EFÍMEROS Y BREVES 116. María Zambrano (1904-1991): Un fragmento de "Poesía y Filosofía" en el 122 aniversario de su nacimiento.
Se deja aquí un fragmento del libro
de María Zambrano de 1939, “Poesía y filosofía" (léase aquí íntegro), en
el que opone las dos formas de conocimiento y actitudes ante la vida que se han
convertido, junto con la visión religiosa y la científica, en las grandes
influencias rectoras de la cultura. En este fragmento, Zambrano define al poeta
como ese ser “perdido en la luz, errante en la belleza, pobre por exceso, loco
por demasiada razón, pecador bajo la gracia.” Y compendia en una estrofa del
Cántico espiritual de San Juan de la Cruz ( ¡Oh cristalina fuente...) todo
Platón y toda la poesía. Y es que va a ser Platón, con su mito de la caverna,
uno de los referentes de este libro en el que da un repaso histórico a la
apariciones y evoluciones de estos dos modos de contemplar y enfrentarse al
mundo. Ambos buscarán la unidad pero andando distintos caminos. Si le importa
abordar estas dos formas espirituales a Zambrano es porque ve en su
reconciliación un modo nuevo de vida y de conocimiento.
Aunque ambos caminos hayan divergido en su decurso histórico, han tenido momentos de encuentro y tienen rasgos
que nos hacen pensar que podrían reencontrarse. Sin embargo, muchos son y han sido los desencuentros. La
filosofía ha cursado el camino de la verdad, que es un camino trabajoso y que
ha supuesto la vía del ascetismo, el abandono de la superficie del mundo, de
las apariencias y de la inmediatez de la vida. La filosofía implica cuidado,
alerta y cura y ha fundado su método de conocimiento en la razón.
La poesía en cambio carece de método, incluso de ética, se aferra al instante y no admite la esperanza, ese consuelo de la razón. Su camino es más bien el de la afirmación de la pasión, con todas sus veleidades y su desorden. Por eso el estado propicio es la embriaguez, el zambullirse en la vida y delirar con ella, incluso buscar la destrucción de la unidad. Abomina del ascetismo porque no renuncia a la apariencia. En el fondo el poeta recela del descubrimiento del ser hecho por la filosofía y su proclamación de que es la unidad. A diferencia del filósofo, que vive abducido por su mundo ideal de conceptos, el poeta vive prendado de la palabra y se entrega a la inspiración. Es la conciencia más fiel de las contradicciones humanas, vive el misterio de la vida y está en comercio continuo con la carne. La poesía es la celebración de la carne, como la filosofía es la del alma: el encuentro del alma consigo misma. Pero ambas concepciones de la vida podrían fundirse en la escala del amor y de la belleza. El amor que para Zambrano tiene que desprenderse de la carne y de la vida y convertirse en otra cosa. Puede convertirse en filosofía o en poesía, o acaso en una forma hibrida que las pueda reconciliar.
"El poeta no se cuida de hacer el recuento de sus bienes y de sus males; el inventario de su fortuna. Porque el poeta no puede saber quién es; ni sabe siquiera lo que busca. El filósofo, al menos, sabe lo que busca y por ello se define —filosofo —. El poeta como no busca, sino que encuentra, no sabe cómo llamarse. Tendría que adoptar el nombre de lo que le posee, de lo que le toma allanando la morada de su alma; de lo que le arrebata. Pero no sería fácil, pues unas veces se siente arrebatado, endiosado; otras se siente en cambio apegado, enredado en sueños sin forma ni siquiera ímpetu, se siente vivir en la carne cuando la carne todavía es opaca y no se ha hecho transparente por la luz de la belleza. ¿Cómo llamarse el poeta? Perdido en la luz, errante en la belleza, pobre por exceso, loco por demasiada razón, pecador bajo la gracia.
El filósofo busca porque se siente
incompleto y necesitado de completarse, porque siente su naturaleza alterada y
quiere conquistarla. Pero el poeta nada en la abundancia, en el exceso. Y tal
vez por esta sobreabundancia el poeta no pueda elegir. Por vivir inundado por
la gracia no puede recogerse sobre sí, intentar ser sí mismo, ni sabe qué sea
esto de "sí mismo" que es la obsesión del filósofo. Perdido en la
riqueza, ciego en la luz. Pecador en la gracia, viviendo según la carne y según
la caridad.
El camino platónico es bien
diferente. Si parece que pasa al borde mismo de la palabra "pecado" y
de la palabra "caridad" y no cae en ellas, era que no podía. Esa leve
distancia que le separa es esencial a toda su filosofía. De haberla atravesado
todo hubiera tenido que empezar planteándose desde la raíz
Si Platón quiere salvar las
apariencias, no puede renunciar a salvar el amor que nace de la carne, pero
tiene que separarlo de ella. Toda la teoría platónica del amor es su
desasimiento del cuerpo, su incorporación al proceso de la dialéctica, del
conocimiento que conduce al ser — al ser que es y a ser yo con lo que es — .
Parejamente a la dialéctica corre la escala de la belleza. La belleza tiene el
privilegio de ser visible enteramente. El ser verdadero está oculto, la unidad
y el bien, lo divino, no son visibles. Más, la belleza es lo único que tiene el
privilegio de manifestarse sensiblemente inclusive sin caer en el no ser;
diríamos que es la única apariencia verdadera. "En cuanto a la belleza,
brilla, como ya he dicho entre todas las demás esencias, y en nuestra estancia
terrestre donde lo eclipsa todo su brillantez, la reconocemos por el más
luminoso de nuestros sentidos. La vista es, en efecto, el más sutil de todos
los órganos del cuerpo. No puede, sin embargo, percibir la sabiduría, porque sería
increíble nuestro amor por ella, si su imagen y las imágenes de las otras
esencias, dignas de nuestro amor se ofreciesen a nuestra vista, ¡tan distintas
y tan vivas como son! Mas no, únicamente la belleza ha obtenido este privilegio
de poder ser lo que está más en evidencia y aquello cuyo encanto es más
amable".
Es, en verdad, como si el ser
verdadero y oculto dejara verse por un desgarrón del velo que lo cubre. Por eso
es posible partir, para esta nueva ascensión, desde la belleza visible. Es lo
único visible en que podemos apoyarnos. Mas para dejarlo en seguida por la
belleza una: "El que quiera además aspirar a este objeto... debe, desde su
juventud, comenzar a buscar cuerpos bellos. Debe, además, si está bien dirigido
amar uno solo... En seguida debe llegar a comprender que la belleza que se
encuentra en un cuerpo cualquiera, es hermana de la belleza que se encuentra
todos los demás. En efecto, si es preciso buscar la belleza en general sería
una gran locura no creer que la belleza, que reside en todos los cuerpos es una
e idéntica". Comienza de esta manera la escala del amor a través de la
belleza, más desprendida de la particularidad de un cuerpo, para concluir:
"El que en los misterios del amor se haya elevado hasta el punto en que
estamos, después de haber recorrido en orden conveniente todos los grados de lo
bello, y llevado por último, al término de la iniciación, percibirá como un
relámpago una belleza maravillosa, aquella, ¡oh Sócrates!, que era objeto de
todos sus trabajos anteriores; belleza eterna increada e imperecible, exenta de
aumento y disminución; belleza que no es bella en tal parte y fea en cual otra,
bella sólo en tal tiempo y no en tal otro, bella bajo una relación y tea bajo
otra, bella en tal lugar y fea en cual otro, bella para éstos y fea para
aquéllos; belleza que no tiene nada de sensible como el semblante o las manos,
y nada de corporal; que tampoco es este discurso o esta ciencia; que no reside
en ningún ser diferente de ella misma, en un animal, por ejemplo, o en la
tierra, o en el cielo, o en otra cosa, sino que existe eterna y absolutamente
por sí misma y en sí misma"".
Con esto ya está logrado lo que
parecía más imposible, la generalización de lo sensible. Lo sensible era
contrario y rebelde a la unidad, unidad en que, una vez hallada, participan
todas las cosas que antes veíamos dispersas, cada una viviendo por sí. Por la
belleza se ha logrado esta unidad. El mundo sensible ha encontrado su
salvación, pero más todavía, el amor a la belleza sensible, el amor nacido en
la dispersión de la carne.
El amor nacido en la dispersión de la
carne, encuentra su salvación porque sigue el camino del conocimiento. Es lo
que más se parece a la filosofía. Como ella, es pobre y menesteroso y persigue
a la riqueza; como ella, nace de la obscuridad y acaba en la luz; nace del
deseo y termina en la contemplación. Como ella, es mediador.
Y ahora, después de leer El Banquete,
se presenta la duda de que haya, en realidad, dos caminos de salvación: el de
la dialéctica y el del amor, esta otra dialéctica amorosa, esta purificación
del alma dentro del amor mismo, sin que sea menester su aniquilación.
El amor sirve al conocimiento, llega
al mismo fin que él por diferente camino, por el camino que menos apropiado
parecía, el de la manía o el delirio: "He aquí a donde llega todo este
discurso que concierne a la cuarta especie de delirio — sí, de delirio — .
Cuando a la vista de la belleza de aquí abajo y el recuerdo de esto que es
verdadero, toma las alas, de nuevo alado e impaciente también de volar, más
impotente para hacerlo, dirige a lo alto sus miradas a la manera del pájaro y
descuida las cosas de acá aba-
jo... de todas las formas de posesión
divina (entusiasmo) ésta se revela ser la mejor, tanto para el sujeto como para
el que le está asociado; y la presencia de este delirio en el que ama a los
cuerpos bellos, hace decir de él que está loco de amor". Hay un delirio
divino que es el amor. ¿Cómo al llegar aquí, no sintió Platón la necesidad de
justificar a los poetas como hombres esclavizados por este delirio? Delirio del
amor que ejerce la misma función que la violencia filosófica. Mediante él, el
hombre queda arrebatado, suspenso, en "éxtasis" según los místicos
habían de repetir durante siglos, innumerablemente.
Agradezcamos a Platón El Banquete,
el Fedro. Por ellos el amor quedó a salvo de su total destrucción. En el
ascetismo dominante que enlazó filosofía griega y religión cristiana, el amor y
su culto, la religión del amor, la antigua religión del amor, de los misterios,
tuvo un lugar. Por el pensamiento platónico, no solamente se unen filosofía
griega y cristianismo, sino la religión del amor y del alma, que bajo diversos
nombres existía, y el cristianismo. Sin este pensamiento mediador hubiera
quedado completamente aniquilada, oculta, y tal vez, produciendo graves
trastornos con inexplicables apariciones parciales y desesperadas.
Porque el cristianismo, religión
triunfante que ha vivido en la cultura triunfante de occidente, anuló a algunas
religiones anteriores, cuyo rastro no tiene hoy forma, ni nombre, pero que sin
duda, se entrelazan con la religión católica que tuvo la flexibilidad de absorber
las particularidades en donde las había. Y hay sin duda, cultos olvidados a
deidades desconocidas que viven obscuramente bajo otros nombres. Así hubiera
pasado con el amor, de no haber mediado el pensamiento realmente mediador de
Platón.
El amor se ha salvado por su
"idea", es decir, por su unidad. Se ha salvado porque partiendo de la
dispersión de la carne lleva a la unidad del conocimiento, porque su ímpetu
irracional es divino ya que hacia lo divino asciende. La idea primera que del
amor se crea, es ya mística. Por eso es un gran error lo que tantas veces se ha
dicho: que el amor místico es un trasunto del amor carnal tal y como se da. Es
todo lo contrario: el amor carnal, el amor entre los sexos, ha vivido
"culturalmente" es decir, en su expresión, bajo la idea del Amor
platónico que es ya mística. Y en las épocas en que el amor ha sido una fuerza
social, en esos brillantes momentos del final de la Edad Media y del
Renacimiento, todo enamorado manifestaba su amor en términos platónicos, más o
menos, y lo que es más grave: si así lo decía el enamorado era porque él mismo
así lo sentía, porque así se lo decía a sí mismo. Y así era. Gracias al
platonismo el amor ha tenido categoría intelectual y social. Se ha podido amar
sin que sea un hecho escandaloso.
Gracias a esta salvación del amor, ha
podido existir la poesía dentro de la cultura ascética del cristianismo. La
primera poesía: los himnos a la Virgen, La Salve, La Letanía, tejen con
imágenes en parte hebraicas, una idea de la mujer divina, que el cristianismo
primitivo, en verdad, no comportaba. La divinización de la mujer es también
cosa platónica, es un hecho posible merced al pensamiento platónico, a sus
consecuencias. La mujer ha quedado también salvada, porque ha quedado
idealizada. Si el hombre se enamora es porque lleva en su mente un a priori
ideal de lo femenino, y quien no le lleve, no puede jamás enamorarse.
La poesía se cubrió con este manto;
vivió y creció prodigiosamente amparada por este firmamento. Y así, toda la
poesía de la Edad Media que no es cínica, burlesca — como nuestro Arcipreste de
Hita — , es platónica, sin saberlo. Presupone y canta la unidad del amor y
también, la ausencia. El motivo ausencia en el amor, es un motivo claramente
platónico que a los historiadores de la literatura les compete estudiar.
"Ausencia" en el amor, porque la presencia jamás es posible y si
alguna vez se diera, ya no se cantaría.
Así, El Cántico Espiritual, del
místico San Juan de la Cruz, es el canto a la ausencia del amado. Aquí
explicable porque su amado, en efecto, no es visible. Pero, en la poesía
profana de este tiempo y del anterior se vería también constantemente este
motivo de ausencia y de búsqueda constante de las huellas del amado, la
naturaleza entera se transforma: ríos, árboles, prados, la luz misma conserva
la huella de la presencia amada siempre esquiva e inalcanzable.
Porque el amor, lleva ya
constitutivamente una distancia. Amor sin distancia, no sería amor, porque no
tendría unidad, es decir, objeto. Es su diferencia fundamental con el deseo: en
el deseo no hay propiamente objeto, porque lo apetecido no está en sí mismo, no
se le tolera este ensimismarse que ya la poesía realizaba por su cuenta, antes
de Platón y después, cuando ha sido extraña a su influjo. El deseo consume lo
que toca; en la posesión se aniquila lo deseado, que no tiene independencia,
que no existe fuera del acto del deseo. En amor subsiste siempre el objeto,
tiene su unidad inalcanzable. La posesión amorosa es un problema metafísico y
como tal, sin solución. Necesita traspasar la muerte para cumplirse; atravesar
la vida, la multiplicidad del tiempo.
El amor, al igual que el
conocimiento, necesita de la muerte para su cumplimiento. El amor por quien se
propaga la vida... Este es, creemos, el fundamento de toda mística: que el amor
que nace en la carne (todo amor "primero" es carnal) tiene, para
lograrse, que desprenderse de la vida, tiene también que convertirse, como
decía Platón era menester realizar con el conocimiento.
Y esta conversión, en verdad, se ha
verificado por la poesía, en la poesía. En la poesía que supo mejor que la
filosofía, interpretar su propia condenación, pues le estaba reservado a la
poesía nutrirse hasta de su propia condena. Con más fuerza que el pensamiento,
ha sabido, hasta ahora, sacar su virtud de su flaqueza; su existencia de su
contradicción, de su pecado.
Poesía platónica-en la que se
perpetúa la antigua religión del amor, la antigua religión de la belleza
transformada, a veces, en religión de la poesía. En algunas de sus afortunadas
realizaciones se manifiestan las tres y todavía algo más: el punto de coincidencia
de dos cosas, al parecer, incompatibles: filosofía y cristianismo. Si al correr
del tiempo, no se le pueden perdonar algunas injusticias, es que a los
fundadores, lo que con su palabra decidieron la suerte de los siglos, no les
sea dado el poder contemplar su obra. Así Platón, con esta estrofa, con esta
sola estrofa, la más platónica, la más poética también, de toda la poesía
humana:
¡Oh cristalina fuente
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!
En tan breves palabras está todo
Platón y toda la poesía.
Todo hombre de talla gigantesca, todo
aquél que ha decidido con su palabra o con su obra la suerte de la historia
humana, tiene su leyenda por la cual, su nombre desciende hasta la más obscura
ignorancia. La leyenda es la forma piadosa del conocimiento, porque merced a
ella, todo hombre participa, en algún modo, de la verdad y de la historia.
Muchas gentes no saben de Platón, sino una leyenda que las hojas del Almanaque
reproducen alguna vez: Platón se anunció a su maestro, Sócrates, antes de su
encuentro con él. en un sueño; en un sueño, bajo la forma de blanco cisne.
Reprimamos la sonrisa incrédula de los que han leído mucho y se han
ensoberbecido por ello. Porque un cisne es un ángel castigado; un ángel
inmovilizado que no ha perdido su pureza, ni sus alas. Unas alas incoherentes,
demasiado grandes para tan leve cuerpo, al que no consiguen, sin embargo,
arrastrar hacia lo alto y que más que órgano, son señal, nostalgia de una
perdida naturaleza. Y alguien, ha podido soñar con Platón sintiéndole detrás de
dos criaturas las más diferentes: un toro y un blanco cisne. El toro de la
sangre y de la muerte, transformándose en la pureza alada, pero problemática,
de la filosofía."

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