EFÍMEROS Y BREVES 121. Vicente Aleixandre (1898-1984): Nueve paradas de su obra en el 128 aniversario de su nacimiento
Se dejan aquí nueve poemas de Vicente
Aleixandre que corresponden a otros tantos títulos de la obra del nobel
español, que abarcan 40 años de una de las trayectorias más ricas y diversas de
la lírica española, desde unos comienzos surrealistas que reflejan la
influencia de Rimbaud y Lautréamont hasta un final pletórico en su senectud con
versos lapidarios y conclusivos, como son los de sus dos últimos libros, “Poemas
de la consumación” y “Diálogos del conocimiento”. Puesto que los poemas de
Vicente Aleixandre tienden a tener una longitud considerable, debido a la
extensión de sus largos versos, casi como versículos, se ha tratado de
seleccionar siempre de cada obra, en la medida de lo posible, un poema breve.
Por ese motivo se deja sin incluir aquí su último libro “Diálogos del
conocimiento”, que contiene un número corto de poemas pero de una larga
extensión. A no mucho tardar, se le dedicará en este blog un espacio a ese
libro.
ADOLESCENCIA
Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
-El pie breve,
la luz vencida alegre-.
Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.
(“Ámbito”, 1928)
MI VOZ
He nacido una noche de verano
Entre dos pausas. Háblame: te
escucho.
He nacido. Si vieras qué agonía
Representa la luna sin esfuerzo.
He nacido. Tu nombre era la dicha;
Bajo un fulgor una esperanza, un ave.
Llegar, llegar. El mar era un latido,
El hueco de una mano, una medalla
tibia.
Entonces son posibles ya las luces,
las caricias, la piel, el horizonte,
Ese decir palabras sin sentido
Que ruedan como oídos, caracoles,
Como un lóbulo abierto que amanece
(escucha, escucha) entre la luz
pisada.
(“Espadas como labios”, 1932)
VIDA
Un pájaro de papel en el pecho
Dice que el tiempo de los besos no ha
llegado;
Vivir, vivir, el sol cruje invisible,
Besos o pájaros, tarde o pronto o
nunca.
Para morir basta un ruidillo,
El de otro corazón al callarse,
O ese regazo ajeno que en la tierra
Es un navío dorado para los pelos
rubios.
Cabeza dolorida, sienes de oro, sol
que va a ponerse;
Aquí en la sombra sueño con un río,
Juncos de verde sangre que ahora
nace,
Sueño apoyado en ti calor o vida.
(“La destrucción o el amor”, 1933)
NO EXISTE EL HOMBRE
Solo la luna sospecha la verdad.
Y es que el hombre no existe.
La luna tantea por los llanos,
atraviesa los ríos,
Penetra por los bosques.
Modela la aún tibias montañas.
Encuentra el calor de las ciudades
erguidas.
Fragua una sombra, mata una oscura
esquina,
El misterio de las cuevas donde no
huele a nada.
La luna pasa, sabe, canta, avanza y
avanza sin descanso.
Un mar no es un lecho donde el cuerpo
de un hombre puede tenderse a solas.
Un mar no es un sudario para una
muerte lúcida.
çLa luna sigue, cala, ahonda, raya
las profundas arenas.
Mueve fantástica los verdes rumores
aplacados.
Un cadáver en pie un instante se
mece,
Duda, ya avanza, verde queda inmóvil.
La una miente sus brazos rotos,
Su imponente mirada donde unos peces
anidan.
Enciende las ciudades hundidas donde
todavía se pueden oír
(qué dulces) las campanas vividas;
Donde las ondas postreras aún
repercuten sobre los pechos neutros,
Sobre los pechos blandos que algún
pulpo ha adorado.
Pero la luna es pura y seca siempre.
Sale de un mar que es una caja
siempre,
Que es un bloque con límites que
nadie, nadie estrecha,
Que no es una piedra sobre un monte
irradiando.
Sale y persigue lo que fuera los
huesos,
Lo que fuera las venas de un hombre,
Lo que fuera su sangre sonada, su
melodiosa cárcel,
Su cintura visible que a la vida
divide,
O su cabeza ligera sobre un aire
hacia oriente.
Pero el hombre no existe.
Nunca ha existido, nunca.
Pero el hombre no vive, como no vive
el día.
Pero la luna inventa sus metales
furiosos.
(“Mundo a solas”, 1934-1936)
LA ROSA
Yo sé que aquí en mi mano
Te tengo, rosa fría.
Desnudo el rayo débil
Del sol te alcanza. Hueles,
Emanas. ¿Desde dónde,
Trasunto helado que hoy
Me mientes? ¿Desde un reino
Secreto de hermosura,
Donde tu aroma esparces
Para invadir un cielo
Total en que dichosos
Tus solos aires, fuegos,
Perfumes se respiran?
¿Ah, solo allí celestes
Criaturas tú embriagas!
Pero aquí, rosa fría,
Secreta estás, inmóvil;
Menuda rosa pálida
Que en esta mano finges
Tu imagen en la tierra.
(“Sombra del paraíso”, 1939-1943)
CANTAD, PÁJAROS
Pájaros, las caricias de vuestras
alas puras
No me podrán quitar la entristecida
Memoria. ¡Qué clara pasión de un
labio
Dice el gorjeo de vuestro pecho puro!
Cantad por mí, pájaros centelleantes
Que en el ardiente bosque convocáis
alegría
Y ebrios de luz os alzáis como
lenguas
Hacia el azul que inspirado os
adopta.
Cantad por mí, pájaros que nacéis
cada día
Y en vuestro gritos expresáis la
inocencia
Del mundo. Cantad, cantad, y elevaos
con el alma
Que me arrancáis, y no vuelva a la
tierra.
(“Nacimiento último”, 1953)
EL ÚLTIMO AMOR
I
Amor mío, amor mío.
Y la palabra suena en el vacío. Y se
está solo.
Y acaba de irse aquella que nos
quería. Acaba de salir. Acabamos de oír cerrarse la puerta.
Todavía nuestros brazos están
tendidos. Y la voz se queja en la garganta.
Amor mío…
Cállate. Vuelve sobre tus pasos.
Cierra despacio la puerta, si es que no quedó bien cerrada.
Regrésate.
Siéntate ahí, y descansa.
No, no oigas el ruido de la calle. No
vuelve. No puede volver.
Se ha marchado, y estás solo.
No levantes los ojos para mirarlo
todo, como si en todo aún estuviera.
Se está haciendo de noche.
Ponte así: tu rostro en tu mano.
Apóyate. Descansa.
Te envuelve dulcemente la oscuridad,
y lentamente te borra.
Todavía respiras. Duerme.
Duerme si puedes. Duerme poquito a
poco, deshaciéndote, desliéndote en la noche que poco a poco te anega.
¿No oyes? No, ya no oyes. El puro
Silencio eres tú, oh dormido, oh
abandonado,
Oh solitario.
¡Oh, si yo pudiera
hacer
Que nunca más despertases!
II
Las palabras del abandono. Las de la
amargura.
Yo mismo, sí, yo y no otro.
Yo las oí. Sonaban como las demás.
Daban el mismo sonido.
Las decían los mismos labios, que
hacían el mismo movimiento.
Pero no se las podía oír igual.
Porque significan: las palabras
Significan. Ay, si las palabras
fuesen solo un suave sonido,
Y cerrando los ojos se las pudiese
escuchar en el sueño.
Yo las oí. Y su sonido final fue como
el de una llave que se cierra.
Como un portazo.
Las oí, y quedé mudo.
Y oí los pasos que se alejaron.
Volví, y me senté.
Silenciosamente cerré la puerta yo
mismo.
Sin ruido. Y me senté. Sin sollozo.
Sereno, mientras la noche empezaba.
La noche larga. Y apoyé mi cabeza en
mi mano.
Y dije…
Pero no dije nada. Moví mis labios.
Suavemente, suavísimamente.
Y dibujé todavía
El último gesto, ese
Que yo ya nunca repetiría.
III
Porque era el último amor. ¿No lo
sabes?
Era el último. Duerme. Calla.
Era el último amor…
Y es de noche.
(“Historia del corazón”, 1945-1953)
¿PARA QUIÉN ESCRIBO?
I
¿Para quién escribo?, me preguntaba
el cronista,
El periodista o simplemente el
curioso.
No escribo para el señor de la
estirada chaqueta, ni para
Su bigote enfadado, ni siquiera para
su alzado índice
Admonitorio entre las tristes ondas
de música.
Tampoco para el carruaje, ni para su
oculta señora
(Entre vidrios, como un rayo frío, el
brillo de los impertinentes).
Escribo acaso para los que no me
leen. Esa mujer que
Corre por la calle como si fuera
abrir las puertas a la aurora.
O ese viejo que se aduerme en el
banco de esa plaza
Chiquita, mientras el sol poniente
con amor le toma,
Le rodea y le deslíe suavemente en
sus luces.
Para todos los que no me leen, los
que no se cuidan
De mí, pero de mí se cuidan (aunque
me ignoran).
Esa niña que al pasar me mira,
compañera de mi aventura,
Viviendo en el mundo.
Y esa vieja que sentada a su puerta
ha visto vida,
Paridora de muchas vidas, y manos
cansadas.
Escribo para el enamorado; para el
que pasó con su
Angustia en los ojos; para el que le
oyó; para el que
Al pasar no miró; para el que
finalmente cayó cuando
Preguntó y no le oyeron.
Para todos escribo. Para los que no
me leen sobre todo
Escribo. Uno a uno, y la muchedumbre.
Y para los
Pechos y para las bocas y para los
oídos donde, sin
Oírme,
Está mi palabra.
II
Pero escribo también para el asesino.
Para el que con
Los ojos cerrados se arrojó sobre un
pecho y comió
Muerte y se alimentó, y se levantó
enloquecido.
Para el que se irguió como torre de
indignación, y se
Desplomó sobre el mundo.
Y para las mujeres muertas y para los
niños muertos, y
Para los hombres agonizantes.
Y para el que sigilosamente abrió las
llaves del gas y la
Ciudad entera pereció, y amaneció un
montón de cadáveres.
Y para la muchacha inocente, con su
sonrisa, su corazón,
Su tierna medalla, y por allí pasó un
ejército de
Depredadores.
Y para el ejército de depredadores,
que en una golpeada
Final fue a hundirse en las aguas.
Y para esas aguas, para el mar
infinito.
Oh, no para el infinito. Para el
finito mar, con su limitación
Casi humana, como un pecho vivido.
(Un niño ahora entra, un niño se
baña, y el mar,
El corazón del mar está en ese
pulso.)
Y para la mirada final, para la
limitadísima Mirada Final,
En cuyo seno alguien duerme.
Todos duermen. El asesino y el
injusticiado, el regulador
Y el naciente, el finado y el húmedo,
el seco
De voluntad y el híspido como torre.
Para el amenazador y el amenazado,
para el bueno
Y el triste, para la voz sin materia
Y para toda la materia del mundo.
Para ti, hombre sin deificación que,
sin quererlas mirar,
Estás leyendo estas letras.
Para ti y todo lo que en ti vive,
Yo estoy escribiendo.
(“En un vasto dominio”, 1958-1962)
NO LO CONOCE
La juventud no lo conoce, por eso
dura, y sigue.
¿Adónde vais? Y sopla el viento,
empuja
A los veloces que casi giran y van,
van con el viento,
Ligeros en el mar: pie sobre espuma.
Vida. Vida es ser joven y no más.
Escucha,
Escucha… Pero el callado son
No se denuncia
Sino sobre los labios de los jóvenes.
En el beso lo oyen. Solo ellos,
En su delgado oír,
Pueden, o escuchan.
Roja pulpa besada que pronuncian.
(“Poemas de la consumación”, 1968)

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