mundo que constantemente ese enriquece con nuevos saberes, ideas y problemas, puede sentirse “cansado de vivir”, pero no “saciado”. Nunca habrá podido captar más que una porción mínima de lo que la vida del espíritu continuamente alumbra, que será, además, algo provisional, jamás definitivo. La muerte resulta así para él un hecho sin sentido. Y como la muerte carece de sentido, no lo tiene tampoco la cultura en cuanto que con su insensata “progresividad” priva de sentido a la muerte. En todas sus novelas tardías se repite esta nota fundamental del arte de Tolstoi.

¿Qué pensar de todo esto? ¿Tiene el “progreso” en cuanto tal un sentido cognoscible que vaya más allá de lo puramente técnico, de tal modo que su servicio constituye una vocación significativa? Es imprescindible plantear esta cuestión. El problema ya no es así sólo el de la vocación del científico, el del significado que la ciencia tiene para quien a ella se entrega. Se trata ya de otra cosa, de determinar qué es la vocación científica dentro de la vida de toda la humanidad y cuál es su valor.”

 

 

RESEÑA BIOGRÁFICA

 

Max Weber nació en Erfurt el 21 de abril de 1864. Estudió en las Universidades de Heidelberg, Berlín y Gotinga, doctorándose en jurisprudencia en 1889 e ingresando en la carrera judicial. Fue asesor en Berlín (1890), pero al poco tiempo abandonó la magistratura para dedicarse a la enseñanza. Ya en 1892 se revalidó para derecho romano y derecho mercantil en Berlín y al años siguiente fue nombrado profesor extraordinario de derecho  mercantil en esa Universidad. Profesó durante un corto periodo de tiempo en Friburgo  (cátedra de economía política) en 1894-95 y en Heidelberg (1895-97), teniendo que suspender sus actividades académicas debido a un colapso nervioso que lo incapacitó casi por completo durante varios años. Un año antes de su muerte empezó a profesar en la Universidad e Munich, donde dio sus famosas conferencias. Su muerte se produjo en Munich el 14 de junio de 1920 a consecuencia de una neumonía que le dejó como secuela la gripe española de 1918.

Weber se distinguió por sus estudios sociológicos, a los que aportó un vasto material de datos y gran riqueza de conceptos. Su estudio sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo mostró que los factores económicos son fundamentales en las formaciones sociales, pero no determinantes; en este caso, una estructura económica discurre por el cauce de ciertas creencias religiosas y el espíritu que las anima. Aunque este estudio parecía invertir las tesis de Marx, estaba concebido dentro del complejo de problemas que Marx suscitó.

 

Weber enfatizó la necesidad de distinguir entre la investigación empírica de los hechos sociales y las valoraciones. Para Weber la ciencia social debía hallarse exenta de valores y diferenció dos tipos de racionalidad: la racionalidad de los fines -que adapta los medios a los fines- y la racionalidad del valor. La dificultad para las disciplinas científicas estriba en que los datos empíricos no pueden proporcionar ninguna base para establecer juicios de valor. Weber consideró que el método adecuado para el estudio de los fenómenos sociales es la “comprensión”.

 El tipo de conocimiento para dar cuenta de la sociedad es un conocimiento empírico y objetivo. No es ni una mera descripción ni simple conceptuación, sino una mezcla. La conceptuación incluye “los tipos ideales”, que no se derivan inductivamente del material empírico ni denotan ninguna realidad empírica y sin embargo tampoco son ficciones. Son modelos que funcionan a modo de conceptos límites y que describen modos de comportamiento social que tendrían lugar en condiciones de total racionalidad.


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